Nueva York es una ciudad que siempre
simbolizará la libertad aunque la mayoría de sus habitantes se sientan atrapados
en un espejismo de la nostalgia. Ellos no tienen otra salida que seguir el
camino que se trazaron.
Nueva York, como todas las ciudades de
inmigrantes, está llena de palomas que se comen el rastro hecho con migajas:
los transeúntes dejan sus señales para guiarse, pero al regreso encuentran que
estas han sido borradas. También se han perdido entre el manto de la nieve y la
humedad del verano. Muchos de ellos ya no pueden retornar.
Nueva York es viento que golpea el rostro y
hace helar la sangre ante el temor del extravío, la incomunicación, la hostilidad,
el desamparo o la deportación. Es también la caldera donde se cuece el
desarraigo, la estación eterna en la que se espera por el vagón que conduce al
futuro de los sueños abismales. Y en ese recorrido abordan y descienden los que
después irán a dar a la trastienda del olvido. Es la réplica del planeta
caótico compactada en mil doscientos catorce kilómetros cuadrados.
Nueva York es una especie de crecimiento
doloroso; una segunda adolescencia en la que se adquieren experiencias y
conocimientos, se cultivan amistades, se cosechan desencantos y traiciones, o
se desarrollan fobias a cosas que antes nadie imaginaba que pudieran existir.
La ciudad en la que se encuentra lo peor y lo mejor del mundo al mismo tiempo,
a la misma hora y en el mismo tren.
Nueva York es el águila viva —que está en
el centro de su bandera— que lo vigila todo con sus ojos inquisidores y
enemigos. El monstruo, por momentos imponente, que se torna en majestuosa
belleza. Pero la mayoría de las veces vuelve a ser el ave de rapiña que a todos
quiere devorar, que los devora y los regurgita sobre el asfalto frío de sus
calles y en ocasiones sobre la superficie del helado East River para
convertirlos en alimento perenne, porque los habitantes de Nueva York se
complacen en ser presa creyendo que son cazadores.
Nueva York es una ciudad para la despedida
más que para la bienvenida. Sus aguas circundantes, las del río y las del
océano, ponen distancia de por medio, lo que significa el dolor punzante del
adiós: hay quienes llegan para quedarse allí y nunca regresar; otros que se
marchan sin poder volver, dejando en los parques prodigiosos y en los puentes
colosales un sartal inabarcable de recuerdos, y un pasado que se convierte en
añoranza. Los más afortunados son los que logran salir del laberinto porque no
se adaptan o porque son deportados, y aun así no pueden ser indiferentes al
embrujo de esa Nueva York que yo prefiero seguir pronunciando en español aunque
me censure el establecimiento gringo.
Hay quienes aprendieron a amar a Nueva York
como si fuera un ser querido que les enseñó a escapar de sí mismos o a
encontrar una segunda vida, porque la primera fue dilapidada tratando de
conseguir las grandes metas materiales, el reconocimiento, el estatus, la
aprobación exterior.
No lo sé de primera mano, pero intuyo que
si en Nueva York y en cualquier metrópoli no aprende el habitante a ser feliz
con las pequeñas cosas y a servir a su prójimo, las expectativas de la gran urbe no serán satisfechas. Se harán
humo, igual que el que sale de las alcantarillas.
Estoy en Nueva York, maravillado con sus
obras inconmensurables y al mismo tiempo prevenido con sus ratas gigantes del
Subway. Un poco sintiéndome como Fran Sinatra cuando cantó que quería ser parte
de ella. Mis zapatos de vagabundo anhelan
desviarse, pero el sentido común me apunta que es allí donde debo quedarme,
y la verdad me da temor enfrentarme al monstruo.
No es bueno ser parte de la ciudad que
nunca duerme si de por sí eres insomne. Los desvelados lo somos porque encontramos
en la noche la complicidad del silencio, pero ¡ay de aquel noctámbulo que se
queda en Nueva York! Las luces y el ruido de la ciudad lo delatarán, y este no
tendrá a dónde escapar, porque la ciudad misma anula toda voluntad.
Y aún si lograse escapar, ¿a dónde iría?
¿Devolverse a su pueblo pequeño, allá donde otros recuerdos y el pasado feliz
lo esperan para tenderle una celada? Ese pueblo que seguramente verá más
pequeño y más insignificante cuando se haya quedado por una veintena de años en
la capital del mundo. Y luego regresará, pero entonces notará que las personas
del pasado lo miran con extrañeza, casi con decepción y un poco de repudio
porque decidió volverse paria. Sabrá que todos han seguido con su vida y que
nadie lo ha extrañado tanto como él creía. Será un extranjero en su propio
pueblo, colonizado igualmente por foráneos de otras latitudes.
Aquí veo a Nueva York; sus edificios como
el juego de un niño que pone bloquecitos de Lego perfectamente organizados al
lado de un estanque, presto para recibirlos cuando la mano del niño los
derribe, cansada ya de armar edificaciones de mentiras. Y también veo en los
ojos cansados la esperanza de un porvenir que a veces está construido de esas
mentiras, o quizá de sueños que no se cumplen y se vuelven tan idílicos como
esta ciudad, semejante a una mujer bonita y hostil de la que no podemos esperar
nada pero a la que le entregamos todo.
He sabido que muchos migran por diversos
motivos como los económicos, o el ansia de conocer el mundo y adquirir
experiencia. Es una suerte, de todos modos, que para ellos exista Nueva York,
donde tienen la posibilidad de lograr todo aquello que sueñan.
De golpe recuerdo una de las frases de la
canción más famosa de Sinatra y me cuestiono si yo también debo ir tras esos
sueños, o si solo es una celada que me quiere tender el destino para alejarme
de mis instintos naturales: “Si puedo conseguirlo aquí, lo puedo encontrar en
cualquier parte”.
El dilema es ¿encontrar qué?






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