El 28 de octubre de
2021 Mark Zuckerberg anunció, a través de una conferencia online, que su afamada empresa, por la que se dio a conocer y que
lo enriqueció a costa de la privacidad de otros, la denominada Facebook, pasaría
a llamarse entonces Meta, un nuevo
mega negocio que ofrecería la posibilidad de tener una vida virtual encomiable mientras
el mundo real se derrumba a pedazos.
Hoy, luego de que el nombre de la empresa
ha cambiado, además para aplacar los conflictos por las acusaciones de manipulación
de información de sus usuarios, en especial por la divulgación de datos que se
suponía eran privados y que demostró que para Facebook lo privado es público,
se espera que este nuevo proyecto llegue a tener una posición dominante dentro
de las BigTech, ya que Zuckerberg está apostando todo para aumentar
ostensiblemente las ventas y el valor de las acciones de su consabida Meta.
La sociedad actual se sigue configurando en
torno a la ontología digital, a delimitar el ser desde lo tecnológico. Es por
ello que con el lanzamiento del Metaverso, que es un término derivado del
meta-universo, se espera que la realidad virtual se extienda a todos los campos
de la vida de las personas, incluso mucho más de lo que hoy se ha ampliado con
motivo de la pandemia.
El Metaverso es un experimento que supone un “mundo virtual de inmersión al que las personas podrán acceder con gafas de realidad aumentada y dispositivos de realidad virtual que simulan que sus usuarios están flotando en un mundo digital”.[1] Como el vocablo griego meta significa más allá, el Metaverso es un universo que está más allá. No es real, no es tangible, no es palpable, pero se puede sentir.
Opera como un juego en el que una persona,
a través de un ávatar, podrá entrar
en contacto con otros utilizando la mayor cantidad de sus sentidos sin salir de
una habitación. No es un universo paralelo, pues depende del universo real para
existir, ni es necesariamente una réplica de la realidad, pues allí pueden
confluir muchos mundos.[2]
Es, de todos modos, un artificio en tres dimensiones donde ya no se navega a
través de un teclado, sino a través de dispositivos especiales que nos recrean
un personaje emulando al cuerpo físico en la red. Es literalmente estar metido
en el mundo virtual, con un cuerpo virtual, no siendo más un seudónimo, ni un usuario,
ni un suscriptor, sino una figuración animada de cualquier tipo que nos personifica
como si la mátrix nos hubiese
abducido la mente. En el Metaverso la realidad se percibe aunque no exista. Allí tenemos la
oportunidad de crear el mundo real en la red y ser al mismo tiempo sus protagonistas.
Así podremos asistir a las fiestas, ir a la misa dominical, a los conciertos, a
la universidad, al trabajo, participar de los encuentros sociales, y viajar
virtualmente a otros países o a otras épocas: vivir incluso los hechos de la
historia contada desde la perspectiva que conviene a los dueños de la tierra
virtual; saludar a familiares con los que no se tenía contacto hacía mucho
tiempo, simular comunicación con personas fallecidas y verlos como en un
holograma, y en general vivir una vida en la que sea posible escapar de la
realidad que para muchos es considerada indigna.
Y no basta con ser nosotros mismos en la red. Lo más importante es que este artificio de realidad virtual nos invita a que seamos lo que queramos: un humano, un dinosaurio, un robot, una persona del sexo opuesto, en fin: hay identidades de todo tipo y para todos los gustos.
Si bien en 2020 nos obligaron a estar
absorbidos en lo digital y a realizar la mayor cantidad de nuestras actividades
diarias a través de una pantalla, con el Metaverso la inmersión será total.
Imbuirnos por completo en la irrealidad será una experiencia más sensitiva.
Asumir la identidad que queramos nos constituirá en otro ser completamente
diferente en ese circo de mentiras. ¿Está la humanidad preparada para esta
revolución tecnológica tan radical?
Aquí es donde cabe plantearse el
interrogante, cuando por este adelanto estamos ad portas de una ruptura del ser humano que lo llevaría a renunciar
a su esencia.
Es cierto que este salto tecnológico podrá
traernos muchas cosas buenas, abriéndonos todo un campo de posibilidades para
avanzar como civilización, pero no hay que olvidarnos del principal peligro que
supone el Metaverso, y es que está manejado por quienes controlan los
algoritmos y están en capacidad de someter el pensamiento de toda la sociedad:
las grandes compañías tecnológicas, los estados que cada vez más se vuelven dictatoriales
y totalitarios, y el poder global reuniéndolos a todos. Será como luchar contra
un leviatán en un terreno del que poco conocemos.
Hay que ver que un tipo como Zuckerberg, a
quien por idiotas le entregamos nuestra privacidad en su red social de pacotilla
y que la ha sabido vender al mejor postor, es el que está orquestando este
universo. Si hizo algo tan peligroso en una plataforma que se suponía era para
encontrar viejos amigos, no digamos lo que puede hacer con el Metaverso, que
será la vida misma aunque en realidad no lo sea.
Toda tecnología trae implícita sus propios
peligros, como cuando nos llegó el televisor o nos inundaron de celulares. En
el primer caso la unión familiar y la figura de la autoridad dentro de las
familias se vieron amenazadas, cuando los miembros ya no decidieron reunirse en
torno a las historias que contaba el padre o el abuelo, sino en torno a la
nueva potestad: el televisor. Luego ya no fue suficiente ese oráculo de Delfos
en la sala de la casa porque se decidió que cada integrante del clan tuviera su
propio aparato en su cuarto privado. Ocurre lo mismo con el Smartphone, ese artilugio que no
soltamos para comer, dormir, ni para ir al baño. Ha sido una manera muy sutil
de secuestrarnos el pensamiento. Con el Metaverso ocurrirá algo similar: la
tecnología misma por encima del ser humano; el despojo mayor del sentido de la
vida, del altruismo, de la fe, la razón y el discernimiento, y en últimas de la
libertad y la felicidad. Tiene todos los aditamentos para constituirse en el
nuevo soma del mañana.
Pero la tecnología no es buena ni mala por
sí sola, aunque sí requiere de una mente inteligente que la sepa usar. Así como
un serrucho puede ayudar a partir una tabla para construir una vivienda,
también puede servir para aserrar un cuello. Si la sociedad no logra controlar
los alcances y el dilema moral que supone esta inmersión tecnológica, será como
un revólver en las manos de un niño.
Si este adelanto científico constituye una
amenaza, será en todo caso la de perder nuestra presencialidad definitiva.
Tanto nos han amedrentado con el bioterrorismo a raíz del Covid, y ahora con el
catastrofismo del clima en el que nos descargan la responsabilidad a los menos
culpables del llamado “cambio climático”, que nos ofrecen este universo de
fantasía como la única solución redentora para los que quieren y pueden vivir
como unidades de consumo, y al mismo tiempo nos lo impondrán como la
alternativa excepcional para evitar la proliferación de los virus y el daño
ambiental al que estamos sometiendo al planeta con nuestras actividades tan “despiadadamente
contaminantes”: respirar es una de ellas. Y mientras eso ocurre, será consecuencia
lógica de nuestra inmersión en el Metaverso que sucumbamos en cuerpo físico al
hambre y al desasosiego cuando también en ese mundo irreal entendamos que nada
será gratis y que seremos una clase dominada y explotada por la élite de
siempre.
Si la renta básica universal es el pan del
mundo del futuro, el Metaverso es el circo.





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