Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Cuenta la leyenda que a
finales del año 2019 y comenzando el 2020 de la era moderna, por allá en el
vasto país de la gente de los ojos rasgados, un enemigo invisible surgió de las
entrañas de un murciélago para atacar a la humanidad como si la carne del
demonio se hubiera hecho espíritu y no al revés. Y a ese espíritu virulento que
nadie vio con los ojos naturales, sino con los lentes de un microscopio, la
humanidad —especie que por ese entonces habitaba en el planeta—, no supo cómo
combatirlo sino hasta que ella misma se remeció con el golpe devastador de
aquel demonio viral. Un efecto dominó se produjo en toda la extensión del país
de la muralla, y ni siquiera esta sólida roca pudo contener el mal. Salido de
toda frontera y de toda madre, tocó con su mortal ponzoña a los países vecinos
y el pánico comenzó a cundir en el lejano oriente: Al país del sol naciente le propinó su dosis de
anochecer terrorífico; al Pueblo de los
Han, dividido en la República Popular Democrática en el norte, y en la República
del sur; le hizo añicos su división, y tanto los de arriba como los de abajo
quedaron unificados en el contagio. No contento con atacar a la gente de raza
amarilla y ojos rasgados, el etéreo terrorista buscó un lugar más calientico y
viajó hasta el Medio Oriente, a la antigua Persia, no sin antes darse una
vueltica por la India, Hong Kong y Filipinas y llegar por ese lado hasta la
misma tierra de los canguros y las islas de la Oceanía. Por el otro extremo, la
raza árabe sufrió también el golpe siniestro del bicho alado. Pero este hostil
intruso quiso occidentalizarse, y fue así como se enseñoreó en el viejo continente:
Alemania, Italia, Francia, España, Reino Unido, Suiza, Bélgica, Holanda, Rusia,
los Balcanes, Escandinavia, todas las demás: las arcaicas naciones de la Europa
opulenta en las que se esparció el aliento de muerte. Hasta que se le dio por
realizar el sueño americano, y fue
así como viajó en vuelo de primera clase a los Estados Unidos y a Canadá. No
podía quedarse el perverso sin descubrir el nuevo continente y asestarle un
tremendo porrazo al corazón del capitalismo. Les enseñó a los inmigrantes que
no sólo se puede ir en dirección sur-norte, sino que también se podía viajar de
norte a sur. De esta manera se produjo la conquista de Suramérica: el gran
Brasil, las naciones del Río de la Plata, el país austral, el territorio del
imperio Inca, las tierras de Bolívar; de allí a Centroamérica, y cómo no, el
Caribe. Pero como tampoco podía quedarse con las ganas de regodearse en la escasez,
en alguno de sus peregrinajes visitó el llamado continente negro.
Fue así como a la vuelta de
dos meses estaba establecido su trono en todo el mundo, y fue él el nuevo rey distinguido
con la corona maldita de su pérfida infección. Por eso lo llamaron el
Coronavirus. A él temieron los gobernantes de todas las naciones, ante él se
arrodillaron por el miedo a su sentencia de muerte y se encerraron para no
aspirar su aliento. Por él hubo miles de sacrificados, aunque también gracias a
él, el planeta dio su giro más radical. Aquel temible enemigo que inspiró
terror en sus súbditos hizo que estos, secretamente, comenzaran a idear la
forma de exterminarlo.
Cuenta la leyenda que los jefes
de estado tomaron medidas tardías y subestimaron el poder destructor del
genocida; que los misiles y las armas nucleares de los más tecnificados no
pudieron derrotarlo; que la influencia de los dioses modernos tales como los
ídolos y las celebridades de ocasión con sus miles de millones de dólares quedó
valiendo lo que en realidad debió de haber valido siempre: nada; que las obras
de arte las podía concebir cualquier ser anónimo sin talento desde la soledad
de su casa, sin importar el renombre del artista, sólo el corazón; que las
acciones de las empresas que se jactaban de dominar el mercado con sus
productos se derrumbaron como castillos de arena, entendiendo la humanidad que
la burbuja se reventaba y el espejismo se deshacía; y lo que en un tiempo fue
codiciado como oro, para aquel momento no pasó de ser la simple paja separada
del trigo. Y por cierto que aquello que se consideró indispensable para la
supervivencia como el alimento, el agua y las medicinas, se tuvo como un bien
preciado y se agradeció infinitamente con una oración en la mesa familiar, y se
recordó que el sólo hecho de tener algo que comer ya era una bendición. Eso ocurrió
después de una sufrida batalla de quienes sólo podían tener lo necesario, enfrentados
a los especuladores y acaparadores de alimentos.
Se dice que todo el oro de las
potencias más ricas no pudo comprar la conciencia de este ser iracundo ni
ponerlo de su parte, y que a cambio este les devolvió la destrucción de sus
economías y sus instituciones por intentar burlarlo. Se murmura que en un país
cafetero de la América del Sur, por ejemplo, pensaron que con declaraciones de
lealtad y compromisos firmados fútilmente de los viajantes que arribaban a los
aeropuertos iba a estar todo controlado, y que no había necesidad de protegerse
porque con un padrenuestro bien rezado al Sagrado Corazón las cosas no iban a
ser tan graves, que no hacía falta la férrea disciplina del aislamiento ni tomarse
las cosas tan a pecho… y no fue así. El enemigo invisible les cobró la
ingenuidad de no haber implementado medidas drásticas y no haber cerrado pronto
las fronteras marítimas, terrestres, y sobre todo las aéreas, por donde llegó
satisfecho después de un plácido festín en Europa, bebiendo whisky y usando traje
de diseñador. Porque allá en la pintoresca Italia les dijeron “mañana no habrá
clases ni oficinas”, y todos felices salieron a vacacionar, a las playas del
Adriático y del Tirreno, y a los cafés de la pequeña Venecia: el resultado fue
que el diablo les pasó la cola por la cara, y con el coletazo noqueó a treinta
y tantas mil almas en solo tres semanas.
Cuenta la leyenda que ante la
imposibilidad de derrotarlo, los seres queridos volvieron a tener tiempo para compartir,
pero esta vez sin besos, ni abrazos, ni caricias cálidas, y en lugar de ello la
palabra escrita cobró más importancia que el contacto físico. En algunos casos
la mirada a más de dos metros de distancia tuvo que ser suficiente para
expresar amor, y el mundo tuvo que comunicarse de manera diferente. Entonces se
volvió común besar una pantalla y hablar a través de los dispositivos
inventados por la ciencia que días atrás sólo habían servido para ampliar la
distancia entre los presentes. En aquella ocasión una nueva usanza del ingenio
tecnológico sirvió para sopesar lo verdaderamente significativo: mirar al interior
y valorar un pasado desperdiciado en vacuas conversaciones con gente sin
importancia, hallando en la soledad y el silencio de una cuarentena el sentido
de la otrora vida vacía. Se dice que se recurrió a la oración y a la lectura, que
se buscó a Dios fuera de las iglesias, apelando a la frase aquella de que él
está en todas partes, y hasta lo buscaron en los objetos que no hubiera trastocado
el maligno. Más vieron que el alma era de las pocas cosas que aún podía
permanecer intacta y libre de contagio, o que se podía purificar con arrepentimiento,
de modo que en ella se albergaron los valores más sagrados de la humanidad, y
fue así como echando mano de la solidaridad, la responsabilidad o el altruismo para
iniciar, se construyó una nueva sociedad que tuvo que hacer a un lado las
banalidades y prepararse para vivir con lo esencialmente indispensable, con el
propósito de recuperar un planeta en crisis.
La leyenda no cuenta si al fin
el mundo logró recuperarse o si la humanidad le hizo apología a su nombre. Lo
que sí se sabe es que este diminuto y nocivo virus la cambió de algún modo para
bien. Al parecer el encierro hizo que la sociedad industrializada agachara la
cabeza, que se contaminara menos el ambiente, que la familia volviera a ser una
institución venerable, que el consumo desmedido ya no fuera una necesidad, que
el verbo ser fuera más importante que el tener, partiendo de la base de la
humildad, que los salarios fueran asignados en sus justas proporciones, y que
la inversión en salud, ciencia e investigación fuera el ítem más dadivoso del
presupuesto de un estado.
No dice la leyenda cómo fue
derrotado el enemigo; lo que sí se sabe es que este al fin sucumbió después de cobrarse
muchas de las vidas de los soldados que lo combatieron desde sus entrañas,
cuerpo a cuerpo. La especie humana se vio en peligro, aunque no pudo ser exterminada
en su totalidad. Encontraron el arma y al fin le dieron el tiro de gracia. Los países
actuaron como si fueran uno solo, porque al fin el hombre comprendió que cualquier
cosa que le pasara a su vecino le pasaría a él también. Porque si algo se hubo
globalizado en aquella sociedad, no sólo fueron las comunicaciones, ni los mercados,
ni la cultura, sino también los males en todas sus expresiones. Y así entendió
el ser que no era un ser individual, pues todos dependían de la colectividad,
pero también aprendió a respetarse en las diferencias y a saber que cada quien
puede aportar un talento especial y único, cualquiera que sea con tal de que le
pueda aportar al resto más que a sí mismo.
Que esta leyenda inacabada
tenga el desenlace menos trágico posible, y que Dios quiera que la enfermedad
del mundo le sirva al planeta no sólo para encontrar la cura a las dolencias de
su cuerpo, sino también a las del alma de sus moradores. Desde el aislamiento
voluntario se concibe esta leyenda, cuando todavía es posible convertirla en
mito. Que Dios nos tenga de su mano.
19/03/20

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