jueves, 13 de agosto de 2020

Iba a hablar de otra cosa, pero...

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Hoy visité uno de esos almacenes catalogados en lo que hoy se conoce como Grandes Superficies. Han ganado el posicionamiento en la mente de los compradores por sus precios, por la comodidad que ofrecen, y por la variedad de sus productos. De este modo han sabido liquidar a la frágil competencia que no tiene músculo financiero para igualarlos en precios, ni en portafolio diverso, ni para brindarle al comprador comodidad en el servicio. En muchos casos ni siquiera pueden ofrecer un parqueadero, por ejemplo, porque sus negocios están sobre la vía. El único remedio que les queda es esperar y rogar por que otros clientes menos exigentes los visiten.

    Esos clientes residuales estarán dispuestos a pagar más caro, a conformarse con el limitado surtido que se les ofrece, y a aguantarse las incomodidades y el estrés que ocasiona dejar el vehículo mal estacionado en la calle, corriendo el riesgo de que aparezca el guarda de tránsito para terminar de encarecer la compra.

    Están estos pequeños negocios en una indudable desventaja con respecto a las grandes superficies que se adueñaron del mercado. No se cumple con ese sagrado principio de igualdad que se propugna como el ideal de un sistema económico moralmente aceptable; pero aquello no es más que una clara realidad de las Leyes Mercantiles, y ante eso no es mucho lo que yo pueda decir.   



    Porque en este artículo no pretendo tratar el problema del capitalismo salvaje; ese que todos conocemos tan bien, consistente en que “el pez grande se come al chico”.

    Yo pensaba hablar de otra cosa que no fuera el mismo tema del que hemos estado hablando todo este año; de ese por el que hemos venido convirtiéndonos en carne de gusano o en cenizas para contaminar la atmósfera. Sí, de ese mismo temita que no es rey pero que tiene corona, y que hasta produce animadversión pronunciar su nombre. Pero caí en cuenta de la dura crisis por la que atraviesa el gremio de los pequeños comerciantes, que en su mayoría pertenecen a la clase media, y entonces me acordé que todo está relacionado.

    Como todos, los pequeños negocios de particulares tampoco pueden soportar más tiempo la recesión. Cantidades de ellos tuvieron que cerrar, y los empleos que se perdieron no fueron solamente los de las grandes industrias o los del sector del turismo y los servicios. El comercio minoritario está al borde de la extinción.

    Y encima, cuando se les autorizó la apertura de sus locales, tuvieron que luchar contra esos emporios que bajaron sus precios y flexibilizaron las ofertas con tal de reducir el nivel de los inventarios, además de que pudieron ofrecer un protocolo de bioseguridad mucho más convincente para las autoridades sanitarias.

    El resultado para aquellos ha sido una triste reactivación económica enmarcada por el endeudamiento, la competencia más encarnizada y la falta de clientes.

    Y es que si los ricos han dejado de ganar (cosa que ellos dicen pero que yo no creo), los pobres han triplicado su pobreza. El rico tiene a su favor que siempre recupera con creces lo que en algún momento dejó de percibir. En cambio la clase media se vuelve pobre, y el pobre se reduce a la miseria. Así continúan intensificándose las desigualdades que supuestamente el orden que entrará en vigor se encargará de subsanar.

    Es una paradoja: hubo quienes estuvieron ansiosos por salir a trabajar y retornar a la normalidad, pero no fueron autorizados, o simplemente sus contratos quedaron cancelados, o no encontraron a quién venderle su mercancía. Otros, en cambio, están haciendo votos porque se prolongue la situación para que el Estado tenga que ponerse en plan de mantener a la población con salario mínimo vital, servicios públicos libres, donación de mercados, seguro de salud, educación gratuita, subsidios y ayudas de todo tipo, como si nada de eso costara. En otras palabras, son muchos los que aspiran a vivir de la teta del Estado: Socialismo del siglo XXI. Para algo tenía que servir el Covid (o si no ¿para qué se lo inventaron?).

    Y cómo no va uno a querer que mientras la crisis pasa, el Estado se haga cargo de los más necesitados y conceda plazos para pagar los impuestos (pero sin intereses), y nos brinde salud y educación de primera calidad, y nos dote con un salario generoso que alcance para todo y hasta más. Cómo no voy a estar de acuerdo con que se ocupe de nuestra suerte con la devoción con que lo haría un padre por un hijo que ha sufrido un revés. Pero bien sabemos que las leyes del mercado son implacables, y que tratar de cambiarlas es cambiar la noción misma de la economía, que debiera consistir más en la generación de riqueza, y no tanto en la distribución de los bienes y servicios disponibles en una sociedad. No se sabría que es peor, si depender del señor Estado, o defendernos por nuestros propios medios con las manos atadas.

     Las ayudas orientadas a la repartición de dinero serían siempre insuficientes. Para ello la máquina de hacer billetes del Banco de la República tendría que ponerse en movimiento con el consabido riesgo de la hiperinflación. Y a los políticos que están en contubernio con los bancos y los grandes capitales no les conviene que se genere una devaluación considerable, pues no quieren perder sus privilegios.



    Mientras tanto el pueblo sufre, resiste, sostiene el cañazo, pero ya se está aburriendo de la situación. La gente está cansada, la gente buena quiere salir a trabajar y no espera subvenciones.

    A medida que pasan los días se baja la guardia con los lineamientos de seguridad a pesar que las cifras siguen siendo desalentadoras.

    La cifra de muertos que antes era tan temida, ahora se convirtió en cotidiana. Lo normal en este momento es que sean entre 300 y 350 fallecimientos diarios. Cuando rompamos la barrera de los 400 o los quinientos, alzaremos la cabeza y nos miraremos con preocupación, pero al día siguiente tendremos que olvidar “que algo grave está pasando en este pueblo”, porque habrá que hacer como si la cosa no fuera con nosotros.

    Ya sabemos que si nos contagiamos será por nuestra cuenta y riesgo, pero también porque será una situación inevitable, como inevitable es morirse algún día.

    Mientras estemos vivos estaremos obligados a seguir comiendo y pagando renta.

    Y cuando seamos una más de las fatales estadísticas no podremos devolver el tiempo ni habrá lugar al arrepentimiento, pues no tuvimos más alternativa que salir.

    Que se arrepientan los que se dedicaron a las fiestas clandestinas, y eso que ellos son los que menos se arrepienten, porque aunque se mueran, ya nadie les quita lo bailado.

    Fui un defensor acérrimo de la cuarentena. Pensé, como los gobernantes, que era una medida efectiva, pero la realidad nos mostró que no fue así. Que sólo sirvió para quebrar las incipientes economías.

    Fui de los que salieron abrigados de pies a cabeza, se bañaron en cloro, desinfectaron a diario hasta el último rincón de la casa, se recluyeron en su cuarto sin querer ver a nadie, pero me cansé de tenerle tanto miedo al virus. Ahora guardo las prevenciones necesarias sin exagerar.  

    No hubiera querido terminar hablando de lo mismo, pero la vida gira en torno a ese tema. Habría querido que la inspiración me guiara hacia la solución del dilema económico con el que empecé este artículo, aunque caí en cuenta de que también la gente está cansada de escuchar de pobreza, de desempleo, de incertidumbre, de quiebras, de falta de plata...

    Hasta envidia le da a uno de los que hacen las putifiestas. Al menos son los únicos que están pasando bueno en esta pandemia.

    Y cuando la vacuna llegue, no sé en cuánto tiempo, prometo que me uniré a una de esas celebraciones.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...