Sería finalizando la década de los ochenta
cuando invité a un compañero del colegio para que realizáramos una tarea de
inglés en mi casa. La tarea consistía en grabar un diálogo, de modo que el
profesor pudiera evaluar qué tanto progreso habían tenido sus alumnos en
materia de pronunciación. Yo estaba alistando la potente grabadora Silver doble cassette que teníamos sobre el bifé
y un pequeño micrófono de cable que hacía poco mi mamá me había
conseguido, cuando el compañerito me preguntó sorprendido.
— ¿Y dónde está el equipo de sonido?
Hasta ese año todavía no habíamos
conseguido uno en la casa. No lo necesitábamos. Fue la presión social, la moda,
la vergüenza por no quedarse relegado ante la tecnología lo que hizo que mis
padres al fin compraran un aparato potente un año después. Mi madre, sobre
todo, fue la que más se animó y la que convenció a mi padre para que lo comprara.
Es un Goldstar modular del año 92.
Cada uno de sus componentes se conecta por aparte, y todo su funcionamiento
depende de un ecualizador que canaliza el sonido. Y hablo en presente porque el
equipo todavía existe. Está en el cuarto de las cosas en desuso, y la verdad es
que hace más de dos décadas que no lo pongo a funcionar.
El primer módulo es el del tornamesa, para escuchar los discos de acetato. Todavía está puesto el último disco que seguramente estuvo rodando por la época en que empecé a preocuparme por no saber bailar: se trata de una recopilación de los años setenta donde hay salsa, porros, cumbias y merecumbés que eran de mi madre y con los que seguramente ensayé frente al espejo. La aguja hace años se dañó y ya no se podrán escuchar discos nunca más, pues la empresa que fabricaba las agujas de los tornamesas, Normah, ya desapareció.
Luego venía el módulo del tunning, o sea el que sintonizaba las
emisoras. Ese aparato nunca funcionó muy bien para la amplitud modulada porque
no supimos cómo se colocaba la antena, pero para el F.M., o frecuencia
modulada, sí que sonaba bueno. Por primera vez sintonicé las emisoras pulsando
un botón que se encargaba de buscarlas con la mayor rapidez y nitidez, a diferencia
de lo que había que hacer con la ruedita manual de la grabadora y los viejos
radios.
El módulo que reproducía el CD (compact disc) tampoco pudimos hacer que funcionara muy bien, pues al parecer venía con un defecto de fábrica que hacía que los discos se rayaran. No importaba. En aquella época eran muy pocos los discos compactos que existían, y además eran muy caros. Cuando comenzó el auge del CD y tuve algunos, le eché la bendición al reproductor, y milagrosamente funcionó.
Pero
yo me bandeaba con mi colección de cassettes,
y por ello el módulo al que más le saqué provecho fue el del cassette recorder, con el que no sólo
grabé los hits de las emisoras, sino
que además grabé mis propias canciones con un micrófono más moderno. Sí, fue
por aquella época en que me sentía un cantautor y componía en una organeta
Yamaha las peores canciones que se hubieran podido escuchar sobre la tierra, no
sólo porque eran malas composiciones, sino porque aún tenía el descaro de
grabarlas con mi voz barrancosa de “adolescente tierno”.
Han sido buenos tiempos los que he pasado con el equipo de sonido. Casi nadie en la casa lo disfrutó tanto como yo. A mi hermanita le gustaba más jugar en la calle, mi mamá lo utilizaba solo en las reuniones, y mi papá no tuvo tiempo ni siquiera de aprender cómo funcionaba. Pero yo sí, y todavía conservo ese vetusto componente como si fuera una reliquia.
Me he desprendido de televisores, grabadoras,
cámaras digitales, DVD’s, y cuantos dispositivos de audio y video tuve después
del equipo de sonido, pero no me atrevo a salirme del viejo Goldstar modular. ¿La razón? todavía
tengo una colección de más de ciento veinte cassettes
originales que tampoco me atrevo a tirar. Cargo con tres caseteras de
diferentes colores más una caja de discos de larga duración. Cuando pienso que
es inútil seguirlos conservando si ya la tecnología ha cambiado, y además no
los necesito teniendo internet para encontrar cualquier canción, me sobrecojo.
No sólo pienso en el dinero que me han costado, sino en el valor sentimental
que todas esas cintas tienen para mí, incluyendo mis propias creaciones que
están ahí grabadas y que algún día aspiro a volver a escuchar aunque apenas sea
para sentir compasión por el imberbe que perdió su tiempo de forma tan vil.
Mi equipo de sonido y mis cassettes van siempre a donde yo voy a
pesar de que ya ninguno cumple con el propósito para el que fue creado. Mucho
peor: me he vuelto un hombre que ya no escucha música. Si es moderna, con mayor
razón no la escucho. A mí el arte de las musas me llegó hasta el cambio de
milenio, pues entre más envejezco, menos me gusta lo que oigo ahora. Es
natural. Hoy sólo veo conferencias e intento leer libros, pero la música ha
sido un tema superado para mí, tanto que la organeta será el próximo artilugio
de museo en esta casa y muy pronto estará haciéndole compañía al equipo de
sonido en la misma habitación.
Yo siento una gran nostalgia por el equipo
de sonido, no sólo por el mío, sino por el invento en general. En los últimos
años lo vino a reemplazar ese artefacto arrogante al que le llamaron mini
componente; el mismo que después mutó en un parlante con conexión inalámbrica,
casi siempre de marca Bose, y luego quedó
supeditado al tal Alexa, el pequeño altavoz inteligente de la compañía Amazon.
Y hoy basta descargar en el celular una aplicación online vía streaming,
tipo Spotify, y ya está. Si me
preguntan por todos esos términos de la tecnología, les diré que por cosas como
esas es que le perdí el gusto a escuchar música: hoy día los aparatos
literalmente me hablan y no me hacen caso. Solicito una canción y su respuesta
es:
—Si deseas escuchar canciones en
específico, deberás suscribirte al servicio prime,
donde tendrás más de dos millones de reproducciones a tu disposición por un
valor de…
Y así
se volvió esto, que tiene uno que pagar por un servicio virtual cuando lo lindo
era ir a La Feria del Disco y palpar
los trabajos musicales de los artistas con la imposibilidad de llevarlos todos
porque sólo se podía comprar uno. Aquello sí era una verdadera pasión musical.
A mí me sigue gustando más la forma tradicional
de escuchar música, con los viejos adminículos, cuando en verdad uno disfrutaba
a placer aunque no contara con muchas alternativas como hoy. No por nada a los
nostálgicos del disco de vinilo de 45 y 33 revoluciones les parece que el
sonido digital se tiró la magia de escuchar un clásico con ese relajante
defecto de siseo.
Pero ya es muy poco lo que se utiliza el
equipo de sonido, a menos que todavía se conserve el añoso espíritu de
parrandero residencial. Ni qué decir del viejo radio de pilas. La otra vez le
quise regalar uno al celador para que se entretuviera oyendo las noticias, pero
me dijo que él con su celular y su inscripción a Youtube Premium tenía manera de escuchar lo que quisiera, y hasta
de verse una película antes que lo cogiera el sueño. Ni modo. Tampoco se usa la
grabadora de cassette, accesorio tan deslumbrante en los ochenta cuando los jóvenes
la llevaban al hombro a todo volumen. Luego en los noventa el walkman, más individual, quiso quitarle
su lugar, más fue poco lo que le duró el reinado con la llegada de su hermano
el Discman, que tampoco fue gran
cosa. Y ni qué decir del cavernario gramófono de por allá de mediados del siglo
pasado: ya es una pieza clásica en los museos.
Sin embargo, sucede que el mundo no para de dar vueltas, y no acaba uno de comprender la mecánica de un dispositivo cuando ya llega otro nuevo. Yo me quedé en el equipo de sonido y ahí quiero parar, pero a este paso bastará invocar el sonsonete de una canción en la memoria para que llegue a nuestro cerebro el sonido real de aquello que queremos escuchar, acompañado de unos mensajes de publicidad y una voz robótica sugiriendo ascender en la membresía por una módica cuota mensual.
Para entonces la telepatía será otra
estrategia más de mercadeo, regida por una gran BigTech que exigirá el pago de los
derechos de autor.





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