sábado, 4 de septiembre de 2021

Clasificados y mascotas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Rupertino Díaz soltó el esfero, tomó el papel entre sus manos y se dispuso a leer el anuncio clasificado que acababa de escribir: “Se busca persona valiente, decidida y arriesgada que sea capaz de quitar la vida a otro sin importar las consecuencias legales, físicas y morales. No se requiere experiencia, buena remuneración. Interesados llamar al 31512…”. No estaba seguro si había escrito bien el anuncio o si tendría que cambiarle algo para que se lo dejaran publicar en el periódico local. Leyó nuevamente y tal vez pensó que sería bueno cambiar lo de “valiente y decidida” por “persona de sangre fría” o “persona sin escrúpulos”, pero se le hizo semánticamente incorrecto cuando lo leyó por tercera vez. Había algo que le sonaba ofensivo. Pensó en la posibilidad más directa de requerir el servicio de un asesino a sueldo, aunque le pareció demasiado intimidante y falto de elegancia. El clasificado quedaría así y así se publicaría.

    El encargado de la sección en el periódico leyó el anuncio dos veces y no lo comprendió. Miró a Rupertino con desconcierto y le interrogó en palabras lo que este no le pudo entender con la mirada.

    — ¿Está seguro de que quiere publicar esto? —preguntó.

    —Sí, ¿pasa algo malo con el anuncio?

    —Se me hace extraño que solicite una “persona con capacidad de quitar la vida”.

    — ¿Cree usted que nadie acudirá al llamado? —preguntó Rupertino desanimado.

    —Bueno, no es usual que haya alguien que esté dispuesto a hacerlo si no se especifica el motivo por el que se requiere al aspirante: en qué circunstancias, bajo qué modalidad, en fin. ¿Por qué no solicita mejor los servicios de un sicario profesional y deja de darle tantas vueltas al asunto?





      — ¿Usted cree?

    —En ese caso se ahorraría un montón de explicaciones y cláusulas comprometedoras. Los sicarios, o los matones a sueldo como vulgarmente se les llama, son personas que conocen muy bien su oficio. Tan solo unas cuantas indicaciones del personaje en cuestión, y ellos dan con él en menos de un día y realizan el trabajo limpiamente, sin cargos de conciencia ni pagos extras por guardar silencio. Usted sabe que en estos tiempos la discreción en los servicios es muy importante.

    —Tiene razón —asintió Rupertino y agregó—: ¿Pero no será muy desatinado eso de solicitar un sicario así tan secamente? Me parece que “persona con capacidad para quitar la vida” es mucho más formal.

    —Oh, no se preocupe por eso —dijo el encargado—. Los sicarios ya son un gremio reconocido y formalizado por la ley. La libertad de mercado da para todo. Se anuncian en Amazon y en otras redes, y tienen sus aplicaciones propias para contratarlos por Internet. No necesitaría siquiera publicar un anuncio en el periódico… aunque no debería decirle esto, ya que mi trabajo es precisamente cobrar por los anuncios clasificados, pero en vista de cómo están las cosas…  

    —Es una buena idea, pero yo preferiría usar el medio tradicional —ratificó Rupertino.

    —Entiendo, no hay problema. Si quiere le publico entonces el aviso tal como está.

    —Sí, por favor.

    —Dígame, si no es mucha indiscreción—inquirió el hombre del periódico—, ¿para quién desea el servicio?

    —Sería para mí mismo.

    — ¿Para usted mismo? No me diga que quiere que lo maten.

    —Por supuesto que no quiero —admitió Rupertino—, pero es la única salida que yo le veo a este embrollo.

    — ¿Cuál embrollo?

    —Le contaré la verdad, pero prométame no decirle a nadie, no es motivo de orgullo.

    —Ya le dije, la discreción en el servicio es muy importante.





    Rupertino se acercó al hombre y le habló casi al oído:

    —La verdad es que yo lo que quiero es suicidarme, pero no sé cómo hacerlo, ni me atrevo tampoco. Me da mucho miedo. Por eso prefiero que otra persona lo haga por mí.

    —Entiendo. En ese caso, usted lo que necesitaría es un “mentor de suicidio”, es decir, una persona que lo oriente para llevar a cabo su tarea sin tanto trauma.

    —Ya lo intenté, pero créame que no puedo suicidarme “por mí mismo”. Necesito de otro que lo haga. Es decir, alguien que me mate con mi consentimiento. Más fácil así.

    La conversación quedó detenida en aquel punto. El encargado le cobró el clasificado sin corregirle nada al anuncio redactado por Rupertino, y este salió a la calle satisfecho con su cometido, seguro de que alguien se ofrecería muy amablemente a quitarle su vida, que era lo que necesitaba. Lo malo es que tendría que pagar por anticipado, y en estos tiempos resulta muy aventurado pagar un servicio a riesgo de que no le garanticen su cumplimiento. La gente es desconfiada y exige primero su retribución. Rupertino también desconfiaba, pero nada podía hacer y esperó en su casa a que alguien llamara interesado en la solicitud.

    Pasaron muchos días y nadie llamó. Al parecer no existía gente valiente, decidida y arriesgada a la que no le importaran las consecuencias de llevar a cabo tan particular tarea. Rupertino había dejado todo listo: el dinero para el asesino y para la funeraria, su epitafio, una nota con la orden de donar sus escasas pertenencias a los ancianos pobres.

    Una tarde salió con dirección al periódico para ver qué había acontecido con su anuncio, pensando que a lo mejor el encargado no lo quiso publicar por no compartir su decisión de encontrar a una persona que “lo suicidara” por él. O pensando que a lo mejor se había equivocado en el número del teléfono o algo por el estilo.





    A una cuadra de llegar a la oficina cruzó por el frente de una casa enrejada con antejardín cuyo muro daba a la altura de su cabeza. Fue en esas cuando lo hizo saltar del susto un fastidioso can del tamaño de una rata que le ladró tan cerca del oído, que Rupertino quedó aturdido con el insoportable y agudo chillido del desagradable animal. Sin duda estaba agazapado esperando que pasara para sorprenderlo como si se tratara de un ladrón. La ira del hombre fue en aumento al ver que el perro no paraba de ladrarle y perseguirlo desde el otro lado de la reja en donde estaba completamente a salvo: era una máquina incesante de ladridos tormentosos. Rupertino se volvió contra el can para insultarlo e intentar amedrentarlo, pero en lugar de ello provocó que el pequeño cuadrúpedo desatara una oleada frenética de aguda cantinela perruna. A esa altura se trataba ya de un combate personal, un duelo entre hombre y animal que el primero no estaba dispuesto a perder, así que este saltó la verja y se introdujo en el antejardín de la casa para amenazar al chihuahua dando patadas en el aire, procurando pegarle una bien certera que lo lastimara en su orgullo pero no lo maltratara.





    — ¡Cuidado le pega a mi niño! —gritó desde la puerta un hombre fornido que parecía ser el amo y que salió decidido a detener al agresor.

    —Él empezó —se justificó Rupertino. El dueño de la casa se acercó presuroso, lo sostuvo por el cuello y le hizo una llave de karate mientras la pequeña criatura no cesaba de ladrar.

    — ¿Te creés muy valiente con los débiles? —lo desafió el fortachón. Rupertino aguantaba el dolor del brazo con estoicismo.

    —A ese chandoso te lo voy a matar —amenazó para provocar aún más la ira del amo, haciendo que lo golpeara sin piedad.

    — ¿Te querés morir? —Preguntó el hombre—. ¿Estás aburrido con la vida?

    —Eso es exactamente lo que quiero.

     Después se formó el escándalo y hasta intervinieron los vecinos para separar a los luchadores. A Rupertino lo trasladaron a un centro médico para curarle las heridas de la paliza que recibió. No lo despacharon para el otro lado como hubiese querido, pero desde ese día entendió que una buena forma de lograr su cometido, y sin tener que pagar un solo peso, es haciéndole alguna maldad al perro de una persona, o por lo menos simular hacerlo. Porque nada hay más peligroso y energúmeno que un amo que defiende a su “mejor amigo” de un potencial atacante: estará dispuesto a matar, a dejar la sangre en la arena en caso de que alguien intente siquiera chistar a su mascota fiel. Podrán tocarlo a él, a un miembro de la familia o a cualquiera que sea, pero que no se metan con su animalito: es algo tan peligroso como jugar a la ruleta rusa con cinco balas.

    Ahora Rupertino espera dar con el can de un mafioso, de un terrorista o de un desadaptado social. Está seguro que el día que lo encuentre ya no le darán una paliza, sino que le harán el favor de quitarle la vida, gratis y sin remordimientos. No tiene nada contra los animales, pero sabe que son una buena excusa para lograr el propósito de que alguien lo mate sin tener que hacerlo él mismo.

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