Salgo a recorrer mi ciudad como suelo
hacerlo cada que necesito cazar un nuevo tema para continuar desencantándome de
este mundo vuelto de cabeza, y no he caminado dos cuadras cuando veo algo que
me llama la atención. No es el raponazo diario del Centro, ni el fleteo semanal
a plena luz del día al que nos tienen sometidos a los habitantes ante el
repunte de la inseguridad que se viene sintiendo desde la pandemia. Tampoco es
la pelea callejera por la acostumbrada intolerancia de los ciudadanos que están
al borde de la locura, y por fortuna no es un bloqueo de los de La Primera Línea, que ya se volvió parte
del paisaje. Lo que vi fue algo que me llenó de una maliciosa curiosidad: un
pintoresco telón de seis franjas constituido por todos los colores del arco
iris, exhibido en lo alto de una terraza con una especie de fervor patrio.
Me pregunté si acaso era veinte de Julio y
aquella era la nueva insignia del país que quedó negociada después del paro, o
si era que jugaba la Selección, ya que vi esta bandera de un modo muy
particular, como si se le estuviera haciendo barra a todos los países al mismo
tiempo; tal cual una mezcla del equipo patrio con el del club de los amores,
ustedes saben cómo somos los colombianos de dados a revolver todos los
distintivos en el mismo dibujo.
O podía ser que se estaba obedeciendo a una
de esas estrategias que se inventan los Derechohumanistas
(la nueva religión) para pedir ayuda internacional; como esa moda aberrante de
poner la bandera al revés para salir luego por las redes cual mártires
oprimidos, haciendo con la iconografía nacional un despliegue de
anti-patriotismo, obteniendo el mismo efecto que cuando se le muestra a un católico
la cruz al revés: ¡Anticristo! Pareciera que más bien se le estuviera rindiendo
un homenaje a la República Democrática de Armenia con esa bandera rojo, azul y
amarillo, ¡qué ideota!
Pero no. Esta bandera no era un llamado de
auxilio. Era un llamado al orgullo; no al patrio, sino al orgullo de ser gay. Mi amiga Cata, La Marxista, que al parecer también es simpatizante del movimiento
LGBTI… (y no sé cuántas letras más), me hizo caer en cuenta que hoy era
precisamente 28 de junio, el Día del Orgullo Gay.
—Para tu información— me dijo—, hoy se conmemora una fecha que marcó el inicio de la lucha por los derechos homosexuales: el 28 de Junio de 1969 se produjeron los disturbios de Stonewall, en New York.
Así dijo, New York, acentuando la é como
una í, y pronunciando el York como si fuera iork, o algo así le entendí.
—Los disturbios de Stonewall —prosiguió—
fueron unas manifestaciones contra las redadas policiales que se produjeron en
un bar que llevaba el mismo nombre. Fue la primera vez que la comunidad LGBTI luchó
contra un sistema que los perseguía y los condenaba por su condición sexual. Pero
gracias a ello y a otras manifestaciones que se desencadenaron después, ahora
la comunidad goza de libertad y ha obtenido unos derechos que antes les eran
negados, pero falta lograr mucho más. De ahí que se conmemore el Orgullo gay. Por eso nació el movimiento, para
luchar contra la discriminación y normalizar el reconocimiento de la diferencia
sexual. Y esa bandera que ves ahí es el símbolo de la diversidad de los LGBTI.
Entendí perfectamente. A las personas
homosexuales se les persiguió en el pasado como si hubieran sido delincuentes.
Se les sometió a escarnio público y humillación. Desde luego, eran otros
tiempos en los que la moral se imponía a rajatabla. Hoy día sus inclinaciones
todavía riñen con la normativa sexual tradicional y su conducta está en clara
contradicción con los principios bíblicos y religiosos. Aun así nadie tiene el
derecho de perseguir ni atacar a otros por sus preferencias sexuales. Como
seres humanos merecen todo el respeto, así no se comparta su orientación ni se
esté de acuerdo con ella. Y garantizar el respeto para todos por igual me
parece muy bien dentro de un marco de libertad y no discriminación por la condición
religiosa, étnica, sexual, la filiación política o de cualquier otro tipo. En
eso estamos de acuerdo.
Lo que no me queda claro es por qué hay que
hacer de la orientación sexual y del libre albedrío que uno tiene para acostarse
con quien le dé la gana —ahora que ya no es prohibido hacerlo— un asunto de
política; ya con estandartes y declaraciones de principios, y causas
para hacerse visibles, reconocidos, aceptados, y hasta respaldados por la
sociedad. ¿Acaso la decisión autónoma de escoger a quién se mete en la cama no
debiera ser un asunto privado? ¿Para qué hacerse visible entonces y gritarlo a
los cuatro vientos? ¿Qué derechos civiles tienen las demás personas que no
tenga un miembro de la comunidad LGBTI como para que haya que salir a enrostrarle
a la sociedad, a través de marchas, desfiles y despliegues de erotismo; o a
través de la imposición de una ideología que son personas tan
normales como cualquier otra? ¿Acaso el problema no se ceñía solamente a la preferencia por el mismo sexo?
Me late que aquí el dilema no es de aceptación del homosexual por parte de la sociedad. Está claro que a la fecha, salvo en algunos países totalitarios o en ciertas sociedades islámicas, todavía se persiguen a los que tienen una inclinación sexual diferente, pero por fortuna ya no es así en la mayoría de países occidentales. Repito: a la persona homosexual se le reconoce como persona y se le respeta aunque no se esté de acuerdo con su decisión ni se comparta su práctica. Pero una cosa es ser homosexual o lesbiana y otra cosa es ser militante del movimiento LGBTI.
Este colectivo es uno de los que promueve la Ideología de Género, que no es más que un adoctrinamiento y una confusión sembrada en la mente de estas personas para victimizarlos y convertirlos en los idiotas útiles de la revolución cultural que pretenden dar mediante la subversión de los valores. Contra esta ideología disfrazada de "diversidad" me declaro enemigo abierto. Comenzando porque parten de la premisa equivocada de que la homosexualidad es algo innato que no se puede cambiar ni se debe intentar corregir. No sólo contradice la ciencia, sino que tergiversa la realidad.
Detrás de toda esa dialéctica se esconden los oscuros propósitos para reducir la población mundial, por cuanto las relaciones homosexuales son estériles por sí mismas. También busca destruir la institución tradicional de la Familia, la cual es el bastión que por años ha frenado la implementación de sistemas marxistas y totalitarios que propenden por la división del ser humano para apoderarse de su voluntad.
Es por ello que ven en la minoría homosexual a los sujetos de la "nueva revolución". No por nada han construido alrededor del colectivo que los agrupa, el LGBTI, toda una narrativa de opresión que les ha secuestrado el pensamiento en pos de la imposición de unas ideas anti-científicas y antinaturales.
Politizar el tema de la orientación sexual inventándose banderas para representar a cada grupo, así como teorías de género para justificar la imbecilidad de esa propuesta es un plan estratégico que conviene a unos cuantos poderosos. Todo un negocio lucrativo.
De ese tamaño es la insensatez. No veo a nadie ondeando una bandera por sentirse orgulloso de ser heterosexual. Pero si se hace de lo sexual una causa política, no es extraño que como en la religión o en el fútbol nos toque segregarnos en bandos contrarios para discutir quién tiene la verdad. En todo caso me parece un asunto del fuero interno.
Si los que no somos homosexuales hiciéramos uso de ese derecho de enorgullecernos por nuestra inclinación sexual, y saliéramos a marchar para reivindicar nuestra condición, la comunidad LGBTI nos acusaría de homofobia, de discriminadores, de odiadores. Sólo ellos se sienten con el derecho a hacerlo: reclaman la aceptación de la sociedad, tal vez porque no se han aceptado ellos mismos.
28/06/21





No hay comentarios.:
Publicar un comentario