Algo que escuché por ahí entre las tantas reflexiones
que van quedando de esta tenebrosa disputa por la dominación mundial: “quien se
adueña del lenguaje se adueña de la idea, quien se adueña de la idea se adueña
del discurso, y quien se adueña del discurso controla el relato dominante”.
Nada más efectivo para controlar el destino
del mundo, incluso para consolidar una imagen de bondad y altruismo que se riegue
como pólvora por los medios de comunicación hegemónicos; que apoderarse del
lenguaje. Es a través de este como se pueden someter las mentes que gestarán
las ideas del futuro, plasmadas luego en discursos encubridores y planes de
“ayuda” a los que nadie podría resistirse. Una de las maneras más efectivas de ganar
ese poder del relato dominante es convirtiéndose en un gran filántropo.
Me pregunto a estas alturas qué significa
esa palabra que por sí sola me genera un escozor digno de película de Hitchcock.
Sí, lo he dicho muchas veces y lo repito: no hay nada que me produzca más
desconfianza que un filántropo.
Precisamente busqué en el diccionario para
precisar la definición del término: “individuo que se caracteriza por el amor
hacia las demás personas y realiza obras por el bien común sin esperar recibir
nada a cambio”. La palabra viene del griego “philos” o “filos”, que significa
“amor”, y “anthropos”, que indica “hombre”. Uniendo los dos vocablos quiere
decir “amor al hombre”. Si en efecto la filantropía que practican algunos
afortunados del globo terráqueo obedeciera a este principio grandioso, no
tendría objeciones a esta actividad, pues qué otro propósito más cristiano y
bondadoso pudiera haber. Me conmovería hasta las lágrimas si en el mundo
existieran más personas movidas por el amor y no por intereses de dominación,
pero como soy un desconfiado irredento y creo en la bajeza del hombre, en su
podredumbre innata antes que en la corrupción a la que lo somete la sociedad;
considero a los filántropos como a una legión de demonios que saben
perfectamente cómo conquistar el alma de los incautos a través de sus inversiones
(quiero decir sus donaciones), que más bien son como dulces envenenados que le
regalan a la sociedad.
Hay un grupo pequeño pero muy poderoso de
esta especie que se disemina por los cinco continentes, que no cesa de repartir
su fortuna para causas aparentemente nobles que procuran alcanzar el bienestar.
Uno los ve y de inmediato cree volver a tener fe en la humanidad. Pero ya dije que
el hombre es una creación demasiado imperfecta y que es el que ha causado la
debacle en la que se encuentra el universo; ese desequilibrio de energías que
se inclinan a la entidad del mal. Entonces una sombra de desconfianza me
atraviesa el alma y pienso que algo tan bello no puede ser cierto. ¿Por qué
alguien querría regalar sus millones de dólares así porque sí?
Esa cofradía de “buenos ciudadanos” que conceden
su fortuna y le inyectan capital a las organizaciones que supuestamente
trabajan por el bien común, realmente lo que pretenden es manejar a su antojo
el destino de la población mundial. Eso bien lo sabemos. Tienen tanto poder que
se dan el lujo de donar el equivalente a lo que dona una nación entera a
organizaciones como la OMS. Durante el año negro de la pandemia, el 2020, nada
más una fundación como la de Bill y Melinda Gates fue la segunda que más aportó
a dicha organización después de China. No, no fue Estados Unidos, ni Gran
Bretaña, ni Japón. Fue un solo hombre el que financió a toda una sociedad de
alcance mundial, la misma que dio las directrices a los gobiernos sobre cómo
debían manejar la crisis.
Algunos nombres se me vienen a la mente
aparte de los ya conocidos Bill Gates y George Soros. Otros angelitos de esta
camarilla son Warren Buffett, Elon Musk, Jeff Bezos, Michael Blumberg, Ted
Turner, en síntesis, los hombres más ricos del mundo, como en su momento lo fue
David Rockefeller, todos contribuyendo a su propia posteridad.
A principios del siglo XX un grupo de
multimillonarios como Rockefeller, Vanderbilt, Carnegie y otros irrumpieron en
la escena de la filantropía tras sus aportes de capital a causas de
beneficencia. El objetivo en ese entonces era aprovecharse de sus donaciones
para adquirir influencia y ser parte de los aparatos estatales, reforzar su
imagen de acaudalados y acumular mucha más riqueza. El poder se daba por
descontado: mientras ellos fueran hombres ricos, influyentes, importantes y
queridos, nada podría desbancarlos. El gobierno no se metería con ellos y todo
el mundo los adoraría, lo cual los haría ser mucho más ricos. Su objetivo era
mantenerse en sus posiciones de privilegio por generaciones enteras.
Los filántropos se convertirán así en la
nueva nación. Su marco de operaciones es completamente globalista, pues esto
les permite consolidar su poder de dominación del mundo y someterlo a su voluntad.
Eso de donar y donar es una suculenta carnada que los deja bien parados ante
los estamentos internacionales como la ONU, tal vez su mejor aliado. De su mano
conseguirán algo mejor que la obediencia de la gente, ya sea por miedo o por
necesidad: conseguirán su entera voluntad.
De esto hemos escuchado bastante, no es nada nuevo. Incluso hay quienes aseveran que tirarle el agua sucia a los filántropos es una visión muy conspiracionista del asunto, porque hay otros actores en juego como las potencias —China en especial—, las grandes corporaciones, los gigantes tecnológicos, la ONU, el FMI, ONG’s “independientes”, etc., que también están metidas en la torta de la dominación del globo. Pero detrás de ellos siempre habrá un calculador metacapitalista… o varios.
Ninguna conspiración. Si hoy hace dos años
alguien se hubiera atrevido a hablar de un virus que zarandearía el orbe entero,
nadie lo hubiera creído y habrían hablado de intrigas por parte de locos alarmistas.
Pues bien, el virus es una aciaga realidad. Ya por ejemplo Bill Gates nos está
anunciando que vendrá otra peste mucho peor, que esto es sólo el comienzo. Ya
Elon Musk está colonizando el espacio, anticipándose a lo que serán los futuros
viajes espaciales que sólo podrán realizar los poderosos. Ya Zuckerberg lanzó
su metaverso para seguir enredándonos en su realidad virtual. Ya muchos de
estos magnates están comprando tierras productivas en países ricos en recursos
naturales como Colombia; invirtiendo en alimentos y en inteligencia artificial;
impulsando sus planes para el control demográfico. Son ellos los que quitan y
ponen como si el planeta fuera un tablero en el que juegan Monopolio ¿Todavía pensamos que sus donativos son un gesto de amor
por la humanidad?
Nada más que uno de ellos realice una
contribución significativa a cualquier empresa social que abogue por derechos
humanos, y vemos cómo se alteran los designios de la democracia en los países
occidentales. Las implicaciones son tan graves que estos han tenido que cambiar
radicalmente sus políticas monetarias, sus sistemas educativos, sus leyes fiscales
y sociales, y hasta sus constituciones con tal de dar cumplimiento a las
demandas que exige el activismo financiado por los archimillonarios. Esto ya es
mucho peligro el que representa esta aparente filantropía positiva. Con ese
mismo dinero que sirve para financiar “luchas igualitarias”, están poniendo de rodillas
al mundo: ellos los amos, nosotros los esclavos.
¿Quién los investiga? ¿Quién los ha
elegido? ¿Quién los controla? ¿A qué leyes se someten? Nada, para ellos no hay
límite, a ellos nadie los censura ni los indaga. Ellos son los referentes; están
blindados de rendir cuentas. Hablan de cómo evitar desastres climáticos, de
cómo controlar la natalidad, de qué orientación sexual debiéramos tener, de creer
en la Madre Tierra, del tipo de familia que podemos construir, de cómo tenemos
que vivir los ciudadanos de aquí en adelante, y todo eso ya ha quedado
estipulado.
Estos semidioses humanos tienen la
capacidad de crear y destruir. Ya poco les falta ser como Dios, pues “tienen
andado la mitad del camino”, parafraseando con ironía las palabras de Dumas en El Conde de Montecristo. Están creando
su propia burbuja de cristal al tiempo que están destruyendo el futuro de los
pobres mortales, el de los que no poseerán la tierra.
No nos olvidemos que quien paga manda. Que
si Gates compra tierras e invierte en farmacéutica; si Soros financia la agenda
abortista y el lobby gay; si Bezos es el amo y señor del
comercio electrónico y la distribución en el mundo; si Zuckerberg nos presenta
su nueva realidad virtual para revivir el mito de La Caverna; si Turner sigue siendo
el adalid de la desinformación y sus noticias sesgadas son las de mayor rating; si Buffett es quien valoriza o
desvaloriza las empresas a su antojo; es porque en el fondo nos están preparando
para un nuevo orden: el del capitalismo totalitarista.
Muy pocos estamos preparados para
recibirlo. La gran mayoría de la humanidad tiene dos opciones: vivir con una
miseria gracias a la filantropía (representada en renta básica universal),
consolándose con que esa es la aspiración real del ser humano y renunciando a
toda dignidad y libertad; o morir de hambre, igualmente esclavo, igualmente
reducido y sometido, como un disidente controlado. Porque nada se les escapará
de su dominio. Allí estará nuestra elección si seguimos siendo parte del
rebaño. El problema es ¿cómo salirse del redil si hace rato que nos metieron en
él?
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