(Columna)
Javier Hernández Balcázar, apodado como el “Chicharito” Hernández, es un futbolista mexicano ampliamente reconocido por su trayectoria internacional en diferentes clubes del mundo. Actualmente es delantero de las Chivas del Guadalajara y máximo goleador histórico de la selección mexicana. Por estos días el “Chicharito” ha sido objeto de controversia en las redes sociales porque hizo algo demasiado osado y peligroso para los tiempos que corren: se atrevió a dar su opinión.
Es que Chicharito, al parecer, cometió el terrible pecado de salirse de la temática del fútbol en sus redes sociales para hablar de temas como el rol del hombre y de la mujer en la familia, de la masculinidad, la feminidad y el comportamiento de los sexos en la era contemporánea, como si no pudiera hablar de otra cosa que no fuera del balón. Y digo “pecado” porque sus opiniones van abiertamente en contra de la ideología progresista imperante que no admite posiciones encontradas. Es por esto que ha sido cancelado, por supuestamente “propagar videos con contenido retrogrado, misógino y perpetuadores de estereotipos machistas”, y de paso por fomentar el “sistema de opresión patriarcal”.
Qué grave para la mentalidad del mundo al revés que Chicharito haya dicho cosas como que es bueno que una mujer sea liderada por un hombre, o que no les debería producir rechazo el tener que limpiar la casa si tienen a su lado a un buen proveedor que cumple con sus funciones responsable y cabalmente.
Las feministas se arrancan los pelos de las axilas al escuchar a este “salvaje”. ¿Cómo se le ocurre a este macho dar a entender que la mujer tiene que aportar algo en la relación, si la mujer es una diosa, un ser de luz que ya tiene su valor intrínseco por el solo hecho de haber nacido? ¿Cómo así que un hombre va a exigir que ella limpie y cocine por el solo hecho de que ese hombre suministre la despensa, pague los recibos y se encargue de sufragar todos los gastos del hogar, incluidos los gastos personales de ella que se hacen extensivos a las uñas, la peluquería y los tratamientos de belleza?
Correré entonces la misma suerte de Chicharito. Que me cancelen a mí también si acaso no puede uno decir la verdad en este mundo de corrección política asfixiante, y eso que el delantero les habló bien suavecito. Porque veo que hoy en día las mujeres tienen todo el derecho a exigir, pero nadie tiene el derecho de pedirles una mínima contraprestación. Quieren hombres caballerosos que se encarguen de todo y que resuelvan siempre, pero cuidado con pedirles a ellas que les preparen un arroz con huevo, que eso ya es un abuso machista: “el hombre también tiene manos”, dicen ofendidas.
Y esa contraprestación, desde luego, no tiene que ser económica. El hombre no mide el valor de una mujer por su capacidad de proveer si él es quien puede hacerlo. De hecho, poco o nada le importa si es exitosa profesionalmente o no, puesto que este es un criterio femenino para encontrar pareja, no un parámetro masculino. Al hombre coherente, identificado con el rol de su sexo, le interesa más bien una mujer que lo admire, le sea leal, servicial, esté pendiente de sus cosas, le brinde cariño, le dé buen trato y le dé paz. En otras palabras, una mujer que le dé su lugar y le reconozca su liderazgo. A esta altura las empoderadas ya deben estar maldiciendo este artículo y dando rienda suelta a su animadversión contra mí por lo que acabo de decir en lo referente al liderazgo, pero lo siento mucho, así creo que debe ser.
Y no es machismo. Estoy de acuerdo en que eso del cincuenta-cincuenta tampoco funciona, porque en toda relación siempre hay alguien que ejerce directa o indirectamente el liderazgo. Nunca se presenta esa igualdad sustantiva de la que tanto habla el feminismo por la sencilla razón de que hombres y mujeres no somos iguales, y en ese desequilibrio natural de los sexos, es preferible que el liderazgo lo ejerza el hombre.
De ahí la importancia de que los hombres asumamos nuestra masculinidad con entereza y no nos dejemos llevar por ese discurso de la deconstrucción que nos quieren imponer para volvernos débiles. Me atrevería a decir que a ninguna mujer le gustaría tener que cargar con la presión de ser la líder de la relación, porque esto le resta feminidad y la vuelve agresiva y dominante, características propias del sexo masculino que provocan el espanto del hombre si nota que la mujer las posee en modo superlativo. Y no, no es miedo a la mujer empoderada, combativa, independiente y libre que pintan como paradigma ideal de la sociedad actual: es simple y llano desagrado. No hay nada que aleje más a un hombre que la mujer indómita.
Sí, sabemos que en la mayoría de los hogares, por la situación económica y el sistema de vida, ya les corresponde trabajar y aportar a los dos sexos, así como distribuirse las labores domésticas. Pero en ese caso se está en una cooperación en el que cada uno aporta, no el cincuenta, sino el ciento por ciento para que las cosas marchen. Es el hogar en el que quien llega primero tiene adelantada la cena o la tarea del día, y el que más gana no tiene ningún problema en aportar más para pagar las cuentas sin atenerse a un supuesto equilibrio igualitario que a la larga resulta injusto. Es el tipo de relación de pareja más común en nuestros tiempos. Tal vez no sea la ideal, pero aun en ese caso, cuando ambos trabajan y se comparten las responsabilidades económicas y los deberes caseros; es decir, cuando el aporte que hacen es del mismo tipo, las cosas tienden a funcionar mientras se produzca un desprendimiento del anhelo egoísta que lleva a los cónyuges a competir el uno contra el otro. Lejos de esa competencia mal sana por ver quién es el que gana más, y por tanto, el que manda en la relación, lo que se requiere es trabajo en equipo: se comparte en equipo y se sale adelante en equipo.
Pero existe el otro escenario, el de la merecida con complejo de cenicienta que aspira a encontrar un hombre solvente, trabajador, proveedor responsable, fuerte, protector, comprensivo, detallista, buen amante y demás, pero mucho cuidado con ir a exigirle algo a cambio. Mucho cuidado con establecerle límites, o llamarle la atención por una mala conducta suya al tomarse ciertas libertades que no le dan tranquilidad a su hombre. Si esto ocurre, inmediatamente a ese hombre hay que meterlo al saco de los opresores posesivos y controladores que las mujeres desprecian. ¿Cómo así que, si el hombre, que provee toda la seguridad y la economía del hogar, llega por la noche cansado de trabajar, la mujer debe recibirlo con un buen semblante y prepararle la cena? Faltaría más permitir semejante actitud machista.
Pues bien, así está pensando la sociedad actual, que es la misma que critica al futbolista por emitir una opinión que incluso me pareció demasiado correcta políticamente, como también tratando de quedar bien con la audiencia y por momentos poniendo en un pedestal a las mujeres, y ya ven cómo lo trataron. Le piensan imponer sanciones sociales y económicas, entablarle demandas y destruirle su reputación. Su equipo de fútbol está pensando seriamente en retirarlo del plantel. Tal vez si el Chicharito hubiese sido más vertical y hasta más aguerrido para expresar sus juicios de valor como toda persona que tiene derecho a opinar en redes, lo habrían visto con más respeto y no se hubieran metido con él.
Lo cierto es que el mundo está diseñado para que operen ciertas ideologías a través de los medios de comunicación masiva como internet, la publicidad y los gobiernos, de modo que el hombre y la mujer fracasen en su misión como seres humanos conforme al rol del sexo que les correspondió por designios de la naturaleza. Por una parte, se pretende erradicar la masculinidad con el discurso de la deconstrucción y la “masculinidad tóxica” para vaciar de testosterona al varón y convertirlo en un pelele sometido y humillado. Nada más desalentador para suplir la necesidad de protección y seguridad que anida en la mujer. Por otro lado, se fomenta la pérdida de valores como la castidad, el decoro, la discreción, la delicadeza y la humildad que enaltecen a la mujer. Es con el discurso del empoderamiento como la han ido transformando en un monstruo arrogante y hostil que termina culpando al hombre de sus desgracias.
Por eso, cuando Chicharito dijo que las mujeres están fracasando y los hombres estamos dejando de ser admirables, lo dijo tal vez por un fenómeno que pasa en el mundo occidental: las mujeres ya no quieren ser madres. Ni siquiera esposas, y menos esposas comprometidas con su pareja. Y los hombres nos dejamos castrar la virilidad.
A la mujer de hoy se le celebran los vicios masculinos, el libertinaje, la infidelidad, la emancipación y la búsqueda de poder, pero es precisamente por esas cosas que, a pesar de su libertad y autorrealización, es menos feliz que antes. Cree serlo, pero en el fondo sabe que no.
Al hombre se le dice que debe ser sensible, delicado, indulgente, llorar cuando quiera, ser un amigo más. Con razón el hombre promedio dejó de ser elegido para la procreación, y apenas un reducido porcentaje de hombres valerosos siguen siendo atractivos para ellas: justamente los más duros, los más combativos, los más arriesgados, los que nunca lloran, los que las dominan… los hombres superiores. La mujer, como en la época primitiva, sigue eligiendo la testosterona por encima del buen trato para tener su descendencia.
Por mi parte, creo que la crisis de las relaciones entre hombres y mujeres en este mundo hipersensible donde todo se considera opresión y misoginia, no se va a solucionar pronto. Al sistema no le conviene la armonía entre los sexos porque no quiere procreación ni familias sólidas. Quiere división, enfrentamiento, competencia, rivalidad. Quiere, entre otras cosas, que no se digan verdades como las que dijo Chicharito. La verdad de que los hombres y las mujeres están fracasando, no por el patriarcado, sino por el vaginocentrismo que les dijo a las mujeres que podían hacer de su sexo un instrumento de intercambio mercantil y a los hombres que tenían que rendirse ante ello. La sociedad del utilitarismo puro y duro.





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