sábado, 12 de junio de 2021

La nueva dictadura

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





“Un estado totalitario realmente eficaz

sería aquel en el cual los jefes políticos

pudieran gobernar una población de esclavos

sobre los cuales no fuese necesario

 ejercer coerción alguna,

 por cuanto amarían su servidumbre”.

 

 Aldous Huxley.


 

 

    De vez en cuando le echo a una ojeada a los comentarios de los internautas que opinan en las redes sociales, como  para medirle el pulso a la opinión cibernética. Ya saben ustedes que a veces me gusta asomarme a esas cloacas digitales, como cuando los temerarios salen a las calles y pasean por los extramuros de la ciudad, queriendo conocer de primera mano la realidad, o sólo por sentir el vértigo del peligro.

    Así mismo me adentro en los meandros de la red, en donde toda expresión, por más burda y ofensiva que sea, tiene su cabida. Allí lo más grave que puede suceder es que se reciba un insulto de algún inconforme, para el que uno es un indeseable.

    Y ese insulto puede ser el causante de una gran privación, porque no siempre son bienvenidas todas las posturas. Todo depende de si lo que se dice está a favor del criterio que se fragua en estas redes, en cuyo caso, las opiniones son libres, abiertas, y muy numerosas, por demás; o si en caso contrario, la opinión propia no coincide con el consenso general, y entonces llueve fuego y azufre sobre el disidente: la respuesta es una “justiciera y merecida” censura, cuando no una expropiación definitiva de la cuenta, que finalmente no nos perteneció nunca.



    Lo digo por experiencia: no pocas veces una red social como Facebook me ha censurado publicaciones y ha vetado mis comentarios, según ellos, porque “atento contra las normas comunitarias”, o porque mi opinión “promueve el odio”, sólo porque no concuerdo con la mayoría de los que allí confluyen, que pulsan en bloque la opción “denunciar”, y el algoritmo viene recio en su ayuda.

    Esto tiene mucho que ver con aquello llamado la Cultura de la cancelación. Una consecuencia directa de la Dictadura digital. En esta dictadura basta invisibilizarte de la red para aniquilarte sin necesidad de matarte físicamente. Y en esta instancia del acontecer mundial, no se sabe qué es más grave. Sobre todo ahora que nunca hemos dependido tanto de estar conectados. Quien no lo hace, es como si no existiera.



    Así de poderosas son las BigTech, que en el último año han logrado monopolizar la información de sus usuarios más que cualquier gobierno totalitario. Han crecido y ganado más dinero a través de la publicidad, de las nuevas plataformas, de aplicaciones de pago, o la afiliación de nuevos usuarios; que lo que obtiene un país como Alemania en su Producto Interno. Entre más tiempo estamos los cibernautas conectados, más suben sus acciones y más capacidad de controlar nuestras vidas tienen ellas.

    Y eso es poder; un poder que debería ser atacado para demostrar sus fisuras. En ese acto sistemático de censura e imposición de la mordaza, los dueños de la nueva tierra, que son las BigTech, revelan cada vez más su talante autoritario.

    Porque ya no es internet una vía para navegar libremente, sino un territorio colonizado en el que hay que pagar el peaje para transitar bajo la más estricta vigilancia y el más asfixiante control.



    Una vez más el 1984 de George Orwell se pone de manifiesto, con el agravante de que el ojo vigilante del Big Brother se presenta de manera afable y bajo el velo de la inocuidad. Entonces esta dictadura perfecta puede impedir así que la contra-corriente que refuta su orientación política opere libremente en un campo que ya es privado y que está completamente minado.

    Lo dijo Aldous Huxley, el escritor que vaticinó el futuro con su novela Un mundo feliz, que a la larga resultó siendo una alegoría del mundo que nos quieren imponer a través del desarrollo tecnológico: “Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga”. Así, censurar a través de las redes sociales y cancelar las cuentas que para el poder resultan subversivas, es la mejor forma de impedir que las ideas contrarias prevalezcan.

    No por nada el mundo digital ya es un campo completamente ideologizado contra la corriente de derecha, que ya es percibida como minoritaria. La élite controla la información y dirige las opiniones, ya no sólo en los medios tradicionales, sino también en internet.

    La muestra de esto es que están apoderados del discurso y manipulan cuanto se les antoja. Un ejemplo de ello lo podemos ver en la forma como durante el paro se ha desacreditado a la Policía y a las instituciones democráticas en Colombia a través de las redes sociales, utilizando información falsa y cuentas ficticias que operan desde lugares tan remotos como Pakistán. El mensaje para hacer creer que se asesina sistemáticamente a la población y que la culpa la tiene el “Estado dictatorial” caló profundo en las emociones de más de un desinformado. Han sido las redes las grandes gestoras de la distorsionada imagen de violación de los derechos humanos en el país ante la Comunidad Internacional, cuando en realidad lo que está ocurriendo es un intento de toma del poder de la izquierda a través de unas manifestaciones totalmente politizadas y violentadas por quienes se robaron la voz del pueblo, al que de ninguna manera representan.



    El problema es que no está bien visto ir contra la Corrección Política, que es un mandato obligado de la ideología progresista. Quien lo haga sufrirá inevitablemente las consecuencias que se traducen en algún tipo de pérdida relevante, ya sea por la censura, la denuncia, la multa, o incluso la prisión.

    Así es, porque ya ni siquiera por medio de un perfil de Facebook se puede expresar el pensamiento, el cual dista mucho de ser libre, pues nos obligan a autocensurarnos.

    Las BigTech son ahora la nueva dictadura, los enemigos de la libertad. Son parte de la élite que tranza con los poderes trasnacionales a costa de los intereses nacionales, y cuando digo élite no es sólo porque son poderosos económicamente, sino porque son medios que cuentan con la anuencia de la política, la cultura, el arte y la farándula. Todo se expresa por allí.     

    Habrá que seguir dando la batalla cultural, no permitir que el enemigo nos robe más espacio. Si ya son los dueños de lo digital, habrá que recuperar el lenguaje que de a poco nos han ido quitando, pues como lo manifestó el filósofo y escritor argentino Juan Carlos Monedero en su libro Lenguaje, ideología y poder, “toda guerra es primero semántica”. 



    Cuidado, que a través de las redes el discurso progre ya se adjudicó el uso exclusivo de ciertas palabras a las que acomodaron un significado a conveniencia. Se adueñaron de los términos “diversidad”, “inclusión”, “igualdad”, “resistencia”, y la más reciente de todas en Colombia, la frase “gente de bien”, a la que le dieron una connotación peyorativa a raíz del paro, todo porque el verdadero significado de la expresión no los representa. De modo que la estrategia fue modificarle los atributos a la palabra y convertirla en el nuevo agravio, y ahora resulta que ser “gente de bien” es tan malo como ser antiprogresista.




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