Peor que todas las pestes
juntas en el fin del mundo, resulta ser la corrupta clase política colombiana.
Y aunque me digan que políticos buenos sí existen, en este caso me toca
generalizar y meterlos a todos en la misma bolsa, porque esto de robarle las
ayudas a los pobres, no parece cosa de una o dos manzanas podridas, sino una
consigna sistemática de quien ostenta un cargo público.
Tiene que ser uno muy truhán,
muy miserable, para aprovecharse del miedo de la gente, de su necesidad y de su sufrimiento. Así es como atentan contra las posibilidades de los más débiles, ya no de salir de
la pobreza, sino de vivir. Es cierto, y lo digo con todo el sentido de odio que
encierra la palabra: los políticos ladrones, los empleados públicos que se aprovechan
de sus cargos para beneficiarse a costa de la tragedia de los otros, son unos malnacidos.
Un presidente de la república
que invierte miles de millones para mejorar su imagen que ya venía muerta desde
que era candidato; un Fiscal y un Contralor, quienes en un abierto swinger político, se van de paseo a San
Andrés con esposa e hija y amiga; un opositor férreo y resentido, con ansias de
poder —para que le toque raspar algo de la olla— que llama a la desobediencia
civil y a la anarquía; un gobernador que hace un contrato de dos mil millones
para pagar unas charlas en plena cuarentena dizque con el propósito de evitar
el Coronavirus, y resulta que su departamento terminó siendo una danza trágica, todo por no haber invertido ese dinero en lo prioritario, que eran compras de
insumos médicos, pagarle a los trabajadores de los hospitales, y tener elementos
de protección; un alcalde de un pueblo que adquiere mercados con un 374% de
sobrecosto, no porque el mercado haya valido mucho, sino porque lo inflan en el
papel para que ese restante… ¿se justifique?; otro alcalde, este ya de una
capital, que firma un contrato de mil quinientos noventa millones para algo que
ni él mismo sabía qué era; más gobernadores y alcaldes a lo largo y ancho del
territorio nacional estampando firmas a dos manos, aprovechando que era el
momento de sacar ventaja: ahora o nunca, se dijeron, y con la gallardía que los
caracteriza se lanzaron por lo suyo; concejales, diputados, ediles, secretarios
de despacho y funcionarios de cualquier pelambre, todos ellos asaltando las arcas; no son
sino el reflejo de que estamos subyugados por seres cuya condición de humanidad
pongo en duda. No son sino lacras con cédula de ciudadanía, con título, o a
veces ni eso. Estos son los villanos reales de nuestro país. El Coronavirus no
habría podido lastimarnos tanto si los funcionarios no nos hubieran despojado del
dinero que necesitábamos para adquirir las armas con las cuales enfrentar a ese
enemigo.
Se habla en los medios
periodísticos de por lo menos cuatrocientos veinte mil millones de pesos que se
han robado desde que comenzó la pandemia en Colombia. Los contratos chuecos y
sin control, los ajustes, los favorecimientos y las partiditas de la tajada que
se siguen dando, fueron los mecanismos de los cuales se valieron nuestros
distinguidos representantes. Al fin y al cabo ahí está el pueblo para que responda.
Aún falta lo peor, y es la Reforma Tributaria que nos anuncian como sin querer
queriendo, como para no preocuparnos de a mucho, pero que es el as bajo la
manga del gobierno para cubrir tanto endeudamiento. Es que aquí entre nos,
estamos arruinados. Este país no es viable, y a nuestros vecinos no les va
mejor.
Ese platal que nos hurtaron habría
alcanzado para dotar de insumos médicos a por lo menos cien hospitales, o para
sostener a cuatrocientas cincuenta mil familias pobres durante un mes, o para
la alimentación escolar de los niños de todo Bogotá durante seis meses, o para
cualquier inversión social que se requiriera con urgencia, pero no que esa plata
fuera a parar a los bolsillos de los malditos corruptos: nuestros políticos que
nos gobiernan y los funcionarios de nuestra burocracia.
Así las cosas, ya sabe uno que
no es que la plata no alcance para lo que se necesita; es que esos gasticos
extra que tienen nuestros dirigentes —y que raras veces nos damos cuenta cuáles son—,
son los que hacen que la plata realmente no alcance: corrupción en su más podrida expresión.
Para quienes rigen nuestros
destinos nunca es suficiente. Por ello entiende uno por qué tanta sonrisa, y tanto
cartel con rostros de amabilidad en tiempos de campaña. La pelea de los unos
con los otros, y los debates por demostrar que los sucios son los del bando
contrario, no son más que el resultado de las ansias de poder. ¿A cuál de ellos
le importa el futuro del país y le duele la desgracia de su gente? Porque no se
trata que los de tal o cual corriente sean los buenos o los malos, sino de
entender que ellos están ahí luchando por sus intereses particulares: saben que
tienen poco tiempo antes que se cierre el grifo del desfalco. Por tal razón
roban lo que pueden, y si no roban más no es por falta de voluntad, sino por la
imposibilidad humana de abarcarlo todo, pues la competencia es mucha.
Nuestros políticos, nuestros
funcionarios, encarnan el mal ejemplo que al parecer todo colombiano rechaza de
palabra, pero que no dudaría en seguir si se le presentara la oportunidad. Sólo
es cuestión de catapultarlos a los cargos de poder y la conversión del otrora
buen parroquiano en una voraz plaga, se da como por encanto. Tal vez es culpa
de nosotros mismos por no ser capaces de impedirles ascender en su carrera
despiadada hacia la cima desde donde nos controlan; porque nos hemos dejado engatusar
siempre con sus mentiras y su cinismo.
Llegará el día en que justos y
pecadores nos encontremos a las puertas del cielo clamando entrar. Estaremos mezclados
todos, ciudadanos y políticos, después de haber muerto por enfermedad, por hambre
o ambición. Habrá entonces que mantener los ojos bien abiertos porque estos últimos,
intentando no ser despedidos al infierno, nos habrán robado el alma.

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