(Columna)
Ha pasado una semana desde que un sicario (sin importar la edad) atentó contra la humanidad del senador y precandidato a la presidencia Miguel Uribe Turbay. Mientras él continúa batallando por su vida, inconsciente de todo lo que pasa a su alrededor, los que estamos afuera hacemos votos porque su estado mejore y se obre un milagro en su cuerpo: el milagro de levantarse y reanudar su lucha por el país. Porque nadie, absolutamente nadie, merece que se le dispare en la cabeza a quemarropa, y tanto el antisocial que disparó como los criminales que planearon y ayudaron a ejecutar el crimen tienen que pagar por ello con todo el peso de la ley.
Aunque ya sabemos en manos de quién está la Fiscalía y para quién trabaja. Pedir que se haga justicia en un país que se enruta hacia una dictadura socialista es demasiado. Seguramente la investigación se ralentizará, la marcha de mañana desviará la atención de los medios hacia la indignidad colectiva contra este gobierno, y transcurrirá la semana como si no hubiera pasado nada. De hecho, ya comenzaron desapareciendo las pruebas: el celular del sicario no se halló en el momento de la captura. También comenzaron las hipótesis: que el atentado contra Miguel fue por ser la persona que era, y no por ser candidato opositor; que tal vez un sector de la ultraderecha radical a la que no le conviene la candidatura de Miguel Uribe fue la que hizo un autoatentado; o que un grupo narcotraficante quiso tomar represalias porque Miguel Uribe había hablado en varias ocasiones de luchar contra el narcotráfico. ¡Qué ocurrentes! Sólo les faltó decir que fue por un lío de faldas.
Y la cereza del pastel: el sicario no aceptó cargos, como si todo el mundo no lo hubiera visto disparar. Aparte se determinó que hay que darle seguridad a él y a su familia, cambiarle de identidad, cambiarle de domicilio, meterlo a un programa de protección de testigos y hasta asegurarle su manutención, todo por cuenta de los colombianos. Mejor dicho, se sacó la lotería. De modo que si un supuesto “niño” dispara contra alguien de la oposición a este gobierno, se le considera como una víctima del sistema y se le acoge en el seno de la institucionalidad. A ver si el atentado hubiera sido contra un político petrista o contra el mismo Petro, si no estarían ya quemando el país y torturando en una celda hedionda al perpetrador. Y como supuestamente es menor de edad, aunque parece mayor de 18 años, no está obligado a pagar cárcel. Si acaso, una irrisoria condena de máximo ocho años de reclusión en un centro de detención especial para menores, de donde hasta niños de diez años se han escapado.
La Fiscalía parece estar siguiendo las órdenes de los orquestadores de este atentado, y aunque no tenemos pruebas de quién haya sido el autor intelectual, creo que tampoco nos quedan dudas de dónde procede este crimen, ni por quién fue inspirado. Si algo ha infundido este gobierno, en manos del sujeto que tenemos como presidente, es el odio hacia quienes se oponen a él políticamente. Eso de hablar de desaparecer a los senadores que voten en contra del embeleco de sus reformas y su consulta popular es algo mucho más que incitar a la violencia: es casi una orden indirecta.
Y la mano negra que apoya a este gobierno entendió el mensaje a su manera, filtrándose la orden de mando en mando hasta encontrar el último eslabón de la cadena: un sicario adolescente, sin mucho que perder y fácil de instrumentalizar, al que le ofrecieron veinte millones por acabar con la vida de Miguel Uribe. Así se concretó el plan, pero el fuego fue atizado desde arriba. No hace falta que se emita una orden directa para leer la mente de una majestad superior irrigada por un odio visceral que cala fácilmente en las mentes inferiores, que son a la vez débiles, pero peligrosas y sanguinarias.
Entonces con mucha razón se ha desatado en el país una ola de indignación colectiva que ha llevado a la sociedad civil y política a unirse para rechazar la violencia, para insuflarle alientos de vida al senador que lucha por sobrevivir, y para pedir que desde el alto gobierno se le baje el tono a las declaraciones en los discursos y en las redes sociales antes de que los insultos y las injurias escalen a una ola de violencia sin precedentes, similar, tal vez, a la acontecida desde el período conocido con ese mismo nombre: La Violencia. También en aquella ocasión fue alimentada por un presidente incendiario que prometía “pintar a Colombia de azulito como el cielo”.
Esta indignación de la sociedad civil ha llevado a que los políticos de la derecha o centro derecha se unan con los del centro, la centro izquierda, y hasta algunos de izquierda (cosa que no comparto) con el propósito de exigir que se le cambie el rumbo a la patria, porque ya comenzamos a transitar el camino del magnicidio, que era un camino que no habíamos transitado por lo menos desde 1999, cuando asesinaron a Jaime Garzón. La idea es pedir la unión de todos los sectores sociales, los gremios, los empresarios, los trabajadores, la ciudadanía en general y demás para moderar el discurso y ponerle un alto a esa violencia que por poco se lleva la vida de Miguel Uribe, pero que lo tiene allí penando, todavía sin despertar. Para ello se organizó La Marcha del Silencio, llamada así porque es una protesta pacífica y silenciosa, mucho más diciente que las arengas, con el fin de rendirle un homenaje al senador herido y rechazar toda forma de violencia.
Pero no hay que olvidar que la violencia la comenzaron el presidente y sus esbirros que lo apoyan. Si el país está polarizado ha sido por culpa de un gobierno que se ha dedicado a insultar a sus contradictores llamándolos nazis, fascistas, golpistas, oligarcas, paramilitares muñecas de la mafia, y hasta H.P. Bajo el mandato de un presidente nauseabundo, rodeado de lo peor de la clase política, el país naufraga irremediablemente. No basta que se hayan robado todo lo que ha tocado la mano ávida de los funcionarios del gobierno. No basta que hayan cooptado las instituciones para maniatar a unas y comprarse a otras. No basta que se haya aumentado la burocracia a niveles exacerbados y que el costo de vida sea cada vez más difícil de cubrir para los ciudadanos. A pesar de las promesas incumplidas, los cantos de sirena, los discursos grandilocuentes y delirantes, los vicios y las bajas pasiones, el presidente continúa por la misma línea violenta y dictatorial que viene enmarcando su gestión desde que comenzó el mandato.
Es el primero que dice que hay que bajarle al tono para desincentivar la violencia, pero también es el primero que expone en redes su desprecio visceral por los que lo critican. La falta de respeto que cometió con Miguel Uribe el mismo día en que atentaron contra su vida así lo evidenció. Mientras el precandidato sufría en una clínica, Petro se burlaba de él y su familia, víctimas de la violencia, diciendo que era hijo de una mujer árabe y hasta atreviéndose a mandarle un saludo en árabe: una completa revictimización.
Y cuando el pueblo está atemorizado por la ola de violencia desatada esta semana con el atentado contra Miguel y las bombas en Cali y el Cauca, el presidente, en lugar de ofrecer garantías de seguridad y hacer lo que tiene que hacer, le resta importancia a los hechos y nombra al señor Montealegre como nuevo ministro de Justicia para que le ambiente la reelección a través de una constituyente sin pasar por el Congreso, cometiendo de paso una herejía contra la Constitución. Imaginémonos: en plena crisis de orden público, a Petro lo único que le importa es reelegirse. Si para eso tiene que dejar que atenten contra otro candidato de oposición, lo hará. Si para eso tiene que desatar la ola de violencia y llevarnos a una guerra civil, no tendrá ningún empacho en hacerlo, cosa que pueda gobernar por decreto y aplazar las elecciones. Si para eso tiene también que utilizar la estrategia de robarse las elecciones como Maduro en Venezuela, igual lo hará. Porque tiene la chequera, y para eso va a romper la regla fiscal y a endeudarnos en más de diez billones de pesos. Va a comprar conciencias a dos manos con tal de ser reelegido. Como si fuera poco, anuncia otra reforma tributaria, con la propuesta de pasar el IVA de 19% a 26%. ¿Es esta la acción de un presidente sensato, lleno de amor por su patria, preocupado por el bienestar de sus ciudadanos y solidario con el dolor de las víctimas de la violencia como el senador Uribe Turbay o las personas que asesinaron en los atentados de Cali, Jamundí y el departamento del Cauca? En absoluto. Es la acción, sí, de un apátrida que quiere incendiar su propia nación.
Por eso los colombianos se van a pronunciar mañana en la marcha. Por eso saldrán cientos de miles a las calles, no sólo para decir “Fuera Petro”, sino para gritarle a los violentos que no los queremos, que queremos ser libres y salirnos de ellos, pues son los que detentan el poder.
Por eso la unión es con todos, menos con los petristas. No entiendo qué hacían esta semana Vicky Dávila y las candidatas del Centro Democrático dándose abrazos con María José Pizarro y Gustavo Bolívar en un encuentro para darle fuerza a Miguel Uribe. Qué sentimiento de traición me embargó el corazón. Eso de reunirse con la izquierda es como reunirse con el enemigo. Entiendan que no es ninguna estrategia para bajarle al tono de las declaraciones, ni un llamado a la unión, porque los zurdos como la Pizarro y Bolívar apoyan a Petro, y Petro es quien encarna el mal de este país. Entiendan que los petristas, en este momento, son unos hipócritas que se están subiendo a una marcha que no les importa, pero que les sirve para sacar réditos políticos. Por eso me dolió ver a las candidatas de derecha compartiendo set con esa gente con la que los colombianos no queremos nada, ni siquiera una reunión, ni un tinto, ni una tregua. Me han decepcionado profundamente. Si mañana los petristas salen a marchar en compañía de la gente buena de este país, espero que al menos les hagan un escarnio social. No más Petro, pero tampoco sus adulones. La unión es con Colombia, pero sin petristas. ¡Fuerza Miguel!, y ¡Que viva la democracia!






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