“¿Dónde está la gente bonita de Nueva York?,
¿Qué pasó con la magia de este lugar?”, le pregunto a mi madre un tanto
decepcionado cuando caminamos por la 42
street de Manhattan, extrañado de no
ver a los turistas que siete años atrás, cuando estuve por primera vez,
pululaban como hormigas por esas calles; ni las rubias neoyorquinas, tan
agraciadas y elegantes que pasaban al lado y lo dejaban a uno derretido de las
ganas; ni la variedad de luces, distracciones, artistas, guías turísticos y
demás que se encuentran como arroz en esta zona de la ciudad. Sí había algunos,
no digo que no, pero faltaban, y uno está acostumbrado a que en Nueva York todo
se produce en abundancia.
“Por una parte, estamos saliendo del invierno…”,
me dice mi madre, “…y en esta época esto es más bien solo. Por otra parte, la
pandemia pegó muy duro y apenas están comenzando a reabrir los parques y el comercio.
Hay que esperar al verano, cuando ya la gente va a querer salir”.
Pese a la razonable explicación, yo no
dejaba de preguntarme: “¿Dónde está la alegría, el espíritu de fascinación que
despierta la ciudad que nunca duerme y que parece muerta?”, continuaba cavilando
en silencio, sintiendo que había en el ambiente algo más que la inactividad que
suscita el frío y la animadversión que dejó el virus.
Sí, a lo mejor había llegado en la época
equivocada, y varias veces se lo recalqué a mi madre: “Aquí hay que venir, pero
a mitad de año. En este tiempo de frío no vale la pena”, le dije cada que me
sentí vapuleado por la baja temperatura, y más de una vez ella me respondió:
“¿Frío?, pero si 50 grados Fahrenheit es un clima muy bueno. Estamos en primavera,
ya no hace tanto frío como en enero o en febrero”, me dijo intentando
convencerme además de que era conveniente que yo probara Nueva York en todas sus
variaciones climáticas, y no solamente en el verano, que también es otro extremo.
Como para irme adaptando por si algún día… me toca.
De modo que acepté las dos razones que me
produjeron el sinsabor: la del invierno, que en esta ciudad golpea como con un
mazo de hielo; y la de la pandemia, que sigue azotando por todo el mundo como un
demonio maligno, aprovechándose de los más débiles y dejando un reguero de muerte.
Hace apenas un año New York era el
epicentro que hoy es India, pero no se ha podido recuperar del todo. Por
fortuna la emergencia hospitalaria se ha superado, aunque en todo Estados
Unidos no se rebaja de mil muertos diarios. Se está vacunando a dos manos, y el
que no tenga la vacuna es porque no quiere. Podrá no ser una garantía para no
contagiarse, pero al menos se vive con la conciencia de que se está haciendo lo
que se tiene que hacer.
Había algo más —aparte de la desolación en
las calles y la falta de alegría— que me ensombrecía el ánimo, sin saber
exactamente qué era. Lo noté en una esquina mientras esperábamos a que el
semáforo cambiara, inspirando profundo, pues estaba sofocado por el tapabocas. Entonces
el viento me dio la respuesta para explicar ese ánimo lúgubre que sentí
caminando por las calles de Manhattan. Era el olor a marihuana.
Por alguna razón que desconozco, a lo mejor porque un antepasado mío de otra vida fue un marihuanero rehabilitado, el olor a esa hierba alucinógena es uno de los olores que más detesto en la vida. Me dirán que hay olores peores, como el del sahumerio o el del Cirio Pascual que se enciende en las iglesias católicas, pero al menos este sirve para invocar la presencia de Nuestro Señor Jesucristo. El humo de la marihuana, en cambio, es el medio para invocar al Diablo. Al menos para mí no hay cosa más abominable que ese aire de descomposición humana. Es algo personal, lo sé.
Pero ese repugnante olor a marihuana que me
persiguió por las calles de Manhattan me hizo pensar solamente en el olor al
hampa. Es el olor de la miseria y la decadencia, y que me perdonen los que son
asiduos consumidores del producto, pero no conozco a nadie, que sea aficionado
a fumar la hierba, que tenga una vida medianamente equilibrada. No nos digamos
mentiras: el que es adicto a la marihuana, o a cualquier otra sustancia
psicoactiva, no puede tener una buena vida. Ni siquiera una vida normal. Basta
ver el ansia con que se quieren evadir de la realidad. Basta verlos en sus pantomimas
delirantes para comenzar a temer el peligro que representarán cuando les pase
el efecto de la alucinación y sobrevenga la abstinencia.
Claro, me dirán que estoy cayendo en el error de satanizar algo que a los ojos de todos ya es normal; incluso legal, porque en el Estado de Nueva York ya está legalizada la marihuana con fines lúdicos, como si eso fuera un juego de mesa inocente. Pero mi rechazo hacia la droga me lleva a estar en contra de su legalización, no importa que ello contraríe la opinión de una sociedad que en aras de ser moderna y liberal, avala el vicio que indefectiblemente conduce a una perdición.
Y es paradójico, porque hace poco desistí de tomarme un traguito de whisky con un amigo mientras íbamos en el bus turisteando por el Downtown. Es que está prohibido ingerir licor en la vía pública. Es una contravención muy delicada y yo evito meterme en problemas con la Ley. Lo mismo no aplica para la marihuana: si te prendes un bareto en Central Park no te molestarán las autoridades para nada. Eso sí, no vayas a destapar una lata de cerveza, porque ese es un pecado mortal. Al menos así lo percibí aquella tarde en que el olor a la hierba de la discordia me contaminó el ambiente.
Pero la legalización no sólo fue para poder fumar, sino para hacer apología de todo tipo de productos comestibles y souvenirs que giran alrededor de la maracachafa, como la llamamos en Colombia. Es una industria en crecimiento, publicitada, y muy rentable. Casi la muestran como un ejemplo a seguir. En cada cuadra de Manhattan la empresa Weed World Candies tiene estacionadas varias furgonetas en las que se venden dulces y todo tipo de golosinas con sabor y olor a marihuana, aunque no contienen THC, que es el principal componente activo del cannabis. Es más bien para ir familiarizando al consumidor con la hierba y ofrecerle un pequeño simulacro de la sensación que podría experimentar consumiendo la verdadera, como un placebo que a lo mejor puede enviciar más y convertirse en la nueva droga falsa para reemplazar la droga real, y que luego se convertirá en otra droga real. En otras palabras, los dulces saben a marihuana, se publicitan con una mata de marihuana, no contienen marihuana, pero al fin y al cabo los componentes que traen te podrían enviciar más que la marihuana.
El asunto es que desde que la hierba es
legal, y desde que la pandemia alteró la normalidad, Nueva York tiene otra cara. No es la cara bonita que brinda una sonrisa amable al turista, sino la cara hostil de una ciudad sumida en la locura colectiva y en el
conflicto con el otro. No es la misma percepción de seguridad la que acompaña
al caminante, sino al contrario, se percibe una energía pesada, desagradable; una
sensación de peligro acompaña en cada calle al visitante o al ciudadano de
bien. Y es una lástima, porque leyes como las que adoptaron las autoridades en
el Estado para legalizar la marihuana, son las que golpean el corazón de las
instituciones que propenden por mantener algún grado de rectitud moral en la sociedad: la iglesia
y la familia. Investiguen ustedes la vida de un adicto, y se darán cuenta de
que carece de uno de estos dos refugios, o de ambos.
Y desde luego, a los gobiernos progresistas
que tanto están pululando en esta era, les conviene un ciudadano sin moral y
sin principios: de esa manera se apoderan de su voluntad y se hacen dueños de
su miedo, máxime si el individuo está entregado al laberinto de una droga.
Bueno, de esto no entenderán mucho los jóvenes pro-legalización, quienes consideran más peligroso un cigarrillo
convencional que uno de marihuana. El asunto es que yo no veo a fumadores de cigarrillo andando entre las nubes, distorsionando la realidad y
dispuestos a matar por una probadita de su vicio. Porque como dijo alguien una
vez: “la droga no es el derecho al libre desarrollo de la personalidad, sino de
la animalidad”.
Animales son los que piensan que la
marihuana es inocua, los que la promueven, los que la industrializan y los que
la consumen. Será sólo cuestión de poco tiempo para que la cocaína y las drogas
sintéticas también tengan su porción de mercado legal. Esa parece ser la
tendencia de este mundo post-moderno. Algo debió de corromperse en el espíritu
de los legisladores que rigen la sociedad.
Por ahora camino por las calles evitando
respirar y esperando volver a ver la gente linda de Manhattan. Creo que ellos
ya salieron espantados, porque no por nada miré a mi alrededor, y me di cuenta de que el más lindo y el más íntegro era yo. Y si eso pasa aquí, es porque algo hay
podrido en Nueva York.









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