domingo, 5 de julio de 2020

Los malos ejemplos (Los ciudadanos)

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos




    El mundo pasa por uno de los períodos más amargos de su historia, pero todavía podemos encontrar gente que goza, que baila, que se ríe de la situación y se emborracha. Festejan porque en el fondo están tristes y abatidos, y mejor se entregan a los desafueros de la juerga desafiante como un preludio del llanto desconsolado que les aguarda. Hacen fiestas clandestinas en medio de la prohibición porque así resultan más emocionantes; y a falta de un mejor aliciente en la vida, no queda más elección que comer, beber y consumir compulsivamente.
    Así que en muchas partes del mundo, y especialmente en Colombia, que hasta hace poco tenía el galardón de ser el país más feliz, los seres humanos asumimos la pandemia como excusa para la parranda y el desorden. Si la consecuencia es que disparemos los contagios por Covid-19 y enfermemos a nuestros padres y abuelos, no importa, porque los despediremos con el recuerdo feliz de nuestra última borrachera.
    La gabela que nos da el gobierno de comprar con una pequeña rebaja no la podíamos desaprovechar. Los ciudadanos, ávidos de salir a la calle y adquirir bienes y servicios, al parecer también nos hemos dejado contagiar de esa otra enfermedad que se llama consumismo. Salimos en masa a morirnos con el descuento del 19%, la gran medida para reactivar la economía y de paso reducir la población. Tal vez no dejemos un legado a nuestros hijos, pero les dejaremos el televisor moderno o la tableta de moda, que eso es lo que más importa en este tiempo vacío. ¿Para qué valores si se nos está acabando el mundo? Dediquémonos a la francachela y a llenarnos la cabeza con cuanta porquería de entretención nos ofrecen los aparatos de última tecnología, que es lo único que nos hace felices. Ese pensamiento decadente es el que nos correspondió a esta generación perdida.
    Y están también los que no hacen fiesta ni compras compulsivas, pero que quieren gozar de su libertad. Los que se estresan por el encierro, los que no soportan un hogar que se les ha vuelto un infierno con la obligada convivencia. Es entendible su situación. El individuo se encuentra agobiado por una rutina denigrante, preso en las cuatro paredes de su casa, así que decide salir enfrentando todos los riesgos, porque se dio cuenta, mucho antes que las autoridades, que la cuarentena no funciona. Con el tapabocas en la cumbamba para burlarse de las medidas sanitarias se sientan en los parques, hacen deporte, sacan el perro a orinar para así poder charlar con los vecinos, y pasean de aquí para allá sin que haya una necesidad prioritaria en su motivo de salida. Son los temerarios, los que no creen que esto es de verdad, los que van tranquilamente por la vida mofándose del virus porque piensan que a ellos no los toca.
    El confinamiento, con todas las excepciones, fue quebrantado hace mucho rato por la voluntad del pueblo, y ya uno se encuentra con que la cuarentena es tan virtual como la vida a la que nos quieren someter por el efecto Covid.
    Los libertarios exigen el derecho a movilizarse, a salir a la calle y a disfrutar de tiempo para la contemplación y respirar aire puro. Pero no se han dado cuenta que los dueños de la conspiración —que yo sí creo que existe—, hace rato nos vienen quitando el valor supremo de nuestra libertad, pues poco a poco estamos dejando de ser los dueños de nuestro destino.
    Primero la libertad y luego la vida. Tan desesperados estarán por aniquilar al grueso de la población mundial, que nos quieren mandar todos los males a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo. Más les hubiera valido crear una guerra o mandar un asteroide a que se choque con la Tierra, pero al parecer de lo que se trata, es de hacernos sentir miedo y matarnos lentamente.
    Como no han valido los huracanes, las inundaciones, los sismos, los tsunamis, la locura colectiva, los asesinos seriales, las crisis económicas que están aumentando la pobreza, ni la guerra misma; y como el Covid-19 va tan lento —aunque sí muy seguro—, desde ya la humanidad tiene que lidiar con el polvo del Sahara, con el enjambre de langostas, con otra gripa porcina, y con que vuelve La peste negra, para acabar de completar. ¿Qué más hay?
    Yo no sé quiénes serán los que están manipulando esto; si el grupo de los Iluminati, los reptilianos, los planetarios, los masones, o si es que están desde el cielo orquestando el Armagedón. Lo cierto es que tienen locos a los pobres ignorantes de la tierra que no ven otra salida que aplicar la sabia máxima del hedonismo: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Así entonces, hoy bailan ebrios y luego van a desquitarse con los médicos porque se enferman.
    Los ciudadanos, las víctimas principales de esta desgracia, también somos los primeros en tomar la conducta equivocada. Nos dijeron al principio muy clarito: “Sólo podremos vencer este mal actuando en comunidad, colectivamente”. Lo que pasa es que se les olvidó decir que los seres humanos somos, ante todo, seres individuales; y en la más radical acepción del individuo moderno, este tiene la libertad de hacer lo que se le da la gana. En Colombia sí que es cierto: no hay autoridad que pueda vigilar y controlar a cada uno de los casi cincuenta millones de compatriotas que quieren hacer lo que les da la gana.
    Nos justificamos los ciudadanos en la premisa de que nos quitan nuestro derecho a la recreación, a ser libres y demás. Lo cierto es que hay una amenaza de muerte que nos concierne a todos, y seguimos multiplicando el mal ejemplo de la irresponsabilidad. Ahora no es tiempo de hacer fiestas, ni salir en masa a realizar compras. Salgamos estrictamente a lo necesario: trabajar, comprar alimentos o medicinas; no a hacer vida social.
    No hay nada que celebrar, salvo el hecho de cada día amanezcamos con vida, y eso ya es mucho decir. Y para eso no necesitamos emborracharnos.



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