Si existe algo peor que estar
bajo el mando de un gobierno incompetente y timorato, que es más lo que habla
que lo que hace; es estar bajo ese mismo gobierno sabiendo que, además de blandengue
y dubitativo, está refrenado por un sector que lo contradice en todas las
cuestiones políticas, que no lo deja ejercer la poca autoridad que tiene, y que
permanece como un caimán al acecho ante el menor de sus yerros; que es llamado
precisamente el sector de la oposición.
En Colombia, creado el
Estatuto de Oposición en cumplimiento de la Ley 1909 de 2018 “para brindar garantías
a los partidos u organizaciones políticas que se declarasen contrarios al gobierno”,
se entendió que este era, no sólo para ejercer los derechos de representación
ciudadana, sino para no dejar gobernar al que estuviera al mando, por muy acertado
que fuera.
Y así es como este grupo de
oponentes se comporta en este país, en donde los ciudadanos somos muy dados a
seguir facciones populares y llamados a resistencia por parte de caudillos
demagogos, pues no somos capaces de enfrentar nuestra realidad, o no tenemos la
voluntad para hacerlo. Es un mal ejemplo de todas maneras, y cabe dentro de los
malos ejemplos que se han venido señalando en el transcurso de esta pandemia.
Cuando se suponía que con el
Estatuto se iba a “superar la polarización ideológica y avanzar hacia una
sociedad que pudiera convivir en paz en medio de las diferencias”, se demostró
que no es posible. La oposición ha mostrado su verdadero talante, su
oportunismo, sus ganas de manipular y su mala actitud frente a las derrotas,
pues al fin y al cabo no fue dicha bancada la que ganó las elecciones presidenciales.
Resulta más cómodo criticar cuando
es otro el que tiene la responsabilidad. Ellos, los gobernantes, que miren a
ver qué hacen, pero si no lo hacen como a mí me gusta, la avalancha de críticas
no se hará esperar; para la muestra, un artículo. Esa podría ser la lógica de la
oposición. El panorama es muy complejo para cualquiera que esté al frente, sea
de la corriente que sea. La crisis ha sacado lo peor de nuestra clase política, y
los opositores no se quedaron atrás. La leña del árbol caído siempre es mejor para
atizar la llama.
Piden el retorno al
confinamiento y un ingreso mínimo vital indefinido para todos los colombianos.
Sería fantástico, pero lo segundo es utópico. Es darle la potestad al Estado
para que nos mantenga, y desde luego restrinja nuestras libertades: Socialismo
en su concepción más encubierta. El problema es que ese ingreso del que tanto
se abanderan ellos tiene que salir de alguna parte, porque la ciencia de la economía
no está soportada en los mismos principios de la magia. No es cuestión de imprimir
billetes que se vuelven de mentiras. La economía debe estar en un equilibrio especulativo
para que no se dispare la inflación ni se genere escasez. Ahora estamos viviendo
de préstamos: medio comemos hoy para tener hambre mañana. ¿Y después qué?
Habrá que volvernos a encerrar
si nos toca, qué le vamos a hacer. Por lo menos así descongestionamos un poco
la labor médica. Pero pasado el nuevo confinamiento, el Coronavirus seguirá acechando
tras la puerta, y la gente estará vencida por el hambre y el desempleo. Urge
salvar vidas.
La solución de la arenga y la exaltación
del espíritu de rebeldía en el ciudadano, no sirve de mucho en esta instancia. No
se logra que el problema se controle, aunque se ganan votos a futuro.
Gustavo Petro, por ejemplo, el
líder más visible de la oposición, llama a la desobediencia civil y a no reconocer
al Presidente por sus presuntos nexos con la Ñeñe política y la compra de votos
(asunto escabroso y denigrante para nuestra democracia). Está desatado contra las
autoridades a las que quisiera derrocar.
Que los mecanismos por los
cuales el Presidente de la República ganó las elecciones hayan sido tramposos o
no, eso está por definirse. Parece que el Fiscal no tiene afán. Pero que uno
llame a la gente a la anarquía total para acrecentar el desgobierno en medio de
una pandemia, eso sí me parece de lo más sucio que puede hacer la facción opositora
en cabeza del caudillo mencionado. Si él estuviera al mando no permitiría ni
que un simple ciudadano escribiera un artículo como este, ni que se le
criticase. Creerse portaestandarte de la moral, y al parecer único dueño de
ella, es la mejor manera de aprovechar el trágico momento y enfilar las baterías
al poder, la causa única de sus desvelos. Es pescar en el río revuelto de nuestra
política colombiana. Hay mucha conveniencia.
Existe un verbo que se llama
“perder”, y todos tenemos que aprender a aceptarlo en nuestro léxico moral. El
día después de las elecciones de 2018, recuerdo que Petro, en lugar de
reconocer su derrota, se puso a gritar a una multitud enfebrecida la pusilánime
frase “¡resistencia, resistencia! No comenzaba el período presidencial y ya estaba
instigando a la gente a salir a la calle, a protestar y a rebelarse porque su
plan B iba a consistir en generar la total entropía para reinar en medio del
caos; vieja táctica marxista. Su filosofía es la insubordinación, la imposición
sobre las instituciones menos por la razón que por la fuerza, como todo buen revolucionario
de armas sabe hacerlo. Tiene el apoyo de los partidos de izquierda porque corresponde
a la medida de sus intereses.
El encantador de las
multitudes populares confía en su ejército de aduladores para que sigan
engrandeciendo su imagen y limpiándole su pasado delictivo, tirando la cubeta
del agua sucia sobre la reputación ya desfigurada de un Presidente al que le
cayó el Coronavirus como anillo al dedo para desviar la atención, pero que
pronto tendrá que dar muchas explicaciones a los colombianos que de buena fe
votaron por él.
Igual todos siguen dando
tumbos de ciego; los que mandan y los que no. Los líderes de la oposición
tampoco me inspiran ninguna decencia,
ninguna confianza. Uno sabe que tras el telón está la esencia de un engaño premeditado.
También son un mal ejemplo a seguir


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