(Columna)
La marcha del pasado domingo demostró que el pueblo colombiano, el verdadero pueblo, no está con el sinvergüenza que nos gobierna. Ríos de gente colmaron las calles de las principales ciudades del país para dos cosas básicamente: pedir por la salud del precandidato y senador Miguel Uribe, y repudiar la violencia que se ha cernido sobre la nación, en gran parte debido a la cizaña y el odio que el primer mandatario ha engendrado en el corazón de los ciudadanos.
Odio por partida doble: quienes lo enaltecen no han hecho otra cosa que avivar su resentimiento hacia una clase socioeconómica, de por sí necesaria para la generación de empleo y la creación de condiciones para salir de la pobreza. A estos se les olvida que son los “ricos”, así entre comillas, la fuente de trabajo de un país. Por si hace falta aclararlo, el Estado nunca genera riqueza. La distribución de esta, que es una facultad que se arrogan los gobiernos socialistas, no es otra cosa que la repartición de los ingresos generados por esos mal llamados ricos en concurso con sus trabajadores.
En el caso de Colombia, apenas son verdaderamente ricos el 4% de los industriales. El resto, el 96% que queda, son sólo pequeños y medianos empresarios que tienen a su vez pequeños y medianos negocios. De ahí que una reforma tributaria como la recién aprobada por el Congreso ante las amenazas dictatoriales del sinvergüenza, y el miedo que este les produce con una consulta popular o una constituyente, signifique la inminente quiebra de estos empresarios que, repito, no son ricos desalmados, como nos quieren hacer creer desde el gobierno, sino que pertenecen a la clase trabajadora del emprendimiento, como yo los llamo.
Pero como una “dudosa” mayoría (y digo “dudosa” por todo el entramado de corrupción y compra de votos que se comprobó después de las elecciones) eligió votar por un guerrillero de ideas comunistas, es natural que este país sea manejado bajo la óptica de la ideología en lugar de la del sentido común. Porque cuando se trata de una causa ideológica, esta es tan fuerte, tan cegadora y radical, que no permite considerar posturas diferentes. No importa tirar por la borda todo lo que se ha construido lejos del ideario, bajo visiones más bien técnicas o pragmáticas que pueden o no funcionar, pero que siempre son susceptibles de cambiar o de mejorar. Lo importante para los enraizados en la ideología es seguir el manual, la doctrina, los puntos que los llevarán a encontrar el paraíso y la utopía.
De otra parte, están los odiadores nuevos azuzados por la verborrea pendenciera de un presidente que echa lava por su boca. De ahí que se haya hecho coger tirria del verdadero pueblo colombiano. De ahí que el odio se le haya vuelto en contra, que nadie lo quiera ver, que el resto de los ciudadanos lo detestemos como se detesta a una cosa abominable a la que basta con verla para generarnos el repudio. Están algunos como yo, que desfogamos nuestra ira contra el gobierno escribiendo columnas y participando en debates callejeros de los cuales a veces salimos mal librados, porque es imposible hacer entrar en razón a un petrista, y están los que simplemente apagan el televisor cuando ven al presidente en cadena nacional y lo ignoran hasta el cansancio, aunque cada que quieren ignorarlo se les aparece algún esbirro prepago de su gobierno a defenderlo en cuanta red social se esté suscrito. Son más sabios incluso los que lo ignoran en silencio y se abstienen de hablar de él en público, porque no se sabe en dónde se topará uno con un petrista que lo va a sacar de quicio. Mejor no pasar malos ratos.
Pero a la hora de salir a manifestarse en masa, el pueblo colombiano no ha dudado en hacerlo, y aquí ya no importan los rebuznos de los petristas que criticaron la Marcha del Silencio y dijeron que eso solamente había sido puro oportunismo político de algunos candidatos de derecha que quieren ser presidentes. Como sea, la gente no salió para apoyar a ningún político, como salen los de las marchas de la izquierda, esos sí a cambio de prebendas. Como sea, la gente no salió por un plato de lechona, un tamal, un refrigerio, un subsidio o una promesa de mejorarle la vida con cualquier limosna. La gente salió por convicción, en una de las marchas más nutridas de la historia de Colombia. Y sí, seguramente también motivada por el odio que les ha infundado Petro contra sí mismo, porque él se percibe como dictador, y a los dictadores todo el mundo los odia. La diferencia es que en la Marcha del Silencio no hubo un solo vidrio roto, ni una estación del sistema de transporte masivo vandalizada, ni un desmán hecho a propósito, porque los buenos somos más.
Sólo que faltaba que el dictador, como todo dictador que también es ladrón, se robara la marcha y dijera que ese era el pueblo de Colombia manifestándose a favor de la paz, como si él fuera el autor de dicha paz. Su falsa paz, llamada “Paz Total”, fue una política fracasada, y eso lo sabemos. El presidente mismo es un fracaso como político y como ser humano; un hombre malogrado, indigno hasta de llamarse hombre. Yo le digo sinvergüenza para no ganarme una demanda (o una amenaza), y porque tengo cómo comprobarlo, pero todos sabemos que es mucho peor que eso.
Nunca le importó realmente la consulta, ni le importaron las reformas. Ya se le aprobaron casi todas, gracias a que también tenemos un congreso vendido al petrismo. El trasfondo de toda su pataleta se está dejando ver: una “Asamblea Popular Constituyente”. Así, con la palabra “popular”, como todo lo que a un populista de izquierda le gusta, aunque ese término no aparezca en la Constitución de Colombia.
Pues bien, Petro siempre sabe cómo ponernos a hablar en su jerga: primero “las reformas para el bien del pueblo”, luego la consulta “para que el pueblo decida lo que quiere hacer”, y ahora el “mandato claro del pueblo” a través de una constituyente para una nueva Constitución. ¿Se quedará el sinvergüenza en el poder? Pues ya nos metió sus reformas que llevarán a Colombia a la ruina, nos intenta meter su Consulta Popular pasando por encima del Congreso, aunque no la necesite, y ahora habla de una nueva Constituyente. Todo sea por ser reelegido indefinidamente, ampliado el período presidencial, o para tener la posibilidad de reelegirse en el futuro en caso de que no le alcance el tiempo para tramitar su nueva Constitución.
Como sea, para convertirse en un dictador eterno, porque así son los comunistas; para seguir sembrando odio y seguir robándose las marchas del pueblo contra él, porque si ya se ha robado el país más que cualquier otro político en la Historia, qué más da seguírselo robando. Sabe que si entrega la presidencia solamente le quedan dos salidas: la cárcel o el cementerio.
Pero si el sinvergüenza se queda un minuto más después de las tres de la tarde del siete de agosto de 2026 en el Palacio de Nariño, este país se habrá perdido para siempre. Si esto sucede, los colombianos de bien, en un legítimo derecho a defender la patria contra una dictadura, tendremos que someter al tirano a una de las dos salidas, preferiblemente la cárcel, para que pague por todo el daño que le ha hecho a Colombia. ¿Seremos capaces de evitar un tirano en el poder? ¿Podremos detenerlo para que el dictador en ciernes no se perpetúe? Si no lo logramos, vamos a tener que aprender mucho de nuestros hermanos peruanos para que nos enseñen cómo es que se remueve el mal de raíz.





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