sábado, 19 de julio de 2025

El escritor fallido

Por Juan Felipe Giraldo Trejos


(Cuento)







     Rupertino Díaz siempre soñó con ser escritor desde muy joven, prácticamente desde que era un niño y se le pasaban historias cojonudas por su cabeza.

     Como aquella en la que dos ratones pelean por un pedazo de queso, que se le ocurrió a la edad de 8 años. Nunca la escribió, pero diez años después, una idea similar fue llevada a la imprenta por un autor de superación personal que se le adelantó con una fábula llamada “¿Quién se ha llevado mi queso?”. Como las historias no son del que primero las piensa sino del que primero las registra y las publica, fue un tal Spencer el dueño final de las ventas y las regalías de un libro que la Crítica consideró como un Best-seller. Dos ratones peleándose por un simple pedazo de queso no sonaba tan atractivo como una fábula sobre el cambio, la adaptación y el miedo a lo desconocido protagonizada por unos ratoncillos y unos enanos que metaforizan un mundo lleno de incertidumbres y a la vez pleno de oportunidades. Rupertino, reacio al cambio y al movimiento, se decepcionó de sí mismo y de la escritura, hasta el punto de que no volvió a escribir durante muchos años. 

     Ya siendo mayor, a la edad de 24, se lanzó a la aventura de participar en un concurso de cuento cuyo requisito incontrovertible era hablar sobre la ciudad en la que había nacido. Le pareció cosa fácil, teniendo en cuenta que él conocía muy bien su terruño y sería capaz de extraer de allí una historia audaz y novedosa que descrestara a los jurados, o al menos los entretuviera un rato. Como mínimo, aspiraba a que este ejercicio escritural lo catapultara a ese bello oficio de contar historias y registrar todo lo que pasaba a su alrededor.




     Entonces se ideó una trama con un argumento cotidiano basado en la mayoría de las telenovelas de pandilleros que había visto, lo cual constituyó su fuente primaria de inspiración. No había sido muy inquieto para aproximarse a la verdadera literatura por medio de los libros y pensaba que eso de escribir simplemente consistía en contar cosas que pasan. En aquel tiempo sus ocupaciones eran de otra índole: estudiaba una carrera administrativa y se enredaba con materias empresariales y financieras que no tenían nada que ver con las quimeras de pandillas, ajustes de cuentas y reyertas de esquina barrial que se suscitaban en su mente agitada, siendo estas las que nutrirían los personajes de su obra. Y logró escribir un borrador y enviarlo al concurso, pero fue un trabajo en vano: el concurso era sobre cuentos de la ciudad, pero con un enfoque infantil; es decir, la temática de la violencia no cabía allí, porque se suponía que estos manuscritos se publicarían para rendirle un homenaje a la patria chica y enseñar a los niños a quererla. Con una historia amarillista y cliché basada en el peor aspecto a resaltar de su tierra natal, era poco factible que se lograra el objetivo. Así pues, fue descalificado. 

     Pasaron otros quince años sin que Rupertino se permitiera escribir una sola letra, nuevamente decepcionado de su inconstancia y su falta de gallardía para asumir su destino como escritor: un destino que cada vez le era más esquivo, no porque estuviera triunfando en otra actividad ajena a la literatura, sino porque precisamente no estaba triunfando en ninguna otra cosa, excusándose en una vocación tardía y apremiante.




     Entonces, a la edad de 39 años retomó su historia de pandillas y malandros para sí mismo, con la idea de autopublicarla y regalarla a sus amigos, o más bien regalarla a desconocidos por ahí en los buses y en las cafeterías, porque sus amigos no perderían el tiempo leyéndolo a él. Esta vez no fue un autor de renombre el que se le adelantó, sino un pobre pichón de escritor como él, quien publicó un cuento con el mismo título. Lo vio cuando, en un taller de escritura que Rupertino tomaba en la biblioteca, ese autor regional exhibió orgulloso su libro y lo intercambió con los asistentes por la módica suma de cincuenta mil pesos. Desde luego, Rupertino no lo compró, pero ojeó el libro que adquirió otro y pudo darse cuenta de que era una historia parecida, casi idéntica a la suya. ¿Cómo podía ser tan cruel el destino? El mismo título, los mismos lugares, similares personajes pandilleros y pendencieros, solo que moldeados con mayor contundencia discursiva. Apenas cambiaban los nombres, pero la esencia era la misma, mucho más perfeccionada. ¿Habría plagiado este autor regional su relato y se habría adelantado a publicarlo? Imposible. Nadie, excepto los jurados del concurso quince años atrás, conocía de esta novelita. A lo mejor el borrador descalificado, que había quedado por ahí rodando en los anaqueles de la biblioteca, no fue convertido en papel de reciclaje a tiempo y cayó en las manos de un suertudo que vio gran potencial en la historia, y que cambiándole algunos detalles, situaciones y lugares, obtendría un producto digno de publicarse y venderse, y así lo hizo. Pero eso era muy poco probable, pues habían pasado más de quince años y él era consciente de que su cuento no era tan bueno como para ser objeto de plagio. Tanto así, que Rupertino nunca registró su obra para el concurso; por tanto, los derechos de autoría de ese título no le pertenecían.




     Por otra parte, tampoco podía decirse que el libro del autor regional fuera un plagio, pues apenas era una historia muy semejante que tenía el mismo título y abordaba la misma problemática: una simple coincidencia. ¿Cuántas novelas no se habían escrito ya sobre pandillas y drogas en Colombia, siendo esto el pan de cada día en aquella sociedad violenta? 

     Recordó también que dos años después del concurso había sido víctima del robo del computador en donde tenía todos los archivos de sus escritos. Si ese computador robado iba a parar a manos de un lector curioso, este encontraría allí todo el material que Rupertino había escrito en su vida. Sería una buena oportunidad para apropiarse de esas historias si había de encontrarlas valiosas y lanzarlas al público lector con su nombre. En ese caso el plagio obraba como un indicador de las buenas dotes de escritor de Rupertino, lo cual no dejaba de ser halagador, dado el supuesto de que alguien juzgase meritorio su trabajo. Es decir, que si Rupertino Díaz resultaba ser un escritor talentoso, todo ese talento estaría al servicio de otro, con lo cual tampoco triunfaría en el mundo de las letras, a no ser que tuviera unas mejores ideas en los años venideros. Por desgracia, no fue así. Los años venideros fueron improductivos; apenas unos intentos débiles de redacción de ensayos y columnas efímeras y coyunturales que interesaban poco al público y que solo le servían de fogueo, pues con el auge de las redes sociales, todo el mundo se convirtió en un opinador profesional a través del uso de videos y programas de diseño más atractivos e ingeniosos que la tediosa lectura de un artículo.




     El día que cumplió cincuenta años, mirándose frente al espejo del baño cuando recién se acababa de levantar a las once de la mañana, cayó en la cuenta de que no había escrito ningún libro a esas alturas, y de que se le estaba haciendo tarde para cumplir ese sueño. ¿Habría tiempo para un intento más? ¿Por qué no? Pensó Rupertino, ya olvidado de una gloria que le fue esquiva y de una vanidad personal que se le había acabado con sus aspiraciones de ser escritor. Ahora escribiría por el mero placer de hacerlo, por el solo desahogo, porque tenía muchas cosas que gritarle al mundo y carecía del don de la oralidad. 
     
     Así que Rupertino encendió su ordenador portátil, el último que le había regalado su madre para que escribiera, y rebuscó en sus archivos el documento aquel del cuento de los pandilleros para reescribirlo por segunda vez, quizá con un poco más de malicia ganada a través de las lecturas adicionales que constituían su acerbo literario. Y ahí estaba, con el título de La Ciudad y yo, tal cual como lo dejó quince años atrás y como estaba escrito en la carátula del libro de aquel escritor regional que se lo ofreció por cincuenta mil pesos. De entrada, tenía que cambiar el título, los personajes, el espacio, las situaciones del argumento; todo lo que no funcionaba y que estaba allí reunido, simbolizando los defectos y las carencias escriturales que Rupertino tenía a sus 24 años. “Esto ya no sirve”, se dijo con tristeza, recordando al joven apasionado que cuando la escribió pensaba que estaba construyendo la gran trama de su vida. Seleccionó todo el documento y le dio “suprimir”. Comenzó de nuevo con el siguiente título provisional: “Novela 1”. Pensó en un personaje diferente, en una ciudad diferente, en una trama diferente. No se le ocurrió nada en ese momento; aun tenía el brazo frío y habría que volverlo a calentar con un par de lecturas motivantes, de modo que cerró el archivo y apagó el computador. Eligió un libro abultado de su biblioteca personal: El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, como para ir ambientándose en la aventura.




     Cuatro años después, Rupertino Díaz no termina de leer la novela de Dumas. Se encuentra por la página mil. Lo grave, es que todavía no encuentra el tono para comenzar a escribir una nueva historia suya, porque ese viejo relato de los pandilleros ya no existe en su cabeza ni en su computador, aunque en la vida real su ciudad de origen esté tomada por peligrosas bandas criminales, más terroríficas que las que había descrito en su cuento inacabado. ¿Logrará algún día Rupertino publicar un libro medianamente aceptable para no seguir siendo un escritor fallido, o será acaso que tiene que prestar atención a las señales del destino y no continuar en ese empeño infecundo?



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