Por Juan Felipe Giraldo Trejos
No estoy tan seguro
que la humanidad será diferente después del Coronavirus. No me ilusiono mucho
con aquello que se promulga a los cuatro vientos de que se instaurará un nuevo
orden mundial, un sistema menos consumista, un planeta más amable con el medio
ambiente, un individuo más fraterno; ni que la reflexión del encierro o el llanto
ante la tragedia le habrá valido a los hombres para ser mejores personas de
aquí en adelante. Sospecho, incluso, que ese afán creciente de que toda esta
situación termine, y que esa paciencia artificial que nos seduce para que todos
nos volvamos a tomar de la mano, y luego nos fundamos en un abrazo de
concordia, es quizá para volver a lo mismo.
Escucha uno que todo quedó pendiente, en standby, pero que los proyectos y los
objetivos deben permanecer en pie, que no tenemos por qué cancelar los sueños que
soñábamos antes de que este virus nos metiera debajo de la mesa. Intuyo que
apenas amaine la tormenta volverá a salir el sol, y quizá una paleta de colores
se derrame sobre el cielo en forma de arco iris. Pero temo también que
retornaremos a soplar nuestra burbuja de jabón, ahora con los restos de espuma
de una economía y un ánimo disueltos en lágrimas.
Queríamos que el mundo diera un cambio, y
he aquí la respuesta a nuestras peticiones. Para que las cosas se organicen se
tienen que desorganizar todavía más. La remodelación implica incomodarse,
tragar polvo, perder para después ganar. No veníamos bien, eso está claro, pero
no será la desaparición de la pandemia lo que nos garantizará que vendrán
tiempos mejores, como ya escucha uno por ahí a los optimistas que venden
discursos y emociones tranquilizadoras, que porque lo peor de la peste es
tenerle miedo, como si esto no fuera susceptible de materializarse en muerte.
La esperanza es que nos va a cambiar la
vida, aunque en el fondo aspiramos a volver a la normalidad. Como estábamos antes,
cuando vivíamos en un mundo convulsionado, pero sin Covid-19, y por lo tanto un
mundo normal. Y que se las arreglaran el hambre, la guerra, la sobrepoblación,
la pobreza y la contaminación como pudieran, que eso era problema de los demás.
Pensarán ustedes que pertenezco a ese
nefasto grupo de los pesimistas irredentos que llegan a dañar la fiesta y a matar
la alegría a donde quiera que van con su veneno. Lo siento si atraigo mala vibra,
pero existen muchas razones que pueden explicar el porqué de mi recelo.
En primer lugar no vamos a salir de esta
crisis renovados. Saldremos estresados y disminuidos por un encierro que nos pondrá
de frente contra lo peor de nosotros, y nos desnudará hasta la más insignificante
de las debilidades. A aquellos que dicen que es necesaria la soledad y el
encuentro consigo mismo para dar cabida a la reflexión y encontrar un equilibrio
espiritual, quiero decirles que deberían ir a los sectores populares, a los
barrios de extracción humilde en donde existe gente con hambre, sin trabajo, nerviosa,
sin posibilidad de salir a rebuscarse el pan, sin saber qué comerán al otro
día, ni cómo van a pagar la dormida diaria, y encima con el fantasma del
Coronavirus acechando en medio de la estrechez y el hacinamiento, y el otro
virus, el del resentimiento que tenían guardado, inoculándose a raudales. ¿Cuáles
serán los pensamientos de grandeza y renovación con los que saldrán estos ciudadanos
al cabo de un mes de cuarentena? Y eso, si es que la hacen con la disciplina
con que la hacemos los que hemos sido de alguna manera más afortunados.
En segundo lugar, apenas percibamos las
briznas de lo que fue esta crisis mundial, aún sin escampar del todo, la ruina
económica no nos permitirá gozar del tan afamado cambio positivo que ahora
pregonamos. El índice de pobreza se multiplicará en la tierra, el desempleo
será el factor más angustiante porque una vez superada la emergencia, las
ayudas a los más necesitados se acabarán, y posiblemente el hambre sea la nueva
peste que reemplace al virus. Esto, mis amigos, va en contra de toda teoría
tendiente a la mejora del universo; a la fraternidad y a la solidaridad.
En tercer lugar, la naturaleza del ser
humano, que tiende a señalar la paja en el ojo ajeno, no se contentará con
poder salir a la calle, sino que además se encargará de buscar a los culpables,
condenarlos y juzgarlos, porque no se harán esperar las demandas en las cortes
internacionales contra los líderes de los gobiernos que manejaron las cosas mal;
no faltarán las peticiones de indemnización a los países que dejaron salir esto
de control; se recrudecerá la discriminación a los ciudadanos extranjeros de las
naciones que exportaron la tragedia; se estigmatizará a aquellos que una vez se
contagiaron, ya que la palestra pública no les permitirá aliviarse del todo; volverán
las disputas entre países que ya no querrán ser aliados y se romperán pactos y
tratados gracias a la rabia de haberlo perdido todo. Algunos sacarán provecho
del odio exacerbado para aumentar el resentimiento social y convocar a las protestas,
promover los derrocamientos, generar un nuevo caos que nos tendría ad portas de
una nueva economía de guerra, y Dios quiera que no, de una nueva guerra
mundial, porque sería la cereza que le faltaría al pastel.
En cuarto
lugar —y con este justifico mi postura derrotista por si los otros argumentos
no los han convencido—, la historia dice que las grandes transformaciones de la
humanidad traen consigo su cuota de dolor, y generalmente siempre suceden después
de otro dolor más grande aún, como una guerra, una pandemia o un fenómeno
natural. El pasado nos enseña que el hombre no aprende, que olvida fácil sus
lecciones, y me temo que esta no será la excepción. Cuando florezcan las
amapolas volveremos a salir, a meternos en nuestros asuntos, a ensimismarnos en
las ocupaciones que nos supondrán una carga mayor por aquello que se dejó de
percibir. La tierra volverá a cansarse, los abuelos ya no contarán con la compañía de sus familiares, la lúdica hogareña volverá a ser asunto del
tiempo perdido en que nos vimos forzados a reinventar la vida para no
enloquecernos, y en los abrazos germinará un sino de desconfianza porque siempre
recordaremos que por un abrazo pudimos haber muerto muchos. Ni qué diremos de
los besos.
Me quiero equivocar, no me
importa que tenga que rectificar esta columna, o borrarla en su defecto; igual
nadie me lee, ni mi opinión es influyente. Pero no creo que la humanidad, así
sin más, pueda encarnar la utopía del Imagine
de Jhon Lenon, sobre todo porque nunca lo ha hecho. Vamos atrás. ¿Recuerdan lo
que pasó con la recesión económica mundial del 2008, cuando se cayeron las
bolsas estrepitosamente? Poco a poco la economía se fue recuperando a los
trancazos. Hicimos la promesa de ser mejores, de dosificar el capitalismo
salvaje que estaba agrandando la brecha entre ricos y pobres. Había que acabar
con la avaricia y el esnobismo. Vendrían vientos de cambio, una economía social
liderada por humanistas antes que por usureros, y el cambio fue que volvimos a
lo mismo, pero con más intensidad todavía. El consumo tuvo un resorte que lo impulsó
como nunca antes en su vida, y fueron las redes sociales, el marketing digital
que nos convirtió en esclavos de la pantalla porque ese sí supo cómo movernos
las emociones. Nos metieron en la cabeza el estereotipo del millonario y el “yo
puedo”, el estilo de vida del hombre alfa, la onda fitness, y cuanto anhelo
mercantil pudiera envolver la débil condición humana. Lo más importante era
ganar likes, y ni siquiera en medio
de la pandemia dejamos de buscarlos: capitalismo en su máxima expresión.
¿Y después de la segunda
guerra mundial qué pasó? Aquí va el otro hecho histórico. Surgieron los movimientos
basados en el peace and love que
renovaron la confianza durante las décadas de los años sesenta y setenta. A la
par, la revolución alentó a los jóvenes a buscar la libertad y a encontrar en
el sexo desaforado el equilibrio que necesitaba la tierra, que estaba ávida de
amor. Pero atrás quedaron todas estas promesas. La libertad fue canjeada por dictaduras
en Latinoamérica; la paz por campos de guerra en Vietnám, Laos, Camboya, Nicaragua,
el medio Oriente, el norte de África, y el resto del mundo a través de lo que
se llamó la guerra fría; y el amor, vilipendiado
con genitalidad sin compromiso por el pretexto de hacerlo libre, se contagió de
sida y un sinnúmero de enfermedades venéreas. El comunismo que engañó a tantos
jóvenes incautos quedó en manos de mercenarios, y el capitalismo fue un perro
feroz que mostró los colmillos y mordió cuando tenía que morder. El sueño de
transformar el mundo por uno mejor se había derrumbado.
De modo que no me culpen si
desconfío de ese mágico escenario que me pintan. Claro que sueño con la
reaparición de los valores, con la bondad del hombre. Pero no compro sueños de
utopías. Prefiero creerle a esa realidad escueta que también puede mostrar su
cara solidaria aún en los tiempos más estremecidos, a través de unos pocos héroes
que se debaten cuerpo a cuerpo con la muerte, a costa de su propia vida sólo
por salvar la humanidad. A ellos es a quien les creo, porque en mitad de la
debacle lo están dejando todo.
Se vienen días difíciles, lo sé.
No quiero ni pensarlo, y ruego a Dios que esto sea otra más de mis escandalosas
fatalidades. Pero entendamos que es la tierra quien se está vacunando de ese
virus llamado especie humana.
30/03/20

No hay comentarios.:
Publicar un comentario