sábado, 6 de noviembre de 2021

Retroceder nunca, rendirse jamás

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Viene sucediendo desde  la semana pasada en la localidad de Kennedy en Bogotá. Un grupo de muchachos entre los dieciséis y los treinta años aproximadamente, algunos abrigados con suéteres de capota para que no los reconozcan de a mucho, vestidos de negro y totalmente ensimismados, están adquiriendo la costumbre de salir en las noches para caminar hacia atrás. Sí, caminar hacia atrás, como una nueva forma de protesta social; algo que no se le hubiera ocurrido a los de la Primera Línea, ya que ellos son expertos en replegarse, pero no con el orden y la coordinación de estos nuevos manifestantes. 

    No hablan con nadie, no responden a las preguntas de los periodistas, no explican el motivo de su marcha; simplemente dan pasos coordinados en reversa mientras algunos se encargan de abrirles paso y cuidar de que no se tropiecen. Ya se sabe que ir de espaldas a la realidad puede resultar peligroso. Encima van repitiendo una letanía al mejor estilo de las sectas que han perdido el juicio, y es una frase que a uno lo pone a pensar: “Queremos devolver el tiempo”. Y no falta el que se mueve de manera extraña, como si estuviera poseso o drogado… o las dos cosas.

    Muy buena estrategia para llamar la atención, pensé yo. También yo quisiera devolver el tiempo, pero a mí no se me hubiera ocurrido nunca convencer a cuarenta amigos desocupados para tomarme la vía pública y hacer el ridículo en esa especie de caminata en cámara lenta que simboliza el retroceso del tiempo. Además que las velas, como si estuvieran en una procesión fúnebre, le agregan un toque de dramatismo al asunto.



    
De modo que los marchantes que salen a las doce de la noche, cual secta satánica, recorren los barrios de la localidad de Kennedy como en una escena digna de película de zombis, sólo que a estos no les interesa el cerebro, sino devolver el tiempo. Es más, me atrevería a decir que de cerebro muy poco, prácticamente nada. En ese sentido son veganos intelectuales.

    Lo que sí se les abona, y esto hay que reconocerlo, es que esta curiosa marcha sí reúne los requisitos para catalogarse como pacífica. Cumplen a cabalidad con las medidas de bioseguridad en este tiempo de pandemia, pues todos llevan tapabocas y hasta realizan distanciamiento (aprendan, muchachos del corazón de Claudia López). Porque a pesar que algunos vecinos salieron a gritarles y hasta insultarlos, y no faltó uno que otro desubicado que lanzara el grito de “Petro presidente”; ellos continuaron su recorrido sin inmutarse ni mirar a nadie. Sin siquiera mirar por dónde iban, para que nos hagamos una idea de su desconexión del mundo.

    No parecen abanderar ninguna causa religiosa, política o ideológica. Más bien lucen como rebeldes pacifistas y hasta conservadores (y esto sí que es un oxímoron), pues yo pensaba que los únicos que queríamos que el tiempo retrocediera éramos los veteranos de más de cuarenta que recordábamos mejores épocas de nuestra juventud, cuando estábamos en la edad de ellos y pensábamos que la vida era un gozo perenne. Por eso yo no entiendo estos muchachos a cuál tiempo quieren devolverse si es que apenas están empezando a vivir. ¿No les habrá dicho alguien que la vida se pone peor?

    Lo cierto es que este reducido grupo de personas que caminan como zurumbáticas logró llamar la atención, no sólo de los vecinos, sino de los medios nacionales. Lograron que alguien se tomara la molestia de sacarles un video, y otros, como yo, de escribirles una crónica. Yo, que por lo general no suelo hacer caso de nada y me las doy de tratar sólo temas importantes. Pero aquí estoy, parándole bolas a esta noticia que aunque no parece significar nada, puede significar mucho.



    ¿Cuál es el objeto real de la marcha? ¿Llamar la atención? Es lógico, y vaya que lo consiguieron, pero esa atención que buscaron atraer puede conllevar varios propósitos: uno es hacerse famosos y ganar seguidores en las redes sociales. Ya saben, allí se encuentra el poder de la validación, y ¡ay! de aquel que no haga parte del círculo vicioso, porque lo importante allí no es aceptarse a sí mismo sino que los otros nos acepten como queremos ser aceptados. Otro propósito sería el de lanzar un grito desesperado y silencioso que le haga ver a la sociedad una problemática juvenil a la que no le estamos dando importancia. Los jóvenes se sienten como náufragos que se aferran a cualquier cosa que crean que es una tabla de salvación, y no se les puede culpar de todo. De hecho ya lo vimos en las pasadas “manifestaciones” entre abril y julio, que hay quienes se aprovechan de la confusión mental de la juventud para manipularlos con fines politiqueros, y ellos todavía piensan que están haciendo una revolución.

    Otra hipótesis de estos movimientos ocurridos en la localidad de Kennedy podría ser que los muchachos estén mentalmente equilibrados y que nada más estuvieran excediéndose en sus travesuras. En ese caso lo de “mentalmente equilibrados” se puede revaluar, porque hay que ser muy loco para hacer aquello, o muy irreverente, pero en cualquier caso ese tipo de locura (mientras no pase de ahí) es mucho más deseable que la locura de quemar estaciones de Transmilenio y acabar con la infraestructura de la ciudad. O puede ser que sean mentalmente desequilibrados, como es de suponer, y que estén haciendo públicos apenas los primeros síntomas de una demencia peligrosa. Nunca se sabe.

    Otras dos razones que me atrevo a aventurar son: una, que se encuentran realizando una campaña publicitaria para algún reloj fabricado en uno de esos países comunistas, cuyas manillas corren en sentido contrario y tienen la facultad de retroceder el tiempo para devolvernos a los “mejores tiempos del pasado”. Seguro que son actores naturales no muy bien pagos. Otra, es que en verdad sean una de esas pequeñas sectas locales que adolecen de un buen profeta y de un libro sagrado que pueda ser confiable. Los adoradores del Diablo son un buen ejemplo.

    Yo me inclino por todas, pero más por la segunda, y es que estos jóvenes actúan así porque les falta amor en sus corazones y direccionamiento en su andar, tanto que van de para atrás, literalmente.   



     Viendo a estos muchachos no puedo dejar de pensar en la “generación de cristal” de la que hacen parte muchos de ellos (y bastantes viejos sin carácter de nuestra sociedad). Hoy, cuando la cosmovisión moderna ha decidido encomiar la debilidad, la pereza, el facilismo, en lugar de valores como el esfuerzo, el trabajo duro y la perseverancia; nos vemos avocados a esta juventud confundida que al hacerse hombres y mujeres se dan cuenta de que siguen siendo niños y por ello quieren regresar al pasado. Como se tropiezan con una realidad que los abruma, se inventan toda suerte de conjuros inútiles y se rinden a los ídolos de papel, porque de eso están fabricadas sus certidumbres.

    Yo he acuñado un término muy anticientífico para identificar a esta cofradía alienada que sería la evolución inversa del Homo sapiens, y es el Homo stultus, en latín, que traducido al español se refiere al hombre estúpido. Sin ánimo de ofender, pero así los he nombrado, y en una próxima ocasión ampliaré la descripción de este nuevo espécimen.



    Por el momento los invitaría seguir el consejo implícito en el título de una película que vimos por allá en 1986 con Jean-Claude Van Damme, resumiendo la esencia de lo que debiera ser una filosofía de hombres virtuosos que tanto hacen falta hoy día: “retroceder nunca, rendirse jamás”. Esto nos remite a la perseverancia, al tesón, a lo que coloquialmente en Colombia llamamos verraquera

    Los marchantes de la localidad de Kennedy deberían concientizarse de que está bien mirar atrás para aprender de los errores del pasado, pero no pretender regresar allí, además porque físicamente es imposible. No hay que retroceder en nuestro camino a la superación, y menos rendirse. Ir de para atrás adrede equivale a darlo todo por perdido.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...