(Columna)
Por fin se acabó el circo, se ejecutó el ritual, se liberó a la bestia y se bajó el telón de la puesta en escena más descarada que se haya visto.
No sé si en verdad esto fue una conspiración masónica o producto de la casualidad; si todo estaba guionado de antemano por una cofradía poderosa que pretende apoderarse de la mente de los habitantes de la Tierra, como dicen los teóricos de las redes sociales, o si más bien las cosas se dieron como resultado de la espontaneidad. No tengo prueba de nada y dudo mucho que se trate de poderes ocultos para elevar el nombre del anticristo, porque si de eso se trata, hace mucho rato que nos vienen diciendo en nuestra cara de qué va la cosa anticristiana y no nos hemos querido dar cuenta. No necesitan usar mensajes subliminales, aunque les encante hacerlo, para decirnos hacia dónde pretenden conducir a la humanidad. El plan está a la vista, por si no se han dado cuenta, y parte de él se expone en esa cosa ambigua y bien intencionada llamada Agenda 2030, y más recientemente Agenda 2045. De que hay un plan, lo hay, pero no se suscribe a un tétrico mundial de fútbol. Más bien el mundial se usa para seguir alimentando el engaño.
Y el engaño sirvió para sustraer nuestra atención de lo verdaderamente importante, para que por un mes y medio no pensáramos en otra cosa más que en el mundial y lo convirtiéramos en un evento memorable de nuestras vidas, máxime cuando incrementaron el número de selecciones que participan en él, haciéndolo extensivo a personas de muchas más nacionalidades: un evento más de la agenda globalista.
Nos hicieron desviar la mirada hacia el espectáculo futbolero, movidos por el sentimiento de la aguerrida competencia entre las naciones que gira en torno a un balón y once hombres por equipo en el campo de batalla. Al final fue otra guerra proxy; otra jugada maestra de los grandes poderes que se inventan gestas deportivas, espectáculos de medio tiempo, pausas publicitarias, apuestas millonarias, premios para batir récords; en fin, todo un aparataje al servicio de cualquier causa, menos a la del espíritu deportivo. Si por algo ha de recordarse este torneo, es por haber sido el mundial de la ignominia, donde el juego limpio, el respeto por el contendor y la exaltación de los valores competitivos brillaron por su ausencia.
Llevo viendo mundiales desde que tenía diez años, por allá cuando hicieron el de Italia 90. También he contribuido al circo dejándome seducir por los cantos de sirena que se dejan escuchar con el fútbol. No es que antes no haya habido circo, sino que ahora está más tecnificado y es mucho más masificado gracias a internet, de manera que es imposible escapar de él. Por eso estaba esperando este mundial con ansias; emocionado por tener la posibilidad de verme los enfrentamientos por televisión ahora que ando fuera del país y puedo sintonizar un canal de señal abierta donde sí compraron los derechos de transmisión de todos los partidos, no como sucede en Colombia, que toca pagar. Ni más faltaba.
Y así estaba entretenido viendo el fútbol como si el tiempo se hubiera detenido y en el planeta no estuviera sucediendo nada grave; fervoroso con Colombia, obnubilado con Francia, sorprendido con Noruega y Cabo Verde, escéptico con Argentina, esperanzado con Inglaterra, expectante con Portugal, etc.
Hasta que me entró esa sensación malsana que me hizo pensar que de pronto todo estaba arreglado, como aseveraban los influencers. Goles anulados por doquier; jugadas polémicas que el mentado VAR se reservaba el derecho a revisar según el equipo en cuestión; faltas que se pitaban en unos partidos sí y en otros no; tarjetas que se mostraban o no dependiendo de la importancia del jugador; ídolos celebrando a rabiar, como si se les debiera algo; equipos que milagrosamente remontaban en el último segundo del tiempo de reposición; equipos que se dejaban remontar como si hubieran entregado el partido; equipos que extrañamente se olvidaban de jugar al fútbol de un juego a otro, y hasta la intervención de un presidente de gobierno para que la FIFA cambiase sus lineamientos y no sancionara con una fecha de suspensión a un jugador que había sido expulsado en un partido anterior. Todo eso me olió mal, me llevó a pensar que de verdad este mundial sí parecía una puesta en escena concertada para que unos equipos llegaran por caminos que iban más allá de lo futbolístico.
Los partidos de Argentina, por ejemplo, fueron mostrados como una gesta épica lograda en el último minuto, a veces con ayudas y marrullas para llevarlo a la final, aunque muchos no lo quieran ver. El Francia-España fue tan sospechoso que hizo dudar de la voluntad de los jugadores franceses para ganar. Sí, todo ello resultó bastante raro, con un sino medio trágico, como si un titiritero estuviera moviendo los hilos desde adentro. Esa omnipresencia del señor Infantino en todos los partidos siempre me causó mala espina.
Pero no me atrevería a decir que estos presuntos arreglos sean cosa del diablo, los masones o la predestinación, sino más bien de los apostadores, que acaso trabajen para el “maligno”. La mano oculta de este mundial no es otra que la de las apuestas, donde muchos especulan y se enriquecen, y para ello son capaces de comprar conciencias. Y no creo que las conciencias de los dirigentes de la FIFA sean muy difíciles de vender por una buena suma.
En mis tiempos también había trampas, también había corrupción en la FIFA y protestas por los arbitrajes, pero al final todo pasaba a un segundo plano y terminaba quedando en la retina la foto del campeón legítimo que levantaba la copa para la posteridad. Bueno, excepto las veces en que Argentina no ganaba y acusaba a la organización de que les habían robado el mundial, como en aquella final de 1990 contra Alemania, cuando impugnaron el penal en contra diciendo que no había existido, o en la final de 2014, también contra Alemania, cuando pidieron un penal a su favor que no fue pitado en el momento en el que el jugador Higuaín fue atropellado por el arquero Neuer en una intervención riesgosa.
Y puede ser que sí, que a Argentina le hayan robado en unas y regalado en otras, como cuando le dejaron hacer un gol con la mano a Maradona, pero eso les pasa a todos los equipos. No le han robado solamente a ellos, como si fueran el ombligo del mundo. Recordemos que en 2002, por favorecer a Korea del Sur, le robaron a Italia y a España. Tampoco todas las veces que han ganado ha sido por favorecimientos. Hace cuatro años hicieron un buen mundial, aunque les hubieran pitado varias faltas dudosas en el área a su favor que Messi no dudó en capitalizar en goles. Esta vez también lo estaban haciendo, pero la pelota se manchó por culpa de ellos mismos y del mismo Messi, que aceptó gustoso las ayudas descaradas, cuando no lo hubieran necesitado, pues tenían equipo de sobra para llegar limpiamente a la final. Sólo que hasta el ídolo se contagió de esa mala conducta que lo llevó a actuar como un bribón y un llorón, denigrando lo que hasta el momento había sido una brillante carrera.
Y fue mejor así, que no se ganaran esta copa, porque habrían perdido más si la ganaban. Habrían perdido el respeto del mundo, que de por sí los aborrece futbolísticamente, no porque hayan vencido a los rivales, sino porque son tan malos ganadores como perdedores, y en el deporte hay que saber perder y saber ganar. Y peor aún, habrían corroborado esa tesis abyecta de que Infantino quería darles la cuarta copa para que Messi se retirara siendo bicampeón, como Pelé. Mejor que no ganaron, aunque sigan diciendo que les robaron. La Historia seguirá reconociendo a Lionel como el mejor, con una copa ganada en franca lid, pero con una polémica a sus espaldas por lo que fue el 2026. El Messi humilde, el que no ganaba nada y era buena persona dentro y fuera de la cancha, me merece más respeto que el de los dos últimos mundiales, cuando todavía no se le había dañado el corazón.
Lo cierto es que mientras el mundo se estaba derrumbando a pedazos con terremotos por doquier, guerras en Medio Oriente, crisis económicas y revueltas sociales, la población estaba absorta con el circo a falta de pan. El resultado fue una división más profunda entre las naciones.
Este mundial, como la política, la religión y la guerra, solo sirvió para hacer enemistades, para adorar ídolos de barro, para destruir familias, para alimentar odios y exacerbar nacionalismos. No nos hizo mejores personas. Porque el fútbol se convirtió en otra falsa fe para manipular; en una trampa perfecta para que cayéramos los incautos que pensábamos que íbamos a ver un mundial en grande, y terminamos viendo un ritual de enajenación.
Un mundial de futbol que deja un sabor amargo y más preguntas que respuestas.
ResponderBorrarTanta trampa que todos lo notamos aunque de futbol no supiéramos mucho.
Y una final que se tornó violenta a causa de malos perdedores, que no admitieron su derrota.