sábado, 16 de octubre de 2021

Metaverso: el circo del futuro

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




El 28 de octubre de 2021 Mark Zuckerberg anunció, a través de una conferencia online, que su afamada empresa, por la que se dio a conocer y que lo enriqueció a costa de la privacidad de otros, la denominada Facebook, pasaría a llamarse entonces Meta, un nuevo mega negocio que ofrecería la posibilidad de tener una vida virtual encomiable mientras el mundo real se derrumba a pedazos.

    Hoy, luego de que el nombre de la empresa ha cambiado, además para aplacar los conflictos por las acusaciones de manipulación de información de sus usuarios, en especial por la divulgación de datos que se suponía eran privados y que demostró que para Facebook lo privado es público, se espera que este nuevo proyecto llegue a tener una posición dominante dentro de las BigTech, ya que Zuckerberg está apostando todo para aumentar ostensiblemente las ventas y el valor de las acciones de su consabida Meta.

    La sociedad actual se sigue configurando en torno a la ontología digital, a delimitar el ser desde lo tecnológico. Es por ello que con el lanzamiento del Metaverso, que es un término derivado del meta-universo, se espera que la realidad virtual se extienda a todos los campos de la vida de las personas, incluso mucho más de lo que hoy se ha ampliado con motivo de la pandemia.



    El Metaverso es un experimento que supone un “mundo virtual de inmersión al que las personas podrán acceder con gafas de realidad aumentada y dispositivos de realidad virtual que simulan que sus usuarios están flotando en un mundo digital”.[1] Como el vocablo griego meta significa más allá, el Metaverso es un universo que está más allá. No es real, no es tangible, no es palpable, pero se puede sentir.

    Opera como un juego en el que una persona, a través de un ávatar, podrá entrar en contacto con otros utilizando la mayor cantidad de sus sentidos sin salir de una habitación. No es un universo paralelo, pues depende del universo real para existir, ni es necesariamente una réplica de la realidad, pues allí pueden confluir muchos mundos.[2] Es, de todos modos, un artificio en tres dimensiones donde ya no se navega a través de un teclado, sino a través de dispositivos especiales que nos recrean un personaje emulando al cuerpo físico en la red. Es literalmente estar metido en el mundo virtual, con un cuerpo virtual, no siendo más un seudónimo, ni un usuario, ni un suscriptor, sino una figuración animada de cualquier tipo que nos personifica como si la mátrix nos hubiese abducido la mente. En el Metaverso la realidad se percibe aunque no exista. Allí tenemos la oportunidad de crear el mundo real en la red y ser al mismo tiempo sus protagonistas. Así podremos asistir a las fiestas, ir a la misa dominical, a los conciertos, a la universidad, al trabajo, participar de los encuentros sociales, y viajar virtualmente a otros países o a otras épocas: vivir incluso los hechos de la historia contada desde la perspectiva que conviene a los dueños de la tierra virtual; saludar a familiares con los que no se tenía contacto hacía mucho tiempo, simular comunicación con personas fallecidas y verlos como en un holograma, y en general vivir una vida en la que sea posible escapar de la realidad que para muchos es considerada indigna.



    Y no basta con ser nosotros mismos en la red. Lo más importante es que este artificio de realidad virtual nos invita a que seamos lo que queramos: un humano, un dinosaurio, un robot, una persona del sexo opuesto, en fin: hay identidades de todo tipo y para todos los gustos.  

    Si bien en 2020 nos obligaron a estar absorbidos en lo digital y a realizar la mayor cantidad de nuestras actividades diarias a través de una pantalla, con el Metaverso la inmersión será total. Imbuirnos por completo en la irrealidad será una experiencia más sensitiva. Asumir la identidad que queramos nos constituirá en otro ser completamente diferente en ese circo de mentiras. ¿Está la humanidad preparada para esta revolución tecnológica tan radical?

    Aquí es donde cabe plantearse el interrogante, cuando por este adelanto estamos ad portas de una ruptura del ser humano que lo llevaría a renunciar a su esencia.



    Es cierto que este salto tecnológico podrá traernos muchas cosas buenas, abriéndonos todo un campo de posibilidades para avanzar como civilización, pero no hay que olvidarnos del principal peligro que supone el Metaverso, y es que está manejado por quienes controlan los algoritmos y están en capacidad de someter el pensamiento de toda la sociedad: las grandes compañías tecnológicas, los estados que cada vez más se vuelven dictatoriales y totalitarios, y el poder global reuniéndolos a todos. Será como luchar contra un leviatán en un terreno del que poco conocemos.

    Hay que ver que un tipo como Zuckerberg, a quien por idiotas le entregamos nuestra privacidad en su red social de pacotilla y que la ha sabido vender al mejor postor, es el que está orquestando este universo. Si hizo algo tan peligroso en una plataforma que se suponía era para encontrar viejos amigos, no digamos lo que puede hacer con el Metaverso, que será la vida misma aunque en realidad no lo sea.

    Toda tecnología trae implícita sus propios peligros, como cuando nos llegó el televisor o nos inundaron de celulares. En el primer caso la unión familiar y la figura de la autoridad dentro de las familias se vieron amenazadas, cuando los miembros ya no decidieron reunirse en torno a las historias que contaba el padre o el abuelo, sino en torno a la nueva potestad: el televisor. Luego ya no fue suficiente ese oráculo de Delfos en la sala de la casa porque se decidió que cada integrante del clan tuviera su propio aparato en su cuarto privado. Ocurre lo mismo con el Smartphone, ese artilugio que no soltamos para comer, dormir, ni para ir al baño. Ha sido una manera muy sutil de secuestrarnos el pensamiento. Con el Metaverso ocurrirá algo similar: la tecnología misma por encima del ser humano; el despojo mayor del sentido de la vida, del altruismo, de la fe, la razón y el discernimiento, y en últimas de la libertad y la felicidad. Tiene todos los aditamentos para constituirse en el nuevo soma del mañana.

    Pero la tecnología no es buena ni mala por sí sola, aunque sí requiere de una mente inteligente que la sepa usar. Así como un serrucho puede ayudar a partir una tabla para construir una vivienda, también puede servir para aserrar un cuello. Si la sociedad no logra controlar los alcances y el dilema moral que supone esta inmersión tecnológica, será como un revólver en las manos de un niño. 



    Si este adelanto científico constituye una amenaza, será en todo caso la de perder nuestra presencialidad definitiva. Tanto nos han amedrentado con el bioterrorismo a raíz del Covid, y ahora con el catastrofismo del clima en el que nos descargan la responsabilidad a los menos culpables del llamado “cambio climático”, que nos ofrecen este universo de fantasía como la única solución redentora para los que quieren y pueden vivir como unidades de consumo, y al mismo tiempo nos lo impondrán como la alternativa excepcional para evitar la proliferación de los virus y el daño ambiental al que estamos sometiendo al planeta con nuestras actividades tan “despiadadamente contaminantes”: respirar es una de ellas. Y mientras eso ocurre, será consecuencia lógica de nuestra inmersión en el Metaverso que sucumbamos en cuerpo físico al hambre y al desasosiego cuando también en ese mundo irreal entendamos que nada será gratis y que seremos una clase dominada y explotada por la élite de siempre.

    Si la renta básica universal es el pan del mundo del futuro, el Metaverso es el circo.



[1] www.pagina12.com.ar/380986-mark-zukerberg-un-paso-mas-hacia-la -distopia

[2] El video “¿Qué es el Metaverso?” del intelectual peruano Miklos Lukacs nos amplía la idea al respecto de esta tecnología. https://www.youtube.com/watch?v=WF0B84_QEbo&list=PL18sLbvMjYxf_LgrdtuW6Bk_gEBOeabu5&index=12.

 


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