Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Fue en medio de la fila para
pagar, en un almacén de cadena cuyo nombre le hace recordar a sus compradores
cuál tiene que ser su objetivo en la vida. Estaba en compañía de un amigo que miraba
la pequeña sección de librería dispuesta cerca de
la caja más lenta.
Escuché que se quejó con un tono de frustración alarmante: “tantos libros tan
buenos para leer y no tengo un peso para comprar ni uno”, dijo palpando el
primer ejemplar que se topó de frente, y que estaba exhibido ocupando tres
tercios del anaquel. La batalla por la paz se titulaba, y no había necesidad de leerlo para saber que se trataba
de un manual de auto adulación. La sola foto de la portada lo decía todo. “Hermano,
no sabía que a usted le gustaba leer”, le dije gratamente sorprendido, pues
ignoraba de aquella afición tan saludable de parte de mi amigo, del cual sólo
había conocido su gusto por las cuatri-motos, las camionetas y las chimbitas; todo de revista, eso sí,
porque su salario no le alcanzaba para disfrutar de ninguna de las anteriores. “Sí”, me confesó, “fue un propósito que me hice el 31 a las doce de la
noche. Que este año iba a cultivar el sano hábito de la lectura y establecer
como meta de aquí en adelante leerme siquiera dos libros completos al año. ¡Siquiera
dos!”. El énfasis que puso en la cantidad fue porque deseaba de corazón ampliar
sus conocimientos; volverse un hombre más culto. Bueno, hay que entender que
todos comenzamos de cero, ¿no? Le hice notar que el problema no era de plata,
sino de saber dónde y cómo conseguir los textos. “No necesariamente hay que
comprarlos”, le sugerí, ensanchándole las posibilidades para que él pudiera abastecerse,
no de dos, sino de miles de títulos que seguramente le servirían para sus
pretendidas ambiciones intelectuales. En la red, por ejemplo, uno puede
encontrar cientos de obras clásicas completas para descargar en formato PDF, en e-book, a través de aplicaciones en línea, o en audio libro, tan
sencillo para quien todo le entra por los oídos. Y no sólo las clásicas, sino
aquellas cuyos derechos de autor ya han expirado y se encuentran libres de copyright aguardando la llegada de un
lector ávido de historias y conocimientos acerca del mundo. Hay de todo y para
todos. Le animé para que se hiciera miembro de la red de bibliotecas. En
nuestra ciudad, por ejemplo, está la biblioteca del Banco de la República y la
Biblioteca Municipal Ramón Correa Mejía, en las cuales uno puede pasarse el día
leyendo, en la primera con más calma, y en la segunda con más tiempo, y además
tienen el servicio de préstamo para la casa, porque muchas personas realmente no
pueden adquirir uno: se entiende que hay prioridades, y la literatura no es una
de ellas.
Y si la cuestión es de ir
armando una biblioteca propia, se pueden conseguir libros a buen precio, de
ediciones un poco vetustas, pero no importa. Yo voy por ejemplo a las llamadas librerías de viejo, las que tienen esos
títulos que uno ya no ve en los anaqueles de los supermercados ni de las
librerías modernas; donde muchas veces consigo lo que ya casi no se consigue y
que para mí vale como oro. Los autores regionales, por ejemplo, es una cacería
a la que últimamente me dedico.
Le propuse pues a mi amigo,
lector potencial, unas maneras económicas y formadoras para acceder a la
lectura, y de hecho le recomendé algunos buenos títulos de géneros diversos que
le fueran abriendo camino por un criterio de saberes muy parecido al mío, ya
que a mí me marcaron la vida aquellas obras, y hasta le ofrecí obsequiárselas
de mi biblioteca personal; así tendríamos otro frente para robustecer la amistad,
para darle visos de categoría estética, porque no hay nada más agradable que
sentarse a hablar y compartir las impresiones de lo que uno ha leído con otras
personas que han tenido igual experiencia.
“No, mi hermano, es que usted
no ha entendido”, repuso mi amigo con la intención de hacerse más explícito
esta vez, convencido de que yo había llevado el asunto por el camino más complejo. “A mí no me interesan esas
viejeras”, me dijo, “a mí me gustaría leer lo último, lo que está de moda, lo
recién publicado, ¿me entiende? Eso sólo se puede comprar en un sitio como
este, o ahí en el centro comercial”.
Que las confesiones de una
Madame; que lo del negocio de la coca contado por uno de sus ex empresarios;
que lo de las cincuenta sombras, pues hay que saber qué es lo que le gusta a
las mujeres; que las memorias de la esposa de Obama; que las historias de
vampiros, las cuales están cautivando a las peladitas; que los libros para
alcanzar el éxito empresarial y de paso para salir de la depresión; que la biografía
de Cristiano Ronaldo; que las mil maneras de hacerse rico sin invertir un peso
ni trabajar; en fin. Aquellas categorías tan surtidas eran los temas de lectura
que verdaderamente le inquietaban a mi amigo, y yo pensando en inaugurarlo con
Dostoievsky, con Octavio Paz, con Saramago, con Mutis, y a nivel regional
queriéndolo relacionar con Bernardo Arias Trujillo, Gustavo Colorado o Alba
Lucía Ángel.
Realmente sí estaba llevando
la cosa por donde no era, pero al menos rescato su voluntad de querer leer algo,
porque hasta de los libros más malos aprende uno cualquier cosita. “Ah, sí, ya
veo”, le dije, “lo que es más comercial”. “Claro,” me respondió él sosteniendo un
ejemplar de El secreto, “así como lo
que consigue uno aquí en el supermercado, ¿pa´ qué más?”.
Si a mi amigo le atraía aquello
que se escribe para un público de baja exigencia, no tengo por qué culparlo. Al
fin y al cabo todos alguna vez hemos consumido de esa sabrosa literatura de
supermercado que cuando nos adentramos en ella recordamos con añoranza aquella otras que nos hizo encontrarle un nuevo sentido a la vida. De vez en
cuando es bueno caminar por los terrenos cenagosos de la prosa de fácil digestión,
pues así valoramos más la otra, la que de verdad alimenta el intelecto.
Y es que lo bueno de la
democracia es que cada persona tenga la posibilidad de leerse lo que le venga
en gana, en eso concuerdo con la mayoría. Por ejemplo, si lo que preocupa al país
en un momento dado es la problemática de las drogas, se me vienen a la mente
varios títulos de biografías de narcos. Otro ejemplo: en los
años del Proceso de Paz en Colombia, toda nueva publicación debía estar relacionada
con el tema, o al menos incluir en alguna parte de su título el atractivo de
las tres letras para garantizar la venta, así como en los años de la guerra lo
que más compraron los lectores fueron las tragedias de un país violento. Recientemente
nos inundaron en el mundo con las sagas medievales, con esas historias de
reyes, brujas, guerreros, castillos y hechiceros, y no tanto por los libros,
sino por las series y películas que de ellos se realizaron, las cuales popularizaron
las historias siguiendo el ejemplo de El
Señor de los Anillos, con más de doscientos millones de ejemplares vendidos.
Por allá a principios de siglo
dieron mucho palo las cuestiones apocalípticas aprovechando el cambio de
milenio, y diez años después se revivió el asunto con las profecías mayas, con
el fin de la iglesia, con el nuevo orden mundial. Pues bien, ahora con esta catástrofe
de la pandemia ya me imagino a muchos escritores enfilando baterías para recrear
en su agitada mente toda clase de historias y confabulaciones; reales o
ficticias, no sé, pero sí bien rentables sobre lo que pasa y seguirá pasando. Seguramente
atraerán millones de lectores esperando encontrar una respuesta urgente al mal vaticinio,
y que se quedarán en las mismas, igual que antes de leer el libro. Sí, de una
vez inserté a mi amigo en la onda actual y le dije que la literatura sobre
Coronavirus y otras pandemias sería lo que mandaría la parada en el mercado.
Pero que para entrar en contexto se remitiera primero a lo que fueron las
pestes de la edad antigua, a las diez plagas, a la peste negra europea durante
la edad media, a la gripe española de hace cien años y otras famosas que nos azotaron
durante siglo XX y principios del XXI. Pero que leyera rápido, porque no demoraban
en sacar el best seller sobre el peligroso
virus chino que nos tiene a todos al
borde del colapso. “Ese será el tema”, le dije seguro de encaminarlo bien.
Es que cada quien satisface
sus propios intereses. Los medios y la publicidad nos saturan de tópicos, y a
través de la manipulación de las emociones nos desvían la atención de lo realmente
valioso. Bueno, desde el punto de vista subjetivo, porque no hay que olvidar
que cada libro tiene sus propios lectores. A veces ninguno.
Muchas obras del pasado no se
hicieron grandes porque no contaron con esa suerte de difusión extrema que
tienen las que se escriben actualmente; sobre todo gracias a internet, que es
la industria suprema para la auto publicación, y al poderío de
ciertas editoriales que se dan el lujo de escoger lo que quieren poner en el cerebro
de la gente. Eso sí, queda a criterio del interesado lo que desea recibir.
Porque ya el problema de la
cantidad está solucionado con la producción en masa. Aquí lo que realmente
importa es el número de veces que los ejemplares comercializados hagan sonar la
registradora. Ventas, mis amigos. Constantes y sonantes.
Aunque no debería anticiparme
a lo que va a suceder, porque como vamos, dudo mucho que nos quede aliento para
ahondar en nuestra tragedia, y mucho menos pagar por ella.
No dudo cuál será el tema del que se ocupará el libro más popular en el año 2020. Si es que no nos extinguimos, desde luego.
25/03/20

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