(Columna)
Dicen que en una democracia las opiniones de los demás son tan respetables e importantes como las propias, porque el voto de cada cual vale lo mismo y todos tenemos el mismo derecho a pensar diferente. Que al final, el ejercicio democrático nos insta a llegar a un consenso para que prevalezca la opinión de la mayoría. Que precisamente de eso se trata la democracia: de que cada uno pueda decidir su preferencia política y la pueda materializar a través del sufragio.
Por ello las opciones son numerosas y casi inagotables entre la amplia baraja de partidos y candidatos que se tienen a disposición. Que incluso la opción de no elegir a ninguno de ellos también vale, por cuanto existe la casilla del voto en blanco como una forma de participar de la democracia manifestando inconformidad por los nombres en contienda. También, que esa inconformidad llevada al extremo se puede manifestar con el voto nulo, que es una forma de protesta pacífica en la que el votante hace que su elección no cuente para ningún candidato, incluyendo el voto en blanco, sino para la mera estadística.
Hacer anular el voto adrede, aunque no es muy correcto políticamente, tampoco es ningún delito, y es perfectamente válido cuando el sufragante no quiere escoger a ninguno de los candidatos en pugna, pero sí les quiere enviar un mensaje mediante su participación reñida con las convenciones electorales: que no solamente no los apoya, sino que los repudia hasta el cansancio. Que está cansado del engaño, de la farsa electoral, las promesas incumplidas, la verborrea politiquera de siempre. Por eso tacha el tarjetón completo con una equis gigante, les hace bigotes y parches a las fotos de los candidatos, dibuja un monigote obsceno, caritas tristes o felices según el estado de ánimo, o escribe de su puño y letra lo que realmente piensa, a veces con una palabrota o a veces con el apellido del que le gustaría que ganase y no está en el tarjetón.
Esto podría ser lo que suceda el domingo 8 de marzo en las elecciones legislativas que se llevarán a cabo en Colombia, cuando los jurados de votación le entreguen la hoja de las consultas a quienes no están interesados en votar por ellas, o a quienes por insistencia o sugerencia de los mismos jurados (no todos imparciales), resulten con el papel en el cubículo y se vean tentados a hacer anular el voto de una forma original. Esto, en el caso de los que ya eligieron a su candidato, pero este no aparece participando en ninguna consulta. Tal es el caso de Iván Cepeda, Sergio Fajardo, Abelardo de la Espriella, Daniel Palacios u otro. Y no se encuentran sus nombres allí por diversas razones: unos porque no quisieron, otros porque no fueron admitidos por efectos de la ley, y a otros porque los rechazaron de plano y no los dejaron entrar. Así las cosas, lo más seguro es que el votante decidido por estos aspirantes fijos no quiera marcarle la equis a ningún precandidato de las consultas para no ponerle un contrincante directo a su candidato favorito en la primera vuelta, en especial a alguno de los dos que van punteando: Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, al parecer los únicos que llegarían a una eventual segunda vuelta, según las encuestas.
Se preguntarán ¿por qué, si las consultas son un medio válido para seleccionar de entre un ramillete de aspirantes al que representará a un determinado sector político en la primera vuelta presidencial, un gran porcentaje de los electores podría no votarlas y más bien hará lo posible por anular su voto o no pedir el tarjetón? La respuesta es muy simple: las consultas no representan al grueso del electorado. Por lo menos no en este 2026, cuando estamos ad portas de una de las elecciones más cruciales en la historia de la nación.
Hace cuatro años dijimos que eran las elecciones más importantes porque definían si queríamos cambiarnos a un modelo estatista antidemocrático, o seguir intentando con la democracia liberal. En esta ocasión la historia se repite, y otra vez nos ponen a decidir si queremos ahondar en ese modelo socialista que ya comenzamos a transitar, o si revertimos el proyecto nefasto y retornamos a la senda de la democracia y no al simulacro de esta. Estamos ante la última disyuntiva de elegir entre la tierra o el infierno, porque el cielo en política no existe. La polarización está en su máximo esplendor y parece que el país se encuentra dividido entre dos extremos ideológicos que, aunque los quieran catalogar como doctrinas sectarias de izquierda o de derecha, realmente son una abstracción que se simplifica en la díada dictadura/libertad. Eso es lo que nos jugamos este año en el país. A eso se reduce el futuro de la patria. Una vez que sellemos nuestro destino con un proyecto totalizador y estatista, no habrá marcha atrás, y probablemente no vuelva a haber elecciones como las hemos conocido hasta ahora, con todos los desperfectos de nuestra democracia, para cambiarlos por la perfección sistemática de la dictadura.
Por ello las elecciones parlamentarias son la primera piedra para reconstruir este edificio institucional que el desgobierno del “cambio” nos ha hecho añicos en estos cuatro años. De ahí que si no comenzamos por elegir un buen congreso, por más que nos hayamos alineado con una figura presidencial a la que le vemos potencial, será en vano su triunfo si al final no contará con el apoyo para sacar adelante sus proyectos, todo por haber votado a partidos que no eran los que impulsaban realmente al candidato.
De ahí también que, si ya el pueblo eligió a su candidato y no se siente representado en los politiqueros de la consulta, no tiene ningún sentido votarla para engordar a un contendor que después exigirá prebendas y negociaciones, entorpeciendo de paso la independencia que se necesita en estos casos para llegar a un puesto de poder. Caso concreto, hablo de la Gran Consulta por Colombia, o la mal llamada “consulta de la derecha”, porque la de la izquierda no vale la pena ni mencionarla, y la que ofrece “soluciones” apenas es un pretexto para que una oportunista llamada Claudia López gane plata por reposición de votos.
Para comenzar, de derecha no hay nadie en esa primera consulta. Tres son ex ministros de Santos. Otro es hijo de un candidato asesinado que no ha hecho otra cosa que vivir del nombre de su padre. Dos exalcaldes de centro y una periodista sin ideario político se agregan a la lista, y la cierra un progresista pro-agenda inclusión y falsa diversidad, y una títere de un expresidente que jamás se definió a sí mismo como de derecha, y cuyo partido se inscribía con la palabra centro. En serio, ¿se puede llamar a eso consulta de derecha o centro derecha?
Las bases de los que nos definimos como de derecha, hace rato que estamos tratando de liberar a un tigre, por lo que no nos representa esa consulta ni le vemos utilidad alguna votarla. ¿Votar por quién allí? ¿Por Paloma Valencia, para que cuando gane con un número respetable de votos quiera ponerle las condiciones al candidato de la derecha real? No valdrá su condición de nieta de expresidente para hacernos creer que es la verdadera oposición a Petro cuando en realidad lo que busca es perpetuar un partido convertido en casta que solo vive de la imagen de un líder desgastado y venido a menos. Ya tuvieron su turno, y el país, ni de derecha ni de izquierda, quisiera repetir otro mandato de Iván Duque, pero en versión mujer. Muchas gracias, pero no. Ni para qué hablar de los demás candidatos que no van a sacar gran cosa en esa consulta donde, como se dice coloquialmente, no hay de qué hacer un caldo.
Uno intuye que detrás de todo eso está metida la mano nauseabunda de Juan Manuel Santos, que representa a la élite política y corrupta de toda la vida. Santos gana con la consulta de Roy Barreras, quien le sacó adelante su proceso de paz; con la de Claudia López, siempre servil y acomodada; y con la consulta de sus exministros, sus alcaldes de centro, su monigote diverso, su periodista que finge ser enemiga y su nueva ficha del Centro Democrático con la que pactaría una alianza jamás imaginada en el país: el Uribe-Santismo. Todo para impedir que llegue el candidato que en este momento es el único que tiene el favor del pueblo, o por lo menos eso indica la plaza pública. Pero también gana con Cepeda, el monstruo, el apátrida, porque es quien garantizará que se mantenga su falsa paz y el establecimiento que hoy está en manos de la izquierda.
Por eso no está mal decir que la consulta no se vota. Invitar a no votarla no es antidemocrático; es todo lo contrario: la posibilidad de rechazar un mecanismo por el que le van a poner palos en la rueda a la decisión de las mayorías. Ya que los políticos no se unieron, que lo haga el pueblo, que clama justicia, salud, seguridad, un proyecto de país viable en el que se pueda trabajar y en el que se pueda conseguir trabajo. No queremos nada regalado. Y la mejor manera de hacerlo es votar por las listas de Salvación Nacional para Cámara y Senado, donde se está dando la batalla cultural contra la izquierda; por el tigre Abelardo de la Espriella para presidente en mayo; y descartar de plano la tal consulta, embeleco veleidoso de unos aspirantes cuya aspiración no es otra que recuperar un poco de lo que ya han invertido en sus campañas estancadas.





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