Leí hace poco un artículo sobre la
importancia de asumir la derrota. Que hay que vivirla con la misma intensidad
del triunfo, disfrutarla, si es del caso, porque se está ante una indiscutible
oportunidad de aprender.
De la derrota, dicen que hay que
reconocerla con gallardía y aceptarla con estoicismo. Dicen que hay que tomarla
con la misma calma con la que Sócrates tomó su sentencia de muerte. No hay que
asustarse por ella.
Ya lo dijo el viejo filósofo del fútbol, Francisco
Pacho Maturana, cuando salió
eliminado en primera ronda del mundial de Estados Unidos en 1994: “Perder es
ganar un poco”. Y de cierta manera la frase se volvió célebre, y hasta cabía la
discusión desde una óptica filosófica acerca de su veracidad, pero había que
ser bien cara de palo para pronunciarla en medio de la decepción que tenían los
aficionados y periodistas en ese entonces, cuando las expectativas por la selección
Colombia no rebajaban de llegar a la final del mundial, porque pensábamos que éramos
los mejores, y así nos fue. De eso ya han pasado 27 años y todavía duele recordarlo.
Pero no es de fútbol de lo que vengo a
hablar, sino de la derrota, ese ingrediente obligatorio y amargo con el que se
prepara el plato de la vida.
Resulta que con la pandemia y con el “Paro Maldito”
que ha sido financiado por el narcotráfico, Colombia se sumió más en la derrota.
Ya desde hacía mucho veníamos en la rodada cuesta abajo, pero siempre se puede
estar peor. Si el mundo de por sí quedó golpeado y todas las naciones (excepto
una) perdieron económica y políticamente con el Coronavirus, no fue menor lo
que ocurrió en nuestro país, al que no le faltan tragedias, y para colmo nosotros
mismos le sumamos una.
Todavía quedan los áulicos de la utopía,
los que se sienten muy herejes porque atacan los resultados de un sistema lleno
de falencias, aunque real y por tanto medible; y ensalzan una quimera impracticable
que cuando han intentado ejecutar con sus resultados escabrosos, niegan que eso
sea lo que defendieron. Son esos que vieron con buenos ojos la convocatoria de
este paro que lleva más de cincuenta días (y que todavía hay quienes dicen que
seguirán “en pie de lucha”), y que incluso celebran la estupidez evidente como los
más despiadados apátridas. Pretenden hacer creer a la gente que esto ha sido
una movilización social inmensa y que ha servido para defender los derechos de
la ciudadanía.
Es que definitivamente no faltan los Maturanas de la política que hoy afirman
que el paro y los bloqueos nos han dejado enseñanzas muy valiosas y que el país
ganó en conciencia social. Y que me disculpe Pacho, que esto no tiene nada que ver con él; sólo que quiero dejar
sentado que perder siempre será perder, y en Colombia perdimos todos.
Si algo hemos obtenido de estos últimos
cincuenta y tantos días aciagos, ha sido una gran derrota. Sobre todo para el
pueblo pobre al que los “manifestantes” decían representar y al que el gobierno
dice defender. Por donde se mire hemos salido perdiendo. Perdimos empleos,
poder adquisitivo, seguridad, confianza en las instituciones, la oportunidad de
reactivar la economía y el derecho a circular con libertad. Y sobre todo perdimos
las vidas de más de 17.000 compatriotas que fallecieron a causa del incremento
en los contagios de Covid-19 originado en buena medida por las aglomeraciones que suscitan las
protestas. Y las vidas de policías y civiles que segò la violencia. La economía a lo mejor se recupera, pero los seres queridos jamás
volverán.
Se sabía que de ese nefasto paro sólo iban
a quedar las cenizas de una irracionalidad. Porque es tan irracional como inmoral pretender que el mundo mejorará con
la destrucción de lo que otros construyeron; con el desconocimiento de la
historia que otros escribieron; con la aniquilación de las libertades y los
derechos que otros conquistaron. Estamos viviendo al peor estilo Sartriano cuando
decía el filósofo existencialista que “el infierno son los otros”. En verdad pareciera
que la única fórmula fuera ver al prójimo como el enemigo a aniquilar; el
culpable de nuestros fracasos.
Hoy, cuando entramos en la espeluznante
cifra de casi 700 muertos diarios por Coronavirus y somos el tercer país del
mundo con más contagios en veinticuatro horas, no podemos esperar otra cosa que
la desalentadora perspectiva de seguir perdiendo. Perdiendo la vida y el país.
Perdiendo hasta el miedo de morir, pero no
porque seamos unos combatientes heroicos a los que ya nada asusta, ni porque estemos
convencidos de librar la guerra en medio de este apocalipsis, sino porque se
nos está desvaneciendo la esperanza. A muchos no les queda nada más para perder.
Por ello les da igual entregar su vida o que la sigan perdiendo los demás.
Pero ese no es el propósito de la derrota. En
la vida, como en el fútbol, siempre existen las revanchas. Siempre habrá la
posibilidad de redimirnos, y siendo sincero, creo que es lo único que podríamos
hacer para no seguir cosechando descalabros. Propongo que a partir de mañana
salgamos a ganar. Y no hablo del partido que jugaremos contra Perú por la Copa
América, que por cierto no tiene la menor importancia, sino a ganar de verdad
como ciudadanos de esta gran nación.
Ya basta de seguir alimentando el fracaso
histórico del país; ya no más ese pensamiento de malos perdedores que siempre
buscan el culpable en los demás: el árbitro, el gobierno, el maestro, el padre
de familia, el jefe, el policía, el político, el vecino. Cualquiera menos uno
mismo. Hay que empezar por un acto de contrición y reconocer que gran parte de
la culpa está en nuestro proceder de ciudadanos que de alguna u otra forma
hemos tranzado con la indiferencia, la pereza, la ignorancia o la corrupción. Por
cualquiera de esos caminos nos vamos al abismo.
Urge cambiar primero la mentalidad. De ahí
parte lo demás. Sabiendo que estos días han sido un infierno, se requiere hacer
acopio de una madurez mental suficiente para sobreponernos a esta debacle y no
permitir que vuelva a suceder. Que los azuzadores a los que no les importamos no
nos vuelvan a convencer para liberar ese espíritu de ruina o ese odio que nos
impide construir. Por ahí se empieza a ganar esta batalla: no caer en la
provocación del enemigo, que es aquel que se disfraza de amigo para dar
consejos.
Es cosa de comenzar a pensar diferente. Entender que la exigencia de nuestros derechos hay que hacerla con sentido de altruismo. Es obvio que la violencia deslegitima las justas peticiones. De otro modo seguiremos enfrascados en la dañina división que nos impide ponernos de acuerdo para sacar adelante este país, y así vamos a seguir perdiendo todos.






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