El hecho
de sentirse como el mejor amante del mundo en los años más vigorosos de su juventud,
según su propio ego, le había otorgado un honor para sí con el cual no podía desentonar.
Se construyó una imagen de amador profesional con una antología completa de
aventuras que despachó sin tribulaciones y que quedaron incrustadas en lo mejor
de sus recuerdos núbiles. Recuerdos que formaban parte de un pasado que con cada
segundo se fue desvaneciendo en una idea vaga. La colección de clímax sexuales
poco a poco se agotó, y entendió el amante infalible que su gloria se hacía añicos
y el presente le enrostraba su fracaso estrepitoso como amante.
La
verdad es que nunca fue tan bueno como creyó serlo. Sus parejas de ocasión
siempre se daban de bruces contra el sinsabor que les quedaba después de la
experiencia con Don Juan.
Nunca, ninguna, experimentó el orgasmo como es debido; como decían las revistas femeninas que había que experimentarlo. Él tampoco tuvo la certeza de haber llevado al nirvana del placer a ninguna de sus conquistas, la mayoría pagadas con el vil metal que compra la felicidad de los amores empacados al vacío. Jamás ninguna dio las gracias ni le reiteró sus satisfacciones, ni conservó su número. Todas guardaron silencio y dejaron que el amante se convenciera de su falso poderío. Jamás ninguna quiso repetir con él, esbozando el argumento de no confundir los corazones y no ensuciar los sentimientos fraternos.
El
día en que más necesitó que su vara mágica hechizara el deseo de una doncella
memorable, lo traicionó el cuerpo. El amante infalible se enfrentó a su
realidad y tuvo que asumir con estoicismo la condena que le imponía su destino.
Nunca más se irrigarían sus campos para cosechar el ímpetu que lo llevara a
ganar las batallas cuerpo a cuerpo. Su terreno era un erial yermo que ya no
daba frutos.
Si por obra de la buena suerte lograba que una triste torcaza anidara en las sábanas de su cama, el amante sabía que aquella sería la primera y última oportunidad que tendría para desplumar la pajarita. Intentaba devorarla con las ansias de un gato que ha perdido sus colmillos y sus garras, y ha tenido que dejar la presa intacta. Cundía nuevamente el silencio y la vergüenza ajena, más por parte de ella, que de él, porque al amante infalible ya no le importaba su prestigio ni su vida. Ya no hacía nada por escapar de sí mismo, porque sólo la certeza de morir y olvidarse de las obligaciones de la carne era lo que le obsesionaba. Estaba hecho una piltrafa en las riberas de su soledad, padeciendo la Tristeza post-coitum sin siquiera el coitum.
Al amante infalible lo acompaña una melancólica
sensación de hartazgo y de inutilidad. No se duele de los placeres ajenos, sino
de su propia incapacidad para prodigarlos. La última vez que el azar quiso
recompensarlo, como una muestra clara de que Dios le da pan al que no tiene
dientes, no pudo desplegar su otrora destreza y se conformó tan sólo con besar.
Con el beso descubrió el amor. Y el amor lo llevó a aceptar que tenía que
multiplicarse en otros.
La
amante del amante infalible ha sido autorizada para tocar la puerta de encuentros
tangibles, ilegítimos y corporales. Ella lo disfruta todo en su presencia, descifrando
así los nuevos códigos del amor libre. Al llegar a casa, ambos satisfechos y hastiados
de las cópulas interminables, sobre todo ella, se recuestan uno junto al otro y
concilian el sueño en un reconfortante abrazo que los une en medio de la
desgracia y la fortuna. En medio de los arrumacos se reconocen en las almas, saliendo
a dar un paseo por las regiones encantadas de Cupido. Y ellos son felices
sabiendo que lo ingrávido de su amor, esas almas juguetonas, es lo único que no
compartirán con nadie.
El
amante infalible sabe que lo mejor está por venir. Que no es este mundo
material el escenario para desplegar toda su capacidad amatoria. Espera morir
pronto porque allá, en ese paraíso perdido de la inexistencia, está el lugar en
el que su espíritu podrá amar libremente hasta la consumación de los tiempos,
cuando por fin el cuerpo se separe, y la carne se haya transformado en polvo.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario