Qué raro que ya no hemos
vuelto escuchar con la misma asiduidad del principio esos mensajes de esperanza
cargados de optimismo. Del optimismo del que ignora los peligros de la realidad
y se embarca en la aventura a ciegas. Esas palabras que nos alentaban a creer
en un mañana mejor, en que la humanidad sería otra después de vivir la tragedia que todavía no termina de suceder y
que quizá nunca termine.
Sí, extraño los abundantes
mensajes de hace cinco meses en los que se nos prometía un mundo más justo, más
humano, más consciente. Poco a poco se han ido difuminando esas promesas en los
meandros de la cotidianidad a fuerza de tener que salir otra vez a chocarse con
el viejo mundo y correr el riesgo de contagiarse del virus y otros demonios.
Como yo he sido escéptico y
pesimista por naturaleza, recuerdo que no me uní al clamor del “volveremos a
juntarnos, volveremos a brindar”, porque imaginaba que tanta dicha no podía
ser cierta en este valle de lágrimas. Aunque admito que en más de una ocasión
cedí a la tentación de fantasear cómo sería en verdad ese justiciero universo.
Pero siempre lo sospeché desde un principio. Yo pensaba que cuando saliéramos
del confinamiento íbamos a salir cansados, arruinados, con una sensación de
pérdida irreparable, adoloridos, atormentados; y al mejor estilo Dostoievskyano, humillados y ofendidos. Para desgracia de los optimistas le acerté,
porque infortunadamente los pesimistas nunca acertamos en las cosas buenas. Y
realmente ahora somos una humanidad diferente: un poquito más mala. Porque como
siempre que confiamos en la humanidad, nosotros los humanos salimos
decepcionados.
Ahora el verso que reza es el
de aprovechar la oportunidad de la pandemia que no está dispuesta a marcharse,
para recuperar lo que se perdió en los días de la cuarentena a como dé lugar,
incluso si nos toca hacerle el quite a la honestidad y vivir a costa del timo y
del embuste, porque como todavía quedan almas cándidas y honestas, de esas es
que toca sacar partida.
Y no lo digo sólo por los
políticos y funcionarios públicos, esos seres despreciables que parecieran ser
creación del diablo y que ya nos tienen acostumbrados a meternos las manos al
bolsillo y a quitarnos el pan de la boca. Lo digo por los hombres de carne y
hueso, los que constituimos la base de la sociedad; los que sufrimos los
embates del destrozo de la economía que causó el virus.
Al parecer se nos olvidó que
la crisis fue para todos, y que excepto los poderosos de siempre, el resto de
los mortales nos vimos perjudicados de alguna u otra forma. El hecho de haber
perdido cierto nivel de comodidad o haber ahondado en el territorio de la
pobreza no nos da derecho a salir de ella valiéndonos de la necesidad de los demás.
Los que salieron a trabajar y de entrada comenzaron a cobrar el triple por sus
servicios, pueden ser considerados como los
oportunistas del momento.
Las ratas se han rebelado, y
es en todos los niveles. El mandato apunta a ser: aprovechar que estamos en pandemia y en el
octavo mes del año para hacernos el agosto.
Uno lleva por ejemplo el carro
al mecánico. Y este, que apenas en marzo nos cobraba una tarifa acorde a las
leyes del mercado (que de todas maneras nos parecía cara), ahora nos cobra
hasta tres y cuatro veces más por la misma labor. Y no es cuestión de que no
haya la suficiente oferta, sino que al parecer todos se han puesto de acuerdo
en la respuesta aquella de “es que estamos en pandemia”.
La otra vez necesité un
plomero para que me cambiara la bomba de un sanitario, y me cobró la módica
suma de ciento treinta mil pesitos, y eso pidiéndole rebaja. Recuerdo los hermosos
tiempos en que este servicio no pasaba de valer cincuenta mil pesos a lo sumo,
incluyendo materiales: hace apenas cinco meses. “Pero es que ahora por la
crisis todo ha subido”, argumentan con su cara de palo, y a uno por la necesidad
no le queda más remedio que sacar la billetera y dejarse atracar por las
buenas.
Y eso si es que se logra contactar algún
técnico que esté disponible. Andan muy atareados porque la demanda por sus
servicios se incrementó, de modo que se sienten en todo su derecho de
cuadruplicar sus precios y rebelarse ante el mercado que hasta hace poco los
tenía relegados a una posición inferior con respecto a los profesionales
titulados. El viejo dilema entre el oficio y la profesión.
Repito: yo los llamo
oportunistas. Han aprendido rápidamente a valorar su demanda según la cara del
que los contrata y no sabe nada de su oficio. Se aprovechan de la ignorancia
ajena para complicar, en teoría, las labores que en la práctica realizan sin
ensuciarse mucho el overol, y se ganan en un rato lo de la semana entera. Como
quien dice, que ahora sí la humanidad valore el trabajo realmente importante:
la experiencia, la destreza, el conocimiento que no se adquiere de la noche a
la mañana.
¿Pensábamos que lo que más
valía eran los servicios de ocio y recreación? Pues ahora tocará pagar más por
los esenciales: no sólo subió el precio de los bienes básicos (alimentos, medicinas,
servicios públicos, transporte), sino también el de la mano de obra para cualquier
oficio que implique un arte práctico.
Pareciera como si estos cinco
meses hubieran sido cinco años o cinco decenios. En lugar de querer trabajar a conciencia y
apelar a la solidaridad de unos para con otros en este amargo trance que estamos soportando, muchos salieron a resolver sus afugias con
el más incauto para cuadrar caja, porque hay que ver cómo están cobrando los
oficiales de construcción, plomeros, mecánicos, electricistas, pintores, jardineros, y toda clase
de técnicos y expertos en oficios que poseen ciertas habilidades específicas. No digamos
los profesionales, porque con ellos todavía no me he remitido. Quería consultar
con un psicólogo, o si la cosa sigue grave, con un psiquiatra, pero me dicen
que las consultas están por las nubes, así que tendré que seguir recurriendo a
solucionar los problemas de mi existencia con los sabios tutoriales de Youtube.
Y no es que pretenda que no
cobren por su trabajo. Claro que no. Desde luego que las cosas no son gratis,
eso dejémoslo para los socialistas. Pero sí que sean conscientes y cobren lo que
es justo; que no se sobrevaloren ni como trabajadores ni como personas. Porque
pescar en río revuelto sólo es comida para hoy y hambre para mañana, y la vida
pasa factura tarde o temprano por el oportunismo.
Así las cosas, estoy pensando
seriamente en dejar de escribir este blog y no gastarle tanto tiempo a los
libros ni a mis aspiraciones literarias. Me iría mejor en la vida si me embebo
en los asuntos de las tuberías, las llaves, los acoples de PVC, los grifos, las
mangueras, etc. Porque indudablemente, un plomero tiene muchas más posibilidades
de ser contratado que un escritor. Y sobre todo
tiene una ventaja: que a este último sí le pagan lo que quiera cobrar por
su trabajo.

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