viernes, 10 de julio de 2020

Los malos ejemplos (Los políticos y funcionarios públicos)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Peor que todas las pestes juntas en el fin del mundo, resulta ser la corrupta clase política colombiana. Y aunque me digan que políticos buenos sí existen, en este caso me toca generalizar y meterlos a todos en la misma bolsa, porque esto de robarle las ayudas a los pobres, no parece cosa de una o dos manzanas podridas, sino una consigna sistemática de quien ostenta un cargo público.
    Tiene que ser uno muy truhán, muy miserable, para aprovecharse del miedo de la gente, de su necesidad y de su sufrimiento. Así es como atentan contra las posibilidades de los más débiles, ya no de salir de la pobreza, sino de vivir. Es cierto, y lo digo con todo el sentido de odio que encierra la palabra: los políticos ladrones, los empleados públicos que se aprovechan de sus cargos para beneficiarse a costa de la tragedia de los otros, son unos malnacidos.
    Un presidente de la república que invierte miles de millones para mejorar su imagen que ya venía muerta desde que era candidato; un Fiscal y un Contralor, quienes en un abierto swinger político, se van de paseo a San Andrés con esposa e hija y amiga; un opositor férreo y resentido, con ansias de poder —para que le toque raspar algo de la olla— que llama a la desobediencia civil y a la anarquía; un gobernador que hace un contrato de dos mil millones para pagar unas charlas en plena cuarentena dizque con el propósito de evitar el Coronavirus, y resulta que su departamento terminó siendo una danza trágica, todo por no haber invertido ese dinero en lo prioritario, que eran compras de insumos médicos, pagarle a los trabajadores de los hospitales, y tener elementos de protección; un alcalde de un pueblo que adquiere mercados con un 374% de sobrecosto, no porque el mercado haya valido mucho, sino porque lo inflan en el papel para que ese restante… ¿se justifique?; otro alcalde, este ya de una capital, que firma un contrato de mil quinientos noventa millones para algo que ni él mismo sabía qué era; más gobernadores y alcaldes a lo largo y ancho del territorio nacional estampando firmas a dos manos, aprovechando que era el momento de sacar ventaja: ahora o nunca, se dijeron, y con la gallardía que los caracteriza se lanzaron por lo suyo; concejales, diputados, ediles, secretarios de despacho y funcionarios de cualquier pelambre, todos ellos asaltando las arcas; no son sino el reflejo de que estamos subyugados por seres cuya condición de humanidad pongo en duda. No son sino lacras con cédula de ciudadanía, con título, o a veces ni eso. Estos son los villanos reales de nuestro país. El Coronavirus no habría podido lastimarnos tanto si los funcionarios no nos hubieran despojado del dinero que necesitábamos para adquirir las armas con las cuales enfrentar a ese enemigo.
    Se habla en los medios periodísticos de por lo menos cuatrocientos veinte mil millones de pesos que se han robado desde que comenzó la pandemia en Colombia. Los contratos chuecos y sin control, los ajustes, los favorecimientos y las partiditas de la tajada que se siguen dando, fueron los mecanismos de los cuales se valieron nuestros distinguidos representantes. Al fin y al cabo ahí está el pueblo para que responda. Aún falta lo peor, y es la Reforma Tributaria que nos anuncian como sin querer queriendo, como para no preocuparnos de a mucho, pero que es el as bajo la manga del gobierno para cubrir tanto endeudamiento. Es que aquí entre nos, estamos arruinados. Este país no es viable, y a nuestros vecinos no les va mejor.
    Ese platal que nos hurtaron habría alcanzado para dotar de insumos médicos a por lo menos cien hospitales, o para sostener a cuatrocientas cincuenta mil familias pobres durante un mes, o para la alimentación escolar de los niños de todo Bogotá durante seis meses, o para cualquier inversión social que se requiriera con urgencia, pero no que esa plata fuera a parar a los bolsillos de los malditos corruptos: nuestros políticos que nos gobiernan y los funcionarios de nuestra burocracia.
    Así las cosas, ya sabe uno que no es que la plata no alcance para lo que se necesita; es que esos gasticos extra que tienen nuestros dirigentes —y que raras veces nos damos cuenta cuáles son—, son los que hacen que la plata realmente no alcance: corrupción en su más podrida expresión.
    Para quienes rigen nuestros destinos nunca es suficiente. Por ello entiende uno por qué tanta sonrisa, y tanto cartel con rostros de amabilidad en tiempos de campaña. La pelea de los unos con los otros, y los debates por demostrar que los sucios son los del bando contrario, no son más que el resultado de las ansias de poder. ¿A cuál de ellos le importa el futuro del país y le duele la desgracia de su gente? Porque no se trata que los de tal o cual corriente sean los buenos o los malos, sino de entender que ellos están ahí luchando por sus intereses particulares: saben que tienen poco tiempo antes que se cierre el grifo del desfalco. Por tal razón roban lo que pueden, y si no roban más no es por falta de voluntad, sino por la imposibilidad humana de abarcarlo todo, pues la competencia es mucha.    
    Nuestros políticos, nuestros funcionarios, encarnan el mal ejemplo que al parecer todo colombiano rechaza de palabra, pero que no dudaría en seguir si se le presentara la oportunidad. Sólo es cuestión de catapultarlos a los cargos de poder y la conversión del otrora buen parroquiano en una voraz plaga, se da como por encanto. Tal vez es culpa de nosotros mismos por no ser capaces de impedirles ascender en su carrera despiadada hacia la cima desde donde nos controlan; porque nos hemos dejado engatusar siempre con sus mentiras y su cinismo.
    Llegará el día en que justos y pecadores nos encontremos a las puertas del cielo clamando entrar. Estaremos mezclados todos, ciudadanos y políticos, después de haber muerto por enfermedad, por hambre o ambición. Habrá entonces que mantener los ojos bien abiertos porque estos últimos, intentando no ser despedidos al infierno, nos habrán robado el alma.

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