Admitámoslo. Hay un gran
responsable en todo lo que viene pasando en Colombia, especialmente desde el
veintiocho de abril del presente año. Se llama Iván Duque.
Él es Iván, el presidente. Él
fue quien le dio la excusa perfecta a sus propios enemigos para que
incendiaran el país con aquello de la Reforma Tributaria que al final no fue, y
que de todas maneras no iba a ser.
Pero a diferencia de los
azuzadores y los que apoyan este paro que me voy a dar la licencia de bautizarlo
como El Paro Maldito —no importa que me gane unos cuantos detractores de
izquierda más, si al final todos hacen parte de la misma inconsciencia—, quienes
le endilgamos gran parte de su responsabilidad en este desastre lo hacemos
desde la orilla contraria. No desde la orilla zurda a la que le gusta victimizarse
y que lo acusa de genocida, sino desde la orilla del sentido común, la del ciudadano
de a pie que lo acusa de tibio, de badulaque, de cobarde, de incapaz, de inoperante.
Por mucho menos un presidente
con sentido de patriotismo habría decretado el Estado de Conmoción Interior,
que es una figura amparada en la Constitución de Colombia, totalmente legal y
en estos momentos indispensable.
Por mucho menos un presidente
con arrojo habría ordenado la retoma del orden público por la vía pacífica o
por el uso de la fuerza; ambas vías de carácter constitucional,
y habría hecho respetar los derechos de los colombianos que necesitan seguir
viviendo y que quieren trabajar, y que aunque tuvieran motivos para protestar,
no lo harían de la forma en que lo están haciendo quienes le siguen
las instrucciones a los señores del tal Comité del Paro, si es que son ellos
los que dan las órdenes de bloquear, destrozar y acabar con el país.
Por mucho menos un presidente valeroso habría denunciado a estos sujetos del Comité del Paro Maldito para que los encarcelen. Y le habría plantado cara a sus enemigos políticos que son los que desde un computador están dirigiendo los hilos de esta toma guerrillera, y habría hecho caso omiso a las opiniones de la ONU y los mamertos de la CIDH que al fin y al cabo están al servicio de Soros y la élite global, y se hubiera echado este país al hombro combatiendo el narcotráfico, la guerrilla, el vandalismo, y todo aquello que representa una amenaza para la seguridad de los ciudadanos de bien, que no son los que tienen plata, sino los que obramos acorde con la ley y nos atenemos a ella.
Por mucho menos un presidente
inteligente habría hecho una ofensiva diplomática para neutralizar las mentiras
del relato de la izquierda en el que nos venden como un país donde no se
respeta la vida, cuando son ellos con el apoyo del globalismo internacional los
que no quieren respetar la vida, la libertad y la propiedad de los colombianos.
Pero no. Iván, el presidente,
se ha excedido en garantías en favor de unos sujetos que le pusieron el país
patas arriba y no se ha querido dar cuenta que lo que ellos quieren es tumbarlo.
A Iván, el presidente, le hace falta abrirle un orificio nuevo a la correa y amarrarse los pantalones como debe ser, porque nos está comiendo la criminalidad. Aquí cualquiera obstruye una vía, incendia un edificio, destruye el transporte, saquea los negocios de la gente, tumba las estatuas, ataca las ambulancias, cobra peajes ilegales, se vuelve autoridad sin que nadie la nombre, y hace lo que le da la gana. Y el presidente habla mucho pero no asume el liderazgo de nada. Pantalones, querido Iván, pantalones, que para eso lo eligieron, ¿o será que no sabe cuál es la autoridad que detenta su cargo?
Si Iván, el presidente, accede
a dialogar con los del Comité del Paro Maldito, ellos le dicen que no, que lo
que van es a negociar. Entonces Iván
les dice que bueno, que a negociar.
Si le exigen que tiene que
aceptar las peticiones de no fumigar con glifosato los cultivos de coca, darle
renta básica vital a todo el mundo y reformar la Policía y el Esmad, él les
dice que bueno, que lo va a pensar, que puede ser.
Si le dicen que la Fuerza
Pública es la que está matando a los jóvenes que protestan “pacíficamente” y
que se tiene que hacer cargo de encarcelar a los policías, él les dice que sí,
que los va a mandar a investigar, que tienen razón.
Si le dicen que tiene que
suministrarles a los líderes del paro los nombres de los comandantes del Esmad
que estarán acompañando las próximas protestas, él acepta de buen agrado.
Si de otro lado le dicen que
no debe aceptar negociar si antes no exige desbloquear las vías, él responde
enérgico que cómo no, que por ningún motivo aceptará negociar con bloqueos,
pero ahí están sus negociadores sentados con los promotores del Paro Maldito,
todavía con muchas vías obstruidas, incluyendo el Puerto de Buenaventura tomado
hasta esta semana por una facción de “manifestantes”.
Si le exigen que la educación
pública debe ser gratuita para todos los jóvenes de estratos bajos sin que
importe de dónde van a salir los recursos, él dice que sí, que acepta, y sale a
anunciar que a partir de no sé qué fecha entrará a operar su programa Matrícula
Cero para los estudiantes; y estos, muertos de la risa, se inventan otro motivo
de protesta, cualquier cosa sirve.
Nuestro Iván, el presidente, a
todo dice sí. Con todo está de acuerdo y ante lo que le pidan, cede.
Me recuerda a ratos al
personaje del bello cuento de Tolstoi, ese que se titula Iván, el imbécil.
Recuerdo que ese Iván, el
imbécil (no el presidente), era un hombre ingenuo, paciente, lleno de bondad
que a todo le decía que sí y a nada le veía problema. Eso sí, aunque era un
hombre trabajador y honrado, carecía de cierta malicia y de cierto carácter para poner en su sitio a
aquellos descarados que se querían aprovechar de él. Digamos que era un poquito
lento, como para utilizar un eufemismo cariñoso.
Entre los que abusaban de su
buena fe estaban sus hermanos, quienes representaban los vicios de la sociedad:
el ansia de poder y la ambición de dinero. Iván, el imbécil, era inofensivo y
carecía del sentido de la defensa, hasta el punto de que cuando llegaron los
soldados del ejército enemigo a saquear su trigo a la fuerza, quemando sus
casas y golpeando a sus habitantes, él y su gente les imploraron llorando que
no hicieran eso, que si más bien necesitaban el trigo, que ellos se lo daban,
pero que no les hicieran daño. A mí me conmovió esa parte, porque me recordó a
los indefensos y a los débiles que no tienen manera de pelear por lo suyo, y que
tienen que cederle todo al enemigo, como está haciendo ahora nuestro Iván, el
presidente, con la diferencia que este último sí tiene cómo defenderse y
defendernos a los ciudadanos, aunque parece que no quiere, o no sabe hacerlo.
Sólo en dos ocasiones Iván, el
imbécil, asumió una posición firme frente a los abusivos. La primera fue cuando
le negó a sus hermanos la posibilidad de proveerles más soldados y más oro
—gracias a los trucos que los diablillos le revelaron a cambio de que no los matara—
porque esto le estaba haciendo mucho mal a la sociedad; y la segunda, cuando al
fin se dio cuenta de que aquellos que no se quisieran ganar el pan con sudor y
esfuerzo, no debían sentarse con él ni con su pueblo a la mesa, sino comer las
sobras.
Así se lo hicieron saber al
Diablo mayor cuando no le vieron callos en las manos, lo que lo convertía en un
sujeto holgazán que por tanto no tenía derecho a comer como los que sí trabajaban duro.
Qué bueno que nuestro Iván, el
presidente, aprendiera un poco de la lógica de Iván, el imbécil, pero sin ser
tan imbécil.
Hay quienes en este país desean
obtener privilegios que no se han ganado. Muchos pertenecen a la clase
dirigente, y también muchos de ellos son los que están frenando el avance de la nación a costa de los que nada tienen que ver con sus reclamos. ¿Cuántos de estos jóvenes que
dicen protestar no están pidiendo derechos y beneficios, y a la larga sólo
obedecen a los impulsos de sus vicios y a los mandatos de quienes los tienen engañados?
¿Cuántos de estos dirigentes del paro no están ahí apoltronados en sus posiciones
sin realmente representar a nadie, sin defender lo que dicen defender, pero generando
el caos del cual ellos se seguirán beneficiando?
Ojalá Iván, el presidente, rectifique
en parte los errores cometidos, y al menos en el año que le queda se ponga
firme y mande a quienes no tienen callos en las manos a comer las sobras, así
como hizo Iván, el imbécil.
Es decir, que no otorgue
privilegios ni ceda a los chantajes de quienes no merecen vivir del esfuerzo de
los que sí trabajan por este país.






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