Todo en la vida son relatos. A veces de héroes,
de anónimos, o de simples individuos con nombre y apellido. También los hay de colectivos
que representan pequeñas aldeas, naciones, y hasta universos mitológicos que dieron
paso a la fundación de otros relatos.
Y esos relatos con el tiempo se convierten
en metarrelatos. El prefijo “meta”, que quiere decir “más allá”, en este caso
nos induce a pensar que detrás del escenario en el que se recrea el mundo, se
descubren conocimientos y experiencias (a veces proporcionados por otros) que hacen
posible la vivificación de lo que se está contando; algo así como el relato del
relato: eso es lo que llamamos el metarrelato.
A lo largo de la historia nos habremos
topado con muchos de estos metarrelatos: el marxismo, el capitalismo, la teoría
de la Riqueza de las Naciones, la democracia, la reencarnación, y hasta el
mismo cristianismo. No se puede entender ninguno de estos si no se entienden las
raíces de los principios que los cimentan.
El metarrelato del que vengo a hablar hoy
parte de otro más grande que se llama darwinismo, y es el que se conoce desde
1960 como “ecologismo”. Primero se consideraba una disciplina. Luego pasó a ser
una política de estado debido a un episodio de contaminación en Estados Unidos
que detonó en un discurso de izquierda. Hoy deviene religión: el hombre debe entender
que no sólo tiene que ser responsable de su propia vida, sino de la del otro, y
que por ello está en la obligación de proteger el espacio en relación con sus
semejantes: cuidar el medio ambiente.
Como todo metarrelato hijo del modernismo,
este también está llamado a aniquilar el espíritu del hombre. O tal vez a
transformarlo, a volverlo uno solo con la ecología. De esta forma se abrió la
puerta a la prédica de la nueva religión y los oficiantes de ella enfilaron
baterías y afilaron sus tenazas para ganar muchos adeptos a su causa, condenando
a quienes no practiquen su fe.
Porque si hay algo que caracterice a los
ecologistas obstinadamente fervientes en su lucha, es una postura eminentemente
cientificista y pagana que ve a la religión (la cristiana) como un freno moral.
De ahí que el trabajo que venían haciendo los marxistas tenía que terminar de
hacerse, ahora con los postmodernistas, los nuevos enemigos del ideal de Marx y
Engels, y del mismo Jesucristo. De absolutamente todos los pensamientos, por
cuanto para ellos toda teoría, todo metarrelato, se desvirtúa por el solo hecho
de haber sido creación del hombre. La misma idea de la existencia de un Dios
les resulta escabrosa. Ese poder “superior” no puede ser considerado como el
dador del derecho natural. Hay que eliminarlo y dejar al hombre sólo con su
raciocinio, sin que un ente externo lo regule.
Y sucedió que este movimiento político, social y ecológico de la defensa del medio ambiente también se instauró en la fe. En él operan todos los elementos fundantes del metarrelato que se construye alrededor de la religión: el rito, la profecía, el pecado original, el paraíso prometido, el apocalipsis, el libro sagrado, el apóstol, el profeta y el anti profeta[1]. El rito, representado en la veneración a la Gaia o a la Pachamama, la diosa madre tierra protectora de la naturaleza. La profecía, que trae consigo el fatalismo del cumplimiento de un castigo divino consignado en La Bomba Demográfica. El pecado original, equivalente a la culpa que tenemos todos los hombres que nacimos bajo la hegemonía del sistema capitalista. El paraíso prometido, cimentado en el mito del “Buen Salvaje”, que al final logra vivir feliz en el edén; o en las promesas del New Green Deal. El apocalipsis, que en este caso es sustituido por el presente alimentado con el terror de las distopías y las amenazas de los desastres por venir. El libro sagrado, que podría estar entre La Primavera Silenciosa de Rachel Carson o la misma Bomba Demográfica, y ¿por qué no?, la Agenda 2030, la cual ofrece una solución de redención muy propicia para la felicidad mundial. El apóstol, que traído al credo del ecologismo vendría a ser el activista de plaza pública con pancartas y arengas para predicar las buenas nuevas. El profeta, encarnado en los ideólogos iluminados como Rachel Carson, Paul R. Ehrlich, Chico Méndez, Greenpeace, Bird Life International, Amigos de la Tierra, entre otros; también Al Gore, y recientemente la profetiza Greta Thunberg; esa niña malcriada y bien paga que hace pataleta en todo foro al que la invitan. Y por último, el anti-profeta, en lo que en la religión de occidente vendría a considerarse como el anticristo, el opositor del movimiento, el que es llamado diablo y ser humano: el hombre.
Y para ello es que se construye un nuevo sujeto ideológico; para enfrentarse al enemigo común de todos los movimientos nacidos de la convergencia entre el socialismo y las causas ambientales: el ecosocialismo, el ecofeminismo, el ecoindigenismo, el animalismo, el ecoanarquismo, etc. Y ese enemigo es nada más y nada menos que la sociedad industrial, el capitalismo como sistema económico.
Por tanto, para alcanzar la gracia de la
visión biocentrista en la que prevalece la ecología sobre el hombre, siendo este
apenas un engranaje; se precisa abrazar el credo verde y expiar las culpas motivadas
por ser parte de ese colectivo llamado humanidad. Porque lo importante es la biósfera,
el espacio externo, la Madre Tierra como deidad sobre la que se establecen
todas las creencias y la fe de los hombres. Porque creer en una idea significa
creer que es la realidad.
Así es el metarrelato del ecologismo radical, entendido como una realidad que se impone sobre las naciones, deslegitimando la producción y la vida misma de las personas, dominando la conciencia de la sociedad con una narrativa que coloca a la creación por encima mismo del Creador.
[1] Horacio Giusto, La Sacralización
del Ecologismo
https://fundacionlibre.org.ar/la-sacralizacion-del-ecologismo/






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