domingo, 26 de julio de 2020

Muchas gracias, China

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    A China le debemos dar las gracias porque nos tiró el Coronavirus y nos puso el mundo al revés, como lo indica el título de este blog, aunque si mal no recuerdo, el mundo ya venía al revés desde hacía mucho rato, sólo que no queríamos darnos cuenta.
    Indudablemente, cada que nos reportan las cifras de contagios y de muertos, cada que se pierde un ser querido, un puesto de trabajo, se cierra una fábrica, o se frustran las esperanzas de retornar a nuestra antigua vida feliz por culpa de la pandemia, a mí se me viene a la cabeza una frase que sintetizaría muy bien mis sentimientos. Para algunos tendrá una connotación de reproche virulento; para otros de sarcasmo premeditado; y a otros tantos les parecerá una invitación a verle el lado bueno a las cosas malas, pero yo lo digo desde la oscuridad de mis entrañas: “Muchas gracias, China”. Pueden tomarlo en cualquiera de los sentidos, me tiene sin cuidado.  
    Con el revés que nos va a dar todo este engranaje de confinamientos, protocolos de bioseguridad, realidades virtuales, cambios de costumbres, despersonalización de los afectos, desbarajustes económicos, crisis de valores y de todo lo que se nos pueda ocurrir, no se crea que el mundo va a quedar muy al derecho, no señores. Uno no sabe si era mejor la desorganización que teníamos antes, o si lo será la “nueva normalidad” a la que nos tendremos que acostumbrar sin opción a chistar, al mejor estilo del Partido Comunista Chino. Da lo mismo.
    Para la libertad de la que gozaba el individuo atrapado en su cosmovisión mercantilista occidental, igual será contar con esa misma libertad impuesta desde el otro lado del hemisferio. A lo mejor la podemos perfeccionar a través de una réplica barata del sueño americano, eso sí, con un poquito menos de calidad, porque de lo que se trata ahora es de minimizar costos. Pero lo importante es que seguirá habiendo producción en masa… de lo que sea. Cambiarán los rótulos, sin duda, y el U.S.A le dará paso a una sigla hecha con palitos entreverados que nada nos dirá, pero estemos seguros que será la nueva moda. Lo importante es mantener la esencia del viejo orden mundial: ricos más ricos y poderosos; y pobres más pobres, numerosos y miserables, como para que no extrañemos demasiado el pasado.
    Porque para aquellos que se quejan de que los valores occidentales del capitalismo nos están conduciendo a la debacle, les recuerdo que el Coronavirus salió de un país en el que manda el Partido Comunista, del lejano Oriente, y en el que no hay respeto por la libertad ni por la propiedad privada, como para que dejemos las cosas en claro. La diferencia entre uno y otro mundo se hará más visible en la dirección de la mirada. Habíamos mantenido la cabeza muy en alto, con mucho orgullo y mucha dignidad. De ahora en adelante se recomienda mantener la mirada al piso, sumisa, servil, clavada en lo profundo de una meditación colectiva.
    Y es que nada tengo contra los habitantes del país del dragón, ni más faltaba. Al contrario, me parecen de lo más pintorescos y singulares, con sus maneras reverenciales de conducirse y su creatividad gastronómica de la cual nosotros tenemos mucho que aprender, ya que insistimos tanto en el ensañamiento contra los pobres cerdos, los indefensos pollitos y las apacibles reses. Ellos en eso sí que tienen variedad.
    El reclamo del cual soy portavoz en este espacio va encauzado contra ese gobierno dictatorial y reservado, que se reservó el derecho de no informar al mundo sobre la gravedad de la enfermedad cuando ya sabían lo que se iba a desencadenar. Según varios científicos chinos que no pudieron revelar su nombre por miedo al régimen, si China no hubiera callado el problema, el contagio se hubiese podido detener hasta en un 86%.
    La OMS, por su parte, fue la alcahueta mayor de ese silencio cómplice que le hizo el juego a la potencia oriental y le lavó la imagen para que nadie, ni siquiera a través del lenguaje, pudiera hacer eco de eso que muchos quisieron bautizar como el virus chino, pero que no los dejaron porque no era políticamente correcto.
    La verdad es que el mal viene de allá, no se puede desconocer, y por tanto de allá también debió de haber venido la responsabilidad de contenerlo. Ahora ellos se lavan sus manitos como quien quiere prevenir el Covid, y el problema se lo dejan al mundo. El típico muchacho que quiebra la ventana, sale corriendo y no recoge los pedazos, y mucho menos la paga. ¿Quién le cobrará a China por los daños y perjuicios ocasionados al mundo? ¿Quién señalará a la OMS por servirle de acólito, por la desinformación tan tremenda con respecto a esta tragedia mundial? Habría que esperar que todo esto pase para establecer responsabilidades. Por lo pronto Estados Unidos es poco lo que puede hacer, ahora que está en época electoral. A Trump le quedan menos de cuatro meses y seguro no será reelegido. No sería raro que una de sus locuras desatara una situación de guerra en caso de verse perdido, aunque creo que es poco probable. Ya no tiene tiempo.
    Pero de lo que no queda duda es que las embarradas de China fueron impunemente encubiertas por la OMS, presidida por un comunista de vieja data que le hace sonrisitas al régimen de Xi Jinping. Y así como la politizada OMS respalda el régimen, también lo hacen los poderes enfilados en la orientación ideológica de un Comunismo que a fuerza de mentiras y ocultamientos está logrando imponerse en las sociedades democráticas. No es casualidad que ahora las democracias capitalistas hayan tenido que apelar al poder benefactor del Estado para no dejar morir a la gente de hambre. En teoría, desde luego, porque en la economía de mercado, el sistema no está diseñado para la caridad, ni mucho menos para la intervención estatal a gran escala.
    Así las cosas, Occidente entra en la mayor crisis económica de su historia, y el gobierno de Beijing lo sabe. Aprovecharán para erigirse en súper potencia e imponer su “nuevo orden mundial”. Saben que con sólo abrir el frasco y dejar escapar otro poquito de veneno pueden destruir toda la economía de mercado de sus enemigos comerciales.
    Cómo no agradecerles entonces, si nos van a permitir conocer su cultura en grande; si tendremos sus valores trasladados a nuestra América Latina en poco tiempo, con toda la autoridad que el poder geopolítico les confiere.
    Pero hay que agradecerles también a los chinos que no sólo nos enseñaron a utilizar las tácticas de la guerra biológica para ganar la guerra comercial, sino también porque nos enseñaron a valorar lo realmente importante y a tomar conciencia sobre nuestra fragilidad; nos hicieron ver en perspectiva que no son tan necesarios los objetos que se exhiben en las vitrinas de los centros comerciales, a no ser que sean Made in China. Nos hicieron descubrir que la tecnología, además de volvernos zombies con contenidos vacuos de gente que no le aporta nada al mundo; también nos sirve para aprender un montón de cosas que antes pasábamos por alto: la educación virtual comenzó a ser parte del hoy de nuestras vidas, y no un asunto del mañana.
    Felizmente, nos han hecho ver el verdadero talante de los líderes que nos gobiernan, y así confirmamos lo mal liderados que estamos en todas partes. Si en ellos ciframos nuestra esperanza, estamos perdidos.
    Más allá de lo que pueda pasar en el futuro, la humanidad no olvidará que aparte de la pólvora, el papel, el Coronavirus y otros inventos de los chinos, el tapabocas estará sin discusión entre su lista de logros más premiados; porque aunque no haya sido inventado en la China, es el que mejor le viene a su gobierno.
    No nos alcanzará la vida para pagarles por su generosidad.

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