Qué es más
importante, ¿ser buena persona o ser buen profesional? Me pregunto en este
instante en que descubro que los ídolos de la humanidad siguen siendo de barro,
como siempre… y como nunca antes.
Cuando me refiero a lo de buena persona,
obviamente estoy indicando aquellas cualidades que hacen del sujeto un ser
íntegro y de aprobada moral, cuya conducta se ajusta a un decálogo de valores
que precisamente concuerdan con su condición de humano. Ser coherente con sus
pensamientos, sus dichos y sus acciones, es una de las formas de volverse confiable
para sus semejantes. No es asimilarse al estado de santidad de algunos
mártires, sino corresponderse con una ética que se resista a la tentación de
obrar con mala fe.
Cuando me refiero a lo de buen profesional
estoy hablando específicamente del talento y la experiencia con los que se ejecuta
el trabajo, sea cual sea el enfoque de este. No tiene que ser una profesión
académica. El profesionalismo está más bien relacionado a la actividad por
medio de la cual la persona se gana la vida y se construye un nombre en el
oficio o en el arte que practica; de esta manera desempeña un rol en la sociedad.
Un buen médico, un buen abogado, un buen
escritor, un buen actor, un buen periodista, un buen constructor y demás, se suelen
catalogar con el adjetivo “bueno” porque justamente realizan su trabajo con maestría,
logrando los resultados que de ellos se espera. Esa enaltecida valoración los pone
en ventaja frente a la media obtenida por los competidores de su ramo. Ahora,
si la manera de conducir su vida personal y su escala de valores no es la más deseable,
eso ya es otra cosa.
Hace poco, en una discusión sobre las
inclinaciones políticas de un cantante (tiempo atrás se había manifestado partidario
del régimen de Chávez en Venezuela), alguien me decía que no se podía juzgar a
los artistas ni a las figuras públicas por sus filiaciones u opiniones
políticas, y ni siquiera por su conducta privada, porque lo realmente objetivo es
“juzgar al virtuoso como virtuoso y no como bondadoso”. Que una cosa es la
persona y otra la celebridad, y que por supuesto, nuestros sesgos ideológicos o
éticos no deben servir como vara para medir la capacidad profesional del personaje
en cuestión.
El ejemplo más palpable me lo evidenciaron
con Dalí. ¿Quién puede dudar de las excelsas calidades del artista? Y sin embargo
el hecho de que se haya declarado partidario del Régimen Franquista en la
Guerra Civil Española y le haya vuelto la espalda a su amigo García Lorca, no
le quita que sea uno de los grandes exponentes de la pintura y la escultura del
siglo XX. Si no el más grande. Un megalómano que después de haber sido
expulsado del movimiento surrealista respondió que él era el Surrealismo. Aun
así, Dalí se sigue considerando por mucho como el máximo representante del movimiento.
Una prueba de que la persona y el genio no siempre van de la mano.
Un caso similar sucede con la figura del
futbolista Diego Armando Maradona. Cuando los especialistas de los medios quisieron elegir al mejor jugador de la historia, y pusieron a la gente a escoger
entre el Rey Pelé y el Pelusa, surgió la discusión de si podía
un hombre de conducta reprochable y un mal ejemplo deportivo y personal
ostentar esa distinción. Porque una cosa era la vida privada y otra el talento
deportivo. Yo, desde luego, me quedé con Pelé mil veces. Aparte de que
aborrezco como persona al argentino, que en paz descanse, pienso que la habilidad del brasilero fue insuperable.
Pero sobre todo, pienso en quién ha sido mejor persona para merecer un reconocimiento
mundial. No desconozco el talento de Diego, pero ¡por Dios!, el brillante
futbolista se diluyó en el mundial de 1994, cuando fue expulsado por dopaje. De
ahí para acá sólo existió un militante mercenario que aparte de risa provocaba lástima.
Para rematar, hay otro argumento que
esgrimen los partidarios de no juzgar las actitudes sino las aptitudes; y es el
que todos los seres humanos también somos seres políticos: la política es
inherente a la naturaleza del hombre como las mismas ganas de practicar el
viejo ritual de la sexualidad. Es inevitable. A veces yo también sucumbo a la
tentación de mostrar mi lado político (o antipolítico) más de lo necesario, y
declaro abiertamente mis inclinaciones, que por lo general no son en favor de…,
sino en contra de… Claro, por fortuna
no soy una figura reconocida. Ni siquiera un tipo poco conocido. En el contorno
de la opinión no existo y menos en el de las letras. Por tal razón me doy mis
licencias para opinar como cualquier ciudadano del común.
Estoy de acuerdo con el postulado aristotélico que
afirma que todos los hombres somos seres políticos, y por eso hasta a los más indiferentes
los acosa la impertinencia de pronunciarse. No es raro que los artistas o los famosos
demuestren abiertamente sus preferencias en todos los ámbitos, incluyendo el de
la política. El problema, me parece a mí, es cuando se llega al extremo de
apoyar totalitarismos genocidas como lo fue el régimen de Franco en su momento
y como lo es el de Maduro ahora. Hay cosas en las que se debería ser más
prudente como figura pública. Por muy personal que sean las opiniones, no se
debieran tolerar ciertas actitudes que traen consigo el odio y la división.
Tal vez al cantante que mencioné al inicio,
o a Maradona, les hubiera parecido muy democrático y humano el Socialismo del
Siglo XXI en Venezuela; o a Dalí le hubiera resultado muy apropiado el
Franquismo. Pero lo que debe entender la humanidad es que esta clase de tiranías son nefastas y que por ningún motivo se debe tolerar la simpatía hacia
ellas; menos si esta proviene de figuras públicas cuya repercusión es
importante para la masa idólatra. Por lo menos creo que en ese aspecto se deben
mantener las formas.
Pese a todo, admito que tampoco hay que dejar dejar amordazada la opinión por muy artista o gloria
deportiva que uno sea. La corrección política es un veneno mortal.
Reconozco que un tipo como yo es incapaz de
separar lo intrínseco de lo extrínseco a la hora de hacer un juicio, ya que
siempre me he reconocido en la unidad. Para mí es tan importante una cosa como
la otra, y así como un incompetente no debe guiar la opinión de un colectivo,
tampoco debe guiarla un desalmado.
El escritor William Faulkner, en una carta
a París Review en 1956, comprendía perfectamente que no todos los hombres
talentosos tenían que ser buenos muchachos: “El buen arte también puede ser producido por ladrones, contrabandistas
de licores o cuatreros”, afirmó, dando a entender que a veces la inteligencia anida en las mentes
más perversas y no tenemos derecho a cuestionarla porque no estamos libres de
pecado.
Yo, en cambio, pienso diferente. Siendo un
poco cauteloso en el asunto, y declarándome en contra de toda forma de
despotismo, reniego de quienes apoyan esas causas indolentes que atentan contra
la vida y la libertad, por muy buenos músicos, artistas, políticos, deportistas
o líderes de opinión que sean. Si no se es buena persona no se debe aspirar a nada.
Ni siquiera a la simpatía del vulgo.
Prefiero apelar a la antigua frase acuñada por
el Emperador Julio César (que tampoco era buena persona ni me simpatizaba) para justificar su separación de Pompeya en el momento
en que vio amenazadas sus aspiraciones políticas: “La mujer del César no sólo tiene que serlo, sino parecerlo”.






Buen argumento, apoyo tu discurso
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