sábado, 7 de diciembre de 2024

Los nuevos parias

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Una organización mafiosa y socialista encumbrada en el poder; un presidente al que le importa un comino la suerte de su país y está decidido a arruinarlo para entregárselo a unas corporaciones supraestatales a cambio de algún reconocimiento que infle sus delirios de grandeza; unos servidores públicos arrodillados a una causa infame con tal de no perder sus posiciones; y unos partidarios incondicionales a un gobierno que les da migajas y creen ser feliz con ello. Esta es la síntesis de lo que vive Colombia a nivel político. La camarilla que hoy detenta el control del Estado está haciendo transitar a Colombia por una senda que, si no cambia de rumbo, nos va a llevar a convertirnos en los nuevos parias de América Latina.

     El panorama político y económico es cada vez más oscuro, cada vez más parecido al del hermano país, devorado en las fauces de la trampa socialista. La gente comienza a hacer sus maletas, a cerrar sus negocios, a poner en venta sus casas, a retirar sus ahorros y a comprar los pasajes solo de ida hacia un lugar donde la peste de la izquierda no los pueda tocar.

    Son pocos los lugares que están libres de ideologías zurdas en el mundo, porque ahora se aparecen camufladas con la indumentaria de otros movimientos que a la postre también devienen en ruina moral y económica: el Progresismo, la Social-democracia, la Tercera Vía, el Socialismo Corporativo, entre otros. Siendo que son formas de gobierno y organización social tan diferentes unas de otras; siendo conceptos que incluso podrían estar en las antípodas o no tienen relación alguna, todos estos sistemas apuntan a lo mismo: el empobrecimiento general de los ciudadanos; la atomización del ser humano al verse abocado a la pérdida de su cultura, sus tradiciones e identidad; y la pérdida de las libertades.




     Colombia no es la excepción, sino otro laboratorio para que se ejecuten estas políticas al máximo. De ahí que se comience a votar con los pies lo que hace dos años se votó en las urnas por injerencia de la propaganda del odio y la mentira que llevó a más de uno a creer en cuentos de hadas. Esa obstinación revanchista por la promesa de un cambio, especialmente por parte de las nuevas generaciones, terminó dándole la entrada a una casta política de izquierda que acentuó las perversidades y las malas prácticas que tanto le criticaban a la derecha. Dijeron que eran diferentes, pero en realidad eran otra camarilla que aspiraban a ser gobierno para comportarse peor que reyezuelos déspotas, interesados más en los privilegios que obtendrían antes que en la gente que los puso allí.

     Al votar por la política del decrecimiento, del regresionismo, del aislamiento comercial, de la alineación con el eje del mal en el concierto internacional, votaron también por las posiciones a la baja de las calificadoras de riesgo, que previamente mantenían una visión positiva sobre el país y ahora nos evalúan con una calificación poco favorable. Votaron por el aumento de las tasas de interés, por la fuga de capitales y la disminución de la inversión extranjera. Votaron por la desaceleración económica, el nulo crecimiento, y hasta por la exigencia de visado desde Reino Unido, donde permitieron la entrada de colombianos sin el requerimiento de la visa por algún tiempo. Hacía falta que llegara un gobierno de corte socialista para que revocaran la medida.




     No es un secreto que las directrices con las que se está manejando el país vienen generando la peor de las incertidumbres ante la subida de los precios de los alimentos, del combustible o de las materias primas (aunque digan que tienen la inflación controlada), y ante el aumento de la pobreza y el desempleo. De paso se desató una epidemia de escepticismo cuando siempre nos hemos caracterizado por ser una nación que mantiene la esperanza. La política económica está más enfocada en las ideologías que en la realidad de los ciudadanos. La clase media, que históricamente ha sido la columna vertebral de la economía nacional, está desapareciendo. Los más vulnerables, en nombre de quienes orquestaron todo este desastre, se enfrentan al hambre física. A este paso seremos un país vacío, una patria errante.

     Según Migración Colombia, la fuga masiva de ciudadanos al extranjero comenzó como un cuentagotas, pero poco a poco se está convirtiendo en un grifo abierto. Aunque la migración ha sido un fenómeno recurrente debido a los conflictos armados, el desempleo y la falta de oportunidades, parece que esta ha adquirido nuevas dimensiones: “más de mil personas al día abandonan el país con la intención de establecerse en el extranjero.”[1] Los destinos son muy variados: Estados Unidos, España, y algunos países latinoamericanos, como Chile y Ecuador, son los sitios que más eligen los compatriotas para establecerse.




     No se trata sólo de personas con pocos recursos, sino también de empresarios, profesionales y gente con cierto nivel de educación los que se ven obligados a marcharse porque el panorama ya no ofrece las oportunidades que antes hubo. El efecto que esto produce es doble pobreza. Por un lado, la salida de capital humano no solo empobrece a Colombia, sino también a las naciones que reciben a los colombianos. La mayoría es mano de obra no calificada que llegan a engrosar las cifras del desempleo o del empleo de baja remuneración, lo cual no es un aporte significativo de talento para las sociedades prósperas. Los territorios invadidos por un exceso de migrantes incrementan sus costos sociales y ponen en riesgo su cultura y su soberanía. Es por ello que países como Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea tienen sus ojos puestos sobre Colombia desde una perspectiva de desconfianza. Antes éramos un socio estratégico para ellos; ahora nos ven como un obstáculo y al mismo tiempo un futuro problema que se les podría salir de las manos por la diáspora que se les avecina. Las consecuencias, desde luego, las pagarán los expatriados legales que ya han hecho su proceso en otro lugar y que se han radicado cumpliendo las reglas a cabalidad, pero a ellos les tocará cargar con la cruz de la mala imagen y el rechazo que suscitará la diseminación de colombianos por todo el mundo, tal como sucede hoy en día con los venezolanos.




     Así las cosas, con una economía destruida por la ineptitud y la mala sangre del gobierno apátrida, con la inseguridad rampante que es tolerada por este mismo; con el irrespeto a la propiedad privada y la persecución a cualquiera que ha logrado hacerse con cualquier peso; con el resentimiento y el odio que exhala el presidente contra la supuesta clase acomodada, que no es otra que la clase que ha trabajado y ha logrado capitalizar algún ahorro; no nos quedará de otra que someternos a un exilio permanente que a la larga se convertirá un exilio sin retorno

     Si no se toman medidas urgentes para cambiar este rumbo, los colombianos terminaremos siendo despreciados y marginados en el contexto internacional, como los nuevos parias que seremos en el exterior. O viviendo en un país sin perspectivas de progresar, de hacer empresa, de encontrar un buen empleo, de formar familia, de ser libre, de vivir una vida medianamente normal. Es casi igual a vivir en una prisión en donde no hay otro remedio que esperar el día en que por fin se salga de ella, como esperamos los colombianos el 7 de agosto de 2026, que es la fecha en la que constitucionalmente se terminaría este gobierno, si acaso no puede ejecutar su plan de perpetuarse. Porque es seguro que lo va a intentar. Y en una de esas, si continuamos con este adormilamiento frente a todas las impudicias que ha cometido este guerrillero y sus secuaces, se podrá salir con la suya.



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[1] Agustín Ricci. (5 de junio de 2024). Esta es la impresionante cifra de colombianos que se van del país: ¿cuál es su principal destino?. La República. https://larepublica.pe/datos-lr/colombia/2024/06/03/esta-es-la-impresionante-cifra-de-colombianos-que-se-van-del-pais-cual-es-su-principal-destino-lrtmco-97617

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