sábado, 10 de julio de 2021

CIDH, Comisión Interamericana de Derechos de Hampones

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    El pasado miércoles 7 de Julio salió a la luz el informe que la CIDH (Comisión Interamericana de Derechos Humanos) realizó tras su visita a Colombia con motivo del mal llamado Paro Nacional en el que se presentaron los graves hechos de violencia que ya conocemos: bloqueos de vías, vandalismo, terrorismo, y la alteración en general del orden público en el país.

    Lo que vivimos los colombianos durante los meses de mayo y junio todavía no ha finalizado por completo, ya que la amenaza de eso que podría considerarse el nuevo grupo terrorista llamado “Primera Línea”, todavía sigue latente. Porque en mi opinión, esto es ese colectivo surgido de las protestas, que no son tales, sino una toma guerrillera urbana.




    El informe, como esperábamos, es totalmente parcializado y favorable a los agresores en lugar de defender a la ciudadanía y a los policías atacados que también tienen derechos humanos. Si la CIDH vino a Colombia, fue porque el gobierno del presidente Duque autorizó su entrada y confió en que serían objetivos e imparciales, porque no había nada que ocultar por parte de sus instituciones ni era cierta la narrativa de la izquierda sobre los abusos sistemáticos de autoridad de la policía y el ESMAD contra los “manifestantes”. De facto, valdría la pena recordarle a la CIDH que es el Estado el que tiene no sólo el derecho, sino el deber de usar la fuerza cuando la protesta se torne violenta y se accionen las vías de hecho. En ese momento el ejercicio de la manifestación se convierte en una violación de los derechos de otros. Es algo tan obvio que uno no debería gastar las energías escribiendo una columna de reclamo a la CIDH.

    Qué equivocados estaban el presidente y sus funcionarios de gobierno por pensar que una comisión que se basa en los informes que les dan ONG’s y medios de comunicación sesgados y alineados con la internacional comunista y el globalismo, financiados en su mayoría por la Organización de Sociedades Abiertas del vejete Soros; iba a ser objetiva, parcial y justa. Además de que los funcionarios de esta comisión gustan de hacerse fotografiar sonrientes con algunos políticos izquierdosos que promovieron y alentaron toda esta debacle, todo ello mientras estos funcionarios estaban de paseo por Colombia documentando la película que posibles libretistas de novelas de narcos les narraron.




    La CIDH fue más allá, y ni siquiera los promotores del paro tuvieron tantas agallas para decir semejante cantidad de mentiras. Porque estos mamertos internacionales invirtieron la realidad para que el mundo viera sólo lo que ellos quisieron ver, al mejor estilo del emperador del cuento de Andersen; el mismo que va desnudo creyendo que tenía un vestido mágico y al que sólo la sinceridad de un niño tuvo el valor de contrariar.

    Así son estos sujetos de la CIDH. Basta saber su origen y su filiación política para entender el objetivo que persiguen. Adscritos a la ONU, de la que no se puede esperar sino manipulación e intromisión en la soberanía de los países, hacen todo lo posible por producir un discurso que vaya en contravía con las instituciones democráticas, porque de lo que se trata es de debilitarlas, de modo que el sistema se desmorone y entre a gobernar un grupo de poder afín a sus intereses. Duque parece ser uno de sus lacayos. No de otra forma se puede uno explicar que haya sido tan condescendiente cuando aceptó que vinieran a Colombia para elaborar un informe en el que atacan a su propia policía. Pero tal parece que él les ha obedecido en algunos lineamientos por miedo, y necesitan uno que les obedezca por convicción. Que sea un agente mucho más volcado hacia la corriente zurda, y ya lo deben tener en la mira.     




    Del informe no es mucho lo que se pueda decir. Está publicado en la página oficial o en cualquier portal noticioso. Ahí se puede leer como si fuera un documento precioso, pero es tan solo un escrito basura.

    La CIDH comienza por cambiar el lenguaje, por ejemplo, y usa el eufemismo para suavizar el delito. Ya sabemos cómo la izquierda sabe utilizar las palabras como arma de manipulación. A los bloqueos les dice “cortes de ruta”, como si fuera una cuestión inocua en la que simplemente se corta un paso con la justificación de protestar y ya, como si aquello no infartara todo un país que ve paralizado su desarrollo económico. Y lo peor es que los avala como una simple expresión de la protesta, qué cinismo.

    Tampoco toma en cuenta los informes del estado colombiano con relación a los actos de vandalismo y terrorismo, eso no lo ve. No ve la agresión a los agentes de la Policía, ni los ataques a las ambulancias que llevaban niños que dejaron morir. No dice nada de los incendios al sistema de transporte, los saqueos a los comercios, la quema de edificios públicos y el atentado contra el patrimonio cultural. No emite una mísera opinión del motociclista que fue degollado con un alambre atravesado de lado a lado de la vía en inmediaciones del Portal de las Américas en Bogotá; no se pronuncia sobre la quiebra de cientos de empresas, el desabastecimiento, el desempleo generado y la tragedia económica para una nación en quiebra. No, eso no es importante para la CIDH. Para ellos lo grave fue que la fuerza pública intentara reprimir a los “manifestantes” que simplemente tiraban bombas molotov porque necesitaban expresarse. Hablan de un presunto vandalismo, pero que no se puede comprobar. Lo que para ellos sí es comprobado es el abuso de autoridad, que dan por cierto. Es que además se extralimitaron en sus funciones y oficiaron como jueces por adelantado.



    Y qué decir de sus recomendaciones en asuntos internos de Colombia. Ahora resulta que la CIDH es la que dice que el gobierno tiene que cumplirle a las Farc con los acuerdos de La Habana, como si ya no le hubieran cumplido lo suficiente. Y que la Policía debe estar a cargo del Ministerio del Interior y no del de Defensa, desconociendo totalmente que en la historia del país tuvimos una policía política que nos hizo un grave daño durante la época de la violencia partidista, precisamente porque era un cuerpo armado político y no civil, como lo dicta nuestra actual constitución. Incluso, aunque sea el Ministerio de Defensa quien la regenta, la Policía Nacional no tiene formación y entrenamiento de carácter militar, sino civil.




     Cabe recordar que el Sistema Interamericano de Derechos Humanos se compone de dos cuerpos. Uno es la CIDH, que no es un órgano jurisdiccional, sino de observación y verificación, y el otro es la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que sí es un tribunal de justicia. La primera genera informes con conclusiones y recomendaciones; la segunda genera sentencias de obligatorio cumplimiento para el estado colombiano, porque Colombia es miembro de dicho tribunal y por tanto se somete a las decisiones de esa corte. Ese será el segundo paso, cuando la Corte Interamericana emita las sentencias que obliguen al estado a cambiar todas sus políticas, sus leyes a través de una nueva Constitución; a suprimir su cuerpo policial, a entregar la soberanía de su poder judicial y hasta de su territorio si fuere el caso. Cualquier decisión que favorezca a los enemigos del sistema democrático para quitarle fuerza al pueblo.

    Así las cosas, el globalismo tendrá pista libre para implantar aquí su agenda contra la Familia, el Estado y la Religión, esas súper estructuras que tanto odian los marxistas. Hay que acabarlas, según ellos. No importa si la sigla CIDH, en últimas, se termina transcribiendo como la Comisión Interamericana de Derechos de Hampones.




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