domingo, 2 de febrero de 2025

El informante

Por Juan Felipe Giraldo Trejos









     —No necesita volver a llamarme —le dijo el informante al comandante guerrillero más sanguinario del grupo terrorista ELC, alias Bochinche, con quien en ese momento sostenía una comunicación altamente confidencial—. De hecho, espero que no volvamos a establecer contacto nunca más. Es muy peligroso. Ya ustedes tienen lo que querían, de modo que no me vuelvan a buscar por este medio. Las líneas podrían estar interceptadas.

     —Entiendo —asintió Bochinche en medio de un rumor de pitidos y sonidos entrecortados—, pero ¿cómo sabemos que usted sí nos va a ayudar con la información del operativo militar? ¿Cómo nos comunicamos entonces?

     —No habrá necesidad de eso, ustedes se darán cuenta sin que tengamos que hablar. Para eso se inventaron el internet.

     Acto seguido, el informante colgó sin despedirse de su interlocutor. Sorbió un trago de whiskey de un vaso que tenía a medio llenar, sin hielo, como le gustaba a él, y luego encendió su ordenador para comenzar a trinar los mensajes que tenía represados. Era una tarea ardua, a la que se dedicaba todos los días sin descanso, porque él, ante todo, era un informante, y en aras de desbaratar la estrategia del enemigo, tenía que ponerse a desinformar. Desinformar para entretener, por un lado, y para confundir, por el otro. “Entretener” y “confundir”, cuando en el fondo de lo que se trataba era de crear cortinas de humo permanentes: dos palabras que significaban lo mismo en el contexto de la lucha ideológica. Se veía cansado, pues no había dormido muy bien. Sólo un pase de cocaína que lo pusiera eufórico lo restablecería de ese adormilamiento que le producía el trasnocho y el exceso de licor.




     El informante compartió la imagen de una ubicación geográfica de Google maps con su respectivo pin desde un chat que minutos antes le enviara el comandante del Ejército; la descargó a su ordenador y luego la subió a su cuenta de X acompañada de un mensaje que había que entender, según su lógica, en sentido inverso: “El guerrero que apunte su arma contra el pueblo será maldito”. Era una frase de Bolívar, pero el Libertador había hablado del soldado que apunte sus armas contra el pueblo, sólo que para el informante un soldado y un guerrillero venían a ser lo mismo. La fotografía mostraba un mapa con la ubicación del punto exacto en donde se presumía que se encontraba el campamento principal del ELC, y el informante confiaba en que los guerrilleros entendieran su señal, que vieran la publicación lo más pronto posible, pues sabía que tendría que borrarla un par de minutos después, cuando el revuelo estuviera desatado.

     En ese mismo lugar oculto entre las montañas de Colombia en la región del Catatumbo, el comandante Bochinche vigilaba las publicaciones de las redes sociales del informante y, en efecto, allí estaba el mensaje de la ubicación como un aviso ineluctable de que este último había cumplido su parte.

     —¡Arley, Satélite, Alfredo! —llamó a sus compañeros inmediatamente, cerrando su dispositivo y guardándolo en un bolsillo del camuflado—. Recojan todo que nos tenemos que largar ya —ordenó.

     —¿Qué pasa, Bochinche?

     —El ejército nos tiene ubicados, ¡vámonos, vámonos!... ¡Oigan, camaradas, a levantar todo y darse a la fuga! —gritó a la tropa que aparentemente descansaba diseminada en cien metros a la redonda, cuyos integrantes, al oír el grito de alerta, de inmediato recogieron todo y ejecutaron la huida.

     —Imposible, Bochinche —le replicó Arley a su jefe mientras recogía apresuradamente sus cosas—. ¿Quién dio esa información? El ejército no podía llegar hasta aquí, ese era el trato con el informante, ¿o no?

     —Sí, pero seguro no pudo detener a su gente. Por eso toca retirarse antes de que nos caigan. Al menos nos avisó.




     —¿Y usted sí confía en ese informante? ¿Qué tal que nos esté tendiendo una trampa? —replicó Alfredo receloso ante la intempestiva huida.

     —Hombre, el informante es de los nuestros, Alfredo. Es el más leal al movimiento —le aclaró Bochinche en el momento en que le señalaba a su cuadrilla el camino a tomar y se separaba de sus colegas—. Nos reunimos a mis órdenes. Ustedes vayan por el río, nosotros por la montaña. De todas formas, el viernes nos tomamos el resto de la zona como estaba acordado, y el que no haya salido ligero es hombre muerto. Sin piedad, camaradas.

     La tropa se separó en dos grandes grupos, uno al mando de Bochinche y el otro al mando de Arley. Esa tarde, cuando miembros del Batallón de Alta Montaña llegaron a la zona, no encontraron absolutamente a nadie. Apenas los rescoldos de un par de fogatas y las cáscaras de las frutas que habían arrojado los subversivos después de comer, pero nada más.

     —Estos hijueputas fueron avisados —sentenció el comandante del batallón en medio de su rabia y su impotencia.





     Por su parte, los medios de comunicación ya estaban dando la noticia: más de 60 muertos, 18.000 confinados, 50.000 desplazados en la región del Catatumbo por enfrentamientos entre dos grupos terroristas por el control de la zona que era fundamental para la operación del narcotráfico. Además, la inteligencia realizada por las fuerzas militares, que logró ubicar el punto exacto en el que se encontraba uno de los actores armados causantes de esa masacre, había sido saboteada. Alguien en el gobierno había revelado la información que sólo podían conocer los altos mandos, el ministro de Defensa y el presidente de la República. Había entre las filas del gobierno un traidor, un campanero, un informante al servicio del terrorismo al que en un país serio habría que juzgar por traición a la patria. Sin embargo, a este informante nada podría sucederle en lo más mínimo, y el mazo de la justicia no podría tocarlo de ningún modo. Por encima del informante no existía nadie que se atreviera a llamarlo a rendir descargos ante un poder superior, pues él era el poder superior. Se trataba nada más y nada menos que del señor presidente de la República, el doctor Octavio Greco, que en menos de quince días ya había realizado dos publicaciones clave que para el mando militar eran top secret. Y las había publicado así, sin más, en su cuenta de X como una manera de alertar a los criminales acerca de los movimientos del Ejército, cosa que tuvieran tiempo de armar una estrategia o de fugarse, ya sabiendo cuál iba a ser la siguiente jugada de su enemigo.

     Desde luego, el presidente Greco se cuidó de borrar su publicación unos minutos después, pero ocurre que la red es implacable con todo lo que se publica allí: no da lugar a arrepentimientos, no hay manera de deshacer lo hecho, pues todo queda registrado y la información, de alguna manera, se puede recuperar. Por eso los medios de comunicación se dieron cuenta de quién era el informante.




     Nunca hubo una explicación de parte de Greco; nunca unas disculpas en las que manifestara si se trató de una imprudencia, de una decisión apresurada por las ganas de publicar, de un “error de dedo de su parte", o de un hecho premeditado. Ni una sola palabra, y ni un solo periodista que se atreviera a preguntarle. La mayoría de los que dieron la información al inicio se olvidaron luego del asunto por orden de sus jefes, porque el gobierno les había advertido que si seguían recabando en la noticia de la publicación de la foto con la ubicación de la guerrilla, se acabaría la pauta publicitaria, y los medios vivían de eso: no se podía jugar con la comida. Por ello el asunto fue olvidado con prontitud para pasar al escándalo del siguiente día, que bien podía ser un nuevo insulto de Greco al presidente de los Estados Unidos en una entrevista realizada por un periodista simpatizante en otro tiempo de sus ideas, o las declaraciones desde Haití en el sentido de hacer un frente contra el mismo mandatario norteamericano al que ningún presidente de la región le sonó, porque nadie era tan bruto e irresponsable como Greco.

     Mientras tanto, el país de a pie estaba preocupado por la clase de sujeto que tenían en la presidencia. Él no era el gobernante que los representaba, sino su propio enemigo, defensor a ultranza de sus amigos guerrilleros. Él no había sido puesto allí por el pueblo, sino por el brazo armado del narcotráfico y del terrorismo. ¿Habría necesidad de más pruebas para saber que el traidor era el que estaba sentado en la Casa de Nariño?




     Esa tarde, el presidente Greco le ordenó a su asistente que le programara agenda privada. Se encerró nuevamente en su estudio, encendió su computador y se puso a trinar sobre Palestina. Le tenía sin cuidado lo que pasara en su propio país, y bien podía el ELC o las FARS tomarse las regiones que le diera la gana y desplazar a los campesinos indefensos que tenían que huir de sus parcelas, dejar sus animales, sus cultivos, sus pertenencias, sus seres queridos sin enterrar siquiera. Bien podría el dictador de Venezuela, el jefe del Cartel de los Soles y al mismo tiempo el socio de la guerrilla colombiana, intervenir en Colombia y entrar en la frontera para enseñorearse también de toda la zona del Catatumbo. A Greco sólo le importaba ejecutar la agenda de los carteles del narcotráfico y las guerrillas a través del ideario del Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla, adscritos a su vez a una agenda internacional más poderosa que cualquier otra, consistente en destruir a los Estados a través de medidas impuestas desde los organismos internacionales para luego entrar a comprar cada país destruido por una bicoca. Era un completo lacayo capaz de entregar a su patria a cambio de cualquier reconocimiento internacional.

     Andaba en sus quiméricas cavilaciones cuando de repente le entró un mensaje de alias Bochinche, el comandante de esa guerrilla a la que él había ayudado con su publicación: “Muchas gracias, señor presidente”, decía, “ha hecho usted un gran servicio a nuestra causa. ¡Viva la revolución!”.







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