sábado, 14 de diciembre de 2024

Nueva York es una mierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos








     “Nueva York es una mierda”, piensa Rupertino Díaz cuando oficia en el papel de transeúnte desmoralizado y desata su inconformismo contra todo aquello que lo rodea. Agrava su percepción y se detiene a renegar en cualquiera de las calles pestilentes de la ciudad en la que el destino lo puso momentáneamente para probarlo y comprobarle que también el “primer mundo”, cada vez más parecido al tercero, le ha quedado grande.

     No se refería Rupertino a la ciudad apodada “La Gran Manzana”, no, sino a la verdadera Nueva York: la Nueva York de los inmigrantes. Porque una cosa es lo que muestran en la televisión, en las películas de Hollywood de los años ochenta, cuando la metrópoli vivía su máximo esplendor reflejado en sus luces de fantasía y sus rascacielos de opulencia situados en el condado de Manhattan (Bajo Manhattan para ser exactos); y otra cosa es verla desde el otro lado de la isla: desde el peligroso Bronx, el desafiante Brooklyn o la convulsionada Queens, allí donde se encuentra el alma de aquella ciudad santuario para indocumentados y delincuentes, que están lejos de ser lo mismo.

     Sí, otra cosa es apreciar a la ciudad de Nueva York desde adentro, como la estaba viendo Rupertino en ese instante. “Definitivamente”, piensa él, “la gente que no conoce Nueva York en vivo y en directo está totalmente engañada por lo que se imaginan que es”.




      La primera vez que Rupertino visitó la ciudad fue hace diez años. Apenas pudo dar una ojeada por encima, se le vino a la mente una comparación: “Esto es Cali”, pensó, sólo que con muchos más negros de los que hay en Cali (porque lo auténtico es decir negros y no afroamericanos), y además con una buena dosis de las otras razas que en su tierrero natal no era muy común ver: chinos, indios, rusos, árabes e hispanos con acentos diferentes al suyo. Y Rupertino no elucubraba esta comparación porque fuera racista o clasista, o algo por el estilo, sino porque lo que él había visto de Nueva York en las películas y lo que le habían contado era otra cosa. Lejos de impresionarse por lo que vio, más bien se llevó una feliz decepción. No le pareció grave que no fuera una ciudad de ensueño cuya infraestructura no estuviera tremendamente robotizada, puesto que Rupertino realmente se encontraba en el condado de Queens, en donde lo que predomina es la diversidad étnica y el modo de vida foráneo de cada vertiente de la inmigración: Queens es lo más parecido que hay a la capital del Valle del Cauca en Colombia, lo reitera Rupertino, o a cualquier ciudad del tercer mundo; con sus ventajas y sus dificultades, su comercio, su mugre, su libertad, su entretención y su individualismo.




     Lo que sí lo sorprendió fue el llamado Subway, o tren subterráneo, que a pesar del envejecimiento y el parcial deterioro en el que se encontraban sus instalaciones, no se podía negar que los gringos eran unos magos para haber construido semejante obra de ingeniería en las profundidades insondables de la metrópoli. Allí hay una ciudad debajo de otra, casi que ajena a aquella que la contiene y que a duras penas le presta sus escotillas para respirar en los andenes. Se podría pensar que los neoyorquinos se la construyeron a las ratas con la condición de que estas les dejaran pasar por allí sus trenes a toda velocidad. Nunca se sabe en Nueva York si se camina por suelo firme o si se está pisando el techo de la ciudad subterránea de las estaciones del Subway.

     Y a pesar del movimiento, de la exactitud, de la vigilancia, de la medición, de la información y la sofisticación, Rupertino piensa que Nueva York es una mierda. “¿Por qué dice eso?”, le preguntan quienes lo escuchan cuando ha regresado a su país de origen y él solo atina a contestar: “una mierda porque sí”.

     Explayándose en su respuesta cuando su estado de ánimo se lo permite, se concede a sí mismo una licencia para renegar a sus anchas. “¿Les parece poco?”, pregunta moviendo la cabeza sin siquiera haber expuesto qué es lo que a él le parece demasiado, y da rienda suelta a sus impulsos reprimidos:




     —Apenas sales de la casa te encuentras con un basurero de 830 Km2, porque es la ciudad del mundo que más basura produce. No dan abasto las canecas ni las bolsas, ni el camión recolector que pasa en determinado horario, pues la basura se desborda y se expande en todas direcciones, y nunca en Nueva York verás una calle que se mantenga limpia por dos minutos. En todas las esquinas, basura; tirada o recogida en bolsas, qué más da, pero todo es sucio en Nueva York; desaseado, abandonado, desatendido. El aire de la ciudad es un aroma que se confunde con el pescado podrido o el cadáver de una rata y se disimula con el humo apestoso que producen los que fuman marihuana en cada esquina. Siempre huele a algo en Nueva York, pero nunca es un buen olor.

    »Aparte, te subes al transporte público y lo único que encuentras es gente apelmazada, pero nunca un puesto. Vas al mercado y hay tanta gente que pierdes más tiempo haciendo turno para pagar que eligiendo lo que vas a llevar; entras a una cafetería y está tan concurrida que no encuentras donde sentarte tranquilo a tomar un café; vas a entrenar al gimnasio y tienes suerte si encuentras una mancuerna disponible, y si acaso la encuentras olvídate de hacer ejercicio, porque no hay banco: gente, gente, gente y más gente; a toda hora y en todo lugar un exceso de gente en Nueva York, que por ser tantos pierden su valor como personas, porque ya se vuelven masa. Lo peor es que la gente tampoco quiere ver a la otra gente. Todos nos estorbamos en Nueva York, todos sobramos, y así cada día sigue llegando más gente hasta el punto de que ya no cabemos en la ciudad. Luego dicen que el mundo está superpoblado, pero no es así. Lo que sucede es que todos se han ido a Nueva York, a esa mierda que no sé qué tanto de bueno tiene. Y cuando no es gente son carros. El tráfico es imposible, peor que en Bogotá, que ya es mucho decir. Trancones y más trancones, y carros invadiendo el carril por donde uno va hasta provocar accidentes lamentables.




     » ¿Y me van a hablar de la cultura? Pero si allá la cultura angloamericana hace rato se acabó, por Dios. Allá ya nadie respeta nada, ni las zonas de parqueo, ni los semáforos, ni la fila para ingresar al bus, ni el espacio individual, pues hay que cederle siempre el paso al que viene andando en sentido contrario como un toro que quiere embestir. Ni hay cultura de respeto por los ancianos ni por las mujeres, a quienes a cada rato avientan a los rieles del tren. ¿Cultura? Será la cultura de la muerte, tal vez, por esa misma razón de que en Nueva York, como en toda metrópoli, estamos comenzando a odiarnos unos a otros, y tal vez eso explique por qué hay tanto loco en esta ciudad. Ciudad de enfermos mentales, de marihuaneros, de drogos, de bandidos y holgazanes hispanoamericanos que quieren ser mantenidos por el Estado; ciudad de parásitos, de idiotas que piensan que el mundo les debe algo, de avivatos que se la quieren ganar toda con el menor esfuerzo; en fin, ciudad de progresistas. No, allá no hay cultura, sino todo lo malo de todas las culturas, porque nadie está dispuesto a adaptarse a la cultura del país, sino que cada cual pretende imponer su modo de vida en el espacio que no le corresponde. Multicultura, le llaman a eso, pero en vez de ponerse en guardia contra los peligros, porque están destruyendo la cultura tradicional, lo aplauden y lo ponderan como diversidad.

     »¿Y el clima qué tal? Fríos incompatibles con la vida y calores delirantes que lo ponen a uno a gritar si se recibe el sol por más de dos minutos. Un sofoco que no deja respirar, o un hielo que lo pone a uno a temblar y lo obliga a portar una cantidad de trapos encima que después uno no sabe qué hacer con ellos. Porque todo es extremo en Nueva York.

     »Que sí, que muchos parques y muchas cosas bonitas, pero esos son meras distracciones para que la gente se olvide de que vive en Nueva York, donde la felicidad no es posible y donde se llega a comer un poco de mierda, que no le debiera sentar mal a nadie, pero allá hasta la mierda hace daño, porque en vez de forjar mejores personas, nos ha vuelto más soberbios, pues le hacemos creer a los que están en nuestros países de origen que estamos triunfando, pero insisto, lo que estamos es comiendo mierda, que esa igual se la puede uno comer en su país.




     Por esas razones Rupertino regresó a su ciudad, Pereira, una pequeña provincia ubicada en el Eje Cafetero colombiano, delimitada por dos ríos caudalosos y enclaustrada entre un páramo y un valle caluroso que la hacen poseedora de un temible aguacero diario bordeando el mediodía.

     Cuando por fin se instaló en Pereira después de casi cinco años de ausencia, la encontró como si fuese una ciudad ajena, distante, más extranjera y displicente que la misma Nueva York. De un momento a otro su ciudad ya no era suya. Sus amigos lo veían con recelo, sus familiares con desdén por haberse ido en medio de tanta crítica para Pereira, sus conocidos no podían ocultar algo de sorna para con Rupertino. Entonces cayó en la cuenta de todo lo que aborrecía de su tierra natal antes de haber emprendido el viaje fuera de ella: el desempleo, las deudas, la insolvencia económica, los acreedores, la fama de inútil, las broncas con sus allegados, las burlas de sus enemigos, el recuerdo de los desamores, la incompetencia propia que le producía estar allí, la falta de motivación, los chismes parroquiales, las mujeres interesadas, las actitudes venenosas, el arribismo de sus conocidos que se ufanaban de haber conseguido más que él sin haber necesitado irse del país, la imposibilidad de tener metas en la vida, el panorama sombrío, la falta de un plan de escape ante los desmanes autoritarios del gobierno de turno, la mentalidad mamerta de tantos de sus contertulios que se quedaron con la vista puesta en el terruño, la mentalidad mediocre como la de él, de la cual nunca pudo escapar, en fin. Lejos de sentirse a gusto en Pereira, el espíritu del inconformismo empezó a hacer mella en Rupertino, nuevamente, para invocar el antiguo mecanismo del repudio.




     De nuevo, los malos sentimientos comenzaron a aflorar al constatar que en su ciudad aclamada tampoco llegaría a obtener ninguna clase de éxito en ningún proyecto. “Pereira es una mierda, Colombia es una mierda”, gritó mientras elaboraba su esquema de huida. ¿Hacia dónde? Probablemente hacia Nueva York, que era el único destino en donde podría evadirse mientras allí estuviera su madre, la única que lo volvería a recibir. Pero ella quería regresar a Colombia apenas considerara cumplido su periplo allí, así que esa puerta de escape podría cerrársele en cualquier momento. ¿A dónde más huir? ¿Hacia qué horizonte dirigir su mirada si Rupertino en todos lados se hallaba en el lugar equivocado?

     Él, inadaptado por naturaleza, rebelde desde el nacimiento, confundido irredento y contradictor de sí mismo, estaba sospechando que al lugar que fuera, todo habría de parecerle una mierda, tal vez porque la mierda no se hallaba en ninguna parte más que en su espíritu díscolo y desencajado. Tal vez la mierda era él y todo lo que generaba a su alrededor, porque era Rupertino con su ánimo sombrío y funesto quien entristecía las calles de su linda Pereira; quien encochinaba a la majestuosa Nueva York.

     Lo único que se puede hacer con la mierda es limpiarla, erradicarla, disolverla, borrarla de la faz de la tierra. De ahí que Rupertino se encuentre en una sinsalida, porque no sabe qué hacer con él.





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