Que si la yuca es la yuca, el achiote es el achiote, la papa es la papa, la carne es la carne y el sancocho es el sancocho; que si la cocaína es menos dañina que el whisky; que si el presidente es un verdadero revolucionario, pero sus ministros no; que si les pide la renuncia protocolaria a todos y unos renunciaron y otros no; que si los concejos de ministros seguirán siendo televisados a pesar de haber puesto en evidencia el propio fracaso y la incompetencia, pero sobre todo la mediocridad y la falta de patriotismo por un país que solamente les sirve para desangrarlo de la misma manera como el parásito se alimenta del organismo sano; que si el presidente ahora se va de viaje para el Medio Oriente a hablar de cambio climático en la meca del petróleo, allá donde están los jeques con los que acaso piense hacer negocios, no para el beneficio de Colombia, sino para el beneficio de sus arcas personales. Que si todos estos bochornosos actos con los que la clase política se supera a sí misma en nivel de vergüenza y auto humillación deben ser repudiados o son simplemente los yerros normales de la política como lo fueron en los otros gobiernos; eso no importa. Cualquier noticia que se produzca en el país de aquí en adelante, sea un escándalo de corrupción, una salida en falso del presidente y sus ministros, o una ley para seguir favoreciendo criminales, sólo deja una cosa en claro: todo está debidamente dispuesto para contribuir al cumplimiento de la agenda.
La agenda del gobierno Petro, que no es otra que la de perpetuarse en el poder indefinidamente, tal vez para el resto de su vida y de las vidas de sus sucesores. Aquí los escándalos de la Casa de Nariño son pequeños palitos que le tiran al perro de la opinión pública, para que mientras el perro vaya a recoger el palito y a entretenerse un rato haciendo malabares, publicando memes, indignándose en las redes sociales, o escribiendo columnas de opinión como esta y perdiendo tiempo en lo banal, el amo que lo gobierna aproveche ese tiempo fundamental para ejecutar su proyecto de la imposición de una dictadura, como efectivamente viene haciendo desde el día uno de su llegada a la presidencia.
Todos sabemos que el sinvergüenza quiere quedarse, que no va a soltar el poder, pero al mismo tiempo pensamos que democráticamente no tiene cómo, porque carece del voto del ciudadano consciente. En unas elecciones limpias, el sinvergüenza nunca ganaría. Pero las palabras “democracia” y “limpieza” son variables que tendremos que quitar de la ecuación para que este proyecto antipolítico perdure: no habrá reelección democrática ni elecciones limpias. Basta con eso, y el país tendrá un futuro de dictadura socialista. Sencillamente el maniático que nos desgobierna podría quedarse por decreto, sin convocar a elecciones y amparado en la imposibilidad de llevarlas a cabo debido a una hipotética situación de orden público que él mismo podría hacer estallar (como ya lo hizo una vez); sin destinar los recursos a las instituciones encargadas para ello, o destinándolos con la condición de que sea él (o cualquiera que designe) el ganador.
Esto es muy simple, compatriotas, cuando se trata de torcer la democracia y hacer que parezca que el pueblo ha decidido su destino, cuando de antemano han elegido por él. Y vaya que este gobierno, experto en torcidos y platas por debajo de la mesa tiene la capacidad para hacerlo. No se nos olvide que detrás del telón está el tahúr Santos, que es el jefe de jefes.
En Venezuela se robaron varias elecciones, y ni siquiera con la más reciente, que fue la más obvia, pasó alguna cosa. En Colombia no será distinto, sobre todo cuando ya tienen la experiencia del vecino ladrón que les dejó la lección para no cometer los mismos errores con las actas.
Lo que tenemos que darnos cuenta es de que Petro está cumpliendo una agenda paso a paso, y en este momento estamos atravesando la fase tres, que es la inducción al caos generalizado y a la anarquía total. No crean que la crisis ministerial después del vergonzoso “Concejo de ministros” del pasado 4 de febrero es una situación coyuntural. Al contrario, todo estaba perfectamente organizado para que fuera así: al sinvergüenza le sirve quedar como el único de su gobierno que de verdad lo intenta, "el único revolucionario", pero al que su equipo de trabajo no le sigue el ritmo. “Pobre hombre, no tiene con quién, no lo quieren dejar gobernar”. Y a los ministros les sirve la renuncia, porque así pueden lanzarse como hienas a la presa de la candidatura presidencial, como para disimular que estamos en una democracia libre, aunque ellos saben que ya la presidencia tiene dueño: el que elija Petro, que por lo narcisista que sabemos que es, muy seguramente se elegirá a sí mismo.
Decía que estamos iniciando la tercera fase de la agenda petrista, que es en sí la misma agenda utilizada por los dictadores amparados en el Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla (léase López Obrador, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Lula Da Silva, etc.). Si se mira bien, la estrategia del socialismo siempre es la misma: llegar al poder por la vía democrática, y una vez allí, destruir la democracia. Ahora se hacen llamar progresistas, pero en el fondo la receta es la misma, servida en platos más modernos.
Pero recordemos cuáles fueron las fases anteriores de este programa en el que nos embarcaron a los colombianos gracias al resentimiento y a la ignorancia de unos cuantos, y al poder corruptor de otros. Según las conclusiones del abogado, analista político y activista de derecha, Samuel Ángel[1] (@samuelangel.tv), Petro empezó su agenda el primer año (primera fase) de su gobierno asegurándose a sus votantes y a su cuerpo especial de seguridad: cambió la cúpula del Ejército y la Policía para poner gente de su entera confianza, incluso metiendo antiguos insurgentes del grupo terrorista M19 dentro de las instituciones de seguridad, como por ejemplo la Unidad Nacional de Protección. Infiltró la inteligencia con bandidos y nos dejó en manos de los criminales. Por otra parte, dio rienda suelta a la feria de los subsidios, a las políticas de “inclusión y diversidad” (con ministerio a bordo que ni falta que hacía, y menos si al frente estaba Francia Márquez), a la repartija de dádivas para mantener el caudal electoral. Lo más grave de todo esto es que mucha gente en las próximas elecciones estaría dispuesta a votar nuevamente por el sinvergüenza con tal de que les siga llegando su bicoca de $80.000, $160.000, $520.000, un millón de pesos o la cifra que a bien tengan que recibir del gobierno. Ya les compraron el voto de antemano. Y lo harían, no por convencimiento político, sino porque esa platica no se puede dejar perder. Más que el voto, les han comprado el futuro: como decía Chávez, a los pobres hay que mantenerlos pobres, pero con esperanza. Por eso el primer año de Petro fue tan exitoso en términos de apoyo popular, todo era inclusivo, feliz, con Ministerio de la Igualdad, con marchas del orgullo por todas partes, con gestores de paz, liberación de bandidos de las cárceles, todos "viviendo sabroso".
El segundo año fue el año de la radicalización activista: un llamado a las “fuerzas populares”, tales como las Guardias Campesinas, Guardias Indígenas o Primera Línea a que marchen y hagan despliegues ofensivos de fuerza para presionar a la aprobación de sus reformas. Esto incluye incursionar en todos los mecanismos de lucha que sus colectivos le puedan dar, ya sea de base cultural (como pintar murales para difamar a la oposición), política, o a través de las redes sociales, financiando y contratando a los bodegueros para que le laven la cara con la plata de los contribuyentes. La radicalización activista consiste en dar pelea en todos los ámbitos posibles para favorecer su imagen, para convencer así a los incautos que todavía no se han adherido a su causa. Es aumentar el caudal electoral, no a través de compra de votos directamente, pero sí a través del lavado de cerebro. Y para eso cuenta con todo un ejército de influenciadores que están a su servicio.
La tercera fase para perpetuarse en el poder es en la que estamos, que es el caos inducido a través de un desastre social, económico y político para exacerbar la pobreza y la violencia del país. La situación en el Catatumbo que el gobierno no ha querido atender es producto de ese caos inducido. Es el mismo presidente el que lo permitió, no solo porque hay una guerra de carteles entre las FARC y el ELN que está desplazando y matando a la población, sino porque es el Cartel de los Soles de Nicolás Maduro el que se está apoderando de la zona, con respaldo del mismo ELN, que es ya un grupo terrorista trasnacional al servicio del régimen, y con la anuencia de Gustavo Petro, que en lugar de atender la crisis se va para Haití, dejando a la gente de la zona a merced de los criminales. Esta fase contempla también la entrega del territorio a las guerrillas y a Venezuela. A nivel económico Petro busca destruir el país, ya sea ganándose un bloqueo de parte del nuevo gobierno de los Estados Unidos, ya sea promoviendo la siembra y compra de coca para que en lugar de comida solamente haya cocaína en el país, con la consecuente tragedia de la carestía de los alimentos y el hambre; ya sea a través de decretos para aumentar los impuestos e imponer algunos nuevos con la excusa de que no hay con qué hacer las inversiones sociales que se necesitan. O ya sea por la vía de acabar con la extracción de petróleo y gas, lo que a largo plazo nos costará lágrimas. A nivel monetario muy pronto nos castigará con la propuesta de emitir billetes a la nueva Junta Directiva del Banco de la República, en donde ya queda con mayoría, lo cual destruirá el poder adquisitivo de las personas y ocasionará niveles de hiperinflación nunca antes vistos.
Por último, la cuarta fase, que comenzaría a mediados de este año, consiste en la ruptura institucional definitiva, viéndose reflejada en golpes contra el Consejo Nacional Electoral, la Registraduría, las cortes y las instituciones de seguridad. Esta ruptura busca desconocer el papel de los Organismos de Control, agudizar el desmantelamiento del Ejército y la Policía como ya lo viene haciendo hasta prácticamente anular su campo de acción. Con la Fiscalía y la Contraloría de su parte, el gobierno Petro queda prácticamente autorizado a hacer lo que se le venga en gana, incluso decretando nuevos estados de Conmoción Interior para expandir los límites de su poder. A última hora podría inventarse un mecanismo para una reforma constitucional de urgencia que le permita reelegirse en aras de evitar una posible guerra civil, desde luego, azuzada por él mismo.
Con este panorama no hay motivos para no reaccionar ni dormirse en los laureles, ni entretenerse con anuncios de candidaturas, ni sentarse en el sillón a ver los programas de ciertos pseudo periodistas que todo lo vuelven chiste. Esto es demasiado serio, porque mientras que perdemos tiempo como el perrito que va por el palito que le tiran, el astuto de Petro se atornilla en el poder.
Es una lástima que la misma oposición en Colombia le haya puesto trabas al juicio político que, invocando el artículo 109 de la Constitución, habría destituido a Petro del cargo por el sólo hecho de haberse volado los topes de la campaña presidencial. Bastaba con eso, no importando si el presidente sabía o no sabía. Pero uno no entiende cómo ciertos políticos que dicen ser de oposición le ponen palos a la rueda y complican las cosas para luego sacar pecho y decir que fueron ellos los que interpusieron las demandas. Como siempre, son los políticos los que por A o por B no permiten que nos liberemos de su yugo. Que no perdamos el país. O nos desparasitamos, o el parásito nos come vivos.
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[1] https://www.semana.com/nacion/articulo/ha-sido-un-verdadero-desastre-cada-dia-tenemos-un-escandalo-distinto-samuel-angel-investigador-colombiano-sobre-el-gobierno-de-gustavo-petro/202334/







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