El mundo pasa por uno de los
períodos más amargos de su historia, pero todavía podemos encontrar gente que
goza, que baila, que se ríe de la situación y se emborracha. Festejan porque en
el fondo están tristes y abatidos, y mejor se entregan a los desafueros de la
juerga desafiante como un preludio del llanto desconsolado que les aguarda.
Hacen fiestas clandestinas en medio de la prohibición porque así resultan más
emocionantes; y a falta de un mejor aliciente en la vida, no queda más elección
que comer, beber y consumir compulsivamente.
Así que en muchas partes del
mundo, y especialmente en Colombia, que hasta hace poco tenía el galardón de
ser el país más feliz, los seres humanos asumimos la pandemia como excusa para
la parranda y el desorden. Si la consecuencia es que disparemos los contagios
por Covid-19 y enfermemos a nuestros padres y abuelos, no importa, porque los
despediremos con el recuerdo feliz de nuestra última borrachera.
La gabela que nos da el
gobierno de comprar con una pequeña rebaja no la podíamos desaprovechar. Los
ciudadanos, ávidos de salir a la calle y adquirir bienes y servicios, al parecer
también nos hemos dejado contagiar de esa otra enfermedad que se llama
consumismo. Salimos en masa a morirnos con el descuento del 19%, la gran medida
para reactivar la economía y de paso reducir la población. Tal vez no dejemos
un legado a nuestros hijos, pero les dejaremos el televisor moderno o la
tableta de moda, que eso es lo que más importa en este tiempo vacío. ¿Para qué
valores si se nos está acabando el mundo? Dediquémonos a la francachela y a llenarnos
la cabeza con cuanta porquería de entretención nos ofrecen los aparatos de
última tecnología, que es lo único que nos hace felices. Ese pensamiento decadente
es el que nos correspondió a esta generación perdida.
Y están también los que no
hacen fiesta ni compras compulsivas, pero que quieren gozar de su libertad. Los
que se estresan por el encierro, los que no soportan un hogar que se les ha
vuelto un infierno con la obligada convivencia. Es entendible su situación. El
individuo se encuentra agobiado por una rutina denigrante, preso en las cuatro
paredes de su casa, así que decide salir enfrentando todos los riesgos, porque
se dio cuenta, mucho antes que las autoridades, que la cuarentena no funciona. Con
el tapabocas en la cumbamba para burlarse de las medidas sanitarias se sientan
en los parques, hacen deporte, sacan el perro a orinar para así poder charlar
con los vecinos, y pasean de aquí para allá sin que haya una necesidad
prioritaria en su motivo de salida. Son los temerarios, los que no creen que
esto es de verdad, los que van tranquilamente por la vida mofándose del virus
porque piensan que a ellos no los toca.
El confinamiento,
con todas las excepciones, fue quebrantado hace mucho rato por la voluntad del
pueblo, y ya uno se encuentra con que la cuarentena es tan virtual como la vida
a la que nos quieren someter por el efecto Covid.
Los libertarios exigen el
derecho a movilizarse, a salir a la calle y a disfrutar de tiempo para la
contemplación y respirar aire puro. Pero no se han dado cuenta que los dueños
de la conspiración —que yo sí creo que existe—, hace rato nos vienen quitando el
valor supremo de nuestra libertad, pues poco a poco estamos dejando de ser los
dueños de nuestro destino.
Primero la libertad y luego la
vida. Tan desesperados estarán por aniquilar al grueso de la población mundial,
que nos quieren mandar todos los males a la vez, como si se hubieran puesto de
acuerdo. Más les hubiera valido crear una guerra o mandar un asteroide a que se
choque con la Tierra, pero al parecer de lo que se trata, es de hacernos sentir
miedo y matarnos lentamente.
Como no han valido los huracanes,
las inundaciones, los sismos, los tsunamis, la locura colectiva, los asesinos
seriales, las crisis económicas que están aumentando la pobreza, ni la guerra
misma; y como el Covid-19 va tan lento —aunque sí muy seguro—, desde ya la
humanidad tiene que lidiar con el polvo del Sahara, con el enjambre de langostas,
con otra gripa porcina, y con que vuelve La peste negra, para acabar de
completar. ¿Qué más hay?
Yo no sé quiénes serán los que
están manipulando esto; si el grupo de los Iluminati, los reptilianos, los
planetarios, los masones, o si es que están desde el cielo orquestando el Armagedón.
Lo cierto es que tienen locos a los pobres ignorantes de la tierra que no ven
otra salida que aplicar la sabia máxima del hedonismo: “comamos y bebamos que
mañana moriremos”. Así entonces, hoy bailan ebrios y luego van a desquitarse
con los médicos porque se enferman.
Los ciudadanos, las víctimas
principales de esta desgracia, también somos los primeros en tomar la conducta
equivocada. Nos dijeron al principio muy clarito: “Sólo podremos vencer este
mal actuando en comunidad, colectivamente”. Lo que pasa es que se les olvidó
decir que los seres humanos somos, ante todo, seres individuales; y en la más radical
acepción del individuo moderno, este tiene la libertad de hacer lo que se le da
la gana. En Colombia sí que es cierto: no hay autoridad que pueda vigilar y
controlar a cada uno de los casi cincuenta millones de compatriotas que quieren
hacer lo que les da la gana.
Nos justificamos los
ciudadanos en la premisa de que nos quitan nuestro derecho a la recreación, a
ser libres y demás. Lo cierto es que hay una amenaza de muerte que nos concierne
a todos, y seguimos multiplicando el mal ejemplo de la irresponsabilidad. Ahora
no es tiempo de hacer fiestas, ni salir en masa a realizar compras. Salgamos estrictamente a lo necesario: trabajar, comprar alimentos
o medicinas; no a hacer vida social.
No hay nada que celebrar, salvo
el hecho de cada día amanezcamos con vida, y eso ya es mucho decir. Y para eso
no necesitamos emborracharnos.

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