(Cuento)
A veces basta una frase pronunciada al descuido, un comentario soltado al garete sin intención de herir a nadie, para que de repente, derivada de esa expresión que no necesariamente tiene por qué comprometer a quien la emite, surja una fama sempiterna e imborrable de algo que no se es.
Le sucedió a un amigo mío hace poco, y quien en verdad lo hubiera conocido tan bien como yo, no se habría extrañado de que Rupertino Díaz fuera en el fondo un defensor acérrimo de los animales y de los desvalidos, quién lo creyera.
A veces lo sorprendía soltando comentarios del tipo “lo último que yo haría en la vida sería recogerle mierda a un perro”, o, “por una declaración de principios, yo no llevo encargos cuando viajo al exterior”, o, “es una lástima que los niños pobres no pasen por este restaurante de este centro comercial para regalarles este sobradito de comida”, y cosas así, pero no por ello quería decir que Rupertino odiara a los perros, fuera un descomedido por no transportar regalos ajenos, o le tuviera bronca a los niños pobres. Lo que pasa es que cuando uno tiene una forma de decir las cosas, así tan escueta, cosa que es harto respetable, termina por ser señalado de mala gente, de soberbio, de quisquilloso; en fin, de todo lo que impide construir camaradería, que en muchos casos se vuelve amistad interesada. El problema surge cuando hay alguien que quiere poner límites, frenos, marcar distancia, evitar la manipulación, o solo pensar diferente. Ahí se prenden las alarmas y se oficializan las etiquetas.
Y cuando Rupertino expresaba sus opiniones sin filtro, como la gente que es auténtica y no está pensando en quedar bien con nadie, se ganaba más de una enemistad, o por lo menos una que otra animadversión de parte de sus contertulios. Por esa razón sus amigos y conocidos comenzaron a desdeñarlo y él se quedó solo, a lo mejor porque lo malo no era el hecho de decir lo que pensaba, sino cómo lo decía.
Continuando con el tema de los perros y las mascotas en general, Rupertino dijo varias veces algo que fue mal entendido por su auditorio a partir de esta declaración:
-A mí me gustan los perros y los gatos, pero de lejitos.
Ello bastó para que se le asociara en adelante como un enemigo irreconciliable de los tiernos gaticos y de los amigables perritos, y nunca se pudo quitar de encima esa mala fama. Al fin que no se sabe quién es más radical: si el que emite sus opiniones sin corrección política, o el que las interpreta bajo el velo de su propia subjetividad y de allí parte para condenar: “si no te gusta tener perritos o gaticos en tu casa, es porque eres perrofóbico y gatofóbico”.
Yo sé que quizás no me entienden con tanta retórica de vigilia, pero les voy a referir esta historia para que vean por qué una mala fama arruina la percepción que se tiene sobre un hombre.
Era un jueves a las dos de la tarde en la lluviosa ciudad de Pereira. Rupertino aguardaba por su vuelo en la sala de espera del Aeropuerto Matecaña, pero la voz del parlante había acabado de anunciar que por motivos de mal tiempo, el vuelo hacia la otra ciudad lluviosa, la de Bogotá, se retrasaba hasta nueva orden.
-Maldita sea -pensó Rupertino-, voy a perder la conexión a Nueva York.
Por suerte, si el vuelo se cancelaba hasta el otro día, podía tomar un taxi hasta su casa y regresar al día siguiente sin tener por ello que verse obligado a pagar una noche de hotel. Estaba en su ciudad natal, ¿qué podía preocuparle si allí se sentía como un pez en el agua?
Entonces la vio pasar: era una muchacha de unos veinte años, de figura esbelta y cabello rubio y sedoso como le gustaban a él. Arrastraba en una mano una maleta mediana de rodachines marca Vélez, fabricada en lona con apliques de cuero bovino y un diseño de grabados. La de él, en cambio, era una de esas Náutica de plástico color amarillo con la que venía viajando desde 2014 y a la que los delicados y cuidadosos operarios de Avianca ya tenían pelada por todos lados. En la otra mano tiraba de una cuerda larga en cuyo extremo vio lo que menos le gustó de ella: un Golden Retriever de unos 65 centímetros de altura, cuyo pelaje dorado y brillante se veía más cuidado que las crenchas de Rupertino. Era un perro de apoyo psicológico que ahora ya dejan subir a los aviones.
El indiscreto pensamiento de mi amigo lo llevó a desear por lo bajo a aquella preciosura, que lo que le hacía falta no era un perro, sino un hombre como él para sacarla de la depresión que debía estar padeciendo. Una lástima no ser el elegido. Por fortuna, nadie pudo oír el murmullo. Todos los que esperaban en la sala estaban entretenidos viendo al animal. Todos, menos él, a quien no le llamaba la atención en lo más mínimo ir a acariciar al can. Los niños le buscaban juego y las señoras se acercaban a preguntarle a la chica que cuánto tenía, que cómo se llamaba, que si estaba adiestrado y cosas así, al tiempo que admiraban a la mascota con una actitud enternecida. Las orejas caídas, los ojos expresivos y la cola siempre en movimiento del Golden lo hacían ver más adorable y juguetón.
Cuando la muchacha se sentó en la banca frente a Rupertino, leyendo absorta en su celular, el perro le movió la cola al mirarlo, y Rupertino le hizo una carantoña de lejitos, que era como le gustaban a él los animales.
-¿Quién será su vecino de asiento? -se preguntó divertido ante la posibilidad de que fuera él. Era muy poco probable que, entre aproximadamente 150 pasajeros, mi amigo contara con la buena o mala suerte de ser el compañero de viaje de la chica y su voluminoso can. Pensó que podría ser buena suerte si se presentaba la oportunidad perfecta para conocer a una hermosa mujer, ¿por qué no? La esperanza es lo último que se pierde. Y al mismo tiempo sería mala suerte si tenía que estar sentado al lado de un perro por casi una hora, respirando su aliento a sabiendas de que a él solo le gustaban los animales a muchos metros de distancia, en parte porque era escrupuloso y un poco alérgico.
Se imaginó hablándole a la joven, proponiéndole un tema de conversación a propósito de su perro de apoyo emocional. Se vio a sí mismo tocándole la cabeza al Golden Retriever y diciendo lo bonito que era y cómo le gustaban a él los animales, inventándose historias de mascotas pasadas e inexistentes solamente para congraciarse con la damisela. Por otro lado, se imaginaría activando un mecanismo especial en su puesto, que consistiría en que se abriera un hueco en el piso y el perro fuera expulsado accidentalmente, y luego todo como si nada, pero que la muchacha no se diera cuenta de que había sido Rupertino el causante de su desgracia. Sería magnífico prescindir del can y quedarse con la bella joven. Convertirse él mismo en el perro de ella para que lo llevara a todas partes y se cambiara en frente de él. ¿Por qué a las muchachas bonitas les tienen que gustar los perros?
Todos esos pensamientos retorcidos pasaron por la cabeza de mi amigo en caso de que el azar existiera así tan perfecto, pero sabía que la probabilidad era casi nula. Incluso ni siquiera sabía si la hermosa mujer viajaría a Bogotá en el mismo vuelo, al cual ya le habían notificado un retraso de dos horas más por el mal tiempo. Ni modo. La chica se cansaría y se largaría antes de que su avión pudiera partir. De hecho, cuando anunciaron el vuelo de Cartagena en la otra aerolínea, ella se incorporó, agarró de la cuerda a su peludo amigo y se lo llevó quién sabe para dónde. Adiós oportunidad. No la volvió a ver más en la sala de espera. Tampoco entendió por qué el mal tiempo solamente era para su aerolínea, pues los aviones de la competencia sí despegaban normalmente.
Se despidió en silencio, deseándole la mejor de las suertes a su fugaz amada y a su mascota. No era tan malo Rupertino después de todo. Estaba reconfortado por al menos haber visto algo agradable durante su espera, pero cuando trató de recordarla se decepcionó de sí mismo: en lugar de la hermosa mujer, el rostro que se le apareció en su mente fue el del Golden Retriever.
El vuelo estaba nuevamente demorado. Otra hora más. Buscó a la muchacha con la vista, pero definitivamente se había esfumado de la sala. Tampoco vio al perro. Cuando llamaron para el abordaje, los 150 pasajeros se aglomeraron en una fila eterna. Se produjo un gran tumulto, no respetaron el orden de los grupos. Ya todos querían ingresar. Al fin, Rupertino pudo entrar al avión estrecho, que más parecía un bus de servicio intermunicipal. Buscó la silla 10B, la del centro, pero así la había reservado para que le costara un poco menos el tiquete. Nadie quiere ese puesto del medio en los aviones. Entonces, cuando llegó a su lugar, justo en la silla de la ventana, en la 10A, estaba ella. A sus pies, el Golden Retriever de 65 centímetros trataba de acomodarse sin éxito en un espacio imposible para su tamaño, quedándole parte de su cola en el espacio donde Rupertino debía poner sus pies. Pensó en pedirle a la asistente de vuelo que lo cambiara de puesto, pero su timidez no se lo permitió. ¿Por qué con sus familiares y amigos era tan valiente para expresar sus deseos, pero se amedrentaba ante los desconocidos?
-Buenas tardes -saludó resignado mientras acomodaba su maleta de mano en los compartimentos.
-Buenas tardes- le respondió ella sin sonreír.
Rupertino ocupó su asiento con alguna dificultad. La chica le preguntó apenada si le molestaba compartir un poco de su espacio con el perro, a lo que Rupertino le respondió con la más políticamente correcta de sus mentiras.
-No, para nada. Por mí no hay problema.
“Bueno”, se dijo Rupertino, “se me ha cumplido el sueño”. Ya preparaba una frase abridora; unos dos o tres comentarios acerca del perro para adentrarse por este camino al corazón de su futura conquista en los próximos 45 minutos. Mejor suerte no le habría podido traer aquel tierno Retriever. La muchacha parecía ser amable. Era la oportunidad perfecta. Sólo que cuando Rupertino volteó a verla para hablarle, ella ya se había puesto un antifaz y se disponía a dormir una siesta que duraría todo el corto trayecto hasta Bogotá. Se preguntó si estaría bajo el efecto de algún somnífero o antidepresivo que se acababa de tomar, mientras el perro, desde el suelo, lo miraba todo mancornado, como respondiéndole la pregunta y diciéndole: “compadre, aquí nos tocó entendernos entre usted y yo”.
Para rematar, un gordo llegó a ocupar la silla del pasillo, y así Rupertino quedó como el jamón de un sándwich. No le quedó de otra que viajar con la cola del perro en sus zapatos, y al perro no le quedó de otra que mirar aterrado a Rupertino, como pidiéndole clemencia por un poco más de espacio. Cada uno alerta a cualquier movimiento, vigilándose mutuamente. El uno para no ser pisado, el otro para no ser mordido.
Al fin, en un acto para bajar la guardia y demostrar confianza, el perro posó su hocico en el zapato de Rupertino a manera de almohada y allí se quedó por lo menos los primeros veinte minutos del vuelo. Fue un avance osado, pero ya no había manera en que Rupertino lo pudiera rechazar. Fue una declaración abierta de amistad. De modo que la pierna izquierda de mi amigo quedó inmovilizada y encalambrada, pero todo ello fue por una buena causa. Mandó la mano a la cabeza del Golden, y este la levantó para dejarse acariciar. Rupertino aprovechó para estirar su pie en medio de la estrechez. Se tomó confianza y pasó su palma por el suave pelaje pardo del animal, imaginando que era el cabello mismo de la bella durmiente a su lado el que acariciaba.
De ella no volvió a tener noticias hasta que aterrizaron en Bogotá. Despertó radiante y ni se dignó a mirar a su compañero de asiento, que para esas alturas era un entrañable camarada de su perro sin que ella lo supiera.
La lección de esta historia es que no hay que menospreciar a nadie, porque el que menos se piensa puede resultar siendo un gran amigo tuyo. Digamos que sí. Así que no por haber dicho lo que Rupertino dijo alguna vez, quiere decir que este tenga algo contra los nobles amigos del hombre. No es que no le gusten, sino que le gustan de lejitos, porque nunca los podrá ver como a sus iguales, ni mucho menos como a miembros de su familia. Eso sí, podrá hacer excepciones y tomarlos como compañeros de viaje válidos con los que podría establecer una relación amistosa a 8000 pies de altura, bien lejos de la realidad terrestre.






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