Hasta unas justas deportivas que anteriormente uno podía ver en familia ya toca verlas en horario censurado. No sabía yo que ahora hay que correr a apagar el televisor si algún niño está frente a la pantalla mirando, por ejemplo, la inauguración de los Juegos Olímpicos de París 2024, porque lo que mostraron el pasado viernes 26 de mayo fue de lo más horroroso y de mal gusto que se haya visto en un evento que, se supone, es para enaltecer el espíritu de competición, fomentar la disciplina, inspirar al esfuerzo, forjar el carácter, desarrollar la voluntad, premiar la constancia, ponderar la fortaleza, entre otras virtudes. Sólo que ahora los valores son otros, y pareciera que no son aptos para inculcarlos a los menores; al menos no a los niños a quienes se les quiere garantizar una infancia sana, inocente, feliz.
¿Es que ya uno no puede disfrutar de ningún evento en esta posmodernidad en donde no se le ataque a uno la fe, se le irrespeten sus creencias, o se sienta tocado en lo concerniente a las actitudes y la forma de vida que se ha decidido llevar? Qué curioso, porque el respeto que ciertos movimientos que luchan por las causas de la “igualdad”, la “tolerancia” y la “no discriminación”, es el mismo respeto que no tienen para los que no piensan como ellos. Como si aceptar lo que uno considera inmoral fuera una obligación suprema. Como si no les bastara con todo ese bombardeo forzoso que hacen de su causa en las calles, en las redes sociales, en los estamentos gubernamentales, y a parte de eso tuvieran que hacer mofa e irrespetar la fe de los que no comparten su ideología.
Pero aquí no sólo es nauseabundo y podrido ver a un grupo de hombres maquillados hasta la exacerbación (al punto de que no parecen ser mujeres normales, sino demonios femeniles o brujeriles) haciendo la alegoría de un pasaje bíblico conocido como la Última Cena en una clara muestra de irrespeto y burla hacia la fe cristiana en plena ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, sino también todo lo que se nos oculta detrás de esas demostraciones desafiantes en donde parecieran estar dispuestos a una guerra con uñas postizas, pelucas y dientes por si alguien les revira por su ofensivo espectáculo. Y eso que está detrás de ese tributo al decadente wokismo tiene sus raíces en lo profundo de una cloaca liderada por los más despreciables seres humanos que odian a otros seres humanos y claman por su aniquilación.
Para mí es obra de una gran mente maléfica, pero como en estos tiempos no se puede hablar del diablo sin que lo llamen a uno fanático, digamos que lo que hay detrás de todos esos lobbies de la “tolerancia” hace parte de la misma revolución antropológica de la que habla el profesor Miklos Lukacs en su libro “Neoentes”, la cual busca “deconstruir” (léase destruir) al ser humano para construirlo como ser transhumano, y luego transespecie. Esa revolución no es producto de una búsqueda espontánea de la identidad del ser humano, sino de una agenda muy bien estructurada que se viene construyendo con el concurso de mentes brillantemente perversas que trabajan para unos grupos interesados en imponer la nueva cultura: la cultura de lo woke, de lo progre, o de lo trans, hoy enseñoreada en el mundo para significar lo que “va más allá”, o lo que “pasa a través de”, como lo define el prefijo. Es la mentalidad de un cambio, de una mudanza, de un atravesamiento de la luz para arribar a una oscuridad perenne. De ahí que lo trans sea lo atravesado, lo que irrumpe, lo que vulnera.
Este es el intento de imponer el nuevo paradigma de ser humano: un ser humano de cuya naturaleza e identidad hay que renegar para transformar la realidad por medio de la autopercepción: se es lo que se quiere ser y no lo que se es. Pero esta autopercepción es un fiasco tan grande, que necesita de la validación de los terceros para hacerse efectiva. Así, lo que la persona piense de sí misma no soluciona el problema filosófico contemporáneo si no se obliga a los demás a que compartan ese mismo pensamiento. Necesita de toda la maquinaria de propaganda y del aparato estatal y coercitivo para lograr a través de los medios de comunicación, la tecnología y las leyes, todo aquello que no lograría por el convencimiento. Necesita este nuevo paradigma, más que cambiar la forma de pensar del otro, obligar a que el otro piense como “yo”. Si no se reconoce esa nueva identidad asumida por el sujeto que se auto percibe, se puede acudir al orden represor del Estado para denunciar la invisibilización, el acto de negación, el discurso de odio, el delito fóbico.
Es la dictadura de unas minorías que a toda costa quieren arrasar con los cimientos que han constituido una sociedad con grandes referencias de sentido como la patria, la religión, la familia o la escuela para imponer su visión de la realidad en nombre de la “diversidad”. Si se niega esta identidad o esta autopercepción amasada al capricho de los sentimientos, el castigo puede sobrevenir incluso con prisión perpetua. En países como Canadá, por ejemplo, esto ya está tipificado en el código penal. La imposición del nuevo paradigma del ser humano opera a través de muchos frentes de batalla. Se me ocurre indicar tan solo algunos tangencialmente, pero baste aclarar que el tema abarca una mayor complejidad y me quedo corto mencionando las mil y una formas que tiene esta agenda de fritarnos el cerebro y aflojarnos el concepto de lo moral.
Un primer frente es negar la biología, la medicina, la genética, el conocimiento científico en general. Esto es la puerta de entrada de la perdición del ser. Se suprime la ciencia comprobada por las creencias y los sentimientos. Y ese lavado de cabeza se hace extensivo para toda la sociedad a la fuerza, en donde se habla de que un hombre puede quedar en embarazo y de que existen mujeres con pene. Se cambia la palabra mujer por el de persona gestante y se llega al colmo de decir que una mujer es toda aquella persona que se autopercibe como mujer, pero no son capaces de definir el vocablo "mujer". Que la naturaleza humana sólo asigna sexos, pero que estos no determinan el género, y nos inventan cientos de ellos para terminar con un ovillo en la cabeza que ni los mismos precursores de esto saben desenredar. El no binarismo es el claro ejemplo del rechazo a la ciencia. Todo está tan permeado por la ideología que hasta para sacar una licencia de tránsito un individuo tiene que hacer un curso de género en algunos países, y así van convenciendo a la sociedad de que se están encaminando por la senda de la tolerancia y la aceptación, cuando lo que en realidad hacen es imponer una nueva forma de pensamiento a fin a todos los grupos de poder que actúan en la trasescena de la representación.
Un segundo frente de ataque del cambio de paradigma es negar y tratar en lo posible de desaparecer la religión, en especial la religión cristiana que es constitutiva de la Civilización Occidental Judeocristiana. Esto, porque el cristianismo ha cumplido un rol fundamental en los procesos de transformación moral del ser humano a través de principios de vida que hoy sabemos que son superiores a los de muchas otras religiones y culturas. No es gratuita la ofensa que, por ejemplo, se le dio en la inauguración de los Juegos Olímpicos a la representación de la Última Cena, un pasaje tan determinante de las Escrituras para los cristianos, porque lo que se busca es envilecer la religión de Cristo, la cual es una religión de discernimiento que no acepta el pacto con lo inmoral implícito en el criterio de la autopercepción.
Un tercer frente es el ataque a la niñez, o la perversión de esta. ¿No se vio claramente entre toda esa parranda de Drag Queens degenerados que en la inauguración de los Olímpicos blasfemaban contra la representación de la Última Cena a una niña en el centro de la mesa? ¿Sería acaso una insinuación de que ella era la cena? Insisten con reforzar la ideología de género con el fin de adoctrinar (o más exactamente corromper y arruinar) a los niños desde antes de que lleguen a la edad escolar, porque actúa como si ellos fueran su objetivo, su presa de caza. Y es que en verdad lo son. Por algo en las escuelas y colegios se hace expedito izar la bandera del orgullo LGBT… como si fuera un símbolo patrio, y en las bibliotecas, en los parques infantiles, en los hospitales y en donde quiera que pueda haber niños, los símbolos de esta perversión abundan, pues es a ellos a quienes buscan capturar.
Un cuarto frente de batalla es la divinización de la muerte, de lo necro, de lo escatológico, de la ultratumba, de lo demoníaco, de la naturaleza caída, de lo asqueroso por encima de la vida, la virtud, el bien y la belleza. Cultura tanática, para ponerlo en los términos de la mitología griega. Cultura de todo aquello que conlleve a la vileza del alma, pero sobre todo a la muerte como el fin único de toda su emulación. No por casualidad también en esa vulgar inauguración de los Juegos Olímpicos exhibieron a un jinete negro montado sobre un caballo blanco portando la bandera olímpica y recorriéndola por las principales calles de París. Cualquier parecido con el jinete negro del Apocalipsis no debe ser coincidencia, sino un acto premeditado. Recordemos que el jinete negro bíblico simboliza la hambruna y la escasez, y que ya lo negro tiene la connotación de oscuridad, que es en donde se cuece el mal. Curiosamente cabalga sobre un caballo blanco que bíblicamente también tiene un significado espiritual profundo al abarcar elementos como la pureza, la victoria, la justicia y la salvación. Al final, el mensaje del jinete de los Olímpicos es que la muerte cabalga sobre todos esos elementos.
Francia, que históricamente ha sido un país tan representativo para la fe católica, hoy se entrega al espíritu de la decadencia como ya una vez se entregó cuando en su seno se gestó la Revolución Francesa, que de ninguna manera fue una revolución de la cual se tenga que enorgullecer y mostrar al mundo. El hecho de haber decapitado a la monarquía no borra el baño de sangre que vino para quien no se adhiriera al espíritu perverso de esa “revolución”. Francia, que decidió darle la espalda a Dios y entregarse al mal, va a pagar muy cara su perversión, como todas las sociedades que rechacen a Cristo Jesús. Francia ya no es más Francia, como bien lo apuntó el candidato más opcionado para ganar la presidencia de los Estados Unidos en contra de los deseos de la mafia globalista.
Pero no creamos que todo este wokismo, este progresismo asqueante que nos quieren meter por los ojos hasta en contextos en donde no cabe, es producto de una campaña para combatir la discriminación. Lejos de eso, todo forma parte de una planificación orquestada por esas élites a las que todavía nos negamos a reconocer: Agenda 2030 de la ONU, por ejemplo, es uno de los orquestadores. El objetivo último no sólo es la lucha contra el cristianismo, sino la desaparición del ser humano. Todo ello apunta a la reducción de las tasas de natalidad, a la merma de la población, a la atomización del hombre para hacerlo más manipulable. Todo ello redunda en la no procreación, la no reproducción, la no vida. ¿Acaso se reproducen los homosexuales, los transexuales o los llamados representantes de la “diversidad sexual” de forma natural? ¿Acaso alentar a reconocer el aborto como un derecho no es directamente proporcional a la reducción de la tasa de nacimientos?
Ahí está la verdadera razón de lo que hay detrás; las mil y una maneras pervertidas para acabar con la naturaleza humana, porque en el fondo se busca ese paradigma de hombre sin identidad, sin familia, sin moral, sin belleza exterior ni interior, sin pensamiento propio, sin Dios verdadero, y sujeto al poder maligno de un globalismo que más bien pareciera planificado por el mismo diablo antes que por líderes preocupados por el bien de la humanidad. Esta gente en realidad es completamente satánica.
Muy mal por los Juegos Olímpicos y el COI que ya bebieron de esa pócima. Ya les envenenaron su evento, como todo lo que toca el wokismo. Y a esta celebración, como a tantas otras, les quedan los días contados cuando ya nadie se interese en su suerte por preconizar la ideología por encima del deporte.







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