Suele
suceder. A veces a uno lo convidan a un paseo institucional, a una fiesta de
vecinos, a una reunión familiar, o a la misma discoteca en compañía de una cuadrilla
numerosa. En esas comitivas por lo general están presentes amigos y familiares de
vieja data, las novias de los amigos, las amigas de las novias de los amigos y
a veces uno que otro amigo de ellas. En síntesis, con lo que uno se encuentra
en el evento es con un grupo nutrido de gente mayoritariamente desconocida.
Cualquiera que sea el motivo de la celebración, escasamente se tienen
referencias de los que están sentados en torno a la misma mesa compartiendo,
digamos, una cena especial o casi siempre una botella de licor. Al final los forasteros
terminan haciéndose amigos también de uno, o muchas veces después de la reunión
acontece que “si te ví no me acuerdo”, pero todo es posible.
No importa si se comparte con familiares, amigos, extraños, o con apenas conocidos. Al final habrá algo que nos hermanará a todos bajo la misma circunstancia: la cuenta.
Ya
sea la cuenta para pagar el consumo en un bar, en un restaurante, o la cuota
que hay que aportar para que los que se encargaron de comprar los ingredientes
de la comida o las viandas del paseo no salgan tan tumbados. Es muy común que
el que arma la francachela con ánimo festivo y conciliador al final sea el que
más tenga que poner por aquello de los que llegan sin previo aviso, de los que se
aparecen sonrientes de la mano de los invitados (siendo ellos presentados como
el hijo del vecino de la comadre) …o de los que se emborrachan, se tumban en la
mesa, y a la hora de pagar no son conscientes de su existencia; no saben
quiénes son ni por qué están allí, y si tienen que hacer creíble su acto, hasta
son capaces de devolver atenciones encima de los platos, del mantel, los
bolsos, y todo cuanto se encuentre cerca. Alguien se apiada del borrachito y lo
saca del lugar, y aprovechando el papayazo,
ya son dos cuotas las que se pierden.
Tanto los colados como los que se hacen los ebrios, los que se cargan la
comida con la excusa de llevarle al que no estuvo, los que no ponen plata pero la
quedan debiendo y jartan igual, los
que no llevan lo que prometieron, en fin, los que se hacen los locos; todos
ellos pertenecen al grupo de los que yo llamo los descarados, los conchudos,
los vidabuena, los vivarachos, los
avispados, los que “no saben nada” pero lo saben todo. Y vaya que me he topado
en la vida con ejemplares de esta especie.
Resulta que no siempre son los advenedizos o aquellos que apenas distinguimos los que nos hacen la jugarreta de no aportar lo justo. A veces nos tumban nuestros amigos más queridos o nuestros familiares más allegados. No es usual en mi caso, pero alguna vez me pudo haber pasado con un amigo de farra. Una noche nos quedamos de encontrar para hablar carreta y tomarnos unas copas. Mi amigo me citó en un bar a una hora determinada y allá le llegué yo. Cuando lo vi estaba con la novia, ambos sentados en el lugar desde hacía rato tomándose una botella de ron a la que ya le faltaba poco más de un cuarto para extinguirse. Inmediatamente lo presentí: a mí me correspondería beber del cuartico de ron que todavía quedaba, pero a la hora de pagar me correspondería hacerlo en proporción a toda la botella como si hubiese estado desde el inicio de la reunión, teniendo en cuenta que yo llegué una hora después que ellos. Sospeché que no habría división de la cuenta entre tres, como hubiera sido lo justo, pues la novia de mi amigo también tomaba del mismo ron, muy a su estilo, con botellita de coca-cola aparte, que obvio, también estaría incluida en la misma factura (y aquella mujer sí que resultaba ser una garganta de cuidado). Como me lo supuse, la cuenta fue dividida en partes iguales entre mi amigo y yo por aquella costumbre machista de que a las mujeres no se les debe pedir un peso, y eso que ellas trabajan y ganan muchas veces más que nosotros. La cuestión ventajosa para mi amigo es que él estaba disfrutando con su novia mientras que yo andaba solo, pero ambos aportando por igual. En conclusión, un duelo de copas de dos contra uno: tuve que asumir la mitad correspondiente de aquella novia ajena que además incluía en sus peticiones cigarrillos y chicles para engrosar el importe. Pues sí, esas son las situaciones en las que uno termina cabeceado, porque rico así, salir con la novia y que otro ponga la mitad de lo que haya que pagar.
Pero como uno está pasando bueno y se consuela con que esos momentos de
integración no se ven todos los días, se dejan las cosas así y el bolsillo se
da al dolor asumiendo con benevolencia la mitad de una bebida ya empezada y
unos pasantes que ni siquiera uno consumió. Todo por preservar esa bonita
amistad y no generar discordias.
Lo
malo es que quien no muestra su inconformidad en el acto volverá a ser víctima
de lo mismo en una segunda y en una tercera ocasión, y en todas las que
resulten de ahí en adelante, porque después de que se la hagan a uno la primera
vez, se la seguirán haciendo por los siglos de los siglos.
Yo aprendí
la lección luego de muchos sinsabores, pues los pocos amigos que me quedan ya conocen
de mi fea manía de sacar calculadora a la hora de pagar la cuenta: esa actitud
tan de mal gusto pero tan equitativa y
salomónica.
Hoy
día las situaciones de este tipo suelen resolverse a través de la mentalidad
colectivista, cosa que no comparto mucho. Seguimos siendo una sociedad a la que
le gusta aparentar. Para demostrar que somos amplios cedemos a la división de
la cuenta en partes iguales, aceptando conformes lo que nos corresponde sin detenernos
a pensar cuánto de ese valor realmente es el que es justo cancelar.
En
Estados Unidos y los países del primer mundo se acostumbra pagar a La Americana, es decir, miti y miti. Así opera incluso para las
citas románticas, pues las mujeres son independientes y ellas aportan por igual,
sin complejos ni presunciones machistas.
La
sociedad colombiana es un poco más diferente: aún albergamos rezagos
patriarcales que se han quedado incrustados en el ADN de nuestra idiosincrasia.
La mentalidad conservadora poco a poco va cayendo en desuso a medida que nos
identificamos más con el espíritu moderno y libre que nos ejemplifican desde
afuera en lugar de la tradición romántica y parroquial que nos enseñó durante
mucho tiempo que “el hombre es el que paga, y por tanto es el que manda”. Ya
son otros tiempos. La estructura social y económica, a Dios gracias, se ha
modificado: hombres y mujeres se equiparan en la escala salarial y en las
oportunidades laborales; sólo que a veces, por perpetuar la queja conveniente
de la desigualdad, nos negamos a reconocer que el mundo está cambiando.
A
mí, que no soy tan moderno ni tan conservador, me gusta el método de pago
individualista, no el colectivista. Y así debiera ser para todo. No es justo
que se tenga que prorratear a otros el monto de quienes no aportaron lo debido,
o que en aras de fraccionar el total en partes iguales, a alguno le carguen el
valor de más que otro se consumió.
Por
eso yo aspiro algún día a poner en práctica mi propia filosofía a la hora de
distribuir la cuenta en una reunión con amigos: la filosofía a la Giraldo Trejos: que
cada quien pague lo que se coma.
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