(Columna)
En este mundo moderno, diseñado para el puro goce y el placer de los sentidos, se me antojan dos pasiones que me resultan harto difíciles pasar por alto: la pasión por la lectura y la pasión por la comida.
La primera me surgió desde niño, en el tiempo en que tenía la mente más despierta y hasta me era fácil aprender textos enteros de memoria. Fui un alumno aventajado del jardín infantil cuando decidí, a mis cuatro años, quedarme con el grupo de los niños a los que les enseñaban a leer en lugar de ir con los que estaban deseosos por pintar. Y todo por la pura rebeldía. Por eso creo que se me dio más fácil aquello de escribir un texto que aquello de dibujar hasta una simple línea con regla: me quedará siempre torcida. Mi terror en las pruebas psicotécnicas es que me pongan a dibujar un hombre bajo la lluvia, y mi alegría es que me pongan a echar carreta sobre cualquier tema, siempre que no se trate sobre mí. Nada más fatigoso que tener que contar cosas de uno mismo, porque en el fondo no soy más que un tipo aburrido que solo se sabe divertir estando solo.
Como leer requiere de esfuerzo mental por comprender, a medida que se me ha agotado el sentido de la vista y me ha perjudicado la dislexia, producto también de esta innoble exposición a las pantallas de los celulares que entorpecen el cerebro, esta pasión se me ha ido tristemente apaciguando un poco, no porque ya no disfrute la lectura, sino porque cada vez me cuesta más trabajo entender lo que leo. Puedo tardarme cinco meses para terminar un libro que a una persona normal le llevaría en promedio terminar en un mes. Aun así, continúo deseando que esta pasión me domine, me capture por completo, no importa que al final de mi paso por esta dimensión, el balance de los libros leídos arroje una cifra muy inferior a la del resto de las personas. Si por esto soy menos culto que otros, no importa. Lo importante es que haya logrado disfrutar del proceso y aprehender el conocimiento escaso que obtuve de lo poquito que entendí leyendo. Así, esta pasión por la lectura es de aquellas cosas que me hacen bien, pero que el cuerpo (mi cerebro y mis ojos, sobre todo) cada vez más me las permite menos.
La otra fuente de la que obtengo mi felicidad en la vida es un culto vergonzoso al hedonismo: la comida.
Para mí, comer, a diferencia de leer, es de esas cosas que quisiera dosificar para efectos de mantener una buena salud nutricional, pero también es de esos placeres que el cuerpo (mi estómago, esencialmente) me pide a gritos y sin medida, aunque sé que no debo hacerle caso. Desearía que nutrirse intelectualmente fuera tan fácil y adictivo como nutrirse físicamente, pero es todo lo contrario. Cada vez me cuesta más leer y me apetece más comer. Complicado digerir la idea de un autor, pero super fácil y estimulante deglutir la preparación de un cocinero. O para ponerlo en otros términos, es más sencillo satisfacer el cuerpo que la mente, aunque conviene más procurar el alimento de esta última. Lo que requiere esfuerzo y exige renuncia de nuestra parte es lo que suele ser más conveniente, así como lo que no se debe disfrutar en exceso resulta ser lo más placentero, pero asimismo lo más pernicioso.
Como los placeres carnales, por ejemplo (el sexo, el buen dormir, el disfrute de los sentidos). A todos nos sucede lo mismo. En mi caso me condeno particularmente por el apetito desmedido a la hora de enfrentarme a un plato. Comienzo y no quiero detenerme. No tanto así las otras veleidades de mi organismo licencioso. El sexo se me ha convertido en una rareza de la que poco me acuerdo, y el sueño reparador ya me parece una terapia extrema de la que despierto en las mañanas como si me hubieran acabado de dar una paliza. Sospecho que esas son las cuestiones propias de la edad. Ya saben, la proximidad de los cincuenta nos acerca a los padecimientos que antes veíamos desde la distancia en la figura de nuestros padres y abuelos. Achaques de vejez, le llaman, por lo que creo que me envejecí antes de tiempo.
Pero volvamos al asunto gastronómico. Decía que comer es el gran gusto de mi vida, no tanto por una cuestión de exquisitez de paladar, sino por una cuestión de desmesurado apetito. Porque en ese proceso de disfrutar de la comida, lejos estoy de parecerme a un degustador de restaurante fino. Todo lo contrario, entre más sencilla y abundante sea la vianda, más impulsado me siento a despacharla, como si se tratase de un reto extremo.
Es que a mí me gusta casi todo, por no decir que todo. Bueno, todo lo que se pueda encontrar en un supermercado de barrio, pues no hablemos ya de animales extraños, ni de ingredientes traídos de no sé dónde, ni de preparaciones exóticas internacionales. Háblenme de arroz, de yucas, de papas, de fríjoles y de lentejas, de comida casera, mejor dicho, porque es la comida que realmente quita el hambre. No me saquen de los cuatro animales básicos de la canasta familiar: res, cerdo, pollo, y pescado si alcanza, porque hasta eso se ha vuelto un lujo comer en estos tiempos. De resto, a mí me pueden dar lo que quieran, que mientras esta pasión por la comida me acompañe y esta hambre que me sobrepasa me haga rendir ante cualquier majestad culinaria de dos ingredientes, todo me va a parecer rico, sabroso, delicioso, en su punto, como para chuparse los dedos.
Con esas señas les digo que yo habría sido un pésimo jurado de Master Chef. A todos los participantes les habría dado un diez, salvo por la presentación tan ingrata de sus preparaciones. Y no lo digo en cuanto a estética, sino en cuanto a cantidad. Por mí pueden ahorrarse las hojitas de adorno y las pintas con figuritas de salsas en las que no se puede revolcar ni una costrica de pan, y los espolvoreos de finas especias para darle unos toques de galantería al plato, pero que la mayor parte de ellas caen por fuera. Eso déjenlo para la foto a los que les gusta subir su fútil vida a las redes sociales. A mí déjenme servirme directo de la olla, porque yo sí tengo el criterio amplio para saber lo que es una preparación de calidad: un plato hondo tapizado en puro y delicioso arroz blanco, y un segundo piso con el resto de las cosas: la proteína, las tajadas de plátano maduro, las verduras, el principio, y más arroz. ¿Quién dijo que uno tiene que levantarse de la mesa aún con hambre? En mala hora aparecieron los nutricionistas sobre la faz de la tierra.
De ahí que los que me conocen ya saben por qué no disfruto de ir a los restaurantes finos, que además son bien costosos, a ingerir una comida molecular que parece traída del futuro. Cenas aburridas, de corrección política e imposturas en donde por guardar las formas tiene uno que salir con la misma apetencia con la que entró a empetacarse en casa con lo que se tenga a la mano. Apenas veo que han servido la mesa, que el mesero ya no tiene nada más por traer y se queda parado por ahí con ganas de que uno baje la guardia para irle a recoger todo, me asalta el terror principal que me tiene atado a esta pasión por la comida: voy a quedar iniciado. Y cuanto más exquisito es el menú, más tengo la certeza de que mi estómago me hará el reclamo por haberle suministrado tan poca cantidad para su pretensión insaciable.
Lo siento defraudarlos, queridos lectores, pero están ante un goloso irredento al que es mejor dotar de ropa para un año antes que llenarlo con comida de alta calidad. Esa comida es soberanamente adictiva, muy peligrosa para un hombre en rehabilitación como yo. Por eso les gusta tanto a las mujeres de avanzada: viene en pequeñas dosis, apenas para sus vientres planos y estilizados, y de ahí que siempre anhelan que se repita la experiencia. Para ellas no se trata de comer, sino de acrecentar su estatus social. Para mí, que voy a lo que voy, se trata de que uno vaya a un restaurante y quede satisfecho. No por nada los precios que uno paga en esos sitios, con valor del servicio incluido, equivalen al mercado de todo un mes.
Ahora que los médicos me mandaron a hacer dieta por haberme excedido tantos años con la alimentación a base de harinas, grasas y pan con café, tuve que recurrir a mi otra gran pasión para ayudar a contrarrestar mi descarrío alimenticio: leer. Y así he hecho cada que tengo hambre o siento fatiga. En lugar de bajar a la cocina y abrir la nevera a ver con qué me encuentro, despisto el estómago con un libro bien sustancioso que alcanzo de la biblioteca y me embullo en sus páginas férreamente, no importa si las tripas me rugen sediciosas.
Me ha servido mucho esta estrategia para bajar de peso y controlarme con la comida. El gran problema es que de tanto disciplinarme en ella, ahora estoy devorando libros. Ya los tengo todos desbaratados. Lo mejor será no volver a comprar libros de recetas.






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