viernes, 17 de julio de 2020

Los malos ejemplos (La oposición)

Por  Juan Felipe Giraldo Trejos




    Si existe algo peor que estar bajo el mando de un gobierno incompetente y timorato, que es más lo que habla que lo que hace; es estar bajo ese mismo gobierno sabiendo que, además de blandengue y dubitativo, está refrenado por un sector que lo contradice en todas las cuestiones políticas, que no lo deja ejercer la poca autoridad que tiene, y que permanece como un caimán al acecho ante el menor de sus yerros; que es llamado precisamente el sector de la oposición.
    En Colombia, creado el Estatuto de Oposición en cumplimiento de la Ley 1909 de 2018 “para brindar garantías a los partidos u organizaciones políticas que se declarasen contrarios al gobierno”, se entendió que este era, no sólo para ejercer los derechos de representación ciudadana, sino para no dejar gobernar al que estuviera al mando, por muy acertado que fuera.
    Y así es como este grupo de oponentes se comporta en este país, en donde los ciudadanos somos muy dados a seguir facciones populares y llamados a resistencia por parte de caudillos demagogos, pues no somos capaces de enfrentar nuestra realidad, o no tenemos la voluntad para hacerlo. Es un mal ejemplo de todas maneras, y cabe dentro de los malos ejemplos que se han venido señalando en el transcurso de esta pandemia.
    Cuando se suponía que con el Estatuto se iba a “superar la polarización ideológica y avanzar hacia una sociedad que pudiera convivir en paz en medio de las diferencias”, se demostró que no es posible. La oposición ha mostrado su verdadero talante, su oportunismo, sus ganas de manipular y su mala actitud frente a las derrotas, pues al fin y al cabo no fue dicha bancada la que ganó las elecciones presidenciales.
    Resulta más cómodo criticar cuando es otro el que tiene la responsabilidad. Ellos, los gobernantes, que miren a ver qué hacen, pero si no lo hacen como a mí me gusta, la avalancha de críticas no se hará esperar; para la muestra, un artículo. Esa podría ser la lógica de la oposición. El panorama es muy complejo para cualquiera que esté al frente, sea de la corriente que sea. La crisis ha sacado lo peor de nuestra clase política, y los opositores no se quedaron atrás. La leña del árbol caído siempre es mejor para atizar la llama.
    Piden el retorno al confinamiento y un ingreso mínimo vital indefinido para todos los colombianos. Sería fantástico, pero lo segundo es utópico. Es darle la potestad al Estado para que nos mantenga, y desde luego restrinja nuestras libertades: Socialismo en su concepción más encubierta. El problema es que ese ingreso del que tanto se abanderan ellos tiene que salir de alguna parte, porque la ciencia de la economía no está soportada en los mismos principios de la magia. No es cuestión de imprimir billetes que se vuelven de mentiras. La economía debe estar en un equilibrio especulativo para que no se dispare la inflación ni se genere escasez. Ahora estamos viviendo de préstamos: medio comemos hoy para tener hambre mañana. ¿Y después qué?
    Habrá que volvernos a encerrar si nos toca, qué le vamos a hacer. Por lo menos así descongestionamos un poco la labor médica. Pero pasado el nuevo confinamiento, el Coronavirus seguirá acechando tras la puerta, y la gente estará vencida por el hambre y el desempleo. Urge salvar vidas.  
    La solución de la arenga y la exaltación del espíritu de rebeldía en el ciudadano, no sirve de mucho en esta instancia. No se logra que el problema se controle, aunque se ganan votos a futuro.
    Gustavo Petro, por ejemplo, el líder más visible de la oposición, llama a la desobediencia civil y a no reconocer al Presidente por sus presuntos nexos con la Ñeñe política y la compra de votos (asunto escabroso y denigrante para nuestra democracia). Está desatado contra las autoridades a las que quisiera derrocar.


    Que los mecanismos por los cuales el Presidente de la República ganó las elecciones hayan sido tramposos o no, eso está por definirse. Parece que el Fiscal no tiene afán. Pero que uno llame a la gente a la anarquía total para acrecentar el desgobierno en medio de una pandemia, eso sí me parece de lo más sucio que puede hacer la facción opositora en cabeza del caudillo mencionado. Si él estuviera al mando no permitiría ni que un simple ciudadano escribiera un artículo como este, ni que se le criticase. Creerse portaestandarte de la moral, y al parecer único dueño de ella, es la mejor manera de aprovechar el trágico momento y enfilar las baterías al poder, la causa única de sus desvelos. Es pescar en el río revuelto de nuestra política colombiana. Hay mucha conveniencia.
    Existe un verbo que se llama “perder”, y todos tenemos que aprender a aceptarlo en nuestro léxico moral. El día después de las elecciones de 2018, recuerdo que Petro, en lugar de reconocer su derrota, se puso a gritar a una multitud enfebrecida la pusilánime frase “¡resistencia, resistencia! No comenzaba el período presidencial y ya estaba instigando a la gente a salir a la calle, a protestar y a rebelarse porque su plan B iba a consistir en generar la total entropía para reinar en medio del caos; vieja táctica marxista. Su filosofía es la insubordinación, la imposición sobre las instituciones menos por la razón que por la fuerza, como todo buen revolucionario de armas sabe hacerlo. Tiene el apoyo de los partidos de izquierda porque corresponde a la medida de sus intereses.
    El encantador de las multitudes populares confía en su ejército de aduladores para que sigan engrandeciendo su imagen y limpiándole su pasado delictivo, tirando la cubeta del agua sucia sobre la reputación ya desfigurada de un Presidente al que le cayó el Coronavirus como anillo al dedo para desviar la atención, pero que pronto tendrá que dar muchas explicaciones a los colombianos que de buena fe votaron por él.  
    Igual todos siguen dando tumbos de ciego; los que mandan y los que no. Los líderes de la oposición tampoco me inspiran ninguna decencia, ninguna confianza. Uno sabe que tras el telón está la esencia de un engaño premeditado. También son un mal ejemplo a seguir

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