sábado, 13 de febrero de 2021

Vitrinas y censura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Conversando acerca de la peligrosidad y la vacuidad de las redes sociales, ante las que nos hemos desnudado (literalmente) sin ningún pudor, exponía no hace mucho mi punto de vista para un pequeño auditorio de contertulios jóvenes que vivían las veinticuatro horas del día en función de las pantallas y los dispositivos.

    —Las redes sociales son la cloaca donde se vierten los resentimientos y las frustraciones del hombre moderno.

    Aseveraba yo con una seguridad de erudito, con un mal disimulado desprecio por estas invenciones modernas que nos tienen a todos esclavizados, y en el mismo tono continué mi disertación:




    —Uno se encuentra allí con lo más sórdido y trivial de la condición humana: peleas de arrabaleros en Twittter por razones casi siempre políticas; ostentaciones de estilos de vida falsos en Instagram a través de fotos retocadas de muchachitas bellas que viajan por el mundo con el éxito que les provee la plata de sus padres; monerías grotescas de gente fea en Tik-Tok que hace fono mímicas de diez segundos, y que en lugar de risa provocan coraje; cadenas intimidantes de WhatsApp en donde te amenazan que si no las compartes te caerá una maldición de más de diez años de soledad, que fue la que me cayó a mí; titulares mentirosos en Youtube para dilapidar nuestro tiempo reproduciendo videos en los que no se saciarán las expectativas de lo prometido; falsos amigos en Facebook que fisgonean con esmero en la vida del prójimo para levantar calumnias más tarde. En fin, todo lo malo que uno se pueda imaginar. Las redes sociales son, por lo tanto, un artilugio para perder el tiempo y desaprovechar la inteligencia.

    Convencido de lo que acababa de esbozar, me paré de la silla creyendo que aquellos adictos informáticos no me iban a comprender. Yo, que soy más bien un relegado de la tecnología, opto por el papel de crítico ante la incapacidad de ponerme al día con los avances informáticos. Sé que esa posición me hará perder la guerra contra lo inevitable, pero sigo siendo un hombre de las cavernas en la materia.

    Uno de los que habían estado escuchando con sospechosa atención, pues nunca dejó de mirar su celular mientras hablé, intervino para refutarme, aún sin levantar su mirada del aparato.




    —Se equivoca, mi amigo —me espetó—. Usted habla de lo que no conoce en su totalidad. A lo mejor reniega del lado insubstancial de las redes… que lo tienen, como lo tenemos todos los humanos, pero se le olvida que en este mundo globalizado se necesita de esas banalidades para competir con éxito en el mercado. No se quede en la anécdota, no sea tan simplista. Amplíe su campo de visión y reconozca que ellas son necesarias para algo más que darnos vitrina. De hecho, son la vitrina.

    No me quedó más de otra que darle la razón al contertulio. Estos muchachos de ahora tienen muchos argumentos para debatir, y yo no soy ni tan enérgico ni tan fluido de palabra como para sostenerle la discusión.

    Sí, las redes sociales son una vitrina para todo. Allí es donde se están gestando los mejores emprendimientos, se están materializando los grandes sueños, se promocionan los nuevos descubrimientos (casi nunca científicos), y en donde actualmente se está definiendo el futuro del mercado de bienes y servicios. Por eso son la forma más eficaz de dar a conocer nuestros negocios, nuestros saberes, nuestro arte; nuestro paquete de cualidades con el que fuimos dotados para hacer algo por el mundo.

    Yo no lo había pensado de esa manera hasta que comencé a compartir las columnas de mi blog por Facebook, y de esta forma me resultaron los primeros lectores, o por lo menos los primeros curiosos que al menos dieron clic en el enlace.




    Y sí, así como las redes hacen las veces de facilitadoras para promover cuanta idea se nos ocurra, también ofician como juez supremo a la hora de censurarnos. Ellas son las dueñas del centro comercial, y si nuestras cuentas fueran un local de ese gran centro, allí sólo podríamos comercializar lo que las directivas autoricen. Con las opiniones sucede lo mismo. Una palabra mal interpretada por los algoritmos y te quedas sin estante para vender tus sueños.

    Pero la función de las redes va más allá. No sólo dinamiza el mercado de bienes y servicios, sino también el de personas: si anteriormente la mercancía era el fetiche supremo de nuestros más arcaicos deseos, ahora ese fetiche somos nosotros. Nosotros somos el producto. Nos hemos vuelto mercancías que se exhiben en vitrinas. Y esa palabrita (vitrinas) que mencionaba el compañero de la discusión, ya no se suele asociar solamente con el escaparate físico en el que se colocan los productos, sino que ahora se emplea en todos los contextos de las actividades sociales: un torneo de fútbol, una feria empresarial, un certamen de belleza, un reportaje publicitario, una presentación en sociedad, un concurso literario; cualquier cosa que sirva como aparador, no para vender mercancías, sino para vender nuestra propia imagen. Estamos tan necesitados de atención que hacemos lo que nos pidan para figurar, así sea en donde no debiéramos figurar. El hecho es que nos vean, porque nos hemos cansado de ser espectadores.




    Hace poco me hablaron de una plataforma que opera con el mismo modelo de una red social; se llama Onlyfans, y al parecer le ha servido a los famosos para que publiquen contenido sin censura, dirigido a mayores de edad. El perfil concreto y personal de una celebridad se puede ver pagando la suscripción para obtener así un contacto más cercano. Ahora, si no se es famoso, también se puede abrir una cuenta, crear un perfil en la plataforma, subir contenidos y cobrar por ello. A mí como que en alguna parte me habían hablado de una actividad similar, pero no recuerdo cómo ni dónde. Es que esto de los negocios virtuales se volvió tan masivo…

    Siempre nos han dicho que tenemos que saber vendernos a nosotros mismos, que es fundamental para nuestro éxito en las relaciones interpersonales. Hoy disponemos de los medios tecnológicos a nuestro alcance, por lo que no tenemos excusa.

    Yo, que no me caracterizo por ser muy buen vendedor, voy a ver si me le mido a OnlyFans. Quizá algún incauto me dé cualquier cosita por dejarle leer mis artículos. No importa que no sea mucho, yo los seguiré escribiendo de corazón.



    Es que ya ni en Facebook me los dejan publicar. La dictadura de sus estándares comunitarios me tiene censurado. Hay cosillas que uno dice y no les gusta, como por ejemplo que son tendenciosos porque sólo dejan pasar las opiniones que les conviene a sus intereses de manipulación. Ojalá los dos mil quinientos millones de usuarios nos abstuviéramos de usar la red por una semana para que vieran cómo se les va al piso su negocito a costa de nuestra privacidad. Sólo eso pido: una semana.

    A la fija que esta entrada también me la censuran. 


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