sábado, 11 de septiembre de 2021

Una lucha desigual

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Celine Provost es una atleta francesa de 35 años con más de diez años de experiencia en la disciplina de las artes marciales en la categoría peso pluma. Ha competido en varios torneos internacionales como el Lucha al 100% 25-Diez Años y el Challenge MMA 18/18 con resultados no muy halagadores, aunque eso sí, asegurándose un nombre de respeto en el campo de este deporte.

    Durante el pasado Combate Global Pérez Vs Roa que se llevó a cabo en los estudios Univisión de Miami, Florida, la atleta francesa, a pesar de su recorrido, no pudo hacer mucho en el combate que tuvo que sostener contra su rival, la luchadora norteamericacana Alana McLaughlin, de 38 años, debutante en el campeonato y sin ninguna experiencia previa, quien doblegó a Provost en su primera pelea con un estrangulamiento que la dejó fuera de combate, demostrando una superioridad evidente sobre la recorrida deportista. ¿Qué le pudo suceder a la reconocida luchadora francesa para que una recién aparecida la venciera con tal contundencia? ¿Acaso ha bajado la guardia con su entrenamiento, su disciplina, o quizá se encuentra en un declive en su rendimiento? ¿Alguna lesión la tiene disminuida?


  



    Nada de eso. La derrota sin precedentes que sufrió Celine Provost a manos de Alana McLaughlin se debe con toda seguridad a que la primera no compitió en igualdad de condiciones. En otras palabras, Provost no luchó contra una mujer, sino contra un hombre; contra la segunda luchadora transgénero de la historia[1]. Y no cualquier luchadora: nada más y nada menos que contra un ex sargento del ejército de los Estados Unidos en 2003 que estuvo combatiendo en Afganistán, en el grupo Élite de las fuerzas especiales, condecorado ocho veces y resaltado por su valor, sólo que en aquella ocasión no era una mujer, sino un hombre de nacimiento. Luego de realizar la transición de sexo comenzó a practicar artes marciales mixtas y se auto percibió como mujer, logrando así que lo dejaran competir en una categoría para la cual no estaba diseñado por naturaleza.

    El enfrentamiento que generó polémica es a las claras la lucha entre un hombre biológico y una mujer. Las imágenes son desgarradoras: la luchadora que ha salido derrotada jadea literalmente sobre el charco de su propia sangre, extenuada de darlo todo contra un imposible.

    Basta con mirar el video de la pelea para darse cuenta de las diferencias anatómicas que saltan a la vista y que solamente los imbéciles que promulgan aquel discurso romantizado de la “inclusión” se niegan a aceptar: el hecho de que los hombres y las mujeres no somos construcciones culturales, como estos gaznápiros piensan, sino seres biológicos y diferenciados como resultado del devenir espontáneo de la naturaleza; y que por más que se quiera pertenecer al sexo opuesto, hay una cosa que es segura: el sexo viene dado por naturaleza y no se puede cambiar. Nadie, físicamente, tiene la facultad de decir que un día fue hombre y otro día es mujer. Imposible. Solamente a los retardados de la nueva izquierda que nos han impuesto la cultura se les ocurre decir que esto es posible en aras de la mal llamada “inclusión”, esa palabrita que me deja un mal sabor de boca. Basta ver la prominente musculatura de McLaughlin en los tiempos en que se consideraba hombre, así como su espesa barba, para saber que por más cirugías que se haga una persona, en su ADN siempre existirá el componente cromosómico que determinará para siempre su sexo original.





    Claro que McLaughlin está en todo su derecho de tener la orientación sexual que quiera tener. A lo que no debe tener derecho es a participar en un torneo femenino que se supone es hecho para mujeres que han nacido mujeres. Es evidente que un transgénero debiera tener su propia categoría si lo que se trata es de no discriminar. Es más que obvio que competir en justas deportivas, en categorías que no les corresponden, es otorgar privilegios a unos y perjudicar a otros. En este caso se perjudica a quienes sí adquirieron su condición de mujer por nacimiento, que debiera ser la única para participar en un torneo femenino. Con esto la humanidad da un paso adelante en la aniquilación de la mujer como ser humano: niega su naturaleza, la equipara con cualquier “trans-tornado” que se quiere autopercibir con el sexo que no tiene para aprovechar las ventajas de la transición.

    Yo me pregunto ¿qué clase de sociedad estamos forjando al permitir que en el deporte se maltrate y se humille a una mujer por parte de un hombre y luego en las calles se pretenda castigar a estos por “violencia de género?”. Es la sociedad de la doble moral, la que dice defender a la mujer pero en el fondo la quiere exterminar; la del feminismo hipócrita que se alía con el colectivo LGBT para pedir derechos que ya tienen en los países occidentales y democráticos, pero que no son capaces de defender en las sociedades totalitarias como en los países islámicos, allá donde las chiquilinas rebeldes que les gusta “quedarse en tetas” en las manifestaciones se morirían de pánico si les toca ir.





    Pero no olvidemos que detrás de todo esto existe un poder que tiene injerencias en todas las instituciones, incluyendo el Comité Olímpico Internacional, que ya ha sido permeado por esa política absurda de la inclusión sin poner en consideración las consecuencias nefastas que esto traerá para el deporte femenino y para las mismas mujeres que quedarán totalmente desprotegidas frente a legislaciones absurdas. Ya lo vimos en los pasados Juegos Olímpicos cuando la levantadora de pesas neozelandesa Laurel Hubbard, que en realidad es un hombre transgénero, participó en la categoría femenina de levantamiento de pesas compitiendo frente a otras mujeres. Por fortuna este deportista trans era tan débil que no logró superar a sus contendoras; o quien sabe, a lo mejor estaba planeado así para que se apologizara la participación de hombres trans junto con mujeres, aduciendo que no se podía comprobar la superioridad física de los primeros sobre las segundas.      

    Lo malo es que si uno denuncia esta situación y manifiesta su inconformidad, no tarda el establishment de juzgarlo a uno de transfóbico, que es el nuevo calificativo peyorativo con el que nos acusan a los antiprogresistas, quienes somos sus enemigos declarados. Porque esto se trata de una batalla sin cuartel, y a pesar que nos la están ganando, hay que continuar dándola y seguir desnudando las falacias de la nueva filosofía contemporánea que nos ha permeado todo con su “benevolente sentido de igualdad, inclusión, equidad…” y cuantas más palabrejas vacuas se acomodan para justificar el desequilibrio que nos pretenden imponer a fuerza de lobby y publicidad.





    Como podemos ver, el mundo avanza en todo. Vamos por “buen camino” desconociendo las características inherentes y exclusivas del sexo femenino para atribuírselas a cualquiera que desee adquirirlas por mandato legal. Falta ver si a los legisladores, a los lobistas, a los financiadores de la causa igualitaria, a los delegados de la ONU y a los demás gobernantes y líderes políticos que promueven esta debacle les parecería bien que yo me autopercibiera mujer para sacudir del pelo a sus madrecitas queridas sin que me acusen de violencia de género. Les garantizo que sería peor que McLauglin.




[1] https://www.youtube.com/watch?v=or1q4iL7lY0






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