Como todo aspirante a poeta tengo la fortuna de contar con una ventana
cerca para mirar las estrellas en la noche. Nunca he podido concebir un solo
verso digno de publicarse, pues es más el tiempo que paso mirando el firmamento
que el que dedico a escribir, pero me conformo con apreciar la inmensidad de la
oscura bóveda que nos cubre cada noche, sobre todo cuando hay luna y las
estrellas resplandecen formando figuras que sólo entienden los estudiosos.
En
esa apreciación es cuando descubro que los humanos somos una parte ínfima de la
Creación. Perfectos en nuestra constitución, pero diminutos e insignificantes
frente a la infinitud que nos rodea. Somos casi nada, por no decir que nada. Y
aunque los logros de la raza humana sean magnificados en la historia de nuestra
especie, la verdad es que no debemos pesar mucho en el ámbito del universo. Un
sólo parpadeo de una de esas estrellas lejanas, y el planeta podría congelarse
por la glaciación. Un pequeño desplazamiento del eje de traslación de la Tierra
que nos acerque o nos aleje de nuestra estrella principal, el Sol; y arderíamos
como la hierba seca, o en su defecto pereceríamos solidificados ante la falta
de luz y de calor.
Parece que ese parpadeo de luz solar o esa tenue alteración del eje planetario
se están presentando ya en la Tierra y no queremos darnos cuenta. O nos damos
cuenta pero poco nos importa. Es como si estuviéramos en un vehículo sin frenos
que va directo al precipicio y nadie hiciera el menor esfuerzo para desviar su
rumbo aunque de todas maneras nos tengamos que estrellar con algo.
Y
no me refiero solamente al colapso del planeta físico que parece inminente,
sino a la debacle en la que se encuentran sus habitantes: la pérdida de la
dimensión espiritual, el vacío existencial, nuestra ruina moral.
Porque a pesar de ser tan insignificantes en la composición material del universo, los seres humanos nos creemos los reyes de la Creación. ¿Hay otra especie más absurda, egocéntrica y arrogante que la especie humana? No lo creo. Quienes poblamos actualmente el planeta estamos contaminados por un veneno llamado individualismo. Otros lo llaman egolatría, y algunos modernos lo reafirman como identidad. ¿Estoy diciendo con esto que me parece malo que el ser humano sea una persona autónoma, de pensamiento independiente, que tenga aspiraciones y realizaciones propias y que quiera distinguirse del resto a partir de su cosmovisión y su esfuerzo personal? De ninguna manera. Si algo defiendo en la vida es la posibilidad de ser uno mismo, de luchar por sus propios ideales y de tener la libertad para decidir ser lo que se quiera ser sin afectar con esto la libertad ajena. Si algo resalto es que los hombres somos, ante todo, seres únicos e irrepetibles, y por lo tanto esa individualidad nos define.
El
problema es cuando le asignamos a nuestro propio Yo el carácter mutuamente
excluyente con relación a la existencia de los demás. En otras palabras, pensar
que somos el centro de la galaxia, que todo gira en torno nuestras necesidades,
expectativas y anhelos. O como cantaba Alberto Cortéz, olvidar que somos los demás de los demás. Y en esa intención
de creernos superiores, mejores que otros de la misma especie y de especies
diferentes, más inteligentes, más fuertes, más bellos, más ricos, más valiosos,
más merecedores del aire que respiramos; no podemos olvidarnos que tenemos como
punto de llegada una meta ingrata que nos equiparará a todos en la misma
condición: la muerte, la más democrática de las realidades.
Porque
a pesar de que somos toda una legión de criaturas diversas y desiguales por
naturaleza (solamente iguales ante los ojos de Dios), es menester acordarse de que
seremos siempre iguales en la muerte. Allí ninguno será mejor que otro, ni más
inteligente, ni más bello, ni más adinerado.
No
contentos con saber que no seremos más que polvo mientras estemos muertos, los
humanos somos esa raza absurda que cree tener el exclusivo privilegio de la resurrección
o la reencarnación, como si fuéramos almas gloriosas: los únicos, los elegidos;
desconociendo que en la vastedad del cosmos podrían existir infinidad de
criaturas que nos estarían acompañando desde hace millones de años sin saberlo.
Porque es inconcebible pensar que estamos solos en el ancho universo. Eso
equivaldría a decir que el mundo solamente es Europa, como se creía en el
Medioevo. Somos tan arrogantes y prepotentes, que ya nos sentimos dueños de la
parte del espacio que no conocemos, como si fuéramos la única especie
dominante, incapaces de comprender que en cualquier momento un agujero negro
nos podría tragar sin que quede el menor rastro de nuestro paso por el planeta
De
modo que pretendemos hablar de progreso, de historia, de avances científicos,
de revoluciones, de adelantos, pero en el fondo no sabemos ni qué somos, ni de
dónde venimos, ni para dónde vamos. Aun así queremos andar por la vida mirando
por encima del hombro y pordebajeando
a los semejantes, sintiéndonos las estrellas de una realidad sin siquiera saber
alumbrar a nadie; creyéndonos el cuento de que somos especiales y a la postre
terminando los días fatigados de aparentar ser lo que no somos, de intentar
atrapar la felicidad que se nos diluye como agua entre los dedos; esperando
caer en el abismo del sueño profundo para ver si en esa dimensión de la
inconsciencia logramos ser mejores hombres y mujeres, pero tampoco. Despertamos
y descubrimos que seguimos vibrando en la misma frecuencia baja que no nos
permite salir de la mediocridad que nos envuelve con su manto. Despertamos y no
comprendemos lo que pasa en el mundo de afuera, porque ni siquiera hemos tenido
la capacidad de entender el de adentro: nuestro mundo interior que se cae a
pedazos dejando en el lugar de la edificación de nuestros principios y valores
el vacío sepulcral.
Debido a que hago parte de esa cofradía de entes que deambulan por la vida sin saber exactamente a qué vinieron al mundo, opto por reconocer que posiblemente no he venido a nada importante, que no tengo por qué ser un llamado del poder superior ni un elegido. Me basta con saber que vine para ser un engranaje más de la cadena que mueve al universo. Que soy una chispa minúscula que brilla por un momento y luego se desvanecerá en la oquedad de un agujero. Porque si algo tenemos que aceptar, es que no es tan importante hacernos felices a nosotros mismos si estamos permeados por la mezquindad y el egoísmo, sino hacer de la vida de los otros un lugar menos hostil en la realidad que nos atañe.
Es que
no somos nada: apenas una huella del camino lleno de pasos; una tenue lucecita
para conformar la gran lámpara en la que la mayoría de los fusibles están apagados;
un grano de arena que se pierde en el fondo del mar o que se suma a otros para convertirse
en playa, pero al fin y al cabo un simple grano.
Eso somos, incluso cuando menospreciamos a los otros y nos asumimos superiores: apenas una gota, un punto diminuto en el vacío, un chispazo que nadie nota, un recuerdo que pasó a la historia que ya nadie recuerda… nada.





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