sábado, 22 de agosto de 2020

Oportunistas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos 



    Qué raro que ya no hemos vuelto escuchar con la misma asiduidad del principio esos mensajes de esperanza cargados de optimismo. Del optimismo del que ignora los peligros de la realidad y se embarca en la aventura a ciegas. Esas palabras que nos alentaban a creer en un mañana mejor, en que la humanidad sería otra después de vivir la  tragedia que todavía no termina de suceder y que quizá nunca termine.

    Sí, extraño los abundantes mensajes de hace cinco meses en los que se nos prometía un mundo más justo, más humano, más consciente. Poco a poco se han ido difuminando esas promesas en los meandros de la cotidianidad a fuerza de tener que salir otra vez a chocarse con el viejo mundo y correr el riesgo de contagiarse del virus y otros demonios.

    Como yo he sido escéptico y pesimista por naturaleza, recuerdo que no me uní al clamor del “volveremos a juntarnos, volveremos a brindar”, porque imaginaba que tanta dicha no podía ser cierta en este valle de lágrimas. Aunque admito que en más de una ocasión cedí a la tentación de fantasear cómo sería en verdad ese justiciero universo.

    Pero siempre lo sospeché desde un principio. Yo pensaba que cuando saliéramos del confinamiento íbamos a salir cansados, arruinados, con una sensación de pérdida irreparable, adoloridos, atormentados; y al mejor estilo Dostoievskyano, humillados y ofendidos. Para desgracia de los optimistas le acerté, porque infortunadamente los pesimistas nunca acertamos en las cosas buenas. Y realmente ahora somos una humanidad diferente: un poquito más mala. Porque como siempre que confiamos en la humanidad, nosotros los humanos salimos decepcionados.

    Ahora el verso que reza es el de aprovechar la oportunidad de la pandemia que no está dispuesta a marcharse, para recuperar lo que se perdió en los días de la cuarentena a como dé lugar, incluso si nos toca hacerle el quite a la honestidad y vivir a costa del timo y del embuste, porque como todavía quedan almas cándidas y honestas, de esas es que toca sacar partida.

    Y no lo digo sólo por los políticos y funcionarios públicos, esos seres despreciables que parecieran ser creación del diablo y que ya nos tienen acostumbrados a meternos las manos al bolsillo y a quitarnos el pan de la boca. Lo digo por los hombres de carne y hueso, los que constituimos la base de la sociedad; los que sufrimos los embates del destrozo de la economía que causó el virus.

    Al parecer se nos olvidó que la crisis fue para todos, y que excepto los poderosos de siempre, el resto de los mortales nos vimos perjudicados de alguna u otra forma. El hecho de haber perdido cierto nivel de comodidad o haber ahondado en el territorio de la pobreza no nos da derecho a salir de ella valiéndonos de la necesidad de los demás. Los que salieron a trabajar y de entrada comenzaron a cobrar el triple por sus servicios, pueden ser considerados como los oportunistas del momento.

    Las ratas se han rebelado, y es en todos los niveles. El mandato apunta a ser: aprovechar que estamos en pandemia y en el octavo mes del año para hacernos el agosto.

    Uno lleva por ejemplo el carro al mecánico. Y este, que apenas en marzo nos cobraba una tarifa acorde a las leyes del mercado (que de todas maneras nos parecía cara), ahora nos cobra hasta tres y cuatro veces más por la misma labor. Y no es cuestión de que no haya la suficiente oferta, sino que al parecer todos se han puesto de acuerdo en la respuesta aquella de “es que estamos en pandemia”.

    La otra vez necesité un plomero para que me cambiara la bomba de un sanitario, y me cobró la módica suma de ciento treinta mil pesitos, y eso pidiéndole rebaja. Recuerdo los hermosos tiempos en que este servicio no pasaba de valer cincuenta mil pesos a lo sumo, incluyendo materiales: hace apenas cinco meses. “Pero es que ahora por la crisis todo ha subido”, argumentan con su cara de palo, y a uno por la necesidad no le queda más remedio que sacar la billetera y dejarse atracar por las buenas.

    Y eso si es que se logra contactar algún técnico que esté disponible. Andan muy atareados porque la demanda por sus servicios se incrementó, de modo que se sienten en todo su derecho de cuadruplicar sus precios y rebelarse ante el mercado que hasta hace poco los tenía relegados a una posición inferior con respecto a los profesionales titulados. El viejo dilema entre el oficio y la profesión.

    Repito: yo los llamo oportunistas. Han aprendido rápidamente a valorar su demanda según la cara del que los contrata y no sabe nada de su oficio. Se aprovechan de la ignorancia ajena para complicar, en teoría, las labores que en la práctica realizan sin ensuciarse mucho el overol, y se ganan en un rato lo de la semana entera. Como quien dice, que ahora sí la humanidad valore el trabajo realmente importante: la experiencia, la destreza, el conocimiento que no se adquiere de la noche a la mañana.

    ¿Pensábamos que lo que más valía eran los servicios de ocio y recreación? Pues ahora tocará pagar más por los esenciales: no sólo subió el precio de los bienes básicos (alimentos, medicinas, servicios públicos, transporte), sino también el de la mano de obra para cualquier oficio que implique un arte práctico.

    Pareciera como si estos cinco meses hubieran sido cinco años o cinco decenios. En lugar de querer trabajar a conciencia y apelar a la solidaridad de unos para con otros en este amargo trance que estamos soportando, muchos salieron a resolver sus afugias con el más incauto para cuadrar caja, porque hay que ver cómo están cobrando los oficiales de construcción, plomeros, mecánicos, electricistas, pintores, jardineros, y toda clase de técnicos y expertos en oficios que poseen ciertas habilidades específicas. No digamos los profesionales, porque con ellos todavía no me he remitido. Quería consultar con un psicólogo, o si la cosa sigue grave, con un psiquiatra, pero me dicen que las consultas están por las nubes, así que tendré que seguir recurriendo a solucionar los problemas de mi existencia con los sabios tutoriales de Youtube.     

    Y no es que pretenda que no cobren por su trabajo. Claro que no. Desde luego que las cosas no son gratis, eso dejémoslo para los socialistas. Pero sí que sean conscientes y cobren lo que es justo; que no se sobrevaloren ni como trabajadores ni como personas. Porque pescar en río revuelto sólo es comida para hoy y hambre para mañana, y la vida pasa factura tarde o temprano por el oportunismo.

    Así las cosas, estoy pensando seriamente en dejar de escribir este blog y no gastarle tanto tiempo a los libros ni a mis aspiraciones literarias. Me iría mejor en la vida si me embebo en los asuntos de las tuberías, las llaves, los acoples de PVC, los grifos, las mangueras, etc. Porque indudablemente, un plomero tiene muchas más posibilidades de ser contratado que un escritor. Y sobre todo  tiene una ventaja: que a este último sí le pagan lo que quiera cobrar por su trabajo.



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