Están estos pequeños negocios
en una indudable desventaja con respecto a las grandes superficies que se
adueñaron del mercado. No se cumple con ese sagrado principio de igualdad que
se propugna como el ideal de un sistema económico moralmente aceptable; pero aquello
no es más que una clara realidad de las Leyes Mercantiles, y ante eso no es mucho
lo que yo pueda decir.
Porque en este artículo no pretendo tratar el problema del capitalismo salvaje; ese que todos conocemos tan bien, consistente en que “el pez grande se come al chico”.
Yo pensaba hablar de otra cosa
que no fuera el mismo tema del que hemos estado hablando todo este año; de ese
por el que hemos venido convirtiéndonos en carne de gusano o en cenizas para contaminar
la atmósfera. Sí, de ese mismo temita que no es rey pero que tiene corona, y
que hasta produce animadversión pronunciar su nombre. Pero caí en cuenta de la
dura crisis por la que atraviesa el gremio de los pequeños comerciantes, que en
su mayoría pertenecen a la clase media, y entonces me acordé que todo está
relacionado.
Como todos, los pequeños
negocios de particulares tampoco pueden soportar más tiempo la recesión. Cantidades
de ellos tuvieron que cerrar, y los empleos que se perdieron no fueron
solamente los de las grandes industrias o los del sector del turismo y los
servicios. El comercio minoritario está al borde de la extinción.
Y encima, cuando se les autorizó
la apertura de sus locales, tuvieron que luchar contra esos emporios que bajaron
sus precios y flexibilizaron las ofertas con tal de reducir el nivel de los
inventarios, además de que pudieron ofrecer un protocolo de bioseguridad mucho
más convincente para las autoridades sanitarias.
El resultado para aquellos ha
sido una triste reactivación económica enmarcada por el endeudamiento, la competencia
más encarnizada y la falta de clientes.
Y es que si los ricos han
dejado de ganar (cosa que ellos dicen pero que yo no creo), los pobres han
triplicado su pobreza. El rico tiene a su favor que siempre recupera con creces
lo que en algún momento dejó de percibir. En cambio la clase media se vuelve
pobre, y el pobre se reduce a la miseria. Así continúan intensificándose las
desigualdades que supuestamente el orden que entrará en vigor se encargará de
subsanar.
Es una paradoja: hubo quienes estuvieron
ansiosos por salir a trabajar y retornar a la normalidad, pero no fueron
autorizados, o simplemente sus contratos quedaron cancelados, o no encontraron
a quién venderle su mercancía. Otros, en cambio, están haciendo votos porque se
prolongue la situación para que el Estado tenga que ponerse en plan de mantener
a la población con salario mínimo vital, servicios públicos libres, donación de
mercados, seguro de salud, educación gratuita, subsidios y ayudas de todo tipo,
como si nada de eso costara. En otras palabras, son muchos los que aspiran a
vivir de la teta del Estado: Socialismo del siglo XXI. Para algo tenía que
servir el Covid (o si no ¿para qué se lo inventaron?).
Y cómo no va uno a querer que
mientras la crisis pasa, el Estado se haga cargo de los más necesitados y
conceda plazos para pagar los impuestos (pero sin intereses), y nos brinde
salud y educación de primera calidad, y nos dote con un salario generoso que alcance
para todo y hasta más. Cómo no voy a estar de acuerdo con que se ocupe de nuestra
suerte con la devoción con que lo haría un padre por un hijo que ha sufrido un
revés. Pero bien sabemos que las leyes del mercado son implacables, y que tratar
de cambiarlas es cambiar la noción misma de la economía, que debiera consistir más
en la generación de riqueza, y no tanto en la distribución de los bienes y servicios
disponibles en una sociedad. No se sabría que es peor, si depender del señor Estado,
o defendernos por nuestros propios medios con las manos atadas.
Las ayudas orientadas a la repartición de dinero serían siempre insuficientes. Para ello la máquina de hacer billetes del Banco de la República tendría que ponerse en movimiento con el consabido riesgo de la hiperinflación. Y a los políticos que están en contubernio con los bancos y los grandes capitales no les conviene que se genere una devaluación considerable, pues no quieren perder sus privilegios.
A medida que pasan los días se baja la
guardia con los lineamientos de seguridad a pesar que las cifras siguen siendo
desalentadoras.
La cifra de muertos que antes
era tan temida, ahora se convirtió en cotidiana. Lo normal en este momento es
que sean entre 300 y 350 fallecimientos diarios. Cuando rompamos la barrera de
los 400 o los quinientos, alzaremos la cabeza y nos miraremos con preocupación,
pero al día siguiente tendremos que olvidar “que algo grave está pasando en
este pueblo”, porque habrá que hacer como si la cosa no fuera con nosotros.
Ya sabemos que si nos contagiamos
será por nuestra cuenta y riesgo, pero también porque será una situación inevitable,
como inevitable es morirse algún día.
Mientras estemos vivos estaremos
obligados a seguir comiendo y pagando renta.
Y cuando seamos una más de las
fatales estadísticas no podremos devolver el tiempo ni habrá lugar al arrepentimiento,
pues no tuvimos más alternativa que salir.
Que se arrepientan los que se
dedicaron a las fiestas clandestinas, y eso que ellos son los que menos se
arrepienten, porque aunque se mueran, ya nadie
les quita lo bailado.
Fui un defensor acérrimo de la
cuarentena. Pensé, como los gobernantes, que era una medida efectiva, pero la
realidad nos mostró que no fue así. Que sólo sirvió para quebrar las incipientes
economías.
Fui de los que salieron abrigados
de pies a cabeza, se bañaron en cloro, desinfectaron a diario hasta el último
rincón de la casa, se recluyeron en su cuarto sin querer ver a nadie, pero me
cansé de tenerle tanto miedo al virus. Ahora guardo las prevenciones necesarias
sin exagerar.
No hubiera querido terminar
hablando de lo mismo, pero la vida gira en torno a ese tema. Habría querido que
la inspiración me guiara hacia la solución del dilema económico con el que
empecé este artículo, aunque caí en cuenta de que también la gente está cansada
de escuchar de pobreza, de desempleo, de incertidumbre, de quiebras, de falta
de plata...
Hasta envidia le da a uno de los
que hacen las putifiestas. Al menos
son los únicos que están pasando bueno en esta pandemia.
Y cuando la vacuna llegue, no sé en cuánto tiempo, prometo que me uniré a
una de esas celebraciones.



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