“Un
estado totalitario realmente eficaz
sería
aquel en el cual los jefes políticos
pudieran
gobernar una población de esclavos
sobre
los cuales no fuese necesario
ejercer coerción alguna,
por cuanto amarían su servidumbre”.
Aldous Huxley.
De vez en cuando le echo a una ojeada a los
comentarios de los internautas que opinan en las redes sociales, como para medirle el pulso a la opinión
cibernética. Ya saben ustedes que a veces me gusta asomarme a esas cloacas
digitales, como cuando los temerarios salen a las calles y pasean por los
extramuros de la ciudad, queriendo conocer de primera mano la realidad, o sólo
por sentir el vértigo del peligro.
Así mismo me adentro en los meandros de la
red, en donde toda expresión, por más burda y ofensiva que sea, tiene su
cabida. Allí lo más grave que puede suceder es que se reciba un insulto de
algún inconforme, para el que uno es un indeseable.
Y ese insulto puede ser el causante de una
gran privación, porque no siempre son bienvenidas todas las posturas. Todo
depende de si lo que se dice está a favor del criterio que se fragua en estas
redes, en cuyo caso, las opiniones son libres, abiertas, y muy numerosas, por
demás; o si en caso contrario, la opinión propia no coincide con el consenso
general, y entonces llueve fuego y azufre sobre el disidente: la respuesta es
una “justiciera y merecida” censura, cuando no una expropiación definitiva de
la cuenta, que finalmente no nos perteneció nunca.
Lo digo por experiencia: no pocas veces una
red social como Facebook me ha
censurado publicaciones y ha vetado mis comentarios, según ellos, porque
“atento contra las normas comunitarias”, o porque mi opinión “promueve el
odio”, sólo porque no concuerdo con la mayoría de los que allí confluyen, que pulsan
en bloque la opción “denunciar”, y el algoritmo viene recio en su ayuda.
Esto tiene mucho que ver con aquello llamado la Cultura de la cancelación. Una
consecuencia directa de la Dictadura digital.
En esta dictadura basta invisibilizarte de la red para aniquilarte sin
necesidad de matarte físicamente. Y en esta instancia del acontecer mundial, no
se sabe qué es más grave. Sobre todo ahora que nunca hemos dependido tanto de
estar conectados. Quien no lo hace, es como si no existiera.
Así de poderosas son las BigTech, que en el
último año han logrado monopolizar la información de sus usuarios más que
cualquier gobierno totalitario. Han crecido y ganado más dinero a través de la
publicidad, de las nuevas plataformas, de aplicaciones de pago, o la
afiliación de nuevos usuarios; que lo que obtiene un país como Alemania en su
Producto Interno. Entre más tiempo estamos los cibernautas conectados, más suben
sus acciones y más capacidad de controlar nuestras vidas tienen ellas.
Y eso es poder; un poder que debería ser atacado
para demostrar sus fisuras. En ese acto sistemático de censura e imposición de
la mordaza, los dueños de la nueva tierra, que son las BigTech, revelan cada
vez más su talante autoritario.
Porque ya no es internet una vía para
navegar libremente, sino un territorio colonizado en el que hay que pagar el
peaje para transitar bajo la más estricta vigilancia y el más asfixiante control.
Una vez más el 1984 de George Orwell se pone de manifiesto, con el agravante de
que el ojo vigilante del Big Brother se presenta de manera afable y bajo el
velo de la inocuidad. Entonces esta dictadura perfecta puede impedir así que la contra-corriente que refuta su orientación política opere libremente en
un campo que ya es privado y que está completamente minado.
Lo dijo Aldous Huxley, el escritor que vaticinó
el futuro con su novela Un mundo feliz,
que a la larga resultó siendo una alegoría del mundo que nos quieren imponer a
través del desarrollo tecnológico: “Los mayores triunfos de la propaganda se
han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga”. Así,
censurar a través de las redes sociales y cancelar las cuentas que para el
poder resultan subversivas, es la mejor forma de impedir que las ideas
contrarias prevalezcan.
No por nada el mundo digital ya es un campo
completamente ideologizado contra la corriente de derecha, que ya es percibida
como minoritaria. La élite controla la información y dirige las opiniones, ya
no sólo en los medios tradicionales, sino también en internet.
La muestra de esto es que están apoderados
del discurso y manipulan cuanto se les antoja. Un ejemplo de ello lo podemos
ver en la forma como durante el paro se ha desacreditado a la Policía y a las instituciones
democráticas en Colombia a través de las redes sociales, utilizando información
falsa y cuentas ficticias que operan desde lugares tan remotos como Pakistán. El
mensaje para hacer creer que se asesina sistemáticamente a la población y que
la culpa la tiene el “Estado dictatorial” caló profundo en las emociones de más
de un desinformado. Han sido las redes las grandes gestoras de la distorsionada
imagen de violación de los derechos humanos en el país ante la Comunidad Internacional,
cuando en realidad lo que está ocurriendo es un intento de toma del poder de la
izquierda a través de unas manifestaciones totalmente politizadas y violentadas
por quienes se robaron la voz del pueblo, al que de ninguna manera representan.
El problema es que no está bien visto ir
contra la Corrección Política, que es un mandato obligado de la ideología progresista.
Quien lo haga sufrirá inevitablemente las consecuencias que se traducen en algún
tipo de pérdida relevante, ya sea por la censura, la denuncia, la multa, o incluso
la prisión.
Así es, porque ya ni siquiera por medio de
un perfil de Facebook se puede
expresar el pensamiento, el cual dista mucho de ser libre, pues nos obligan a
autocensurarnos.
Las BigTech son ahora la nueva dictadura,
los enemigos de la libertad. Son parte de la élite que tranza con los poderes
trasnacionales a costa de los intereses nacionales, y cuando digo élite no es
sólo porque son poderosos económicamente, sino porque son medios que cuentan
con la anuencia de la política, la cultura, el arte y la farándula. Todo se
expresa por allí.
Habrá que seguir dando la batalla cultural,
no permitir que el enemigo nos robe más espacio. Si ya son los dueños de lo
digital, habrá que recuperar el lenguaje que de a poco nos han ido quitando,
pues como lo manifestó el filósofo y escritor argentino Juan Carlos Monedero en
su libro Lenguaje, ideología y poder,
“toda guerra es primero semántica”.
Cuidado, que a través de las redes el
discurso progre ya se adjudicó el uso exclusivo de ciertas palabras a las que acomodaron
un significado a conveniencia. Se adueñaron de los términos “diversidad”, “inclusión”,
“igualdad”, “resistencia”, y la más reciente de todas en Colombia, la frase
“gente de bien”, a la que le dieron una connotación peyorativa a raíz del paro,
todo porque el verdadero significado de la expresión no los representa. De modo
que la estrategia fue modificarle los atributos a la palabra y convertirla en
el nuevo agravio, y ahora resulta que ser “gente de bien” es tan malo como ser
antiprogresista.






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