sábado, 7 de junio de 2025

Fin de Petro, ¿resurgimiento de otra izquierda o viro a la derecha?

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

(Columna)






     En Colombia uno levanta cualquier piedra y de ahí sale un candidato presidencial. La mayoría están hablando de lo mismo: coincidiendo en la unión, justamente cuando están luchando por su interés particular. Todos quieren ser presidente, aunque muy pocos son los que realmente quieren luchar por el país.

     En verdad, en las actuales circunstancias, ¿es necesario que tengamos tantos aspirantes a la presidencia con discursos de lugares comunes como si fueran su único programa de gobierno? Porque ahora todos se suben al bus del anti petrismo, lo cual está muy bien, pero no tienen mucho más que ofrecer a un pueblo que lo que necesita son verdaderas soluciones.

     Y las soluciones ellos saben cuáles son, ni falta que hace repetirlas: seguridad, empleo, inversión privada, inversión social, poder adquisitivo, educación, salud, vivienda, acceso al capital, justicia, incentivos al emprendimiento y el ahorro, defensa de la propiedad privada, entre otras cosas. En un país que tiene hambre urge primeramente que el pueblo coma y tenga bienestar, pero nada de esto se logra solamente con discursos, o con despotricar del desastre del gobierno presente que nos va a dejar un país enfermo en todos los aspectos, como enfermo está su líder espurio.

     Porque seamos sinceros, y esto va especialmente para la oposición: aquí no tenemos un proyecto de país. No hay planificación a cien años, por ejemplo, como sí lo hacen los chinos, que están unificados hasta en la forma de gobernar con un partido único. No quiero decir con esto que seamos una dictadura como la del Partido Comunista, sino que nos pongamos de acuerdo en cuál es el país que queremos para las futuras generaciones y no solamente para los próximos cuatro años.




     La izquierda por lo menos tiene una idea aproximada de lo que quiere, y por eso a ellos, que son colectivistas, les resulta más fácil elegir un candidato único cuando van a una contienda electoral. No es ese el caso del espectro de la centroderecha, cuyo individualismo aflora en un sinfín de candidaturas, muchas de ellas sin pies ni cabeza, buscando el impulso necesario para mantenerse en la esfera pública y de allí ir saltando cual tarzán de la política que va de puesto en puesto, buscando no dejar de figurar, por si acaso llega la oportunidad de ascender al primer cargo de la nación. Ya es hora de que la derecha, o lo que se denomina centro-derecha, porque en Colombia no hay verdadera derecha, en vez de acumular nombres de candidatos medianitos y sin peso alguno, se una para lanzar a uno solo en una coalición que agrupe a varios sectores bajo un proyecto que represente al grueso del país, personificado en el ciudadano de a pie, pero también en el empresario, el campesino, el asalariado, el profesional, el estudiante, el emprendedor; en fin, el colombiano bueno. ¿Será mucho pedir que sacrifiquen las vanidades personales para rescatar al país de este infierno en el que lo sumió la izquierda y en parte también la derecha tibia y cobarde de los gobiernos anteriores?

     Porque si la “derecha”, o lo que entendemos por tal continúa dividida y se siguen lanzando candidatos a dos manos, cada uno tirando para el lado de su conveniencia, la izquierda sí que está en capacidad de unificarse en torno a una figura que los represente, aunque en un principio esa figura intente desligarse de la izquierda misma por estrategia.




     Ahora está de moda ser de izquierda anti petrista para recoger los votos de la centroizquierda y de los petristas arrepentidos. Incluso, en el hipotético caso de que Petro quiera reelegirse y cambie la Constitución para ello, el izquierdista raso preferirá mil veces volverle a entregar el país a perpetuidad antes que cambiarse de orilla política con un candidato de derecha. Nada que se aproxime a una concepción ideológica con atisbos de patriotismo, de defensa de las tradiciones o de la fe. Nada, en todo caso, con algún tinte de pensamiento conservador.

     Porque nuestra sociedad posmoderna está constituida mayoritariamente por un imperativo que, aunque aboga por el libre mercado, culturalmente se adscribe a los principios del libertarismo. No entendido como “la capacidad de respetar el proyecto de vida irrestricto del prójimo”, sino como la capacidad de “hacer lo que se me venga en gana” sin afectar las libertades ajenas: dos cosas muy diferentes. Aunque el grueso del pueblo colombiano hoy ya sea anti petrista, en el fondo mantiene su corazón leal a la “social vacanería” con la esperanza de que sea otro el que les haga realidad su utopía: la utopía de permitirles hacerse ricos sin prohibirles nada.

     Ese es el nuevo socialismo, que no es el de la vieja escuela materialista de Marx y Engels, sino más bien el de las grandes élites de una nueva izquierda cultural que se ha disfrazado con una variedad de nombres que difieren entre sí, pero que en el fondo son serviles a un sistema totalitario en el que un poder central es el que controla todo: globalismo, progresismo, estatismo, Socialismo del Siglo XXI, etc. Muchas máscaras, un solo rostro.




     El objetivo, en todo caso, es tener al Estado como garante de todo derecho mientras que un reducido grupo de privilegiados se adueñan de los medios y la propiedad hasta empobrecer a los individuos del globo por medio de sus ideologías para instaurar una gobernanza mundial. Para ello es menester que se perpetúen las dictaduras de corte socialista, al estilo de Petro, procurando al mismo tiempo que actúen en consonancia con el catastrofismo climático. En nombre de la lucha contra el cambio climático destruyen las economías de sus propios países, y en últimas nos entregan a la voluntad de un poder mundial soberano que tendría en sus manos nuestros destinos.

     Si Colombia continúa caminando por esa senda del izquierdismo progresista, poco o nada avanzará en caso de que se logre zafar del prospecto de dictador que tiene. El fin de Gustavo Petro ya se puede intuir, y su vida no durará mucho de seguir con su propia autodestrucción. No podemos permitir que ese sea el fin de nuestra amada patria: que se inmole solo, pero que no se lleve nuestro país en la rodada cuesta abajo. Estamos permitiendo que arruine más de 200 años de historia. Hemos dejado que se tome el poder legislativo, las cortes, las instituciones con las cuales está arrasando. Hemos permitido que le amarre las manos al Ejército y a la Policía para que no luchen contra el crimen y el terrorismo, impidiéndoles que cumplan con el deber constitucional de defender al pueblo.




    Ya es hora, compatriotas, de declararnos en desobediencia civil. Hora de pararnos en la raya ante este desgobierno que quiere desconocer el equilibrio de poderes para no dejarle hacer lo que le venga en gana. Mucho cuento es que termine el año largo que le falta, pero que no se atreva a dar el golpe blando de Estado del que tanto ha acusado a la oposición. Que no se escude en la abstracción del pueblo para hacer su guerra. Si continúa en esa tónica, no quedará más que defenestrarlo y darle ese golpe que él tanto desea que le den antes de que nos lance por el abismo. Porque él es un conductor borracho y drogado que maneja un tractocamión cargado con 50 millones de colombianos, y los está dirigiendo al precipicio. ¿Le damos un puntapié a ese conductor y lo relevamos del volante por la fuerza o esperamos a estar heridos de gravedad, cuando el 7 de agosto de 2026 ya hayamos rodado al despeñadero?

     El momento es este, compatriotas, cuando el okupa de la Casa de Nariño ha demostrado no estar en sus cabales ni tampoco en capacidad para asumir las riendas del país. Es ahora que debemos utilizar las herramientas que la Constitución nos brinda para liberarnos, pues hoy más que nunca su debilidad lo tiene agazapado. Sólo que esa debilidad podría tornarse peligrosa si en su caída al infierno nos empuja consigo. Es una bestia herida, y las bestias heridas arremeten con mayor furia en el último segundo.

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Nota

Al momento de editar esta columna se ha presentado un atentado contra el candidato presidencial Miguel Uribe, del partido Centro Democrático. Le pido a Dios que salve su vida y no le deje secuelas de gravedad. Pronta recuperación para Miguel Uribe; un hombre honesto, bueno, de los pocos candidatos que valen  la pena. Definitivamente la bestia de este régimen ya comenzó a arremeter, de ahí que no podemos darle ni un centímetro a esta dictadura que hoy se instaura. El verdadero pueblo tendrá que marchar frente a la Casa de Nariño. Que el ejército tome el control y lo aprese por haber incitado a la violencia que hoy tiene al candidato debatiéndose entre la vida y la muerte. Fuera Petro del Palacio Presidencial. Él y su grupo de ministros, congresistas y barras bravas merecen entrar, pero a un pabellón de la cárcel y no dejar que vuelvan a salir nunca de allí. Qué gran daño le ha hecho el petrismo a este país.



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