Conocí una de las estructuras
más inverosímiles y controversiales que se hubieran podido levantar en los
últimos años en Nueva York. No es un edificio de oficinas, un centro comercial,
un monumento histórico, un parque, un puente, un escenario deportivo, aunque hay
quienes lo han utilizado para hacer deporte extremo y mortal; no es una
estación de tren, ni un hotel cinco estrellas. Es una de esas rarezas arquitectónicas
como sólo saben construir aquí, y que se ha convertido en el nuevo ícono del barrio
de Hudson Yards, al oeste de Manhattan.
Lo definen como “mitad obra de
arte, mitad atracción turística”, y lo llaman The Vessel, que en español vendría a traducirse en algo así como
“La vasija”, o “El vaso”. Es que en realidad tiene forma de vaso si se mira
desde afuera. Desde adentro, en cambio, se asemeja más a una colmena, y cuando
lo recorren, los turistas dicen que es un laberinto de escaleras interminables,
como debe ser la Escalera al cielo (Stairway to heaven) que compusieron
Jimmy Page y Robert Plant por allá en 1970, y que marcó un punto culminante en
la historia del rock, inmortalizando así a la banda Led Zeppelin.
Aunque esta escalera no
conduce al cielo. Ni siquiera sobrepasa a ninguno de los rascacielos que la
rodean. Apenas tiene una altura de 45 metros desde el suelo y está formada por
154 tramos de escaleras que conectan con pequeños descansos para tomar impulso
y subir más escaleras. En total hay 2500 escalones repartidos en toda la
estructura, pero bastará con subir como mucho unos 250 para llegar al último
nivel. El problema es que cuando se llegue al nivel dieciséis, el más alto de
todos, se corre el riesgo de alcanzar la cúspide tan exhausto —luego de haber
deambulado infructuosamente por el laberinto—, que es posible entonces que el
visitante encuentre allí su cielo. Por eso The
Vessel no requiere tener una gran altura para imponerse como desafío.
Y es que en verdad es
atrayente este monumento desde que uno lo ve desde abajo y siente de inmediato
un irreprimible deseo quedar atrapado en él. Es una estructura tan atípica que
uno quisiera entrar allí, así como se quiere entrar al corazón de una de esas
mujeres cuya belleza es extraña e inasible, pero absolutamente envolvente.
Es una lástima que a este
cuerpo lleno de niveles tampoco pude introducirme. La tarde en que fui con mi madre
no nos permitieron el ingreso porque estaba cerrado. Pensé que era por la
pandemia, y en cierta forma esa era una razón, pero había otra razón de mucho
más peso que a los neoyorquinos no les gusta mencionar, y que cuando le
explican la verdad al visitante, lo hacen entre dientes, como si sintieran una
gran pena ajena: “Lo cerraron temporalmente por los suicidios”, expresan con
honda desazón.
De manera que aquí en Nueva
York también padecen el mismo problema que hemos padecido los pereiranos desde
que construyeron El Viaducto, por allá en 1997, guardadas las proporciones. Qué
irónica es la vida, pensé, que hasta en el primer mundo la gente tira a
matarse, cuando se supone que la existencia debiera ser más amable en estos
países; que no debería haber motivos para aburrirse, ¿o sí?
Recuerdo que recién inaugurado
el Viaducto de Pereira se lanzó el primer desesperado al vacío, y aquello fue
una noticia que trascendió en la ciudad. Veintitrés años después, el puente se sigue
utilizando como instrumento para esta clase de ejecutorias mortales: más de cien
tentativas hasta la fecha, y creo que me quedo corto porque tomé el dato de un
estudio de hace varios años. En el 98% de los casos el resultado ha sido lamentable,
solamente exitoso para quienes cumplieron su cometido. Y eso a pesar de que
hace unos trece años decidieron hacerle un cerramiento con barandas de hierro,
como para disuadir a los suicidas de cometer su acto, o al menos para
complicarles un poco más la vida que de por sí ya tienen complicada. Digamos
que la medida ha sido efectiva porque en realidad se disminuyó el índice de muertes,
pero de todas maneras, si de vez en cuando alguien quiere irse de este mundo
con espectacularidad, encuentra la forma de burlar el cerramiento y trepa por
la misma baranda hasta el techo, y desde allí salta, o se cuelga, como hizo hace
poco un humilde vendedor de fruta.
En Nueva York, The Vessel también quedó marcado por el
sino trágico, con la diferencia de que aquí bastaron solo tres casos de
suicidio desde su inauguración en 2018 para que decidieran tomar medidas. ¡Sólo
tres casos! No sé qué tan efectivas vayan a ser esas medidas.
Primero, los tickets para
ingresar a la estructura ya no serán gratis, sino que los cobrarán. Como quien
dice: el que se quiera matar, que pague por su derecho a hacerlo, ni más
faltaba que estando en la meca del capitalismo las cosas vayan a salir
regaladas. Aquí todo es plata.
Segundo, se triplicó la
cantidad de personal de seguridad especializado que estará vigilando de incógnito
a los visitantes, a ver cuál da señas de quererse lanzar, o a ver quién tiene
cara de aburrido. Al que vean con tendencias raras lo bajan de inmediato; es
decir, por el ascensor.
Tercero, se está planteando la
posibilidad de hacerle un cerramiento a la estructura, así como hicieron con El
Viaducto de Pereira, pero esto alteraría significativamente el diseño y la
funcionalidad de la atracción. Ya no sería un laberinto de escaleras sino una
prisión de máxima seguridad. Los desesperados, en lugar de un pasaje directo a
la muerte, encontrarían un tipo de fortaleza psiquiátrica para tratar a locos y
suicidas, y si hay algo que no puede hacer un personaje de este estilo, es
acudir donde el psiquiatra.
Cuarto, ya no se permitirá subir
a nadie en solitario a partir del segundo nivel. Quien quiera conocer The Vessel, tendrá que hacerlo
acompañado de un adulto responsable y que no esté tampoco aburrido con la vida.
Así, si son dos personas, es posible que la una le impida a la otra arrojarse
al vacío. Me pregunto yo si en caso de que un grupo de visitantes decida hacer
un suicidio colectivo exista una medida para identificarlos y evitar el hecho.
Lejos de parecer un chiste, lo
cierto es que el flagelo del suicidio es una epidemia grave en todas las sociedades
del planeta Tierra. Para evitar que se siga presentando no basta con “vender el
sofá”, como reza la metáfora, sino atacar sus verdaderas causas, que pueden anidar
en el vacío existencial del ser humano, quien presionado por las deudas, los problemas
sentimentales, la economía, el desvarío, la soledad, las malas relaciones
familiares e interpersonales, se ve atrapado en una red asfixiante que lo lleva
lamentablemente a acometer contra su humanidad. Es decir, que el problema no es
culpa de las estructuras físicas ni de los puentes, que a lo mejor acrecientan
el morbo ante la inminencia de una muerte aparatosa, sino de una sociedad
enferma que no ha sabido encontrar su cura y que padece las consecuencias de la
falta de sentido.
No pocas veces he pensado en
la posibilidad de terminar mi vida por mano propia, si las circunstancias me obligan
a ello. Aunque no creo ser tan osado como quienes se han atrevido a tanto,
porque para hacerlo hay que tener la sangre hirviendo. Yo le rehúyo al dolor y
le temo a la muerte como el peor de los cobardes. Lo único que sé es que no
utilizaría una estructura física para perpetrar mi acto. Sería tan discreto,
que primero moriría en vida sin darme cuenta.
Mientras tanto, el mundo sigue
sin enfrentar su sinrazón y algunos suicidas continúan haciendo de su muerte un
gran teatro, para que no quede duda de la locura de nuestro tiempo. De ahí que
lugares tan representativos como The
Vessel de Nueva York o El Viaducto de Pereira estén destinados a forjar un
destino de íconos peligrosos.






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