sábado, 3 de abril de 2021

Encuentro con Nueva York

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Nueva York es una ciudad que siempre simbolizará la libertad aunque la mayoría de sus habitantes se sientan atrapados en un espejismo de la nostalgia. Ellos no tienen otra salida que seguir el camino que se trazaron.

    Nueva York, como todas las ciudades de inmigrantes, está llena de palomas que se comen el rastro hecho con migajas: los transeúntes dejan sus señales para guiarse, pero al regreso encuentran que estas han sido borradas. También se han perdido entre el manto de la nieve y la humedad del verano. Muchos de ellos ya no pueden retornar.

    Nueva York es viento que golpea el rostro y hace helar la sangre ante el temor del extravío, la incomunicación, la hostilidad, el desamparo o la deportación. Es también la caldera donde se cuece el desarraigo, la estación eterna en la que se espera por el vagón que conduce al futuro de los sueños abismales. Y en ese recorrido abordan y descienden los que después irán a dar a la trastienda del olvido. Es la réplica del planeta caótico compactada en mil doscientos catorce kilómetros cuadrados.




    Nueva York es una especie de crecimiento doloroso; una segunda adolescencia en la que se adquieren experiencias y conocimientos, se cultivan amistades, se cosechan desencantos y traiciones, o se desarrollan fobias a cosas que antes nadie imaginaba que pudieran existir. La ciudad en la que se encuentra lo peor y lo mejor del mundo al mismo tiempo, a la misma hora y en el mismo tren.

    Nueva York es el águila viva —que está en el centro de su bandera— que lo vigila todo con sus ojos inquisidores y enemigos. El monstruo, por momentos imponente, que se torna en majestuosa belleza. Pero la mayoría de las veces vuelve a ser el ave de rapiña que a todos quiere devorar, que los devora y los regurgita sobre el asfalto frío de sus calles y en ocasiones sobre la superficie del helado East River para convertirlos en alimento perenne, porque los habitantes de Nueva York se complacen en ser presa creyendo que son cazadores.  



    Nueva York es una ciudad para la despedida más que para la bienvenida. Sus aguas circundantes, las del río y las del océano, ponen distancia de por medio, lo que significa el dolor punzante del adiós: hay quienes llegan para quedarse allí y nunca regresar; otros que se marchan sin poder volver, dejando en los parques prodigiosos y en los puentes colosales un sartal inabarcable de recuerdos, y un pasado que se convierte en añoranza. Los más afortunados son los que logran salir del laberinto porque no se adaptan o porque son deportados, y aun así no pueden ser indiferentes al embrujo de esa Nueva York que yo prefiero seguir pronunciando en español aunque me censure el establecimiento gringo.

    Hay quienes aprendieron a amar a Nueva York como si fuera un ser querido que les enseñó a escapar de sí mismos o a encontrar una segunda vida, porque la primera fue dilapidada tratando de conseguir las grandes metas materiales, el reconocimiento, el estatus, la aprobación exterior.

    No lo sé de primera mano, pero intuyo que si en Nueva York y en cualquier metrópoli no aprende el habitante a ser feliz con las pequeñas cosas y a servir a su prójimo, las expectativas de la gran urbe no serán satisfechas. Se harán humo, igual que el que sale de las alcantarillas.     



    Estoy en Nueva York, maravillado con sus obras inconmensurables y al mismo tiempo prevenido con sus ratas gigantes del Subway. Un poco sintiéndome como Fran Sinatra cuando cantó que quería ser parte de ella. Mis zapatos de vagabundo anhelan desviarse, pero el sentido común me apunta que es allí donde debo quedarme, y la verdad me da temor enfrentarme al monstruo.

    No es bueno ser parte de la ciudad que nunca duerme si de por sí eres insomne. Los desvelados lo somos porque encontramos en la noche la complicidad del silencio, pero ¡ay de aquel noctámbulo que se queda en Nueva York! Las luces y el ruido de la ciudad lo delatarán, y este no tendrá a dónde escapar, porque la ciudad misma anula toda voluntad. 

    Y aún si lograse escapar, ¿a dónde iría? ¿Devolverse a su pueblo pequeño, allá donde otros recuerdos y el pasado feliz lo esperan para tenderle una celada? Ese pueblo que seguramente verá más pequeño y más insignificante cuando se haya quedado por una veintena de años en la capital del mundo. Y luego regresará, pero entonces notará que las personas del pasado lo miran con extrañeza, casi con decepción y un poco de repudio porque decidió volverse paria. Sabrá que todos han seguido con su vida y que nadie lo ha extrañado tanto como él creía. Será un extranjero en su propio pueblo, colonizado igualmente por foráneos de otras latitudes.



    Aquí veo a Nueva York; sus edificios como el juego de un niño que pone bloquecitos de Lego perfectamente organizados al lado de un estanque, presto para recibirlos cuando la mano del niño los derribe, cansada ya de armar edificaciones de mentiras. Y también veo en los ojos cansados la esperanza de un porvenir que a veces está construido de esas mentiras, o quizá de sueños que no se cumplen y se vuelven tan idílicos como esta ciudad, semejante a una mujer bonita y hostil de la que no podemos esperar nada pero a la que le entregamos todo.

    He sabido que muchos migran por diversos motivos como los económicos, o el ansia de conocer el mundo y adquirir experiencia. Es una suerte, de todos modos, que para ellos exista Nueva York, donde tienen la posibilidad de lograr todo aquello que sueñan.




    De golpe recuerdo una de las frases de la canción más famosa de Sinatra y me cuestiono si yo también debo ir tras esos sueños, o si solo es una celada que me quiere tender el destino para alejarme de mis instintos naturales: “Si puedo conseguirlo aquí, lo puedo encontrar en cualquier parte”.

    El dilema es ¿encontrar qué?

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