sábado, 19 de junio de 2021

Perdimos todos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Leí hace poco un artículo sobre la importancia de asumir la derrota. Que hay que vivirla con la misma intensidad del triunfo, disfrutarla, si es del caso, porque se está ante una indiscutible oportunidad de aprender.

    De la derrota, dicen que hay que reconocerla con gallardía y aceptarla con estoicismo. Dicen que hay que tomarla con la misma calma con la que Sócrates tomó su sentencia de muerte. No hay que asustarse por ella.

    Ya lo dijo el viejo filósofo del fútbol, Francisco Pacho Maturana, cuando salió eliminado en primera ronda del mundial de Estados Unidos en 1994: “Perder es ganar un poco”. Y de cierta manera la frase se volvió célebre, y hasta cabía la discusión desde una óptica filosófica acerca de su veracidad, pero había que ser bien cara de palo para pronunciarla en medio de la decepción que tenían los aficionados y periodistas en ese entonces, cuando las expectativas por la selección Colombia no rebajaban de llegar a la final del mundial, porque pensábamos que éramos los mejores, y así nos fue. De eso ya han pasado 27 años y todavía duele recordarlo.




    Pero no es de fútbol de lo que vengo a hablar, sino de la derrota, ese ingrediente obligatorio y amargo con el que se prepara el plato de la vida. 

    Resulta que con la pandemia y con el “Paro Maldito” que ha sido financiado por el narcotráfico, Colombia se sumió más en la derrota. Ya desde hacía mucho veníamos en la rodada cuesta abajo, pero siempre se puede estar peor. Si el mundo de por sí quedó golpeado y todas las naciones (excepto una) perdieron económica y políticamente con el Coronavirus, no fue menor lo que ocurrió en nuestro país, al que no le faltan tragedias, y para colmo nosotros mismos le sumamos una.

    Todavía quedan los áulicos de la utopía, los que se sienten muy herejes porque atacan los resultados de un sistema lleno de falencias, aunque real y por tanto medible; y ensalzan una quimera impracticable que cuando han intentado ejecutar con sus resultados escabrosos, niegan que eso sea lo que defendieron. Son esos que vieron con buenos ojos la convocatoria de este paro que lleva más de cincuenta días (y que todavía hay quienes dicen que seguirán “en pie de lucha”), y que incluso celebran la estupidez evidente como los más despiadados apátridas. Pretenden hacer creer a la gente que esto ha sido una movilización social inmensa y que ha servido para defender los derechos de la ciudadanía.




    Es que definitivamente no faltan los Maturanas de la política que hoy afirman que el paro y los bloqueos nos han dejado enseñanzas muy valiosas y que el país ganó en conciencia social. Y que me disculpe Pacho, que esto no tiene nada que ver con él; sólo que quiero dejar sentado que perder siempre será perder, y en Colombia perdimos todos.

    Si algo hemos obtenido de estos últimos cincuenta y tantos días aciagos, ha sido una gran derrota. Sobre todo para el pueblo pobre al que los “manifestantes” decían representar y al que el gobierno dice defender. Por donde se mire hemos salido perdiendo. Perdimos empleos, poder adquisitivo, seguridad, confianza en las instituciones, la oportunidad de reactivar la economía y el derecho a circular con libertad. Y sobre todo perdimos las vidas de más de 17.000 compatriotas que fallecieron a causa del incremento en los contagios de Covid-19 originado en buena medida por las aglomeraciones que suscitan las protestas. Y las vidas de policías y civiles que segò la violencia. La economía a lo mejor se recupera, pero los seres queridos jamás volverán.




    Se sabía que de ese nefasto paro sólo iban a quedar las cenizas de una irracionalidad. Porque es tan irracional como  inmoral pretender que el mundo mejorará con la destrucción de lo que otros construyeron; con el desconocimiento de la historia que otros escribieron; con la aniquilación de las libertades y los derechos que otros conquistaron. Estamos viviendo al peor estilo Sartriano cuando decía el filósofo existencialista que “el infierno son los otros”. En verdad pareciera que la única fórmula fuera ver al prójimo como el enemigo a aniquilar; el culpable de nuestros fracasos.  

    Hoy, cuando entramos en la espeluznante cifra de casi 700 muertos diarios por Coronavirus y somos el tercer país del mundo con más contagios en veinticuatro horas, no podemos esperar otra cosa que la desalentadora perspectiva de seguir perdiendo. Perdiendo la vida y el país.

    Perdiendo hasta el miedo de morir, pero no porque seamos unos combatientes heroicos a los que ya nada asusta, ni porque estemos convencidos de librar la guerra en medio de este apocalipsis, sino porque se nos está desvaneciendo la esperanza. A muchos no les queda nada más para perder. Por ello les da igual entregar su vida o que la sigan perdiendo los demás.





    Pero ese no es el propósito de la derrota. En la vida, como en el fútbol, siempre existen las revanchas. Siempre habrá la posibilidad de redimirnos, y siendo sincero, creo que es lo único que podríamos hacer para no seguir cosechando descalabros. Propongo que a partir de mañana salgamos a ganar. Y no hablo del partido que jugaremos contra Perú por la Copa América, que por cierto no tiene la menor importancia, sino a ganar de verdad como ciudadanos de esta gran nación.

    Ya basta de seguir alimentando el fracaso histórico del país; ya no más ese pensamiento de malos perdedores que siempre buscan el culpable en los demás: el árbitro, el gobierno, el maestro, el padre de familia, el jefe, el policía, el político, el vecino. Cualquiera menos uno mismo. Hay que empezar por un acto de contrición y reconocer que gran parte de la culpa está en nuestro proceder de ciudadanos que de alguna u otra forma hemos tranzado con la indiferencia, la pereza, la ignorancia o la corrupción. Por cualquiera de esos caminos nos vamos al abismo.

    Urge cambiar primero la mentalidad. De ahí parte lo demás. Sabiendo que estos días han sido un infierno, se requiere hacer acopio de una madurez mental suficiente para sobreponernos a esta debacle y no permitir que vuelva a suceder. Que los azuzadores a los que no les importamos no nos vuelvan a convencer para liberar ese espíritu de ruina o ese odio que nos impide construir. Por ahí se empieza a ganar esta batalla: no caer en la provocación del enemigo, que es aquel que se disfraza de amigo para dar consejos.




        Es cosa de comenzar a pensar diferente. Entender que la exigencia de nuestros derechos hay que hacerla con sentido de altruismo. Es obvio que la violencia deslegitima las justas peticiones. De otro modo seguiremos enfrascados en la dañina división que nos impide ponernos de acuerdo para sacar adelante este país, y así vamos a seguir perdiendo todos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...