Viene sucediendo desde la semana pasada en la localidad de Kennedy en
Bogotá. Un grupo de muchachos entre los dieciséis y los treinta años
aproximadamente, algunos abrigados con suéteres de capota para que no los
reconozcan de a mucho, vestidos de negro y totalmente ensimismados, están
adquiriendo la costumbre de salir en las noches para caminar hacia atrás. Sí, caminar
hacia atrás, como una nueva forma de protesta social; algo que no se le hubiera
ocurrido a los de la Primera Línea, ya que ellos son expertos en replegarse,
pero no con el orden y la coordinación de estos nuevos manifestantes.
No hablan con nadie, no responden a las
preguntas de los periodistas, no explican el motivo de su marcha; simplemente
dan pasos coordinados en reversa mientras algunos se encargan de abrirles paso
y cuidar de que no se tropiecen. Ya se sabe que ir de espaldas a la realidad
puede resultar peligroso. Encima van repitiendo una letanía al mejor estilo de
las sectas que han perdido el juicio, y es una frase que a uno lo pone a
pensar: “Queremos devolver el tiempo”. Y no falta el que se mueve de manera
extraña, como si estuviera poseso o drogado… o las dos cosas.
Muy buena estrategia para llamar la
atención, pensé yo. También yo quisiera devolver el tiempo, pero a mí no se me
hubiera ocurrido nunca convencer a cuarenta amigos desocupados para tomarme la
vía pública y hacer el ridículo en esa especie de caminata en cámara lenta que
simboliza el retroceso del tiempo. Además que las velas, como si estuvieran en
una procesión fúnebre, le agregan un toque de dramatismo al asunto.
Lo que sí se les abona, y esto hay que
reconocerlo, es que esta curiosa marcha sí reúne los requisitos para
catalogarse como pacífica. Cumplen a cabalidad con las medidas de bioseguridad
en este tiempo de pandemia, pues todos llevan tapabocas y hasta realizan
distanciamiento (aprendan, muchachos del corazón de Claudia López). Porque a
pesar que algunos vecinos salieron a gritarles y hasta insultarlos, y no faltó
uno que otro desubicado que lanzara el grito de “Petro presidente”; ellos
continuaron su recorrido sin inmutarse ni mirar a nadie. Sin siquiera mirar por
dónde iban, para que nos hagamos una idea de su desconexión del mundo.
No parecen abanderar ninguna causa
religiosa, política o ideológica. Más bien lucen como rebeldes pacifistas y
hasta conservadores (y esto sí que es un oxímoron), pues yo pensaba que los
únicos que queríamos que el tiempo retrocediera éramos los veteranos de más de
cuarenta que recordábamos mejores épocas de nuestra juventud, cuando estábamos
en la edad de ellos y pensábamos que la vida era un gozo perenne. Por eso yo no
entiendo estos muchachos a cuál tiempo quieren devolverse si es que apenas
están empezando a vivir. ¿No les habrá dicho alguien que la vida se pone peor?
Lo cierto es que este reducido grupo de personas
que caminan como zurumbáticas logró llamar la atención, no sólo de los vecinos,
sino de los medios nacionales. Lograron que alguien se tomara la molestia de sacarles
un video, y otros, como yo, de escribirles una crónica. Yo, que por lo general
no suelo hacer caso de nada y me las doy de tratar sólo temas importantes. Pero
aquí estoy, parándole bolas a esta noticia que aunque no parece significar
nada, puede significar mucho.
¿Cuál es el objeto real de la marcha?
¿Llamar la atención? Es lógico, y vaya que lo consiguieron, pero esa atención
que buscaron atraer puede conllevar varios propósitos: uno es hacerse famosos y
ganar seguidores en las redes sociales. Ya saben, allí se encuentra el poder de
la validación, y ¡ay! de aquel que no haga parte del círculo vicioso, porque lo
importante allí no es aceptarse a sí mismo sino que los otros nos acepten como
queremos ser aceptados. Otro propósito sería el de lanzar un grito desesperado
y silencioso que le haga ver a la sociedad una problemática juvenil a la que no
le estamos dando importancia. Los jóvenes se sienten como náufragos que se
aferran a cualquier cosa que crean que es una tabla de salvación, y no se les
puede culpar de todo. De hecho ya lo vimos en las pasadas “manifestaciones”
entre abril y julio, que hay quienes se aprovechan de la confusión mental de la
juventud para manipularlos con fines politiqueros, y ellos todavía piensan que
están haciendo una revolución.
Otra hipótesis de estos movimientos ocurridos
en la localidad de Kennedy podría ser que los muchachos estén mentalmente
equilibrados y que nada más estuvieran excediéndose en sus travesuras. En ese
caso lo de “mentalmente equilibrados” se puede revaluar, porque hay que ser muy
loco para hacer aquello, o muy irreverente, pero en cualquier caso ese tipo de
locura (mientras no pase de ahí) es mucho más deseable que la locura de quemar
estaciones de Transmilenio y acabar con la infraestructura de la ciudad. O
puede ser que sean mentalmente desequilibrados, como es de suponer, y que estén
haciendo públicos apenas los primeros síntomas de una demencia peligrosa. Nunca
se sabe.
Otras dos razones que me atrevo a aventurar
son: una, que se encuentran realizando una campaña publicitaria para algún
reloj fabricado en uno de esos países comunistas, cuyas manillas corren en
sentido contrario y tienen la facultad de retroceder el tiempo para devolvernos
a los “mejores tiempos del pasado”. Seguro que son actores naturales no muy
bien pagos. Otra, es que en verdad sean una de esas pequeñas sectas locales que
adolecen de un buen profeta y de un libro sagrado que pueda ser confiable. Los adoradores
del Diablo son un buen ejemplo.
Yo me inclino por todas, pero más por la segunda, y es que estos jóvenes actúan así porque les falta amor en sus corazones y direccionamiento en su andar, tanto que van de para atrás, literalmente.
Viendo a estos muchachos no puedo dejar de pensar en la “generación de cristal” de la que hacen parte muchos de ellos (y bastantes viejos sin carácter de nuestra sociedad). Hoy, cuando la cosmovisión moderna ha decidido encomiar la debilidad, la pereza, el facilismo, en lugar de valores como el esfuerzo, el trabajo duro y la perseverancia; nos vemos avocados a esta juventud confundida que al hacerse hombres y mujeres se dan cuenta de que siguen siendo niños y por ello quieren regresar al pasado. Como se tropiezan con una realidad que los abruma, se inventan toda suerte de conjuros inútiles y se rinden a los ídolos de papel, porque de eso están fabricadas sus certidumbres.
Yo he acuñado un término muy anticientífico
para identificar a esta cofradía alienada que sería la evolución inversa del Homo sapiens, y es el Homo stultus, en latín, que traducido al
español se refiere al hombre estúpido. Sin ánimo de ofender, pero así los he nombrado,
y en una próxima ocasión ampliaré la descripción de este nuevo espécimen.
Por el momento los invitaría seguir el consejo implícito en el título de una película que vimos por allá en 1986 con Jean-Claude Van Damme, resumiendo la esencia de lo que debiera ser una filosofía de hombres virtuosos que tanto hacen falta hoy día: “retroceder nunca, rendirse jamás”. Esto nos remite a la perseverancia, al tesón, a lo que coloquialmente en Colombia llamamos verraquera.
Los marchantes de la localidad de Kennedy deberían concientizarse de que está bien mirar atrás para aprender de los errores del pasado, pero no pretender regresar allí, además porque físicamente es imposible. No hay que retroceder en nuestro camino a la superación, y menos rendirse. Ir de para atrás adrede equivale a darlo todo por perdido.





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