Definitivamente el ser humano tiene la
capacidad de aprender muy rápido, con una seguridad tan sorprendente que yo me
aterro. Ahora todos los habitantes del planeta somos expertos epidemiólogos y
opinamos por las redes sociales (ese invento fatal que tanto culto le hace al
yo) como todos unos eruditos en el tema. No nos hizo falta estudiar medicina,
ni tener especializaciones de las mejores universidades, ni mucho menos contar
con maestrías, doctorados, o con los estudios superiores que de ahí se siguen.
El Coronavirus nos equiparó a todos en la ignorancia, porque de nada le ha
valido a la ciencia todo el esfuerzo y los años de arduo trabajo de hombres
con indiscutibles títulos en el campo de la medicina, la física, la química, la
economía, la sociología, la rama que sea. De nada los premios Nobel, de nada la
academia. Está la humanidad completa metida en la misma bolsa del
desconocimiento frente a su verdugo; da lo mismo un hombre común y analfabeto
que el más docto de los científicos. Por tanto, todos somos expertos. Ya
sabemos lo que se debe saber acerca de la plaga maldita que está matando al
mundo. Y si todavía quedan descubrimientos por hacerse, no se molesten, que
cada quien en su fuero interno completa a su manera la información que falta
por desvelarse. Ya sabemos lo que debió haber hecho el gobierno en su momento,
las medidas que tuvo que tomar y no tomó, la forma como debemos y no debemos
combatir la pandemia. Damos cátedra a los médicos y a los políticos acerca de
cómo tratar la enfermedad y manejar la economía; y si se descuidan, le quitamos
el puesto a los motivadores, porque soluciones tenemos a dos manos. Cada quien
desde su pequeña tribuna de la virtualidad, y muchas veces aliado con el
anonimato, se convierte en persona importante e influyente. Que si la
hidroxicloroquina, que si las infusiones de eucalipto y jengibre, que si los
baños con límpido, que si la inmunidad de rebaño, que ya está la vacuna casi
lista pero que no quieren sacarla al mercado todavía. Todo lo sabemos. Incluso,
como ya llevamos varias semanas conviviendo con el virus, nos atrevemos a
desafiar su poder devastador, amparados en el profundo conocimiento que tenemos
de él.
Al principio nos hizo encerrar ateridos de
pavor porque nos hicieron creer que aquello era un ajuste de cuentas del cielo
para con la humanidad: el Armagedón, posiblemente. Entonces hicimos del miedo
el aliado fundamental para combatirlo, y vaya que nos sirvió a muchos que nos
mantuvimos a salvo de sus garras (hasta ahora). Pero llegó la infinita
espera, y con ella el horror de la crisis económica, del desempleo que se
avecina. El miedo al contagio se ha ido transformando en miedo a la física
pobreza, al desabastecimiento, a perder nuestra mediocre pero anhelada zona de
confort. Y ya teniendo que enfrentarse a dos enemigos, la humanidad se tuvo que
dividir entre los que pueden seguir acuartelados para evitar el contagio, y los
que tienen que salir porque no pueden dejar que la falta de alimento y medicinas
los aniquile. La nube de grillos de los malos pensamientos nos cernió en una
latente preocupación, pero tenemos la esperanza de que todo estará bien y que
esto pronto pasará. Luego sale una autoridad en la materia a dar declaraciones
y a decir que el mal no se acabará por lo menos hasta finales del año entrante,
como quien dice, hay que resistir unos setecientos días sin comer, que esto
será temporal.
Apenas iniciamos mayo y no sabemos lo que
va a pasar. Los pronósticos auguran cosas malas, y en medio de nuestro
resquemor, le hemos ido perdiendo respeto al germen y nos estamos atreviendo a
asomar las narices fuera de nuestras madrigueras. La economía, que en principio
tuvo que pasar a un segundo plano, poco a poco recupera su protagonismo, pues
el hambre pudo más. Aún no han levantado la cuarentena, pero a mi casa ya
están llegando a tocar los vendedores de mango, de aguacate, los que están
requiriendo donaciones, los que ofrecen algún producto de primera necesidad, y
especialmente los que dejan las facturas de los servicios públicos con una
puntualidad escabrosa. (Estoy pensando que deberían analizar el ADN de las
empresas de telefonía celular, de los bancos, y de
otros servicios básicos. Veo que se mantienen inermes y sólidos ante esta
crisis y serán los últimos en caer; no tienen que arriesgar un pelo ni aportar
cuota alguna de sacrificio. Ellos deben alojar la sustancia de la inmunidad con
la que se podría fabricar la vacuna, ¡examínenlos ya!). En fin, si no estamos
saliendo del problema, por lo menos estamos saliendo de nuestras casas. Sé que
no es una idea responsable, pero creo que va a ser un mal necesario.
Estamos tan airados con ese maléfico
Covid-2019, que asumimos el riesgo de enfrentarlo cara a cara (con tapabocas,
desde luego), y cuestionar su verdadera peligrosidad. Ya no vamos a poder
escondernos más del enemigo. Toca salir con las armas que tenemos (mascarilla,
gel, guantes, gorro, desinfectante, desconfianza, distancia social), qué más
da. Y es que en el cuestionamiento descarado que le hacemos a su origen, vamos
a tener que difamar a ese perverso monstruo, que para eso sí somos buenos.
Quitarle la honra y el prestigio a ese desgraciado. Yo, por ejemplo, pienso que
los científicos se equivocaron sobre cómo surgió el nuevo coronavirus. Tal vez
no nos han querido decir toda la verdad. Me siento tan conocedor del tema, que
resulta un tanto frustrante no poder alimentar la teoría conspirativa. Yo me
inclino por esa que dice que el virus fue creado en un laboratorio y que lo
liberaron accidentalmente (o de pronto con intención) para jodernos a todos.
Obvio que no tengo pruebas al respecto, pero si las redes sociales lo dicen
¿para qué información científica? Además nadie la entendería ni la apreciaría
tanto como aquella noticia que se vuelve un rumor viral. Ah, esa sí que es
interesante y deliciosa, y cuánto jugo se le puede sacar.
Sin embargo, tomando como referencia una
noticia proveniente de una fuente seria, me remito ahora a hablar del doctor
japonés Tasuku Honjo, quien manifestó que el Covid-19 no es natural, es decir,
no pudo haberse originado en las entrañas de un murciélago ni en las de ningún
animalejo de consumo doméstico en la China por muy repugnante que sea. En otras
palabras, fue creado por el hombre con quién sabe qué oscuras intenciones. El
doctor Honjo es inmunólogo, ganador del Premio Nobel de Medicina por sus
investigaciones en la inhibición de la regulación inmune negativa, que es un
proceso para el tratamiento del cáncer, y yo le creo. Si lo dice él, que es un
hombre de ciencia tan reconocido, sus razones tendrá. La más sólida es que en
el análisis de los datos del genoma se encontró evidencia de que la estructura
fue manipulada y creada a partir del patrón de otros virus, y que fue replicada
para potenciar su poder, como si fuera una fakenews, para ponerlo en términos
informáticos. Sospecho que habrá otras voces autorizadas que coinciden con el
doctor Honjo, pero que no se atreven a manifestarlo abiertamente. Hay muchas
cosas en juego. Yo, que no soy voz de nada en la materia, ni tengo audiencia,
ni tengo seguidores, me suscribo a esa teoría porque de lo que sí conozco es de
la naturaleza perversa del corazón del hombre.
Está cantado que el comunismo quiere reinar
en un nuevo orden mundial, que su objetivo es derrotar al capitalismo y a su
principal precursor, que es Estados Unidos. Necesitan la ruina de occidente
para imponerse. No me extrañaría que China, quien tiene una guerra comercial
abierta con Estados Unidos, en alianza con Rusia, Corea del Norte, Irán, Siria,
y otros países totalitarios del Medio Oriente, hayan encontrado la forma de
modificar las relaciones de poder a través de la creación de este virus. Una
guerra habría sido demasiado costosa e injustificable para declararla, pero
¿una pandemia? Ahí estaba la forma de lograr sus macabros objetivos: ante la
naturaleza no hay nada que hacer. Ya encontrarían en la OMS un organismo que
los absolvería de toda culpa, especialmente al gobierno chino, que fue el que
se prestó para generar esta tragedia mundial. No me extraña, la verdad, porque
del comunismo se puede esperar cualquier cosa. El capitalismo es un monstruo
que te arrasa y te deja fuera del mercado, del acceso a bienes y servicios si
no tienes cómo insertarte en él, eso está claro. Pero su antípoda no es mejor.
Hace lo mismo, con la diferencia de que no tienes libertad ni para empobrecerte
con la frente en alto. No me queda duda, la teoría de una conspiración es
evidente, ¿no creen?
Perdón, me acaban de informar que las afirmaciones
que se le atribuyen al doctor Honjo son falsas. Emitió un comunicado en el que
desmiente estas declaraciones que provienen de una cuenta falsa de Twitter. “Mi
nombre y el de la universidad de Kyoto se han utilizado para difundir
acusaciones falsas y desinformación”, dijo el doctor.
Así las cosas, mi teoría se me acaba de
caer, maldita sea. Esta columna también se fue al diablo, pero no voy a perder
el trabajo que me costó escribirla. Igual sigo pensando que en todo esto está
metida la mala mano del hombre, no me van a convencer de lo contrario.

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