Conversando acerca de la peligrosidad y la
vacuidad de las redes sociales, ante las que nos hemos desnudado (literalmente)
sin ningún pudor, exponía no hace mucho mi punto de vista para un pequeño
auditorio de contertulios jóvenes que vivían las veinticuatro horas del día en
función de las pantallas y los dispositivos.
—Las redes sociales son la cloaca donde se
vierten los resentimientos y las frustraciones del hombre moderno.
Aseveraba yo con una seguridad de erudito, con
un mal disimulado desprecio por estas invenciones modernas que nos tienen a
todos esclavizados, y en el mismo tono continué mi disertación:
—Uno
se encuentra allí con lo más sórdido y trivial de la condición humana: peleas
de arrabaleros en Twittter por razones
casi siempre políticas; ostentaciones de estilos de vida falsos en Instagram a través de fotos retocadas de
muchachitas bellas que viajan por el mundo con el éxito que les provee la plata
de sus padres; monerías grotescas de gente fea en Tik-Tok que hace fono mímicas de diez segundos, y que en lugar de
risa provocan coraje; cadenas intimidantes de WhatsApp en donde te amenazan que si no las compartes te caerá una
maldición de más de diez años de soledad, que fue la que me cayó a mí; titulares
mentirosos en Youtube para dilapidar
nuestro tiempo reproduciendo videos en los que no se saciarán las expectativas
de lo prometido; falsos amigos en Facebook
que fisgonean con esmero en la vida del prójimo para levantar calumnias más
tarde. En fin, todo lo malo que uno se pueda imaginar. Las redes sociales son,
por lo tanto, un artilugio para perder el tiempo y desaprovechar la inteligencia.
Convencido de lo que acababa de esbozar, me
paré de la silla creyendo que aquellos adictos informáticos no me iban a
comprender. Yo, que soy más bien un relegado de la tecnología, opto por el
papel de crítico ante la incapacidad de ponerme al día con los avances
informáticos. Sé que esa posición me hará perder la guerra contra lo
inevitable, pero sigo siendo un hombre de las cavernas en la materia.
Uno de los que habían estado escuchando con
sospechosa atención, pues nunca dejó de mirar su celular mientras hablé,
intervino para refutarme, aún sin levantar su mirada del aparato.
—Se equivoca, mi amigo —me espetó—. Usted
habla de lo que no conoce en su totalidad. A lo mejor reniega del lado insubstancial
de las redes… que lo tienen, como lo tenemos todos los humanos, pero se le
olvida que en este mundo globalizado se necesita de esas banalidades para
competir con éxito en el mercado. No se quede en la anécdota, no sea tan simplista.
Amplíe su campo de visión y reconozca que ellas son necesarias para algo más
que darnos vitrina. De hecho, son la vitrina.
No me quedó más de otra que
darle la razón al contertulio. Estos muchachos de ahora tienen muchos
argumentos para debatir, y yo no soy ni tan enérgico ni tan fluido de palabra como
para sostenerle la discusión.
Sí, las redes sociales son una
vitrina para todo. Allí es donde se están gestando los mejores emprendimientos,
se están materializando los grandes sueños, se promocionan los nuevos
descubrimientos (casi nunca científicos), y en donde actualmente se está
definiendo el futuro del mercado de bienes y servicios. Por eso son la forma más
eficaz de dar a conocer nuestros negocios, nuestros saberes, nuestro arte; nuestro
paquete de cualidades con el que fuimos dotados para hacer algo por el mundo.
Yo no lo había pensado de esa manera hasta que comencé a compartir las
columnas de mi blog por Facebook, y
de esta forma me resultaron los primeros lectores, o por lo menos los primeros
curiosos que al menos dieron clic en el enlace.
Y sí, así como las redes hacen
las veces de facilitadoras para promover cuanta idea se nos ocurra, también ofician
como juez supremo a la hora de censurarnos. Ellas son las dueñas del centro
comercial, y si nuestras cuentas fueran un local de ese gran centro, allí sólo
podríamos comercializar lo que las directivas autoricen. Con las opiniones
sucede lo mismo. Una palabra mal interpretada por los algoritmos y te quedas
sin estante para vender tus sueños.
Pero la función de las redes va más allá.
No sólo dinamiza el mercado de bienes y servicios, sino también el de personas:
si anteriormente la mercancía era el fetiche supremo de nuestros más arcaicos
deseos, ahora ese fetiche somos nosotros. Nosotros somos el producto. Nos hemos
vuelto mercancías que se exhiben en vitrinas. Y esa palabrita (vitrinas) que
mencionaba el compañero de la discusión, ya no se suele asociar solamente con
el escaparate físico en el que se colocan los productos, sino que ahora se
emplea en todos los contextos de las actividades sociales: un torneo de fútbol,
una feria empresarial, un certamen de belleza, un reportaje publicitario, una
presentación en sociedad, un concurso literario; cualquier cosa que sirva como
aparador, no para vender mercancías, sino para vender nuestra propia imagen. Estamos
tan necesitados de atención que hacemos lo que nos pidan para figurar, así sea
en donde no debiéramos figurar. El hecho es que nos vean, porque nos hemos
cansado de ser espectadores.
Hace poco me hablaron de una plataforma que
opera con el mismo modelo de una red social; se llama Onlyfans, y al parecer le ha servido a los famosos para que publiquen
contenido sin censura, dirigido a mayores de edad. El perfil concreto y personal
de una celebridad se puede ver pagando la suscripción para obtener así un
contacto más cercano. Ahora, si no se es famoso, también se puede abrir una
cuenta, crear un perfil en la plataforma, subir contenidos y cobrar por ello. A
mí como que en alguna parte me habían hablado de una actividad similar, pero no
recuerdo cómo ni dónde. Es que esto de los negocios virtuales se volvió tan masivo…
Siempre nos han dicho que tenemos que saber
vendernos a nosotros mismos, que es fundamental para nuestro éxito en las
relaciones interpersonales. Hoy disponemos de los medios tecnológicos a nuestro
alcance, por lo que no tenemos excusa.
Yo, que no me caracterizo por ser muy buen
vendedor, voy a ver si me le mido a
OnlyFans. Quizá algún incauto me dé cualquier cosita por dejarle leer mis
artículos. No importa que no sea mucho, yo los seguiré escribiendo de corazón.
Es que ya ni en Facebook me los dejan publicar. La dictadura de sus estándares
comunitarios me tiene censurado. Hay cosillas que uno dice y no les gusta, como
por ejemplo que son tendenciosos porque sólo dejan pasar las opiniones que les
conviene a sus intereses de manipulación. Ojalá los dos mil quinientos millones
de usuarios nos abstuviéramos de usar la red por una semana para que vieran cómo
se les va al piso su negocito a costa de nuestra privacidad. Sólo eso pido: una
semana.
A la fija que esta entrada también me la
censuran.






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