sábado, 2 de octubre de 2021

Peligrosa filantropía

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    Algo que escuché por ahí entre las tantas reflexiones que van quedando de esta tenebrosa disputa por la dominación mundial: “quien se adueña del lenguaje se adueña de la idea, quien se adueña de la idea se adueña del discurso, y quien se adueña del discurso controla el relato dominante”.

    Nada más efectivo para controlar el destino del mundo, incluso para consolidar una imagen de bondad y altruismo que se riegue como pólvora por los medios de comunicación hegemónicos; que apoderarse del lenguaje. Es a través de este como se pueden someter las mentes que gestarán las ideas del futuro, plasmadas luego en discursos encubridores y planes de “ayuda” a los que nadie podría resistirse. Una de las maneras más efectivas de ganar ese poder del relato dominante es convirtiéndose en un gran filántropo.



    Me pregunto a estas alturas qué significa esa palabra que por sí sola me genera un escozor digno de película de Hitchcock. Sí, lo he dicho muchas veces y lo repito: no hay nada que me produzca más desconfianza que un filántropo.

    Precisamente busqué en el diccionario para precisar la definición del término: “individuo que se caracteriza por el amor hacia las demás personas y realiza obras por el bien común sin esperar recibir nada a cambio”. La palabra viene del griego “philos” o “filos”, que significa “amor”, y “anthropos”, que indica “hombre”. Uniendo los dos vocablos quiere decir “amor al hombre”. Si en efecto la filantropía que practican algunos afortunados del globo terráqueo obedeciera a este principio grandioso, no tendría objeciones a esta actividad, pues qué otro propósito más cristiano y bondadoso pudiera haber. Me conmovería hasta las lágrimas si en el mundo existieran más personas movidas por el amor y no por intereses de dominación, pero como soy un desconfiado irredento y creo en la bajeza del hombre, en su podredumbre innata antes que en la corrupción a la que lo somete la sociedad; considero a los filántropos como a una legión de demonios que saben perfectamente cómo conquistar el alma de los incautos a través de sus inversiones (quiero decir sus donaciones), que más bien son como dulces envenenados que le regalan a la sociedad.

    Hay un grupo pequeño pero muy poderoso de esta especie que se disemina por los cinco continentes, que no cesa de repartir su fortuna para causas aparentemente nobles que procuran alcanzar el bienestar. Uno los ve y de inmediato cree volver a tener fe en la humanidad. Pero ya dije que el hombre es una creación demasiado imperfecta y que es el que ha causado la debacle en la que se encuentra el universo; ese desequilibrio de energías que se inclinan a la entidad del mal. Entonces una sombra de desconfianza me atraviesa el alma y pienso que algo tan bello no puede ser cierto. ¿Por qué alguien querría regalar sus millones de dólares así porque sí?



    Esa cofradía de “buenos ciudadanos” que conceden su fortuna y le inyectan capital a las organizaciones que supuestamente trabajan por el bien común, realmente lo que pretenden es manejar a su antojo el destino de la población mundial. Eso bien lo sabemos. Tienen tanto poder que se dan el lujo de donar el equivalente a lo que dona una nación entera a organizaciones como la OMS. Durante el año negro de la pandemia, el 2020, nada más una fundación como la de Bill y Melinda Gates fue la segunda que más aportó a dicha organización después de China. No, no fue Estados Unidos, ni Gran Bretaña, ni Japón. Fue un solo hombre el que financió a toda una sociedad de alcance mundial, la misma que dio las directrices a los gobiernos sobre cómo debían manejar la crisis.

    Algunos nombres se me vienen a la mente aparte de los ya conocidos Bill Gates y George Soros. Otros angelitos de esta camarilla son Warren Buffett, Elon Musk, Jeff Bezos, Michael Blumberg, Ted Turner, en síntesis, los hombres más ricos del mundo, como en su momento lo fue David Rockefeller, todos contribuyendo a su propia posteridad.

    A principios del siglo XX un grupo de multimillonarios como Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie y otros irrumpieron en la escena de la filantropía tras sus aportes de capital a causas de beneficencia. El objetivo en ese entonces era aprovecharse de sus donaciones para adquirir influencia y ser parte de los aparatos estatales, reforzar su imagen de acaudalados y acumular mucha más riqueza. El poder se daba por descontado: mientras ellos fueran hombres ricos, influyentes, importantes y queridos, nada podría desbancarlos. El gobierno no se metería con ellos y todo el mundo los adoraría, lo cual los haría ser mucho más ricos. Su objetivo era mantenerse en sus posiciones de privilegio por generaciones enteras.



    Hoy día, el giro que ha tomado la filantropía ha sido bastante radical. No es sólo a través de alianzas gubernamentales como ellos se enriquecen y adquieren poder, sino también convirtiéndose ellos mismos en gobierno. De hecho poco necesitan de las autoridades de los países, a las que sólo ven como un impedimento en el logro de sus objetivos. Sus alianzas están concebidas básicamente con los no-gobiernos (ONG’s), cuando no es que la mayoría de las veces son los mismos dueños de estas organizaciones. Esto les ha dado capacidad para rendir la soberanía de cualquier nación a sus pies, y vaya que lo han hecho. La estrategia es la infiltración y la financiación de causas que las debiliten. El propósito es resquebrajar de tal manera a los países, que estos ya no sean necesarios y tiendan a desaparecer.

    Los filántropos se convertirán así en la nueva nación. Su marco de operaciones es completamente globalista, pues esto les permite consolidar su poder de dominación del mundo y someterlo a su voluntad. Eso de donar y donar es una suculenta carnada que los deja bien parados ante los estamentos internacionales como la ONU, tal vez su mejor aliado. De su mano conseguirán algo mejor que la obediencia de la gente, ya sea por miedo o por necesidad: conseguirán su entera voluntad.

    De esto hemos escuchado bastante, no es nada nuevo. Incluso hay quienes aseveran que tirarle el agua sucia a los filántropos es una visión muy conspiracionista del asunto, porque hay otros actores en juego como las potencias —China en especial—, las grandes corporaciones, los gigantes tecnológicos, la ONU, el FMI, ONG’s “independientes”, etc., que también están metidas en la torta de la dominación del globo. Pero detrás de ellos siempre habrá un calculador metacapitalista… o varios.


 

    Ninguna conspiración. Si hoy hace dos años alguien se hubiera atrevido a hablar de un virus que zarandearía el orbe entero, nadie lo hubiera creído y habrían hablado de intrigas por parte de locos alarmistas. Pues bien, el virus es una aciaga realidad. Ya por ejemplo Bill Gates nos está anunciando que vendrá otra peste mucho peor, que esto es sólo el comienzo. Ya Elon Musk está colonizando el espacio, anticipándose a lo que serán los futuros viajes espaciales que sólo podrán realizar los poderosos. Ya Zuckerberg lanzó su metaverso para seguir enredándonos en su realidad virtual. Ya muchos de estos magnates están comprando tierras productivas en países ricos en recursos naturales como Colombia; invirtiendo en alimentos y en inteligencia artificial; impulsando sus planes para el control demográfico. Son ellos los que quitan y ponen como si el planeta fuera un tablero en el que juegan Monopolio ¿Todavía pensamos que sus donativos son un gesto de amor por la humanidad?     

    Nada más que uno de ellos realice una contribución significativa a cualquier empresa social que abogue por derechos humanos, y vemos cómo se alteran los designios de la democracia en los países occidentales. Las implicaciones son tan graves que estos han tenido que cambiar radicalmente sus políticas monetarias, sus sistemas educativos, sus leyes fiscales y sociales, y hasta sus constituciones con tal de dar cumplimiento a las demandas que exige el activismo financiado por los archimillonarios. Esto ya es mucho peligro el que representa esta aparente filantropía positiva. Con ese mismo dinero que sirve para financiar “luchas igualitarias”, están poniendo de rodillas al mundo: ellos los amos, nosotros los esclavos. 



    ¿Quién los investiga? ¿Quién los ha elegido? ¿Quién los controla? ¿A qué leyes se someten? Nada, para ellos no hay límite, a ellos nadie los censura ni los indaga. Ellos son los referentes; están blindados de rendir cuentas. Hablan de cómo evitar desastres climáticos, de cómo controlar la natalidad, de qué orientación sexual debiéramos tener, de creer en la Madre Tierra, del tipo de familia que podemos construir, de cómo tenemos que vivir los ciudadanos de aquí en adelante, y todo eso ya ha quedado estipulado.

    Estos semidioses humanos tienen la capacidad de crear y destruir. Ya poco les falta ser como Dios, pues “tienen andado la mitad del camino”, parafraseando con ironía las palabras de Dumas en El Conde de Montecristo. Están creando su propia burbuja de cristal al tiempo que están destruyendo el futuro de los pobres mortales, el de los que no poseerán la tierra. 

    No nos olvidemos que quien paga manda. Que si Gates compra tierras e invierte en farmacéutica; si Soros financia la agenda abortista y el lobby gay; si Bezos es el amo y señor del comercio electrónico y la distribución en el mundo; si Zuckerberg nos presenta su nueva realidad virtual para revivir el mito de La Caverna; si Turner sigue siendo el adalid de la desinformación y sus noticias sesgadas son las de mayor rating; si Buffett es quien valoriza o desvaloriza las empresas a su antojo; es porque en el fondo nos están preparando para un nuevo orden: el del capitalismo totalitarista.

    Muy pocos estamos preparados para recibirlo. La gran mayoría de la humanidad tiene dos opciones: vivir con una miseria gracias a la filantropía (representada en renta básica universal), consolándose con que esa es la aspiración real del ser humano y renunciando a toda dignidad y libertad; o morir de hambre, igualmente esclavo, igualmente reducido y sometido, como un disidente controlado. Porque nada se les escapará de su dominio. Allí estará nuestra elección si seguimos siendo parte del rebaño. El problema es ¿cómo salirse del redil si hace rato que nos metieron en él?


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