Mi vecina, la señora del edificio, una
vieja solitaria cuya expresión facial es similar a la de alguien que olfatea la
emanación de la miel de purga fermentada, como si el mundo y sus alrededores le
produjéramos fastidio; tiene por costumbre alimentar las tórtolas, los
canarios, y demás especies avícolas silvestres que vuelan en torno al barrio
Popular Modelo de Pereira. Deben ser estas aves habitantes marginales del cerro
Canceles, sólo que por la despiadada construcción y la deforestación a la que
la mano del hombre ha sometido su hábitat, han sobrevolado los terrenos
aledaños de la ciudad en procura de alguna cosa mejor qué comer que los gusanos
de la tierra, cada vez más escasos. Ellos también migraron a donde no los
perjudicaran las retro-excavadoras.
Todos los días ella esparce salvado de
trigo, semillas, o cuchuco en la zona verde del primer piso donde está su apartamento.
El edificio es uno de los pocos en contar con un lote de pasto fresco y uno que
otro matojo ornamental, símbolo de galanura y belleza de las épocas pasadas de
este barrio venido a menos e invadido por los comerciantes de comida chatarra.
Como digo, ella esparce esas semillas tentadoras para los pájaros, que de familia
en familia esperan su turno de comer, colgados de las cuerdas de la luz o de
cualquier cable que parte desde el poste que da justo sobre el patio exterior
de mi casa. El resultado de aquellos relevos multitudinarios es que todas las
heces que desprenden los plumíferos mientras aguardan ansiosos sobre las cuerdas,
caen a mi antejardín que también en otro tiempo fue una cuadrícula de hierba y
maleza prominente que se beneficiaba de la mierda que le llovía del cielo.
Pero ahora es distinto.
Desde hace unos años mi padre y yo nos
cansamos de lidiar con el crecimiento de ese pastizal que nos demandaba tiempo
y dinero, y decidimos, erróneamente, como el progreso de la ciudad nos lo sugería,
embaldosar con granito y tablón aquel terral por donde respiraba nuestra casa. La
consecuencia no se hizo esperar, y el muro blanco que separa mi casa del edificio,
junto con el piso de granito que al principio le infundió buen aspecto a mi patio
exterior, lucen ahora como la pocilga más inmunda, no de la cuadra, sino de
toda la ciudad. Como si ese espacio cuadrangular hubiera sido toda la vida un
gallinero mal tenido que alguna autoridad de salud hubiese obligado a levantar
y nadie se hubiera ocupado de limpiar los restos. Así luce la entrada de mi residencia,
no por falta de cuidado, sino por la acción de docenas de pájaros que mi vecina
ceba en su propiedad a la vez que se apoderan de mi espacio aéreo y lo utilizan
de estación temporal en su búsqueda de alimento.
Es que no hablo de cuatro o cinco pichones
tiernos e inocentes que la señora quiere cuidar con benevolencia y contemplación,
llenando así sus horas muertas porque seguro no tiene otra cosa con qué
entretenerse. Hablo de todo un batallón de pequeños avechuchos, tórtolas en su
mayoría, y a veces palomos que cagan de sol a sol sobre la entrada y el muro de
mi casa. Me tienen más enfangado que al Bolívar Desnudo.
Alguna vez le hice saber (por intermedio
del celador, para no entrar en un conflicto personal) que su actividad me estaba
perjudicando, que por su causa se ensuciaba mi antejardín. La respuesta que mandó a decir
la señora fue contundente:
—Pues que lo lave.
Antes de morir, mi padre ocupó sus últimas horas esperando el momento en que se apostaba la bandada para salir a espantarla con una vara de chanú. Así lo hizo mientras finiquitábamos los arreglos de la casa que supuestamente íbamos a rentar. Pero ocurrió la desgracia a causa del arma biológica con que los poderosos atacaron al mundo, y entonces mi padre no pudo resistir el virus y falleció. Aún me encuentro superando el dolor, no sin bastante dificultad.
Aquel
suceso cambió todos mis planes del futuro y por fuerza mayor resulté viviendo
en nuestra casa grande que no pudimos alquilar, pero en la que ahora vivo
feliz, salvo por la ausencia de mi padre y la molestia de mi vecina con su
estúpida asistencia alimentaria a las aves silvestres.
En principio traté de utilizar la misma
estrategia de mi padre, asustando las tórtolas con una vara, dando un golpe
sobre las cuerdas de la luz, pero estas se escabullían de momento y al rato
regresaban en mayor cantidad. Mi madre me advirtió del peligro de azotar las
cuerdas que porque así se electrocutó un señor que ella conoció, y además me
pareció inútil: no podía quedarme todo el día esperando unos pájaros para espantarlos,
pues aunque no lo crean, yo también tengo cosas qué hacer.
Pensé en conseguir un gato, un bandido
felino que saltara el muro y se metiera en el pastal del edificio, que cazara
dos o tres pajarillos para que aprendieran la lección. No obstante, el remedio
podía resultar peor que la enfermedad. La señora sí me reclamaría por la
invasión que haría mi animal a su terreno, y para eso sí habría ley. Además
tendría que soportar otros destrozos que el minino haría dentro de la casa, y
algunos vecinos se quejarían porque de noche asaltaría sus tejados y se
aprovecharía de sus gatas. No, eso hubiera sido un problema mayor.
He pensado en esparcir amoníaco para alejarlos,
pero me di cuenta que aquello es altamente nocivo para las personas que padecemos
problemas respiratorios. En últimas, me he tenido que conformar con ignorarlos,
así impunemente embarren mi casa y sigan enseñoreados sobre las cuerdas, mientras
mi vecina continúa echándoles comida y sosteniéndolos para hacerlos cada vez
más débiles y dependientes, como si su objetivo fuera perjudicarme, o a la
larga fuera el de engordar a los pájaros para comérselos.
Y me está perjudicando indirectamente. A
ella poco le importa. Su cara de tití recién capturado parece desafiarme, pero
mal haría yo en meterme con una viuda de setenta años. Creo que es una batalla
perdida.
Y creo también que no sólo me está
afectando a mí, sino al ecosistema entero. Mi vecina, con su actitud de padre alcahuete,
está acostumbrando mal a estas criaturas que no tienen que desgastarse por
obtener la ración diaria de alimento, y mucho menos impacientarse por pagar el
alquiler de la vivienda, los servicios públicos, adquirir el vestuario, o suplir
otras necesidades por las que sí tiene que movilizarse la especie humana. El
pasaje bíblico nos ilustra a este respecto:
"Por eso os digo, no os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué beberéis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis.
¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa?
Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan,
ni recogen en graneros; y
vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No
sois vosotros mucho mejores que ellas?" (Mateo 6:25-26).
Afortunadas las aves que no sólo el Padre
celestial les provee de alimento, sino también unas cuántas almas bondadosas
que tienen más dispuesto el corazón para proteger a los animales que a los de
su misma especie, y no los culpo. Bien se sabe que la maldad sólo es inherente
al ser humano, pues las bestias actúan por instinto. De hecho en ocasiones parecen
dotadas de un raciocinio extraordinario.
He leído que la Universidad de Basilea, en
Suiza, realizó un estudio en el que se concluyó que es una pésima idea ofrecer
alimento a las aves, por lo menos de manera sistemática.
En primer lugar, “las aves que consumen
semillas colocadas adrede en su territorio comienzan su canto matinal con veinte
minutos de retraso”[1],
afirmó Valentín Amrhein, uno de los investigadores. Podría parecer una
insignificancia veinte minutos, más resulta que las aves también manejan sus
tiempos. El carbonero común, por ejemplo, puede cantar durante cuarenta
minutos, lo cual es crucial para su reproducción y la defensa del territorio
de sus rivales. El retraso hace que las hembras los consideren menos aptos para
aparearse y por lo tanto se pone en riesgo la supervivencia de su especie. Según
el estudio, el 36% de los machos alimentados artificialmente se tornaron
perezosos a la hora de salir a cantar. Esto podría explicarse porque la
presencia de alimento adicional en los mismos lugares y de manera constante,
hace que más aves se sientan atraídas, incrementándose así los conflictos entre
los machos rivales. La consecuencia es que aquellos que no se sienten lo suficientemente
fuertes para el enfrentamiento se tornan intimidados, se abstienen de cantar y
se limitan a esperar en un punto cercano para ver cómo los demás se alimentan,
tomando así el último turno cuando apenas les han dejado las sobras. Esto hace
que pierdan, no sólo en cuanto a la posibilidad de alimentarse, sino que además
se acorta su ciclo de vida: a veces, aunque sobre comida en un lugar específico,
resulta que ese territorio ya está controlado por bandadas que impiden que los
más débiles se alimenten, condenándolos así a esperar por un tiempo tan extenso,
que estos finalmente se resignan a perecer de hambre porque ya no quieren ir a
buscar alimento en otro lugar.
Pero también pierde el resto del ecosistema: cuando un ave se acostumbra a hallar la comida en el mismo sitio y a depender de manos ajenas para subsistir, no hará méritos propios para prodigarse alimento a sí misma y a su familia.
Algunas tareas fundamentales de los pájaros
silvestres son ayudar a polinizar, esparcir semillas, controlar la población de
insectos y anélidos, eliminar las malezas, limpiar la tierra de plagas, y por
supuesto, alegrar nuestros corazones con su canto, pues nos ayudan a relajarnos
y a enternecernos. Pero estas tareas no deben estar supeditadas al jardín de
una persona en particular: se requiere que las aves operen en un territorio extenso
para que beneficien a toda la comunidad. De modo que atraer a muchas de ellas
al jardín propio por medio de la alimentación permanente y condicionada, es monopolizar
parte de la naturaleza, al tiempo que se la destruye: es toda una estupidez.
Este comportamiento se asemeja tanto al de
las personas, que uno no entiende por qué cada vez hay más tontos que pretenden
que los demás tienen que sostenerlos, como si fueran los pájaros de mi vecina. No
saben que se están clavando su propio cuchillo, y esto aplica para quienes
anhelan gobiernos de planificación central de la producción, donde todo lo
tiene que proporcionar el Estado. Ya saben a qué me refiero.
Mi vecina, sin querer, está ayudando a la
exterminación temprana de aquellos pajarillos que ella, en su ignorancia,
piensa que está protegiendo. Ojalá pudiera leer el estudio de la Universidad de
Basilea. Y ojalá algún día no tenga ella (ni nadie) que depender de un tercero
para sobrevivir. Que cada quien haga méritos para ganarse las cosas.
Por lo pronto, que liberen a los pájaros de
la dependencia, y que alguien me ayude a limpiar el antejardín.
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