jueves, 19 de marzo de 2020

Que Dios nos tenga de su mano



Por Juan Felipe Giraldo Trejos









    Cuenta la leyenda que a finales del año 2019 y comenzando el 2020 de la era moderna, por allá en el vasto país de la gente de los ojos rasgados, un enemigo invisible surgió de las entrañas de un murciélago para atacar a la humanidad como si la carne del demonio se hubiera hecho espíritu y no al revés. Y a ese espíritu virulento que nadie vio con los ojos naturales, sino con los lentes de un microscopio, la humanidad —especie que por ese entonces habitaba en el planeta—, no supo cómo combatirlo sino hasta que ella misma se remeció con el golpe devastador de aquel demonio viral. Un efecto dominó se produjo en toda la extensión del país de la muralla, y ni siquiera esta sólida roca pudo contener el mal. Salido de toda frontera y de toda madre, tocó con su mortal ponzoña a los países vecinos y el pánico comenzó a cundir en el lejano oriente: Al país del sol naciente le propinó su dosis de anochecer terrorífico; al Pueblo de los Han, dividido en la República Popular Democrática en el norte, y en la República del sur; le hizo añicos su división, y tanto los de arriba como los de abajo quedaron unificados en el contagio. No contento con atacar a la gente de raza amarilla y ojos rasgados, el etéreo terrorista buscó un lugar más calientico y viajó hasta el Medio Oriente, a la antigua Persia, no sin antes darse una vueltica por la India, Hong Kong y Filipinas y llegar por ese lado hasta la misma tierra de los canguros y las islas de la Oceanía. Por el otro extremo, la raza árabe sufrió también el golpe siniestro del bicho alado. Pero este hostil intruso quiso occidentalizarse, y fue así como se enseñoreó en el viejo continente: Alemania, Italia, Francia, España, Reino Unido, Suiza, Bélgica, Holanda, Rusia, los Balcanes, Escandinavia, todas las demás: las arcaicas naciones de la Europa opulenta en las que se esparció el aliento de muerte. Hasta que se le dio por realizar el sueño americano, y fue así como viajó en vuelo de primera clase a los Estados Unidos y a Canadá. No podía quedarse el perverso sin descubrir el nuevo continente y asestarle un tremendo porrazo al corazón del capitalismo. Les enseñó a los inmigrantes que no sólo se puede ir en dirección sur-norte, sino que también se podía viajar de norte a sur. De esta manera se produjo la conquista de Suramérica: el gran Brasil, las naciones del Río de la Plata, el país austral, el territorio del imperio Inca, las tierras de Bolívar; de allí a Centroamérica, y cómo no, el Caribe. Pero como tampoco podía quedarse con las ganas de regodearse en la escasez, en alguno de sus peregrinajes visitó el llamado continente negro.
    Fue así como a la vuelta de dos meses estaba establecido su trono en todo el mundo, y fue él el nuevo rey distinguido con la corona maldita de su pérfida infección. Por eso lo llamaron el Coronavirus. A él temieron los gobernantes de todas las naciones, ante él se arrodillaron por el miedo a su sentencia de muerte y se encerraron para no aspirar su aliento. Por él hubo miles de sacrificados, aunque también gracias a él, el planeta dio su giro más radical. Aquel temible enemigo que inspiró terror en sus súbditos hizo que estos, secretamente, comenzaran a idear la forma de exterminarlo.
    Cuenta la leyenda que los jefes de estado tomaron medidas tardías y subestimaron el poder destructor del genocida; que los misiles y las armas nucleares de los más tecnificados no pudieron derrotarlo; que la influencia de los dioses modernos tales como los ídolos y las celebridades de ocasión con sus miles de millones de dólares quedó valiendo lo que en realidad debió de haber valido siempre: nada; que las obras de arte las podía concebir cualquier ser anónimo sin talento desde la soledad de su casa, sin importar el renombre del artista, sólo el corazón; que las acciones de las empresas que se jactaban de dominar el mercado con sus productos se derrumbaron como castillos de arena, entendiendo la humanidad que la burbuja se reventaba y el espejismo se deshacía; y lo que en un tiempo fue codiciado como oro, para aquel momento no pasó de ser la simple paja separada del trigo. Y por cierto que aquello que se consideró indispensable para la supervivencia como el alimento, el agua y las medicinas, se tuvo como un bien preciado y se agradeció infinitamente con una oración en la mesa familiar, y se recordó que el sólo hecho de tener algo que comer ya era una bendición. Eso ocurrió después de una sufrida batalla de quienes sólo podían tener lo necesario, enfrentados a los especuladores y acaparadores de alimentos.
    Se dice que todo el oro de las potencias más ricas no pudo comprar la conciencia de este ser iracundo ni ponerlo de su parte, y que a cambio este les devolvió la destrucción de sus economías y sus instituciones por intentar burlarlo. Se murmura que en un país cafetero de la América del Sur, por ejemplo, pensaron que con declaraciones de lealtad y compromisos firmados fútilmente de los viajantes que arribaban a los aeropuertos iba a estar todo controlado, y que no había necesidad de protegerse porque con un padrenuestro bien rezado al Sagrado Corazón las cosas no iban a ser tan graves, que no hacía falta la férrea disciplina del aislamiento ni tomarse las cosas tan a pecho… y no fue así. El enemigo invisible les cobró la ingenuidad de no haber implementado medidas drásticas y no haber cerrado pronto las fronteras marítimas, terrestres, y sobre todo las aéreas, por donde llegó satisfecho después de un plácido festín en Europa, bebiendo whisky y usando traje de diseñador. Porque allá en la pintoresca Italia les dijeron “mañana no habrá clases ni oficinas”, y todos felices salieron a vacacionar, a las playas del Adriático y del Tirreno, y a los cafés de la pequeña Venecia: el resultado fue que el diablo les pasó la cola por la cara, y con el coletazo noqueó a treinta y tantas mil almas en solo tres semanas.
    Cuenta la leyenda que ante la imposibilidad de derrotarlo, los seres queridos volvieron a tener tiempo para compartir, pero esta vez sin besos, ni abrazos, ni caricias cálidas, y en lugar de ello la palabra escrita cobró más importancia que el contacto físico. En algunos casos la mirada a más de dos metros de distancia tuvo que ser suficiente para expresar amor, y el mundo tuvo que comunicarse de manera diferente. Entonces se volvió común besar una pantalla y hablar a través de los dispositivos inventados por la ciencia que días atrás sólo habían servido para ampliar la distancia entre los presentes. En aquella ocasión una nueva usanza del ingenio tecnológico sirvió para sopesar lo verdaderamente significativo: mirar al interior y valorar un pasado desperdiciado en vacuas conversaciones con gente sin importancia, hallando en la soledad y el silencio de una cuarentena el sentido de la otrora vida vacía. Se dice que se recurrió a la oración y a la lectura, que se buscó a Dios fuera de las iglesias, apelando a la frase aquella de que él está en todas partes, y hasta lo buscaron en los objetos que no hubiera trastocado el maligno. Más vieron que el alma era de las pocas cosas que aún podía permanecer intacta y libre de contagio, o que se podía purificar con arrepentimiento, de modo que en ella se albergaron los valores más sagrados de la humanidad, y fue así como echando mano de la solidaridad, la responsabilidad o el altruismo para iniciar, se construyó una nueva sociedad que tuvo que hacer a un lado las banalidades y prepararse para vivir con lo esencialmente indispensable, con el propósito de recuperar un planeta en crisis.
    La leyenda no cuenta si al fin el mundo logró recuperarse o si la humanidad le hizo apología a su nombre. Lo que sí se sabe es que este diminuto y nocivo virus la cambió de algún modo para bien. Al parecer el encierro hizo que la sociedad industrializada agachara la cabeza, que se contaminara menos el ambiente, que la familia volviera a ser una institución venerable, que el consumo desmedido ya no fuera una necesidad, que el verbo ser fuera más importante que el tener, partiendo de la base de la humildad, que los salarios fueran asignados en sus justas proporciones, y que la inversión en salud, ciencia e investigación fuera el ítem más dadivoso del presupuesto de un estado.
    No dice la leyenda cómo fue derrotado el enemigo; lo que sí se sabe es que este al fin sucumbió después de cobrarse muchas de las vidas de los soldados que lo combatieron desde sus entrañas, cuerpo a cuerpo. La especie humana se vio en peligro, aunque no pudo ser exterminada en su totalidad. Encontraron el arma y al fin le dieron el tiro de gracia. Los países actuaron como si fueran uno solo, porque al fin el hombre comprendió que cualquier cosa que le pasara a su vecino le pasaría a él también. Porque si algo se hubo globalizado en aquella sociedad, no sólo fueron las comunicaciones, ni los mercados, ni la cultura, sino también los males en todas sus expresiones. Y así entendió el ser que no era un ser individual, pues todos dependían de la colectividad, pero también aprendió a respetarse en las diferencias y a saber que cada quien puede aportar un talento especial y único, cualquiera que sea con tal de que le pueda aportar al resto más que a sí mismo.
    Que esta leyenda inacabada tenga el desenlace menos trágico posible, y que Dios quiera que la enfermedad del mundo le sirva al planeta no sólo para encontrar la cura a las dolencias de su cuerpo, sino también a las del alma de sus moradores. Desde el aislamiento voluntario se concibe esta leyenda, cuando todavía es posible convertirla en mito. Que Dios nos tenga de su mano.


19/03/20



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...