La gente habla del prójimo cuando está
ausente. Uno hace lo mismo cuando los demás no están escuchando. Siempre he querido
hacerme invisible y acercarme con maña para saber lo que dicen de mí. Tal vez
no me causaría sorpresa si emiten un juicio negativo.
Uno piensa que es de una manera, pero los
demás suelen conocernos mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Ellos
nos ven desde afuera, nos miran desde el cuerpo ajeno y son capaces de identificar
el tipo de persona que somos, que puede ser muy diferente al que nosotros
pensamos.
Uno, en cambio, se ve desde adentro, desde
lo que cree ser. Tal vez se pretenda engañarse a sí mismo, pero los demás saben
cuándo estamos mintiendo. (A no ser que uno sea un actor del carajo: en ese
caso se requiere de muchos años de práctica en el engaño).
De todas maneras las mentiras se caen por
su propio peso. En mi caso es muy fácil descubrirlo. Soy muy malo para mentir,
y por eso me abstengo en lo posible de hacerlo. Además de que no le veo mucho
sentido a eso de cambiarle la percepción de la realidad al otro cuando la de
uno está irreparablemente trastocada.
El problema es que también la verdad que
manifiesto resulta en muchas ocasiones difícil de creer. Y cuando ya no le
creen a uno ni la verdad, no queda de otra que amistarse con la soledad,
visitar al psiquiatra, o tratar de convertirse en escritor. Esto último lo he
intentado varias veces y al parecer es la fórmula ideal para terminar siendo
honesto. Escribiendo es la manera que encuentro para ser siempre coherente.
De mí dicen que debo tener algún problema,
que porque no es normal que un tipo a la edad mía piense como pienso, viva como
vivo, le guste lo que me gusta, y diga lo que digo. Y yo le digo a los demás
todo lo contrario: que soy tan exacerbadamente normal para esta sociedad, que
de seguro voy a terminar enloqueciéndome.
De mí podrán decir muchas cosas, o peor aún, no dirán nada, y yo creyendo que soy tan importante como para estar en boca de otros. Me recuerda a la cantante popular a la que le resbala que hablen de ella: “que hablen de mí, que hablen de mí, eso no me importa…”. Intuyo que lo que ella quiere es que hablen, mal o bien, pero que hablen, porque siendo invocados por el pensamiento de los otros somos revalidados como entes corpóreos que están presentes, que dejan marca. Lo triste es que nadie se acuerde de uno.
Por eso si de mí hablan y emiten cualquier
concepto, no saben cómo le agradezco al que lo haga. Por lo menos eso quiere
decir que alguien me recuerda. Si lo que se dice es bueno me confirma una
imagen positiva ante un tercero. Si lo que se dice es malo, me da la
oportunidad de demostrar cuán equivocado (o acertado) está el interlocutor.
Así está la cosa. Es increíble hasta qué
punto se necesita de los demás para que nos reafirmen. Es lo mismo que sucede
en las redes sociales cuando la avidez de likes
es lo que nos mueve en un mundo que ni siquiera es real, aunque cada día
absorba más nuestra realidad.
Y es que tomó tanta fuerza la importancia de la revalidación de los demás, que ya hasta lo convirtieron en mandato irrefutable con nombre de “políticas de género”. Ya saben a qué me refiero; a esa imposición de reconocer al otro como él quiere reconocerse y no como es en realidad. Y todavía peor, de aceptarlo y darle privilegios porque supuestamente los que no somos como él lo hemos oprimido en el pasado.
De mí dicen que he fracasado en la vida,
que soy un hombre triste, un pusilánime, un bueno para nada, un sin carácter,
un resentido. Mal haría yo en tratar de defenderme y obligar a la gente a que
me vean como yo quisiera que me vieran, ni más faltaba. La realidad no se puede
negar. Al contrario, me encanta tener esa imagen tan negativa en el pensamiento
del prójimo, pues eso me da la agradable libertad para no tener que quedar bien
con nadie. Nada mejor que se hable mal de uno, que piensen lo que quieran
pensar. No hay que mover un dedo para cambiar el concepto de la gente.
Yo, por mi parte, trato de vivir en
consonancia con esa idea que los demás tienen de mí, pero por más fracasado y deprimido
que intente sentirme, la verdad es que nunca me siento tan feliz y exitoso como
cuando estoy solo, conmigo mismo, en mi
palacio de cristal que es mi casa. Sólo me hace falta tener a mi padre vivo, aquí a mi lado para que la dicha sea completa.
Yo no sé, pero la posibilidad de tener todo
el tiempo libre para dedicarme a hacer lo que me gusta es el único éxito que yo
puedo concebir. El resto es un premio extra en caso de que me llegue (el
dinero, la pareja, la posición social). Cuando se está dispuesto a pagar el
precio de la ignominia por la pasión que a uno lo mueve, poco importa la opinión
de los demás. Hay quienes necesitan mucho para sentirse feliz. Otros tal vez
nos conformemos con poco, pero ese poco es el todo en el que se nos va la vida.
Y están los que piensan lo contrario: que
soy un afortunado, un soltero sin compromiso, un consentido de mami, un hombre
que lo tiene todo por delante para triunfar, un privilegiado del sistema, un
talentoso en potencia que si no ha llegado lejos es porque no ha querido. En
últimas, un hombre feliz.
Cualquiera de las dos posiciones es válida
y la acepto. Lo importante es que yo mismo sepa quién soy; qué decir de mí, o
más bien qué escribir, que para efectos de la verdad, me resulta mucho más
conveniente lo segundo.
Por el momento me tranquiliza saber que de
lo que urjo no es de compañía, sino de autodominio para no dejarme llevar por
las pasiones ni por el desbocado temperamento de mi personalidad, y llegar así
a reaccionar como un iracundo. Por el momento está todo en calma, aunque no sé
si el día de mañana explote. Por el momento cualquier cosa que se diga es
ganancia. Ya veremos si mañana pensaremos igual.





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