(Columna)
Si hay algo tan peligroso como la mafia que gobierna a Colombia, hoy encumbrada como la élite de extrema izquierda, es la mafia política de los que se hacen llamar de centro-derecha, que en realidad son tibios sin principios. Muchos de ellos ni siquiera se podría decir que sean de centro, sino abiertamente izquierdistas en cuanto a lo cultural, trajeados con ese disfraz al que le llaman progresismo que, contrario a lo que predican, es la más regresiva de todas las ideologías. Si hay algo más peligroso, repito, que la élite de los sectarios comunistas, es la de los politiqueros sin ideología; la de las castas políticas, los apellidos y los clientelismos. De eso, Colombia está plagada.
Porque el comunista Iván Cepeda, amigo de los narcoterroristas, malvado por antonomasia, destructor de la familia, la economía y la patria, ya se sabe a qué va. Si por obra del diablo este canalla llega a la presidencia, es seguro que pondrá en práctica todo el manifiesto que dejaron en mala hora Marx y Engels para arrasar con la nación y reducirla a un país de opereta tipo Cuba, o peor, porque a Cuba la han sostenido toda la vida sus benefactores, y a Colombia no la sostendrá nadie.
La primera de las castas es la comunista, fiel reflejo de esa perspicaz fábula de Orwell llamada Rebelión en la granja, en la que finalmente los cerdos se toman el poder y comienzan a gobernar, dando como resultado una dictadura atroz en la que todos, menos ellos, salen perdiendo.
Pues bien, Iván Cepeda, en este ejemplo, sería como el cerdo Napoleón de la historia, el tirano mayor, el Stalin de una nueva Colombia devenida en régimen dictatorial. De eso no tengamos duda, además porque él mismo no ha negado sus orígenes. Así como Petro nunca renegó de su procedencia ni de su pasado criminal, sino que, por el contrario, antes lo exaltó, Cepeda va por el mismo camino, enorgulleciéndose de su militancia, de su formación en la Cortina de Hierro, de sus actos de rebeldía en la juventud, y ahora proponiendo más acuerdos de paz mientras se alinea del lado de los asesinos y narcotraficantes. Si camina como pato, nada como pato y grazna como pato, no esperemos que sea un halcón. Si se toma fotos con los delincuentes, los apoya, los excusa de sus fechorías, los acompaña, los defiende, se identifica con ellos y persigue al que los combatió, ¿qué esperamos que vaya a hacer cuando sea presidente? Pues obvio, representarlos más férreamente de lo que ya hizo Petro.
Más chocante aún resulta que después de este suplicio de los últimos cuatro años; de esta dosis de socialismo que nos han regalado como una prueba de degustación, el votante colombiano esté dispuesto a repetirla, pero ya adquiriendo el producto completo. Increíble que haya un pueblo tan masoquista y tan vendido. ¿O acaso las encuestas se están equivocando al inflar a los candidatos que le convienen al establecimiento? ¿Acaso las firmas encuestadoras también hacen parte su propiedad?
Entonces, si uno no entiende por qué este sujeto Cepeda —que representa todo lo que está mal en el país— lidera las encuestas, tampoco entiende la ignorancia o la falta de astucia política, ya no digamos del votante raso, muchas veces poco formado en estas materias cívicas, sino de los expertos, los medios de comunicación, los influenciadores y en general de todos aquellos cuyo criterio tiene algún peso en la opinión pública. No puede uno ser tan ingenuo de pensar que la otra fórmula, la de la otra casta política, la de los no alineados y no comprometidos, la de los queda-bien con todo el mundo, es la que va a derrotar a las fuerzas violentas que acompañan a la extrema izquierda y que no dudarán en salir a quemar el país en caso de que por un error de cálculo (porque ya todo lo tienen fríamente calculado) no ganen las elecciones de antemano preparadas para el fraude.
La otra élite está ahí, siempre al acecho, de dientes para afuera diciendo representar al pueblo, pero abrazando y recibiendo a los politiqueros de toda la vida que no están dispuestos a renunciar a sus privilegios y que, en caso de verlos en riesgo, preferirán pactar con los enemigos de la patria antes que desacomodarse de sus poltronas. En esta casta aparece un cerdo como Snowball en la historia de Orwell, no tan idealista en la vida real, pero igual de estratega y jugador. En la política colombiana es un cerdo de alcurnia que se codea con realezas y principados. Digamos, por ejemplo, un Juan Manuel Santos, fiel representante de la clase política santafereña. Así como él, muchos que llevan años viviendo de su tradición política y sus apellidos son los que dicen encarnar la oposición. Otros no poseen el nombre, pero han sido los fieles siervos de la majestad que los tuvo en cuenta para algún ministerio y con eso los catapultó. No por nada la mayoría de los que se unieron a la llamada Gran Consulta por Colombia eran unos santistas redomados: Pinzón, Cárdenas, Luna, Oviedo, Gaviria, Galán, todos formados en la misma escuela socialdemócrata y tibia de los acomodaticios.
Y cómo no, está la casta encabezada por un patriarca similar al personaje de Old Major en la fábula: el cerdo que les infunde ánimo y los reúne a todos para insuflarles su visión. En la vida real, a este patriarca se le agradecen sus años dorados al frente del país como si el agradecimiento tuviera que ser eterno, pero hay que jubilarlo pronto para que no nos haga más daño con la designación de sus posibles sucesores. Y no porque se equivoque por ingenuo, sino porque su liderazgo político envejeció tan mal, que el patriarca terminó haciendo parte de la misma cofradía que por tanto tiempo conformaron sus enemigos, hasta el punto de que hoy su pupila ha recibido al perro y al gato en sus huestes por una cuestión de mero cálculo electoral. Y en esta casta aparece un partido como el Centro Democrático, que nunca fue de derecha real, y que lo poquito que tuvo identificado con ese espectro ya ha salido en desbandada cuando la candidata elegida decidió aliarse con quien no representa los principios de sus bases. O mejor dicho, cuando demostró su verdadero talante y el de su mentor: que no tienen ideales fundacionales y que lo suyo es más de la misma politiquería que gobierna de espaldas al pueblo: casta, apellidos, intereses, cargos públicos, burocracia, privilegios, plata en vez de patria. Esto es lo que mueve el poder en Colombia.
Nos dicen entonces que para las próximas elecciones no hay que dividirse si de lo que se trata es de evitar que se instale definitivamente un sistema socialista que comenzó a mostrar sus primeros efectos en el gobierno actual. Demasiado tarde. La división ya está trazada desde que decidieron atacar a un candidato como Abelardo de la Espriella, que de entrada tuvo la identificación de un gran sector del pueblo llano. Es la falsa derecha uribe-santista la que está dividiendo y no él. Es, entonces, la casta política la que una vez más quiere impedir que alguien por fuera del establecimiento les llegue a tumbar sus privilegios.
De la Espriella, en este contexto, representa al outsider que está por fuera del régimen. Del mismo régimen del que en su momento dijo Álvaro Gómez que había que tumbar, y lo asesinaron por ello.
Un gobierno de Paloma y Oviedo, en cambio, sería la repetición del mandato de Duque, pero sin testosterona. Ni un poquito. No cambiaría nada, pero se le abriría otra vez la puerta a la izquierda para que retorne con un apetito más voraz en 2030, o incluso antes. Un gobierno donde cabrían todos, como dice ella, pero para repartirse la tajada del Estado, porque seguiría gobernando la casta histórica del establecimiento. Un gobierno progre, woke, aflautado, acobardado, lleno de luces y banderas multicolores, pero incapaz de combatir a las hordas violentas del petro-cepedismo. En últimas, terminaría sentándose a manteles, una vez más, con la criminalidad: ustedes me entienden.





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