sábado, 25 de septiembre de 2021

Yo sé lo que es perder a un padre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Nuestro paso por la vida nos deja siempre la ilusión perpetua por aquello que fue y ya no será: el espejismo ahogado en el río del tiempo que no podrá emerger nunca más. En otras palabras, el fantasma eterno del pasado.

    Porque el tiempo, para la dimensión que habitamos los mortales de carne y hueso, sólo es posible hacerlo regresar a través de la mente. El ayer ya no tiene cuerpo, se ha esfumado. El presente es eso que tocamos, que nos apabulla, que nos captura en una prisión de dolor. Todo pretérito, en cambio, nos deja la sensación de que nada de lo que vivimos fue real… que todo ha sido un sueño.

    Soy un irredento habitante del pasado, no lo niego. Me muevo por sus calles de nostalgia y evoco la sucesión de imágenes hermosas que me quedaron de un tiempo en el que yo no sabía que era tan feliz. O en el que pude haber sido más feliz y no fui consciente de ello. Pude, sobre todo, haber hecho feliz a otros, pero a cambio decidí pensar en mí y preocuparme por los asuntos efímeros y sin importancia que hacen parte de la vida diaria. Esas cosas anodinas como los deberes escolares, las labores domésticas, la obligación de trabajar, los asuntos financieros, el programa de televisión, la salida del fin de semana, los imprevistos que de repente surgen y que nos hacen perder tiempo. Las cosas urgentes, no las importantes. Todo lo que en últimas tiende a disolverse en el mar del olvido; lo que dentro de cien años ya no será más que un problema resuelto que no importunará el sueño de ningún habitante del planeta. De tanto repetir el ritual de la cotidianidad tendemos a pensar que esa será la existencia por los siglos de los siglos.






    Pero resulta que uno se despierta un día y se da cuenta que está solo: solo en medio de una isla desierta, que es a la vez la misma casa grande en la que se compartió con los familiares más cercanos; en la que uno creció y se hizo hombre, de la que uno guarda los mejores recuerdos. Se despierta uno en medio de un silencio desolador o de una bullaranga ajena que no tiene nada que ver con las voces y el movimiento que uno quisiera escuchar. La familia ya no está en el mismo lugar ni los rostros conservan la jovialidad de otras épocas. Se despierta uno deseando que el tiempo no hubiera pasado, que uno no se hubiera despertado. Ya el lugar de las personas que se han ido ha sido reemplazado por escaparates nuevos con dispositivos modernos para entretenernos del tedio. O simplemente el espacio permanece vacío, a la espera de un nuevo cuerpo que lo llene. Entonces el alma se entristece ante la certeza de todo aquello que se ha perdido. 

    Hoy mis lágrimas afloran porque entre más pasan los días, más lejos estoy de esa historia familiar con la que me construí una imagen que todavía  dudo que sea esa. Más lejos de mi padre que andará en las nebulosas intentando decirme lo que en sus últimos momentos le impidió la distancia y la agonía. Lejos de su imagen de anciano tierno que no podré volver a contemplar y de sus conversaciones ejemplares con las que me ilustraba el sentido de la vida. Lejos, como en los últimos veinte años, de la compañía de mi madre que encontró por fin su propio proyecto de vida, que no era otro que el de convertirse en la benefactora, en el motivo de alegría y en el sostén de todo su núcleo familiar, incluyéndome a mí, quien no fui el reemplazo adecuado de mi padre. Lejos de los días en que jugué al fútbol y a la escuelita con mi hermana menor; y de los días en que como todos los hermanos, nos peleábamos y seguíamos jugando. Ahora ha crecido tanto que me ha superado y se ha puesto ella misma en el lugar del hermano mayor, pues sé que es mucho más fuerte y capacitada que yo para afrontar el futuro que nos espera. Será ella quien me proteja, quien me enseñe cómo se juega ese juego real de la vida, quien me brinde su mano.




    Cuando uno se encuentra de frente con el rostro de la soledad, cuando uno ha perdido aquello que lo que lo ligaba a una vida esplendorosa que se ha tornado irrecuperable, entiende que debió haber hecho mucho más, que debió haberse comportado mejor, que debió haber demostrado el amor a raudales y haberlo dejado allá en el pasado. Sucede que ese mismo amor por los que no están presentes, hoy está inundando todos los rincones de la casa y no hay donde colocarlo ni a quién brindárselo. De modo que uno tiene que alimentarse, ya no de recuerdos, sino de fantasías: de historias inventadas que en realidad nunca sucedieron, pero que consuelan del dolor amargo de la pérdida.

    Uno debiera, aunque fuera de vez en cuando, salirse de su cuerpo, dejarse de mirar al espejo, olvidarse de sus preocupaciones y meterse en los zapatos y en el mundo del otro. Si todos lo hiciéramos nos ahorraríamos más de la mitad de los dolores de cabeza del planeta. La posibilidad de la guerra no sería una amenaza y el hambre hubiera sido erradicada. Pero como afirmó alguna vez un pensador, esta es una sociedad onanista, esclava de su propio placer. Por ello ese culto al Yo nos hace tanto daño.





    Es cuando los demás se van que comprendemos que no podemos bastarnos a nosotros mismos, que no somos el centro del universo y que los necesitamos. En especial a ese ser amado que nos brindó todo su amor a su manera, tal como pudo entender lo que era el amor a pesar de que no lo hubiéramos entendido nosotros. Su ausencia revalida el viejo y sabio refrán de “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”




 

    Pero ¿quién soy yo para dar consejos sobre cómo vivir, cómo comprender a los demás, cómo tener éxito en las relaciones interpersonales cuando todo el mundo sabe que mi forma de ser y mi comportamiento en sociedad no son precisamente un modelo a seguir y que albergo un sinfín de rencores, de prejuicios, de remordimientos por mis actitudes a veces ingratas con mis seres queridos? ¿Qué puedo yo decir de reconocer la importancia del prójimo, de aprovechar las oportunidades que se nos presentan para demostrar amor, de ponderar el valor de lo bello, de elegir las palabras adecuadas cuando la lista de logros que tengo para exhibir en esa materia es prácticamente nula?

    Tal vez lo que en los últimos meses me ha puesto tan reflexivo no sea la sabiduría que no me acompaña ni la experiencia de vida que tampoco poseo. Tal vez no tenga autoridad moral para aconsejar nada, sino que el ánimo de meditación que me embarga solamente responda a una necesidad imperante de mi atribulado corazón, y que lo único que pueda decir con respecto a valorar aquello que hoy tenemos y mañana no tendremos, es que yo sé lo que es perder a un padre. Siempre supe lo que tenía, nunca pensé que lo perdería. Hoy más que nunca lo sé.



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