(Columna)
Uno analiza lo que fueron lo resultados de las elecciones legislativas en Colombia de hace ocho días, y no puede evitar llegar a la misma conclusión: ganaron las maquinarias.
Uno se pregunta por qué, si el gobierno presidido por el Pacto Histórico ha sido tan terriblemente malo, volvieron a ganar las elecciones en el Congreso. No solo eso, sino que aumentaron su participación a veinticinco escaños, teniendo en cuenta que este año se acabaron las curules que por ocho años tuvieron de gratis los criminales de las Farc gracias al proceso fallido de paz de Santos. La bancada de gobierno, que no merecía absolutamente nada, otra vez vuelve a ser mayoría en el recinto y otra vez arrasó en las elecciones, como si de verdad representaran el ejercicio real de la democracia. Desde luego, uno sabe cómo es que esta gente llega al poder y se sospecha cómo debió de haber sido la repartija de dinero tan tremenda. La compra de votos, que se registró en algunos lugares del país como si fueran casos aislados de unos pocos corruptos y que no pasó de ser un lunar en unas elecciones limpias y efectivas por parte de la Registraduría, estuvo a la orden del día, como siempre, porque para eso el gobierno tenía los recursos del presupuesto, los jurados de Fecode, los testigos electorales a raudales; en fin, la maquinaria bien aceitada poniendo plata dos manos con tal de mantener a sus sucios emisarios en el poder.
Y les funcionó el tráfico electoral, porque ayuda también el hecho de que en Colombia exista tanta gente con hambre y sin conciencia —pues lo primero hace perder lo segundo—, y que ya carentes de escrúpulos a la hora de vender su voto, contribuyan a cambio de un nimio ofrecimiento para constituirse en una clientela ávida y fácil de manipular, como es el caso de la minga indígena, por ejemplo, para engordar el número de las curules de izquierda en el parlamento.
En las regiones en donde mandan las FARC y el ELN, para la muestra, ni siquiera hay que ofrecer cincuenta mil pesos por voto o un tamal con gaseosa. Nada de eso. Allí, para ahorrar los recursos, es suficiente la boca fría del cañón en el cuello y con eso logran movilizar a miles de ciudadanos, que no quieren saber nada de política, a votar por los candidatos que los jefes de los frentes les ordenen. Así las cosas, se entiende que la izquierda extrema y miliciana haya ganado una vez más las mayorías en el Senado y en la Cámara de Representantes; la izquierda carnívora, guerrillera, socialistoide y marxista. Esa izquierda que encabezan Petro y sus secuaces, y que ahora está representada en la figura del “simpático” Iván Cepeda con miras a las elecciones presidenciales de mayo.
El Pacto Histórico, gran triunfador de la jornada, es el sector político que, al parecer, representa la voz de millones de colombianos a pesar de su nefasta gestión en estos cuatro años de pesadilla. Eso quiere decir dos cosas: o que Colombia se izquierdizó definitivamente y que la gente se comió el discurso de la utopía socialista, o que surtieron efecto las medidas que tomó el gobierno para incrementar el número de sus votantes: aumentar la burocracia en unos quinientos mil puestos de trabajo, para empezar, no es una mala idea si de ganar simpatizantes se trata. Otra idea para comprar conciencias fue poner el salario mínimo en dos millones de pesos aun a costa del detrimento del aparato productivo de la nación, solamente para generar la sensación de que este gobierno sí fue el único que pudo mejorar las condiciones de los trabajadores más pobres. Claro, los efectos de este incremento no se verán sino hasta dentro de uno o dos años y por ahora todo es una novela rosa que recién comienza, pero eso a Petro no le importa mientras sus esbirros conserven sus puestos y mantenga viva la posibilidad de que un sujeto como Iván Cepeda lo suceda, ya que es elegirse en cabeza ajena y de paso asegurarse su impunidad. De alguna forma se apoltronará en el poder y es seguro que por esa vía volverá a ser reelegido, ya con una nueva Constitución, a no ser que Cepeda resulte ser otro narciso salvador de la humanidad que después de probar las mieles del poder tampoco lo quiera soltar. Pero eso ya es especular demasiado.
Lo que sí no es especulación, sino una amarga realidad, es que tendremos Pacto Histórico para rato: mamertos jorobándole la vida a la patria, empobreciéndola mientras hablan de defender a los pobres y sembrando odio y resentimiento en los corazones de los inermes ciudadanos, a los que se les seguirá diciendo que ellos son pobres por culpa de los ricos, del capitalismo, del imperio; en fin, nadie aprende en socialismo ajeno, y la ruta que nos trazó Petro para convertirnos en la nueva Venezuela, será continuada por la mayoría zurda del Congreso de la República, de modo que, en caso de que el país elija un presidente distinto, le sea imposible gobernar con un aparato legislativo que le rechazará todos sus proyectos. De Petro dijeron que no le habían permitido implementar todas las reformas para lograr su cambio. “Es que no lo han dejado gobernar”, lo excusaban sus seguidores zombis, pero si con todo el daño que ha hecho dicen que no lo han dejado, cómo será que lo dejaran.
Por otro lado, volvieron a ganar las otras maquinarias: las de la vieja politiquería; la de los mismos con las mismas. Las castas aparecieron nuevamente en el Partido Liberal, en el Conservador, en el Partido de la U, que no sé qué espectro de la ideología representan, porque hace rato estos partidos debieron de haber desaparecido. Allí no hay otra cosa que caudillos y gamonales tramposos que están, no por representar los intereses de un sector del pueblo, sino para tener un puestico que les reporte cincuenta millones de pesos al mes: nada mal por hacer apenas presencia en los debates.
Y es que uno no entiende cómo vuelven a quedar electos personajes como Wadith Manzur, Martha Peralta, Karen Manrique, Julián Peinado, Liliana Bitar, Nadya Blel Scaff, David Barguil, entre otros políticos controvertidos que no deben tener un solo voto de opinión y sí muchos votos de maquinaria. Si uno mira la nueva lista del Senado se dará cuenta de que esos nombres no representan a nadie, no tienen ideario político, no se conducen por una doctrina ideológica ni unos principios fundamentales. Casta pura y dura que toda la vida ha chupado la teta del Estado. Esas sanguijuelas seguirán succionándose los recursos de los colombianos por los siglos de los siglos.
Y está, por otro lado, el Centro Democrático, que como su nombre lo dice, es centro tibio e indefinido, no digamos ya derecha, pues este es un partido al que han movido tanto a la izquierda, que abiertamente le hace guiños a los progres sin inmutarse. La inclusión de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia, candidata presidencial del Centro Democrático, fue la tapa de la olla, para decirlo en términos coloquiales. Esta designación provocó la estampida de lo poco que se consideraba de derecha en el partido de Uribe. Le fue bien en las elecciones parlamentarias, es cierto, porque aumentaron su participación en cuatro congresistas, pero mucho me temo que después de lo que pasó esta semana, los uribistas pura sangre quieran seguir apoyando a Paloma, ganadora de la consulta que agrupaba a varios candidatos de centro y de corte santista. Si pensaban que Uribe era de derecha o que su partido lo era, se han equivocado. El verdadero rostro quedó al descubierto y los ideales de dicha organización se han venido desliendo como azúcar en el agua.
Pocas curules obtuvo, en cambio, el partido del candidato presidencial que en este momento es apoyado por la derecha más real, la de la extrema coherencia: Salvación Nacional. Aunque, desde el punto de vista numérico, lograr cuatro escaños después de no haber tenido nada en su primera participación como lista, se considera un éxito total. Ese partido irá creciendo de a poco y por el momento, sus votos sí son votos de opinión.
Se puede decir que una parte del electorado quiere algo diferente, vota a conciencia y se preocupa por elegir a candidatos que están mostrando una nueva manera de hacer política basados en principios morales y en el sentido común. Pero sigue siendo muy poco en comparación con el abrumador peso de las maquinarias políticas que siguen mandando en el país. Y esta vez las maquinarias son de izquierda, pues allí es donde está la compra de votos con la chequera del Estado.
Lamento tener que decirlo, pero estadísticamente el que gana el Congreso, gana la presidencia. El Pacto Histórico y sus maquinarias obtuvieron la mayoría. Y mucho me temo que le quedó expedito el camino al comunista Iván Cepeda para ganarse las elecciones. Tiene todo a su favor. Es urgente salir a votar en masa por Abelardo de la Espriella para que eso no pase, pero hay gente que no entiende que lo que se está jugando aquí es el futuro del país. Todavía andan soñando con sus cuentos de país incluyente, diverso, políticamente correcto, progresista, cuando no saben que están a punto de perderlo todo: perder el sueño y perder la realidad.





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