Por Juan Felipe Giraldo Trejos
Creí que todo lo tenía bajo control para iniciar la cuarentena tardía ordenada
por el gobierno debido al Coronavirus.
En primer lugar me aprovisioné
de alimento básico con el cual poder defenderme al menos por diez días. Tengo
la esperanza de que a un miembro de cada familia le otorguen el permiso de salir
a comprar los víveres necesarios durante los días del encierro, pues por mucho
que uno compre, no es posible almacenar comida a largo plazo; además ya no se
permite en el supermercado llevar más de dos referencias de un mismo producto por
persona: hay que combatir a los acaparadores.
En segundo lugar debo velar porque
mi padre, un adulto mayor de 83 años, cuente con su arsenal de medicinas siquiera
para un mes, haciéndole fuerza al impulso de su salud frágilmente restablecida,
a ver si aguanta toda esta crisis sin necesidad de acudir a los servicios médicos,
pues ¿médicos de dónde? Y ni pensar en una situación de urgencias ahora que las
clínicas y hospitales están totalmente colapsados. En tercer lugar tengo que aguantarme
las ganas de acariciarle su cabecita nívea y mimarlo como él se lo merece
porque es mejor evitar el contacto, así que trato de no arrimarme a más de
dos metros de distancia, usar el tapabocas cuando lo tengo cerca y comer en
otra mesa, y si con este sacrificio de amor no basta, que tome Dios de vuelta
nuestras vidas, porque no se puede vivir con tanta zozobra por tan largo tiempo.
Creí que teniendo estas cosas solucionadas, tan sólo sería cuestión de esperar
dentro de las paredes de nuestra casa a que toda esta tormenta amainara, o al
menos nos diera un chance de volver a estar tranquilos.
Dándome por bien servido dejé
a mi padre dormido en su cuarto que está contiguo a la zona de ropas, y me
dispuse a levantar una barrera de límpido en el portón de la casa para que por
allí no pasara el virus. Pero ¡oh sorpresa!, mi ánimo se me vino al piso cuando
escuché a la vecina estornudar. Coincidirán ustedes en que no pasa nada, pues
el virus no puede traspasar los muros, pero es que yo vivo en una casa que se
comunica por el patio con los habitantes de la vivienda superior, como bien
saben ustedes que son muchas de las casas de dos plantas en Colombia. En “los
bajos”, como popularmente se le conoce a la vivienda que está debajo de otra. Desde
allí es posible escuchar las conversaciones y otras cosas que hacen los de
arriba, y a veces hasta cuando uno está greñudo y en pijama lavando sus
chiritos se los topa encima y hay que saludar amablemente. Si a veces me encuentro
pelos de gato en la ropa extendida al momento de entrarla, y miro arriba, y ahí
está el cuadrúpedo de la vecina vigilándome con pedantería, no me imagino cómo
vendrá cargado el aire, porque con los vecinos se comparte ese espacio comunal
en que unos y otros respiramos... y estornudamos. Comenzó entonces a picarme el
gusanillo de la preocupación, por lo que escucho en las noticias acerca de la facilidad
como se contagia el Covid-19, que viaja montado en micro gotas de saliva
catapultadas por cualquier inadvertido estornudo que un hijo de vecino pueda
lanzar. En pocas palabras, si el de arriba toce, nuestra vida corre más peligro
que en la franja de gaza. El aire asciende y las gotas caen por gravedad. Temo
por mi padre más que por mí, porque este
es un virus cobarde como todos los virus, que se ensaña con las personas de
edad y no se deja ver. Por el noticiero hablan los expertos y los enfermos de
otros países, y todos coinciden en lo mismo: esto no es charlando.
Toda esta ilustración personal
es para decir que hemos llegado al punto en que nuestra lucha como individuos
no basta por sí sola, porque ahora más que nunca dependemos los unos de los
otros para subsistir. De nada te sirve cuidarte si tu vecino no se cuida a sí
mismo. Y el vecino del vecino, y el de más allá, y el de la cuadra, el del barrio
entero, el de la ciudad, el país y el mundo. Qué complicado el entramado de
relaciones en el que estamos metidos los seres humanos, mucho más con este planeta
tan globalizado y tan exageradamente conectado. Pensar que hemos sido tan
soberbios como especie y saber que ahora el parroquiano más humilde se nos
puede tirar la vida con un estornudo si le da la gana. A ver si esta lección de
muerte (y de vida) nos enseña a desempolvar la solidaridad y el trabajo en
equipo, que es lo que más se necesita para derrotar este enemigo. Ya algunos
vecinos del Lejano Oriente nos comienzan a poner un punto muy alto, y ojalá
sigamos ese derrotero como lo han hecho en Singapur, Corea del Sur y en la
misma China donde comenzó todo esta debacle, y que de ayer a hoy sólo tuvieron
un contagiado.
Yo tengo mis reservas sobre la
especie humana. La verdad pienso que somos unos indolentes y unos mezquinos y
egoístas, a tal punto que esta tragedia viene siendo aprovechada por los
políticos y los idólatras para buscar culpables y criticar cualquier medida que
se tome, juzgando de antemano a los líderes de turno que les tocó asumir la
responsabilidad de tomar una decisión. Sí, es cierto que la mayoría de los gobiernos
se han equivocado, que fueron víctimas de la misma soberbia de la humanidad y
subestimaron el problema, y que están tomando medidas tardías, pero este no es
momento de rasgarnos las vestiduras y de irnos lanza en ristre contra presidentes
y dirigentes. Después, si la vida nos da una segunda oportunidad, tendremos
tiempo de enjuiciarlos, pero por ahora atendamos esta cuestión que es de vida o
muerte, y tratemos de salvarnos a nosotros mismos.
¿Acaso no entendemos que
estamos en emergencia sanitaria, económica y hospitalaria; que es en todo el
mundo y al mismo tiempo; que nadie puede prestarle ayuda a nadie porque cada
país y cada hombre tiene sus propios problemas; que hay una pandemia acechando
por ahí en cualquier inhalación de esquina; que estamos todos al borde de la
muerte; que el orden que teníamos establecido se va a acabar; que todo ha sido
construido con mentiras y espejismos; que nada más nos quedará lo que llevamos
adentro porque todo se está arruinando: la economía, las instituciones, la
religión, el modus vivendi, la vida misma; que habrá que empezar de cero y será
una magnífica oportunidad para restablecer ciertos valores de sociedad que teníamos
perdidos y acabar con los antivalores que veníamos pregonando? ¿Acaso no lo
entendemos?
Pensábamos que esto era nada más
por allá en la China y nos burlábamos con sorna. Que aquí no llegaba, y en
menos de tres meses aprendimos que esto no era charlando. Que nos tocará salirnos
de nuestra zona de confort, hacer miles de sacrificios, porque si como especie
no estamos dispuestos a perder la comodidad y asumirnos en una desgracia de inconmensurables
proporciones, el Coronavirus nos exigirá un sacrificio mayor: el de nuestra propia
vida.
De todas las cosas horribles
que nos ha implicado esta situación, la que más me aterra en este momento es la
idea de no poder abrazar a mi padre, aun teniéndolo a un lado. Cómo extraño revolverle
su cabecita blanca.
21/03/20

No hay comentarios.:
Publicar un comentario